lunes, junio 22, 2009
miércoles, noviembre 01, 2006
El caso Giubileo

La doctora Cecilia Enriqueta Giubileo, una psiquiatra de 39 años que trabajaba en la Colonia Open Door, situada en Torres, cerca de Luján, Provincia de Buenos Aires, fue vista por última vez la medianoche del domingo 16 de junio de 1985, cuando un enfermero y un paciente cruzaron algunas palabras con ella.
Luego, el único que la vio fue su asesino.
La desaparición de la doctora Giubileo, más allá de especulaciones e hipótesis, cosechó un espeso e impenetrable misterio.
La Colonia Open Door
A comienzos del siglo XX, un precursor de la psiquiatría argentina, el doctor Domingo Cabred, tuvo un sueño humanista, propio de aquel país que apostaba al futuro y donde se levantaban, casi de un día para otro, grandes edificios públicos, estaciones ferroviarias, puentes, teatros. Cabred fundó un asilo para albergar y curar a enfermos mentales pobres, que se hacinaban en hospitales que no estaban preparados para atenderlos o, a veces, en cárceles. El proyecto del doctor Cabred comenzó a hacerse realidad en 1906 y se inauguró oficialmente en 1915.
Cuando sucedieron los hechos, el manicomio -cuyo nombre oficial era Instituto Neuropsiquiátrico Dr. Domingo Cabred, pero al que se conocía como Colonia Montes de Oca o Colonia Open Door- ocupaba 600 hectáreas en las cercanías de un pueblo llamado Torres, en las inmediaciones de Luján, 80 kilómetros al oeste de la ciudad de Buenos Aires. No mucho tiempo atrás, Torres había sido un apeadero en el que se detenían algunos trenes para cargar y descargar tarros de leche y correspondencia. En 1985, tenía 1500 habitantes, varios centenares de los cuales prestaban servicios en Open Door. Familias enteras trabajaban en la colonia o realizaban tareas externas para esa institución. Algunos habían heredado el puesto del padre y hasta del abuelo.
Open Door era un mundo autosuficiente. Erigido en terrenos altos y fértiles, contaba con granjas, criaderos de aves, talleres. Por lo demás, a Torres, un típico pueblo de la llanura, lo rodeaban estancias y haras donde se criaban esos caballos argentinos de polo que son célebres en el mundo entero.
Open Door, que quiere decir "puerta abierta", albergaba a 1200 deficientes mentales, distribuidos en 12 pabellones alrededor de un gran edificio central, especie de castillo normando. Los pabellones estaban separados por caminos y arboledas que sombreaban casi un tercio del predio. Hasta había una laguna.
Open Door fue concebido como un asilo abierto, en el que la paz de la naturaleza atenuara el dolor. Pero no era eso.
Era una sucursal del infierno.
"Me llamo Cecilia Giubileo"
Nació en 1946. Estudió medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, en los trepidantes años sesenta. Militó en la izquierda, participó en huelgas y movilizaciones. El Cordobazo, en 1969, la vio entre los estudiantes que gritaban consignas en las calles de La Docta. Cecilia se enamoró de un muchacho llamado Pablo Chabrol. En 1972 se casaron y se fueron a vivir a España; se radicaron en Gijón, donde Cecilia trató de revalidar sus estudios. Pero el intento duró poco. Menos de un año. El matrimonio fracasó. Ella volvió y, ya definitivamente separada, se concentró en la facultad. En 1973, la Universidad Nacional de Córdoba le entregó su diploma de médica. Residió un tiempo en Campana, donde se empleó en una clínica metalúrgica, y en 1974, cuando entró a trabajar en Open Door, se afincó en Luján. Alquiló una casa en la calle Humberto I, y un consultorio en Torres. Aquí, una placa en la calle Calderón de la Barca 770 anunciaba su nombre y su especialidad: "Clínica médica".
Cecilia Giubileo vivía sola.
La doctora era querida tanto en Luján, una pujante ciudad del oeste bonaerense, capital del catolicismo argentino, como en Torres. Trabajar en Open Door, en estrecho contacto con el dolor, era una opción humana, además de profesional. No siempre cobraba las consultas a sus pacientes particulares, algunos de los cuales no tenían con qué pagarle. En su tiempo libre, la doctora investigaba sobre el mal de Chagas; quizá planeaba un doctorado.
Cecilia era una mujer hermosa. Había teñido de rubio su pelo oscuro. Delgada -pesaba 51 kilos-, de boca sensual y ojos intensos, su risa era luminosa. Cuando desapareció, el periodismo hurgó en su vida sentimental. No fue difícil: en Luján y en Torres, todos se conocían. Cecilia había vivido varias relaciones intensas. Con un médico de Campana que le llevaba algunos años; con un contador público de la Capital con quien, al momento de desaparecer, había cortado. Con otro médico, un colega de Open Door; con él, trazó planes. La doctora había hecho inversiones: compró dieciséis hectáreas en la Sección Primera del Tigre. Según versiones, con el colega abrieron un plazo fijo a orden conjunta. La investigación escudriñó incluso sus amistades femeninas: enfermeras, empleadas de la colonia. Algunos medios insinuaron que no estaba definida la orientación sexual de la doctora. Una de sus amigas se indignó: "Si la ven con un hombre, hablan. Si tiene una amiga, hablan. Entonces, ¿una qué tiene que hacer, andar sola?"
La única confidente de Cecilia Giubileo era su madre, María Lanzetti, entonces de 60 años, viuda, que vivía en Córdoba. Las cartas que Cecilia le enviaba eran como un diario personal. Un semanario de Buenos Aires publicó algunos fragmentos. En uno de ellos, la doctora Giubileo se confesaba: "Quiero tener un hijo, formar un hogar... esperar a mi marido cuando llega del trabajo. Quiero y no puedo. No sé qué me pasa. No aguanto. Siento que me despedazo".
La doctora Giubileo estaba de guardia el domingo 16 de junio de 1985, junto con otros dos profesionales. Llegó a la colonia desde Torres manejando su Renault 6 blanco. Firmó el libro de entradas a las 21.38. El tiempo era horrible: frío y húmedo. Al atardecer había bajado una neblina extraña, como un tul.
Los médicos de guardia permanecían en uno de los edificios del predio, llamado Casa Médica, y se trasladaban a los pabellones cuando algún interno lo requería. Aquella noche, la doctora Giubileo trató a un paciente con bronquitis y fiebre alta. Luego atendió el papeleo de unos familiares que vinieron a llevarse el cuerpo de una interna, fallecida por la tarde.
A las 0.15 -ya era lunes 17-, un enfermero de apellido Novello se cruzó con Cecilia Giubileo:
-¿Alguna novedad, doctora?
-Vengo del pabellón 7 -contestó Cecilia-. Atendí una urticaria gigante.
La doctora vestía un jogging azul, con vivos claros, campera celeste y zapatillas blancas. El pabellón 7 estaba a unos quinientos metros de la Casa Médica y la doctora había hecho el itinerario a pie. Pero Cecilia no fue y volvió sola: un paciente llamado Miguel Cano la había ido a buscar y la acompañó de regreso. Aquella noche, el conmutador telefónico de la colonia no funcionaba. Los senderos estaban bien iluminados, con luces de mercurio.
Las pistas
Amaneció el 17 de junio. La colonia se despertó a la luz lechosa de ese lunes. Seguía el mal tiempo. En el estacionamiento, aún estaba el Renault de la doctora Giubileo. Fueron a buscarla, pero el dormitorio estaba vacío y la cama, sin tender. En la mesa de luz sólo encontraron un par de zapatos marrones con puntera beige. No estaba su bolso ni su maletín médico. ¿Salió del predio? ¿Alguien entró a visitarla?
Al cabo de unos días, los amigos y allegados de Cecilia, alarmados, hicieron la denuncia en la comisaría de Torres, donde quedó asentada como "búsqueda de paradero". La policía comenzó a reconstruir los movimientos de la doctora durante aquella noche. Pero todo terminaba cuando la doctora le había dicho al paciente que la había acompañado desde el pabellón 7 hasta la Casa Médica: "Andá tranquilo. Yo voy a descansar un rato".
Luego no se la vio más. No pasó nada extraño entre la noche del domingo 16 y el lunes 17 de junio de 1985 en la Colonia Open Door. Sin embargo, la doctora Giubileo se había esfumado.
Comenzó la lenta y penosa investigación sobre el paradero de Cecilia Giubileo, conducida por el juez federal doctor Héctor Heredia. De pronto, ante los ojos asombrados de los internos, la colonia fue invadida por inesperados visitantes. Jaurías de perros adiestrados husmearon los rincones. Un helicóptero sobrevoló el lugar buscando huellas. La policía se internó en túneles jamás explorados. Se revisaron sótanos y altillos con polvo de siglos. Las brigadas rastrillaron cada centímetro del predio. Se abrieron dos pabellones clausurados.
La familia de Cecilia, para activar la causa, contrató a un abogado, el doctor Marcelo Parrilli, quien señaló un dato extraño: la doctora había cargado el tanque del Renault el domingo por la tarde. Sin embargo, cuando lo revisaron frente a la Casa Médica, no tenía ni una gota de nafta. Otro dato llamativo: el paciente que fue a buscar a la doctora a la Casa Médica y la acompañó al pabellón 7 había visto salir un furgón funerario. Lógico: se llevaba el cuerpo de la paciente muerta. Pero también vio un coche negro con las ventanillas delanteras y traseras cerradas. Y la funeraria no sabía nada de ese coche.
El personal de la colonia fue interrogado minuciosamente. Pero los pacientes, esos mil doscientos pares de ojos, eran testigos mudos: muchos de ellos no podían expresarse. Y si lo hacían, ¿se podía confiar en la palabra de esos enfermos? El caso Giubileo encerró una paradoja: los que podían hablar, no sabían. Los que, quizá, supieran algo, no podían hablar.
La conexión política
Se hurgó en la vida sentimental de la médica, lógicamente agitada por tratarse de una mujer joven, hermosa y libre. Pero todos los involucrados soportaron la investigación sin que pudiera acusarse a nadie.
Cecilia Giubileo trabajaba, había empezado a practicar taekwondo, estudiaba canto y participaba en un coro de Luján. Tenía amistades en Torres, donde visitaba a una persona mayor conocida como "la abuela Bellido", una anciana muy querida en el pueblo y que era para Cecilia como una segunda madre. A veces visitaba a la doctora una ahijada de ocho años que solía quedarse a dormir. Esa noche debió haber ido la niña, pero Cecilia la hizo desistir. ¿Significaba algo todo esto?
¿Tenía que ver el pasado tormentoso del país con la desaparición de la doctora Giubileo? Se especuló con ello. Pablo Chabrol, su ex marido, no registraba antecedentes políticos, pero dos hermanos de él habían militado en el ERP y estaban en las listas de desaparecidos de la Conadep. El suegro, Pablo Pedro Chabrol, molestó a los militares con sus incansables gestiones para averiguar el paradero de sus dos hijos, por lo que también él fue detenido y castigado.
Pero la conexión política no avanzó porque no pudo hallarse una relación entre estos sucesos y la misteriosa desaparición de Giubileo.
Otras hipótesis tampoco prosperaron: se dijo que Cecilia pudo haber sido secuestrada para pedir un rescate. En su casa de la calle Humberto I, guardados en una caja de maicena, se encontraron 3000 dólares, sus ahorros. Pero nadie pidió rescate. La posibilidad de que algún paciente de la colonia la hubiese atacado fue desinflándose: ¿era plausible que un deficiente mental planeara un crimen con tanta precisión? Los más insólitos rumores se desataron: se dijo que Cecilia había sido vista cuando entraba en un castillo en Lobos; también mientras caminaba por una calle de Tucumán o de Trelew...
El factor Menguele
Poco a poco, el verdadero rostro de Open Door salió a relucir: había tráfico de órganos, se utilizaban enfermos como cobayos para experimentar nuevas drogas. La corrupción reinaba en un hospital en el que el 85% de los pacientes no habían sido visitados por nadie durante el último año, según reveló un estudio realizado por la socióloga Silvia Balzano, del Conicet, mucho después. La desorganización, el caos administrativo y la desidia hacían de Open Door un depósito de cobayos. Las evidencias eran abrumadoras: cuando se renovó el mobiliario se sobrefacturó la compra. ¡El Estado pagó por 25.000 sábanas, pero sólo ingresaron unas pocas!
La encuesta judicial, pero sobre todo las investigaciones de la prensa, perforaron las complicidades oficiales y la opinión pública.
Miles de pacientes habían pasado por la colonia sin que se registrara su alta o defunción. En el sumario interno, el director de la colonia alegaba que los pacientes solían escaparse. Pero uno de los "huidos" era parapléjico. ¿Por qué la tasa de mortalidad era tan alta? ¿Se realizaban en Open Door extracciones de córneas? ¿Se traficaba con plasma, que en aquella época se vendía a 60 dólares el litro? ¿Eran los mil doscientos pacientes de Open Door donantes involuntarios? ¿Se vendían riñones, hígados, córneas, de pacientes (¡vivos!) por quienes nadie protestaría? Cuarenta años antes, el doctor Menguele había hecho eso... en Auschwitz.
La conexión de este infierno con la doctora Giubileo no tardó en instalarse en la opinión pública. Si en su vida privada no se encontraban motivos para su asesinato, sólo había que sumar dos más dos: Cecilia había metido la nariz en un turbio mundo ilegal.
Se abrió un sumario por las irregularidades de la colonia, que incluían maltrato sexual hacia las enfermas y sospechas de rufianismo. Pacientes de Open Door habían quedado embarazadas y hubo apropiación de los recién nacidos. Algunos periodistas que investigaban el caso, como Enrique Sdrech, fueron amenazados. La BBC destacó un equipo encabezado por Bruce Harris, que realizaba una investigación sobre el tráfico mundial de órganos. Más de media hora de ese documental trataba sobre la siniestra realidad de la colonia. La repercusión de este programa de TV fue enorme. El Dr. Florencio Eliseo Sánchez, director del instituto, fue inculpado y detenido. Murió en la cárcel, sin haber revelado ningún dato que aclarara el misterio.
Una de las tantas preguntas sin respuesta es la siguiente: ¿por qué no se dragó el lecho de la laguna de Open Door? ¿Yacía en su fondo el cuerpo de la médica?
Noticias sobre el infame tráfico de órganos han aparecido muchas veces en estos últimos veinte años. Cecilia Enriqueta Giubileo permanece desaparecida. Nadie fue inculpado por su presunta muerte.
Alvaro Abos
Copyright S. A. LA NACION 2006. Todos los derechos reservados
La mente es un rompecabezas de una sola pieza

Oliver Sacks creció al norte de Londres, excepto por cuatro años durante la Primera Guerra Mundial, en los que fue evacuado a un colegio pupilo en los Midlands. Sus padres y dos de sus hermanos mayores fueron médicos. De niño, Sacks quería ser químico (describió su amor hacia la química en sus memorias Tío Tungsteno), pero finalmente se decidió a entrar en el negocio familiar. También amaba la botánica, especialmente los helechos. Y aún los ama. Es miembro de la American Fern Society (la Sociedad Americana para los Helechos) y los helechos son el tema de su reciente libro Diario de Oaxaca. Estudió en la Universidad de Oxford y después, a comienzos de los ‘60, se mudó a California y realizó su residencia en neurología en la UCLA. A mediados de esa década se fue a Nueva York, donde ingresó al Hospital Beth Abraham del Bronx. Allí trabajó con los pacientes que habían contraído encefalitis letárgica en la epidemia ocurrida durante la Primera Guerra Mundial. Tomados como casos perdidos y por décadas abandonados a un largo sueño sin esperanza de recuperación, en 1969, Sacks les recetó una nueva droga llamada L-DOPA (una dopamina sintética que se les recetaba a los pacientes de Parkinson). La droga produjo los efectos más extraordinarios. Despertares, el libro que Sacks escribió basado en esta experiencia, inspiró una obra de teatro de Harold Pinter y una película protagonizada por Robin Williams, un logro editorial único. En los últimos veinte años ha publicado más de ocho libros, incluidos un testimonio de su propia experiencia cercana a la muerte (Con una sola pierna) y su obra más conocida: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Ha escrito sobre pacientes con autismo, alucinaciones, esquizofrenia, Alzheimer. En estos días, el Dr. Sacks continúa trabajando en el Hospital Beth Abraham y es también profesor clínico de neurología en la Escuela de Medicina Albert Einstein, y neurólogo en el Hospital de NYU y en el The Little Sisters of the Poor. Contribuye regularmente a The New York Review of Books y a The New Yorker. Y ha recibido muchos premios. Acá está.
Actualmente está trabajando en un libro sobre música y sus efectos en el cerebro. Cualquiera que haya leído su obra sabrá que usted no concuerda con Steven Pinker, quien ha dicho que la música es un mero aperitivo auditivo y un accidente evolutivo que se monta sobre los hombros del lenguaje. ¿Podría explicar por qué cree que Pinker se equivoca?
–Excepto por algunas raras condiciones patológicas, no he sabido de un ser humano que no sea musical o que no responda a la música de una u otra manera. Cada cultura tiene su música. Las flautas datan de hace miles de años. Somos una especie profundamente musical. Me imagino a la música avanzando de la mano con el lenguaje, codesarrollándose juntos. La música es esencialmente humana.
Pero ha encontrado algunos casos de personas indiferentes a la música. Dijo que Freud era uno de ellos, extrañamente.
–Sí, aunque generalmente me refiero a Freud como el maestro, no como el paciente. Freud era notoriamente indiferente a los conciertos y a la ópera de su tiempo, y al escribir sobre sus pacientes o sobre sus teorías nunca habló de música. Su único comentario fue que creía tener un punto ciego con relación a la música. También Nabokov dice en su autobiografía que lamenta admitir que la música le parece una morosa y arbitraria sucesión de sonidos irritantes. Pero, bueno, quién sabe, Nabokov era muy chistoso. Existe una extraña condición orgánica llamada amusia, a veces se nace con ella, a veces proviene de lesiones en el cerebro. Una vez conocí a un neurólogo francés que me comentó que su reconocimiento musical era algo limitado: básicamente, cuando escuchaba una música podía distinguir si era la Marsellesa o si no lo era. Excepto por casos así, los poderes terapéuticos de la música son enormes. Los pacientes de Despertares muchas veces no podían moverse o pronunciar una sílaba, pero podían bailar y cantar, la música les devolvía su fluir y su momentum, y cuando paraba la música, ellos paraban en seco. Tengo pacientes con demencia, caóticos y confundidos, que al escuchar música parecen ordenarse. Hay algo en la claridad de la música, en su estructura. Creo que una pieza de música cualquiera es la antítesis del caos y la confusión. Le puede restituir el orden a una persona. Es algo muy misterioso, pero veo centenares de pacientes con demencia que ya no pueden comunicarse verbalmente, pero que siguen accediendo a la música hasta el final. Y posiblemente seamos sensibles a la música desde el primer momento. Hay evidencias de que el feto puede responder a la música.
Mencionó algo sobre la epilepsia musical.
–Sí, una de mis pacientes fue encontrada inconsciente cerca de un lago con la lengua mordida. Cuando recobró el conocimiento, dijo recordar haber escuchado alguien tocando unas canciones napolitanas y luego sentirse rara, y eso fue todo. Así comenzó para ella. Solía tener convulsiones por otra cosas también, pero las canciones napolitanas (era una mujer siciliana) indescifrablemente le causaban un ataque epiléptico. Hay casos extraños. A veces hay compositores puntuales. Wagner, por ejemplo, parece ser muy patogénico. A mí personalmente no me gusta Wagner, pero hay gente que sufre convulsiones al escuchar su música.
Alguna vez mencionó una conversación entre dos personas con sinestesia musical.
–Lo que me fascina de la sinestesia es que todo sinestésico piensa que lo que le ocurre a él les ocurre a todos. Un conocido mío me contó que a los seis años le dijo a su profesora de piano: “Me encanta esa pieza azul”. “¿Qué quieres decir con azul?”, le preguntó la profesora. “Ya sabe, la pieza en D mayor, D mayor es azul.” Y la profesora le dijo: “No para mí”. Y mi amigo no lo podía creer, pensaba que algo terriblemente malo le estaba pasando a la profesora. No hay dos sinestésicos que tengan la misma experiencia, no hay un equivalente absoluto. En una ocasión, dos famosos sinestésicos creyeron haber encontrado un equivalente perfecto entre la música y el color, y se juntaron a charlar sobre el tema. Cuando se encontraron, discreparon en absolutamente todo.
Usted contó que, cuando va a conciertos, le gusta escribir mientras escucha.
–Suelo sentarme en la última fila, porque si la gente me ve tomando notas piensa que soy un crítico de música. Es toda una tradición. A Nietzsche le gustaba ir a conciertos, especialmente de Bizet; decía: “Bizet me hace un mejor filósofo”. Y yo creo que Mozart me hace mejor neurólogo.
¿Podría contarnos un poco sobre su vida? En Tío Tungsteno contó que cuando era apenas un niño su familia decidió que usted sería médico. Me pregunto si alguna vez dudó de esa elección.
–Reaccioné lo más fuerte que pude ante la sensación de destino. Tenía muchos otros intereses. Primero quería ser astrónomo, después químico, luego biólogo marino. Más tarde y un poco a regañadientes entré en medicina. Era la trayectoria más natural. Pero no he perdido mis otros intereses.
En Tío Tungsteno narra que para aprender de anatomía usted disecó a los catorce años el cuerpo de una niña de su misma edad. ¿Cómo afectó su decisión esa experiencia?
–Todos se horrorizan ante esta anécdota. Pero en los años ‘40, en una familia de médicos, no parecía algo tan excéntrico. Quiero decir, Flaubert describe en sus memorias cómo observó a su padre disecar cuerpos a la edad de ocho. Y catorce al lado de ocho es la madurez. Mi madre era cirujana y anatomista. Por supuesto que fue una experiencia un tanto horripilante y quizá fue demasiado temprano, pero no sé qué efectos pudo haber tenido sobre mí. No sé si debería haberlo mencionado en el libro y no sé si deberíamos haberlo mencionado hoy. Pero aparentemente es una historia que la gente parece no poder olvidar.
Abandonó Inglaterra para ir a California. ¿Por qué?
–Fue una decisión aparentemente intempestiva, pero en realidad ya desde adolescentes mis hermanos y yo sentíamos que Inglaterra, y en especial la Inglaterra médica, era un tanto rígida y patriarcal. Queríamos espacio. Pero no me fui a Norteamérica directamente. Primero fui a Canadá y desde ahí zigzagueé hasta California. No estaba seguro entonces de querer ser médico. Quería escribir, pero no sabía sobre qué. Fue una serie de accidentes, bueno, qué sabe uno lo que es accidente y lo que es diseño inconsciente. Pero me porté muy mal. Dije que me iba a Canadá de vacaciones y, cuando llegué, les envié un telegrama a mis padres que decía: “Me quedo”. No estuvo bien.
Luego se quedó un tiempo en California y volvió a marcharse rumbo a Nueva York.
–Amaba California. Era tan dulce, tan lánguida, tan drogona. Pero un día estaba en el Cañón del Colorado rodeado de hippies de todas las edades y sentí la necesidad de ir a donde estuviera la acción. Creo que para mí la acción significaba algún lugar que me forzara a trabajar, que me desafiara intelectualmente. Primero me fui a Nueva York a hacer investigación y eso fue un desastre absoluto. Soy excepcionalmente torpe, de hecho temía tropezarme hoy al entrar. En el laboratorio rompía todo, perdí un espécimen, rompí aparatos. Finalmente me dijeron: “Sacks, salga de acá, es una amenaza. Vaya a ver a los pacientes, al menos ahí no podrá hacer tanto daño”. Así llegué a los pacientes. Nunca supe que me iba a gustar tanto trabajar con ellos hasta ese momento.
Usted dijo que al conocerlos sintió que estaba entrando en un matrimonio, uno que no se disolverá hasta que la muerte los separe.
–Cuando llegué a Beth Abraham vi todas estas figuras paralizadas. Algunas habían estado así durante décadas. Y nuevamente, no sé qué es accidente o qué es inevitable, pero llegué ahí justo en el momento, o justo antes del momento en que una droga que nos ayudaría enormemente iba a estar disponible. El Leonard L. original, que es bastante más inteligente de lo que muestra la película, cuando escuchó sobre la existencia de la dopamina, dijo: “Dopamina es una resurrectamina, y George C. Cotizias (el médico griego que la descubrió) es un Mesías químico”. Más tarde sentí que me quería quedar ahí con los pacientes. Había algunos individuos maravillosos. Yo nunca hubiera pensado que uno podría estar durante casi cuarenta años aislado del mundo, privado de una vida y aun así sobrevivir psíquicamente. Eran sobrevivientes y realmente la supervivencia es mi tema. La enfermedad parece serlo, pero en realidad es la supervivencia.
En sus casos siempre aparece algo para celebrar, aun en las peores situaciones. ¿Alguna vez encontró situaciones demasiado horribles?
–Todo el tiempo. Pero aun así siempre hay algo positivo que encontrar. Muchas situaciones se vuelven menos terribles después de un diagnóstico. A veces llegan nuevos doctores a Beth Abraham y lo encuentran demasiado duro, pero si deciden quedarse, pronto descubren que hay otro lado del trabajo. Muchas veces es pura tripa, estoicismo y humor. Humor.
En Con una sola pierna utiliza muchas referencias religiosas. Y sin embargo recientemente recibió el Premio Ateo.
–No sé cómo me encontró esta gente del premio porque nunca he sido explícito acerca de mis creencias. Me encanta leer los Salmos. Aún lo hago, y leo también muchas historias bíblicas, de esas llenas de aflicción y rendición, desesperanza y fe. Algunas son directamente monstruosas, como la de Isaac y Abraham. Crecí en una familia judía ortodoxa, pero no tengo la más remota idea de en qué creían mis padres. Nunca hablamos del tema. Nunca hablábamos sobre creencias. Ellos creían en seguir ciertos rituales y en portarse decentemente. Hace poco, un físico dijo: “Soy un cristiano practicante, pero no un creyente”. Me pareció perfecto. Nunca he podido creer en una entidad sobrenatural, ya sean aliens, ángeles o fantasmas. Y sin embargo, me gusta trabajar en atmósferas religiosas. Trabajé en un hospital judío ortodoxo, The Litte Sisters of the Poor. Me gusta ver buena religión en acción. Religión que hace a la gente ser decente, pensante y tolerante. Nada que tenga que ver con ser invasivo o evangélico. No sé si es lo que ha ocurrido en Nueva York o que estoy viejo, pero cada vez estoy más asustado de las patologías de la religión. Creo que son el mayor peligro del planeta. Tengo un gran amigo que es un obispo metodista y él siempre me dice que ningún buen cristiano se toma la Biblia literalmente. Uno se la debe tomar como poesía, como literatura, como verdad espiritual, pero no como geología. Me sorprende que el 80 por ciento de la población confunda la Biblia con geología.
Usted dijo que no tiene ningún sentido de la dirección y ninguna memoria visual.
–Creo que tengo una cosa llamada agnosia, lo mismo que un hermano mío. Que incidentalmente es un término neurológico inventado por Freud. Una vez debía encontrarme con el Dr. Wolfanson y su secretaria llamó a la mía y le advirtió que el Dr. Wolfanson no podía reconocer a la gente. Y mi secretaria le dijo: “Ah, no se preocupe, el Dr. Sacks tampoco”. Entonces la otra secretaria dijo: “El Dr. Wolfanson no puede reconocer lugares”. “Tampoco el Dr. Sacks”, dijo mi secretaria. Milagrosamente nos encontramos igual. Cada año se pone peor. Hace poco entré a los tropezones en un restaurante y me topé con un hombre corpulento; inmediatamente comencé a disculparme hasta que me di cuenta de que era mi reflejo en un espejo. Otra vez estaba sentado a una mesa de la vereda de un restaurante. Cuando uno tiene barba y la ve en un reflejo, tiende a acomodársela. Y eso hice hasta que de golpe me di cuenta de que mi reflejo no estaba acomodándose la barba. Y del otro lado de la ventana del restaurante había un hombre con una barba, que se debía estar preguntando por qué demonios yo lo miraba y le hacía caras. Como ve, el autor de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero conoce en carne propia qué se siente.
Una vez contó como contraejemplo la historia de su amigo Roger Miller, que tiene una memoria visual agudísima.
–Uno muchas veces no conoce el origen de sus recuerdos. Roger y su mujer estaban en Escocia en la casa de un amigo. Y Roger dice: “No puedo explicar por qué, pero este lugar me resulta muy familiar”. Y el anfitrión le pregunta: “¿Sabes qué hay en el piso de arriba?”. Y extrañamente Roger parecía saberlo. Entonces el anfitrión dijo: “Macan”. Macan era el nombre de una novela de John Buckham que nosotros leíamos mucho de jóvenes, era un escritor con unos poderes alucinantes de descripción. Y el anfitrión dijo: “Macan era mi abuelo y ésta es la casa donde transcurre la novela”. Mire, yo tengo en mi mente el recuerdo de dos bombardeos ocurridos durante mi infancia. Y hace poco mi hermano me confirmó uno, pero me dijo que en el otro yo no había estado. ¿Cómo que nunca estuve ahí? Si lo puedo ver... Mi hermano me dijo que no, que en realidad nuestro hermano mayor había mandado una carta muy descriptiva de ese bombardeo, llena de detalles y que se ve que yo quedé atrapado por ellos tanto que los internalicé. Pero aun cuando intelectualmente sé esto, la imagen sigue pareciéndome real. Uno puede saber cuándo alguien miente, pero si la memoria ha sido forzada, eso es imposible de detectar. La memoria se construye y, una vez que ha sido construida, los orígenes de esa construcción pueden perderse para siempre.
Otra de las cosas sobre las que está trabajando en este momento es en la visión estereoscópica.
–Estaba interesado en escribir sobre los astronautas, su percepción del espacio y la gravedad cero, y la mujer de un astronauta al que estaba entrevistando me comentó que ella había nacido bizca y luego de varias cirugías ahora ambos ojos le funcionaban bien, pero debía alternarlos, usar uno a la vez. Y yo, bastante falto de tacto, le pregunté si podía imaginar lo que era la visión binocular. “Supongo que sí”, me respondió ella. “Después de todo, soy profesora de neurobiología y conozco los mecanismos perfectamente.” La conversación quedó ahí. Hace unos meses recibí una carta de ella donde me recordaba esta conversación y me decía que entonces ella se había equivocado al pensar que sabía lo que era tener visión binocular. Y sabía que había estado equivocada porque ahora la tenía. Me contaba que había dado con un optometrista y luego de mucho trabajo un día se sentó en el auto y de golpe el volante hizo ¡plop!, se le vino encima. Entonces se dio cuenta de que exactamente eso era tener visión estereoscópica. Me dijo: “Ustedes, que nacen con ella, la dan por sentado, pero tenerla luego de no haberla tenido por cincuenta años es una revelación”. Me dijo que el mundo era mucho más hermoso de lo que ella podría haber imaginado. Ninguna imaginación podría haberse acercado a la realidad. Y subrayó la brecha enorme y absoluta entre conocimiento por descripción y conocimiento por experiencia.
Usted tiene una nostalgia por un estilo de ciencia antigua, una que ponía énfasis en la atención y la descripción. Una suerte de amateurismo entusiasta que teme se ha perdido.
–Claramente tuve esa sensación cuando llegué por accidente a una de las reuniones de la Sociedad para Helechos. Era algo salido de 1870: había algo anticuado en estos naturalistas, llenos de conocimientos, llenos de entusiasmo. Plenamente enamorados de su tema. No había nada competitivo en todo eso. Un amateur no significa un tonto; significa alguien enamorado de su tema. En cierta forma, Darwin fue el más grande de los amateurs. La ciencia no se profesionalizó hasta la mitad del siglo XX. En botánica, en geología, en astronomía, aún hoy los amateurs son de enorme importancia. Aun cuando soy un neurólogo profesional, me siento un amateur porque estoy enamorado de mi tema.
¿Aún se interesa por la química?
–Nunca he perdido un amor. No creo que uno pueda perderlo. Sea humano o no. De alguna manera uno sigue adelante, pero ese amor permanece. Todos mis primeros amores aún están ahí, y de alguna forma hacen a la riqueza de la vida. Cuando comencé a escribir Tío Tungsteno me puse a hacer experimentos absurdos en mi casa. Un día puse sulfuro en el microondas; cuando llegó mi asistente, el departamento estaba cubierto de dióxido sulfúrico.
Hábleme sobre otras formas de comunicación, además del lenguaje.
–Los gestos, el lenguaje corporal, el tono de voz, hay una continua comunicación preverbal, preconsciente, llevándose a cabo todo el tiempo. La gente que ha perdido el habla se vuelve especialmente sensible a esas cosas. Es extremadamente difícil mentirle a una persona con afasia, ellos pueden ver a través de la palabra. De Quincey hablaba de la presión que siente el corazón por lo incomunicable. Eso es lo que a veces uno siente. Y lo sentimos en parte por un mecanismo psicológico que tiene un correlato neurológico: es la habilidad para imaginar y sentir las percepciones del otro. Hasta hace un tiempo se creía que la empatía era meramente un término poético, pero en realidad los seres humanos tenemos lo que se llama “neuronas espejo”, que nos garantizan que si, por ejemplo, vemos a alguien quebrarse un brazo, nuestras neuronas espejo se disparan y eso hace que sintamos algo de ese dolor. Estas neuronas son algo defectuosas en personas que sufren autismo. Personas que pueden ser intelectualmente brillantes, pero que no tienen la capacidad de imaginarse otros estados de la mente fuera del suyo.
LARISSA MACFARQUHAR
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¡Mujer, mujer, supérate!

La puedo ayudar en algo?”, pregunta atento el vendedor de la librería. Pero la mujer, que ya escuchó muchas veces esa fórmula, no se hace ilusiones y se encamina directamente hacia la mesa de novedades: prefiere depositar su confianza –su desesperación– en alguno de los libros que integran el sector de autoayuda. Que vaya tranquila; si no encuentra palabras para definir su dolor, lo hará alguno de los quinientos títulos disponibles, expertos en darle forma, dividirlo en pasos, deconstruirlo a fuerza de consejos e instrucciones. Ante el autismo de los confesionarios, la lentitud y el presupuesto de la terapia, ante la falta de paciencia de todas las charlas, un libro sigue sobresaliendo gracias a dos cualidades: discreción y autoridad. Si está escrito, tiene que ser cierto. Además, el género de la autoayuda satisface dos reclamos del consumidor: un regreso a las soluciones mágicas que nos quitó la ciencia, y una gestión eficaz, respuesta rápida, sabiduría en kit. Si uno no surte el efecto deseado, habrá otro que lo consiga; la belleza nos espera. Algunos libros fueron escritos para ti, otros no, ya lo decía Borges. Este sector de la librería tan lejano a la literatura recibe, al menos, diez novedades por mes y siempre logra ubicar alguno de sus títulos en la lista de best-sellers. Los autores reconocidos gozan de una devoción que antes tuvieron los santos: desde Osho a los maestros de un sufismo reciclado; aun los acusados de plagio –Coelho y Bucay– mantienen su predicamento incólume. Actualmente, por ejemplo, un libro titulado La sabiduría recobrada tiene como argumento de venta una faja publicitaria que advierte: “Leé el libro original. Este es el libro que motivó la acusación de plagio contra Bucay”. El resto de los autores ignotos, que en general no vienen de ninguna rama del saber, basa su credibilidad, en todo caso, en haberse caído de alguna rama, haber pasado por una experiencia tremenda y reveladora: primero sufrieron, luego hallaron el sendero y ahora lo comparten con los lectores peregrinos.
Como si cada etapa de la vida pudiera armarse con artes de bricolage, los libros divulgan el “cómo” y prometen el “cuándo”: cómo lograr un orgasmo múltiple, cómo sentirse plena después de los cuarenta, cómo aprender a decir ¡no! en noventa y nueve pasos, cómo conseguir un hombre inteligente, bueno y solvente que te quiera, cómo no extrañarlo cuando se vaya. Responden a dilemas tan viejos como el mundo, a los que trae este siglo y también a otros que seguramente todavía la mayoría desconoce: Cómo convivir con un niño índigo entrena a las madres a auscultar en clave de fenómeno a los propios hijos. Remedios caseros de la A a la Z, basado en la premisa de que las enfermedades pueden ser expresión de un desequilibrio del alma, retorna sin escalas a opciones que parecían demolidas. El Bienestar sin esfuerzo enseña una especie de gimnasia fácil y sencilla para el espíritu.
La mujer que entró hace un rato todavía no se decide. Al principio le había llamado la atención un libro titulado Sin pareja y feliz. Cómo pasarlo en grande sin la otra mitad, pero ahora se siente convocada por otro un tanto más explícito: El gran orgasmo. Cómo tener orgasmos, cómo provocarlos y cómo hacer que sigan viniendo. Mientras ella se toma un tiempo para elegir por dónde comenzará a mejorar su estilo de vida, la (esquizofrénica) colección de libros va delineando ante sus ojos las siluetas de la mujer feliz y el hombre exitoso. En fin, la de la pareja perfecta, los padres ideales, los ancianos sabios, sexualmente activos y siempre saludables.
Autoayuda unisex
Los libros que apuntan a la autosuperación son herederos de los hoy perimidos manuales de estilo, de buenas costumbres, del savoir faire. Aquéllos fueron redactados principalmente en Inglaterra en la última mitad del siglo XIX con un fin si no iluminista, al menos sí integrador, unificador. Los libros que enseñaban a comportarse en público divulgaban una serie de normas sociales imprescindibles para la convivencia entre la población urbana y los recién llegados, inmigrantes, nueva población de obreros, ex campesinos. Hacer lo que es correcto para el resto, en todos los órdenes de la vida, era y es el reaseguro de la felicidad. Al siglo XX le pertenecen las obras sobre cómo hacer lo debido para un matrimonio perfecto, para controlar las trampas de la propia psiquis y para triunfar en el área de los negocios. Las técnicas para lograr eficacia aparecieron a fines de la década del 40 y estaban dirigidas a un lector masculino que debía entrenarse para vender más, argumentar y convencer, perder la timidez, ganar dinero. Eran libros de instrucciones para el padre de familia sostén de su hogar, sin mayor preparación, obligado de pronto a lanzarse al mercado aún virgen en materia de servicios, relaciones públicas, el arte de las finanzas. A esta etapa corresponde la pionera serie del americano Dale Carnegie, donde se destacan los aún exitosos Cómo ganar amigos e influir sobre las personas y Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida. Los recursos estilísticos de las obras de este gurú del marketing siguen presentes en las propuestas más nuevas. Nada ha cambiado; en todo caso, las viejas recetas aparecen ahora tamizadas por un lenguaje salpicado de ángeles, feng shui y algunos chakras. Según las ventas registradas en las librerías más importantes de Buenos Aires, los hombres siguen siendo consumidores de este tipo de manuales a los que les suman ahora los de superación espiritual. Siempre y cuando el éxito se encuentre en el destino final de todas las reflexiones. Incluso en los casos en los que la mujer es la que tiene la iniciativa de compra, los varones comparten la lectura sin prejuicios.
Hace unos cuantos años, con la presencia mayoritaria de mujeres consumidoras, la oferta tomó un carácter unisex para luego dedicarse a ellas apasionadamente. Hombres y mujeres coinciden en algo: la necesidad imperiosa de morigerar la angustia. Ambos están parados sobre las arenas movedizas de este mundo sin familia, ni trabajo, ni identidad, ni vocaciones estables. El deseo de apuntalar la autoestima y sobreponerse a las agresiones de los otros no tiene distinción de sexo. Los hombres compran, las mujeres también. Los libros circulan entre los miembros de familia y el mayor argumento de venta es una buena recomendación hecha por una amiga/o. La mayor parte de los textos apunta con alegorías, testimonios o ejercicios de respiración a lograr sentirse bien con uno mismo. En el punto opuesto a todo ímpetu revolucionario, los sabios de la new age le hablan al “tú” y le enseñan a desviar la mirada hacia las propias vísceras. Porque “cuando conectamos con la quietud interna, vamos más allá de nuestras ajetreadas mentes y emociones, para descubrir grandes profundidades de paz duradera, alegría y serenidad”. Se han evaporado los grandes relatos y, por lo tanto, ya no hay críticas virulentas ni referencias a la construcción de un futuro mejor. En este paisaje se explica el éxito mundial de un título como El poder del ahora y de su reciente secuela El silencio habla, ambos asentados en la premisa de que “existe otra realidad, una realidad más plena y dichosa a la que usted puede acceder... simplemente despertando su otro yo. Reconocer y aceptar la guía de ese yo sagrado le permitirá situarse por encima de las dificultades cotidianas, no para desdeñarlas sino más bien para abordarlas en sus justas proporciones; además, le permitirá irradiar esa recuperada lucidez, de modo que podrá transmitirla a otros”. Una coincidencia: todos los autores advierten que cada vez que dicen “realidad” se refieren a una imagen interior, y cuando dicen Dios se refieren al que el lector considere como tal. Esta amplitud de conceptos que barre con fundamentalismos, con el punto de vista y con los ideales, deviene, a pesar de su carácter vago y de su tono siempre esotérico, tabla de salvación para muchas personas. Cerrar los ojos para ver, aislarse para acercarse, parece ser la consigna de esta propuesta en materia de relaciones humanas.
En materia de sexo, el otro tópico donde los textos les hablan a hombres y mujeres es, justamente, el sexo: la sexualidad entendida como búsqueda de un placer sin límites merecido y demorado por siglos. En este plano, sí se da cabida a un discurso reivindicatorio de derechos y de búsqueda agresiva de cambio. Manos a la obra, el deseo y el placer se descomponen en partes. Sexo aquí es igual a un punteo de acciones, posturas, ingestas afrodisíacas, cambios de hábitos, puntos clave donde tocar. Los libros dan vueltas sobre el viejo Kamasutra –hace poco se agregó a la saga un kamasutra especial para gays– ya que autoayuda en materia sexual consiste en aprender a combinar ingredientes fisiológicos hasta dar con el plato ideal. La palabra orgasmo también es la favorita: “Aquí encontrará las diez maneras distintas que tienen las mujeres y las siete maneras que tienen los hombres de alcanzar el orgasmo. Consejos para controlar el ritmo y la frecuencia de los orgasmos. Ejercicios para aumentar la sensibilidad y sugerencias para las mujeres que nunca lo han alcanzado para que exploren su cuerpo y practiquen en privado”. Una vez convertido en derecho, el orgasmo femenino pasa a ser un desafío para la masculinidad que se apresta a disfrutarlo, provocarlo hasta el cansancio a través de otra exigencia más: el sexo tántrico.
Una pareja se acerca a la mesa de autoayuda. Mientras ella se lleva Por qué limitarse a soñarlo, todo lo que las mujeres quieren saber sobre el sexo, él va a tener que adentrase en Tantra. La iniciación de un occidental al amor absoluto o Tantra. Sexo pleno.
Identikit de la mujer feliz en tres pasos:
¡Chicas!
Lo último en el mercado editorial es el descubrimiento de la consumidora adolescente. Para ella la promesa es ésta: “Chicas es el nombre de la colección de novelas y manuales de instrucciones más divertidos, escritos en mordaz clave femenina. El tímido, el serio, el guaperas, el feo-pero-simpático, el guapo-pero-cretino, el rompecorazones, el deportista, etcétera. He aquí un muestrario para todos los gustos de estas extrañas criaturas que son los chicos. Desde el primer encuentro hasta el flechazo inevitable, desde el ligoteo hasta las rupturas, todo lo que tenéis que conocer sobre su comportamiento, tanto solos como en grupo”. Son libros coleccionables de tapas color chicle de frutilla que orientan a las nuevas lectoras para que sean menos problemáticas con los pobres padres y maestros, capaces de conquistarse a los mejores chicos sin morirse jamás de envidia por el éxito de sus amigas más lindas. Esta serie española se destaca por no haberse cuidado de evitar palabras como “ligoteo” y “coñazo”, que afortunadamente los hacen prácticamente indescifrables.
Pero hay más autoayuda de color rosa: acaba de aparecer un libro a cargo de una autora que dice saber sobre adolescentes gracias, sobre todo, a que le tocó convivir con la hija de su marido. Así que en el primer capítulo explica a las chicas cómo hay que comportarse cuando uno se queda a dormir en la casa de una amiga –aquí se aconseja llevar cepillo de dientes, comer lo que le dieren y no ponerse a saltar sobre los sillones–. Luego de tratar a su lectora como una recién llegada al planeta, le da pistas para lo único que les importa a las autoras: conquistar a un chico difícil. Más adelante le presenta una serie de anticonceptivos –el preservativo aparece como última opción sin hacer hincapié en que es el método que previene de enfermedades de transmisión sexual–, para culminar con un capítulo donde aconseja que si ha quedado embarazada, se lo comunique a su novio, a ver si él quiere hacerse responsable, luego, sin que pasen dos días, a sus padres, y luego de tener el bebé que intente continuar con sus estudios, que siempre son tan importantes.
Pero esto recién empieza. Una vez pasada la adolescencia puede aparecer Tamara Di Tella para esculpir cuerpo y alma. Hay que estar firmes y saludables. Para eso, una serie de libritos pequeños con unos 200 “tips” –frases incoherentes– se presentan como pequeños aparatos de Pilates para el alma, de los que vale adelantar algunas de sus máximas: “Las 3 palabras más inteligentes son: no quiero más”, “Las 2 palabras más inteligentes son: sin sal”. Son títulos siempre exclamativos, que adelantan lo escueto del mensaje mientras arengan como un personal trainer: ¡Adelgaza ya!, ¡Basta de celulitis!, ¡Tu pelo!
Pero el cuerpo no es todo. Está en plena juventud. A partir de aquí, la mujer feliz tiene variadas preocupaciones: aprender a cazar, conservar y olvidarse de los hombres, atreverse a tener hijos y también a no tenerlos, estimular a su bebé –aquí se destaca especialmente El efecto Mozart para niños–, sobrevivir a un divorcio, explicarles el divorcio a los chicos, ser sexualmente feliz, convivir con adolescentes problemáticos, ser ejecutiva y sensible, mantenerse joven, alegrarse frente al espejo al rencontrarse después de todo este ajetreo, cuando llegue la madurez.
Siempre mamá
Tal vez el único tópico que equipara al número de libros dedicados al placer sexual sea el de los que le hablan a “la mamá”. Desde el embarazo, pasando por los diferentes modelos de parto, la madre tiene una serie de libros ayudantes que no la van a dejar tranquila hasta que sus hijos se hayan ido de casa. Primero, la ayudan a elegirle el nombre develándole los significados históricos u ocultos en clave de numerología; luego, la ayudan a hablarle con mensajes de amor: Las 100 promesas para mi bebé es un reciente libro de Mallika Chopra que lleva prólogo del mismo Chopra. Están disponibles El Feng Shui para el bebé, 101 maneras de calmar un bebé, Cómo ayudar a su hijo con sobrepeso, Estrategias para padres desesperados, 55 reglas para educar a los más jóvenes, y toda una colección para primerizos con soluciones prácticas al llanto, los dolores, el insomnio. Algunos libros, como ¿Realmente quiero tener hijos?, si bien no se escapan de los límites del género, cuentan con el mérito de poner al alcance gran parte de los mitos y respuestas del sentido común ante una pregunta que raramente se formula antes de tomar esa decisión.
Usuaria de hombres
Alguien ha dicho que una buena prueba de que los libros de autoayuda no sirven es la cantidad de libros de autoayuda que siguen apareciendo. Es probable, sobre todo si se juzga la cantidad de libros que transmiten mensajes idénticos. Esta sección del identikit le grita en todos los idiomas a la mujer que, por favor, deje de pensar en los hombres, deje de depender de su mirada y empiece a pensar en el placer de ser ella sin necesidad del otro. Estos libros son geniales para resumir sus mensajes a través de los títulos: Atrévete a ser tú misma, porque sólo así podrá conseguir que el hombre que busca se fije en ella. Después de sucesivas operaciones frustradas con el género masculino, confiesa la autora del Manual de la usuaria de hombres, descubrió que algo estaba haciendo mal. A partir de entonces convierte sus errores en técnicas para “usufructuar” al objeto masculino reiterando (sin caer en la elegancia) los más perimidos clichés que ni el machismo se atreve a recordar hoy. Muchos libros, como éste, se pliegan con pretendido humor a cumplir con un deseo que deja a las “usuarias” más insatisfechas que al principio: explican dónde hallar hombres, cómo engañarlos, manipularlos y abandonarlos para volver a empezar el juego. El modelo de mujer que usa al varón como objeto de descarga sexual, porque está de vuelta, propone también la celebración de la soltería. Muchos libros se dedican a enumerar las ventajas –se destaca como una de las más importantes el manejo irrestricto del control remoto— y dar ideas para disfrutar el nuevo estado. Aunque indefectiblemente todos terminan con un capítulo donde se nos revela que sólo después de sufrido lo sufrido y luego de haber hecho como si no lo hubiéramos sufrido, estamos más aptas para encontrar un hombre que valga la pena.
La mujer solitaria no se ha podido decidir y por eso carga con una pila de libros hasta la caja. Después de todo, el identikit de la mujer feliz la persigue como una madrastra. Desde la adolescencia hasta que alcance la tercera edad tendrá que autoayudarse. Antes de pagar la cuenta, descubre un título prometedor: Aprende a pensar por ti mismo, de Edward de Bono. Y también se lo lleva. Tal vez, al cabo de la lectura la vida vuelva a empezar.
Liliana Viola
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Raros, feos y malos en la Argentina pura

No cabe duda que, a 30 años del golpe de 1976, los argentinos seguimos siendo bastante derechos y humanos.
Si faltaba alguna muestra, casi contemporáneamente con el Día Internacional Contra la Discriminación Racial, un fallo del juez en lo civil Julio César Dávalos vino a confirmarnos que no hubo discriminación alguna en el caso de una mujer que se negó a alquilarle su departamento a un matrimonio cuando se enteró que era de origen judío.
La pareja había dejado una seña. Pero no bien la propietaria se enteró la identidad de los candidatos a inquilinos, le exigió a la inmobiliaria que la devolviera, señalando que no quería "ni judíos, ni chinos, ni coreanos, ni homosexuales" en su departamento. Para mayor precisión, agregó que sólo le alquilaría a "un argentino que sea del barrio y tome mate".
La dueña del departamento alegó en el juicio que simplemente estaba ejerciendo su derecho a la propiedad y que tenía miedo que, por ser judía, a la pareja -y, por consiguiente, a su inmueble- le pusieran una bomba.
El juez recurrió a una pericia psicológica para entender la reacción de la propietaria. Y, con esa asistencia técnica, concluyó que "el atentado a las Torres Gemelas tal vez le generó un temor especial. Sus miedos surgieron de una circunstancia mundialmente impresionante y peligrosa". Y agregó que, por sus características, a la señora le produce temor "lo raro, lo extraño, lo desagradable o lo incontrolable".
Lo raro, lo extraño, en realidad, resulta el fallo del juez. ¿Supondrá Su Señoría que los miles de muertos en las Torres Gemelas eran judíos y por eso la demandada tiene razón? ¿O conjeturará que Bin Laden y los suyos siguen con especial atención el movimiento inmobiliario de la zona norte de Buenos Aires?
¿Entenderá el juez que las personas de la comunidad judía son parte del conglomerado que a la propietaria atemoriza por ser integrantes del conjunto de "lo raro, lo extraño, lo desagradable o lo incontrolable"? ¿O considerará el magistrado, al darle la razón a la señora, que chinos, coreanos, homosexuales y los que se abstienen del mate también integran o pueden llegar a conformar ese grupo que la mujer asocia, fatídicamente, con las imágenes apabullantes de las Torres desplomándose?
Por estos días sensibles a las voces de la historia también se conoció un relevamiento del Comité de Solidaridad de Familiares Argentinos Exiliados en España. Allí se señala que 1.900 desaparecidos durante la dictadura militar eran de origen judío, cuando esta comunidad apenas representaba el 0,8% de la población.
¿Será que los judíos derivan, indefectibles, hacia el marxismo, como predicaba con sangrienta constancia el general Camps? ¿O que la Argentina derecha y humana practica con cotidiana potencia la discriminación, práctica que se nota hasta en las hinchadas de fútbol que suelen cantar en contra de "paraguas" y "bolitas"? Y que también se ejerce, paradójicamente, en especial en las disco, contra esas personas morochas, por demás criollas, a quienes se les dice "cabeza" o "cabecitas negras", haciendo caso omiso al hecho de que —como reclama la propietaria— suelen tomar mate a destajo.
Esto "nos hace dar la impresión de que no maduramos a través de los años", comentó el almirante Godoy, jefe de la Armada, no bien se hizo público el reciente caso del espionaje a civiles por parte de altos oficiales de su fuerza. Quizá no sea una simple impresión la del almirante y en la Argentina -en especial, en la Marina y bajo su responsabilidad- las brevas aún no estén maduras: el país que aplaudió el golpe de 1976 parece seguir poderosamente vivo.
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Robledo Puch: el ángel negro

Desde Retiro hasta San Fernando, a lo largo de 15 kilómetros, se extiende una aglomeración urbana que las guías de turismo de la ciudad de Buenos Aires llaman "la ribera norte". Viven allí millones de personas, pero el lugar no es importante por los números: alberga lo mejor y lo peor de la gran ciudad. En ella se alzan las residencias más elegantes. Algunas rodeadas por enormes barriadas miserables. La ribera norte es el lugar del poder: en un predio de 14 manzanas situado en Olivos, viven los presidentes de la Argentina. Es también escenario de placeres: restaurantes, clubes, posadas del amor convocan cada noche a multitudes. Y de pasiones populares como el turf (allí tienen sus templos los burreros, en los hipódromos de Palermo y San Isidro), o el fútbol (el Estadio Monumental). La ribera norte es también la ciudad de las artes: en San Isidro, junto a las barrancas, Victoria Ocampo recibió a lo más granado de la cultura del mundo.
Fue cuna de sabios y genios, de magos y curanderos, también de caudillos y pistoleros.Y de criminales. Entre ellos, ninguno como Carlos Eduardo Robledo Puch. Su récord homicida fue breve y aun hoy, a treinta años de distancia y con mucha sangre corrida bajo los puentes, impresiona. En un año mató once personas -quizá más- y consumó decenas de asaltos. Lo hizo en supermercados, quioscos y garajes de Acassuso, Martínez, Olivos y Vicente López. No necesitó salir del barrio para pasar a la historia negra de la Argentina.
Comienza la década del 70 y Robledo Puch es un muchacho rubio, flaquito, de exuberante cabellera rizada, nacido el 22 de enero de 1952. Su padre, del que hereda los dos apellidos, es descendiente del general Martín Güemes. Es también un importante técnico de la General Motors. La madre de Robledo Puch es hija de alemanes. La familia vivió mucho tiempo en Tigre, y después en un chalet de Villa Adelina.
Robledo Puch, a quien en el colegio llamaban "leche hervida", por su carácter, o "el colorado", es un rebelde. Un violento. Es inteligente y buen lector, pero tiene lo que, eufemísticamente, se llama "problemas familiares". Por robar una moto lo mandan un tiempo a un correccional, la Escuela de Artes y Oficios José Manuel Estrada, en Los Hornos, cerca de La Plata. Sus padres hicieron de todo para disciplinarlo, por ejemplo, colocarlo en diversos colegios, donde invariablemente era expulsado.
Carlos Eduardo se hace de dos amigos fieles con los que comparte la pasión por las motos y los coches. Uno se llama Jorge Ibáñez, es un rosarino dos años más chico pero con más experiencia que Robledo Puch: roba desde los diez años. El otro es Héctor Somoza, más modesto, hijo de un panadero de Villa Adelina, vecino de los Robledo Puch. Pero Ibañez y Somoza no se llevan bien. Entonces, Carlos Eduardo debe optar y se queda con Ibáñez, alias Queque.
En septiembre de 1970, Ibáñez y Robledo Puch roban la joyería de Rachmil Israel Isaac Klinger, en Olivos. Sacan 100.000 pesos. Luego asaltan un taller de caños de escape, a pocas cuadras de la joyería, de donde se llevan 110.000 pesos. En enero de 1971 entran en una casa que vende motos en San Fernando y roban una vieja Guzzi roja de los años cincuenta y una Gilera 150 más nueva, negra y roja. En un cajón, Robledo Puch descubre una máquina que lo fascina: es una pistola Ruby calibre 32.
El 15 de marzo de 1971 dos hombres dormitan a la madrugada en dos catres: son el dueño y el sereno del boliche Enamor, en Espora 3285, Olivos. Entran Ibáñez y Robledo Puch por una ventana trasera. Se llevan 350.000 pesos de la caja. Robledo Puch ve a los dos hombres dormidos y desenfunda su Ruby 32. Le pega un balazo en la cabeza a cada uno. Mueren sin despertar.
El 9 de mayo de 1971, a las cuatro de la madrugada, Robledo Puch e Ibáñez se descuelgan por un tragaluz y entran en un negocio que vende repuestos de automóviles Mercedes-Benz, en Vicente López. Robledo Puch se introduce en el dormitorio donde reposan una pareja y un niño de corta edad. Robledo Puch asesina al hombre y dispara contra la mujer. Ibáñez, a pesar de que la mujer está herida, intenta violarla. Ella sobrevivirá como testigo. Antes de huir con 400.000 pesos, Robledo Puch dispara a la cuna donde llora un bebe de pocos meses que salva la vida de milagro: la bala lo roza.
La noche del 24 de mayo Robledo Puch e Ibáñez entran en un supermercado Tanti, en Olivos, y asesinan al sereno.
Hasta entonces, la policía no había ligado estos crímenes entre sí. Formaban parte de la trama del delito que palpita en una ciudad inmensa. La simultaneidad de los hechos había ganado algún espacio en los diarios: "Volvió a golpear la secta del crimen en la zona norte", rezaba un título.
Raid violento
El 13 de junio de 1971 Jorge Ibáñez entra en un garaje del barrio de Constitución, en la Capital Federal. Son las once de la noche. Sin pronunciar palabra, mata de un tiro en la cabeza al cuidador. Ibáñez elige, de entre los coches que duermen en el garaje, un Ford Fairlane y se retira tranquilamente, dirigiéndose hacia el norte de la ciudad. Pasa a buscar a su amigo y comienzan a deambular por Olivos. En la Avenida del Libertador al 3800, Ibáñez ve una mujer joven que sale de un boliche.
-Traela -ordena a su compañero. Robledo cumple la orden.
Ibáñez le cede el volante a Robledo Puch, que a toda velocidad comienza a circular por la Avenida del Libertador. En el asiento trasero, Ibáñez viola a la muchacha. La dejan bajar en la ruta Panamericana. Pero mientras ella se aleja, Robledo Puch la acribilla con cinco tiros en la espalda.
Carlos Robledo Puch y Jorge Ibáñez formaban lo que se llama una "pareja delincuente". Como los asesinos norteamericanos que Truman Capote retrató en su libro A sangre fría, había entre ambos una relación de dependencia, quizá de sumisión. Ibáñez era la cabeza pensante y Robledo Puch, el ejecutor. Ibáñez mandaba y Robledo Puch obedecía.
Pocas noches después de matar a la adolescente, se toparon con otra muchacha que salía de Katoa, en Vicente López, donde el novio trabajaba de camarero. Quisieron subirla al coche. La muchacha se resistió tenazmente a la violación e Ibañez desistió. La arrojaron del coche semidesnuda y cuando ella corría al borde de la Panamericana, Robledo Puch la mató a tiros.
El 5 de agosto, Robledo Puch e Ibáñez recorrían la avenida Cabildo en un Di Tella que era del padre de Carlos. Robledo Puch tuvo un descuido y se estrellaron contra otro coche. Ibañez, que viajaba en el asiento del acompañante, murió en el acto. Robledo Puch incurrió en una conducta habitual en él: la frialdad absoluta ante la muerte. Le sacó la cédula a Ibáñez, se bajó del coche y se retiró a pie.
Algunos dudaron, luego, de que Ibáñez hubiera muerto en un tonto accidente. El fin del muchacho pudo haber sido otro. ¿Un ajuste de cuentas? ¿Había una tercera persona en el coche? Lo cierto es que la muerte de Ibáñez marcó una pausa en la carrera criminal de Robledo Puch: dejó de matar y retomó sus estudios. Su madre le regaló un Dodge GTX cupé, con llantas deportivas. Costó 3.041.000 pesos. Lo compraron en una concesionaria de Martínez. Tiempo después, cuando le preguntaron al "ángel rubio", ya preso, cuál había sido el momento más feliz de su vida, no vaciló:
-El día en que mi madre me compró el coche.
En realidad, el Dodge Polara se lo compró su madre con dinero que Carlos Eduardo le daba. ¿Cómo hacía un muchacho para tener esa plata? Es que soy un gran mecánico y arreglo motos, mamá, decía él. Le creyeron. Algunos de los robos no produjeron botín alguno, porque los serenos asaltados no custodiaban dinero, pero el del supermercado Tanti, por ejemplo, los compensó: de allí se llevaron cinco millones.
Durante aquel intervalo feliz, su padre lo llevó en varios viajes de negocios al interior. Mientras tanto, algún policía intentaba ligar el rompecabezas macabro conformado por esos crímenes dispersos que se habían sucedido desde marzo.
Muerto Ibáñez, Robledo Puch se volcó hacia su amigo Somoza, con el que comenzó a salir cada noche. El 13 de noviembre rompieron la vidriera de una armería y se llevaron un revólver Astra Cádiz calibre 32. Dos días después asaltaron el supermercado El Rincón, de Boulogne. Acribillaron al sereno y encontraron la caja vacía. Al día siguiente, Robledo Puch estrelló el Dodge Polara contra un árbol en Figueroa Alcorta y Dorrego. Entonces, durante un tiempo, los asesinos se desplazaban en colectivo.
El 17 de noviembre, Robledo Puch y Somoza entraron en una concesionaria de autos en Olivos y mataron al cuidador. El 25 de noviembre entraron en la concesionaria Puchmartí, de Martínez, en la que su madre le había comprado el Dodge. Se filtraron por el techo, redujeron al sereno y le sacaron las llaves. Robledo Puch lo mató de un tiro en la nuca.
Se llevaron un millón. Se fueron en taxi y al día siguiente compraron un Fiat 600 gris. Querían prepararlo para competición. Le duró unos pocos días. Robledo Puch manejaba como un loco y al Fitito lo arrolló un colectivo. Lo vendieron como chatarra.
Después, vino el final. Fue el 1° de febrero de 1972. Salieron a "recorrer". Robledo Puch vestía una campera de corderoy Levi's, remera a rayas, jean sin cinturón con la cintura caída. En la muñeca llevaba un Omega Speedmaster y calzaba sus Adidas blancas.
Entraron en la ferretería Masseiro Hermanos, de Carupá. Como siempre, remataron de un tiro al vigilador. Luego intentaron abrir con las llaves la caja de caudales. Comenzaron a violentarla con un soplete. Somoza trabajaba y Robledo Puch vigilaba. Tras sopletear varias horas, Somoza hizo una pausa y se acercó a su compañero. Lo abrazó desde atrás, en un gesto amistoso. Robledo Puch se sobresaltó. Se dio vuelta y lo mató de un balazo. Después le quemó la cara con el mismo soplete. Robledo Puch terminó de abrir el cofre, recogió el botín y se fue. Con tanto apuro que dejó la cédula en el bolsillo de Somoza.
La policía identificó el cadáver de Somoza. Tenía un tiro en el corazón y la cara horriblemente quemada con fuego. Una comisión fue a la casa de Somoza. Una señora les dijo:
-¿Mi hijo? Ahora no está. Anda siempre con su amigo, Carlos.
-¿Qué Carlos?
-Carlos Robledo. Le dicen "el colorado".
Ella les dio las señas de la familia Robledo Puch: Las Acacias al 200, Villa Adelina.
Un coche de la subcomisaría Balnearios llegó a las cuatro de la tarde a ese chalet. Era el 3 de febrero de 1972. Apenas habían parado cuando apareció un chico en una motito.
-¿A quién esperan, señor? -preguntó Robledo Puch, desentendido.
-Pibe, ¿vos conocés a un tal Somoza?
-¿Somoza? No, ¿quién es?
-Debe ser un amigo tuyo, porque tenía tu cédula en el bolsillo.
La policía registró el chalet de los Robledo Puch y, escondido en un rincón del piano, encontró el dinero de los robos, así como dos revólveres calibre 32 y cinco calibre 22.
Lo subieron al coche y lo llevaron a la comisaría. Carlos Eduardo Robledo Puch al principio negó. Pero enseguida confesó todo, haciendo gala de una memoria excepcional. Recordaba cada detalle y le reveló a la policía algunos robos que ni siquiera estaban registrados.
Sin arrepentimiento
Sus confesiones llenaron durante meses la crónica policial. Lo bautizaron "El ángel negro", "El tuerca maldito", "Cara de ángel", "El muñeco maldito" o "El Chacal". Pero pronto la descripción de tantos crímenes dejó paso a otro deporte: interpretar a aquel monstruo que la sociedad había engendrado. Para algunos, fue el representante de una clase social parasitaria. Para otros, el exponente de una juventud destruida por anteriores generaciones. Uno de los psiquiatras que lo revisaron recordó que "ahora es un psicópata, hace unos años fue un chico asustadizo". Lo más sorprendente eran las explicaciones que el propio Robledo Puch daba. "Un pibe de veinte años no puede estar sin guita y sin coche." ¿Cinismo? ¿Provocación? ¿O la cruda explicación de un mundo de infinita miseria?
"Tenía 20 años, era aparentemente un chico común, perteneciente a una familia de clase media", lo describió el juez Víctor Sasson. No mostraba el aspecto de un criminal convencional. Una revista semanal lo interpretó a la luz del psicoanálisis: Robledo Puch, decía Panorama, "es visto como el Mal con aspecto de Bien y al horror real de los crímenes se suma el de la fantasía." Crónica explotó a fondo esa dualidad: "Es niño bien, tiene 20 años, carita de ángel, frío, feroz y cínico".
La saga del "ángel rubio" tuvo una impensada continuación: el 7 de julio de 1972, el entonces acusado en espera de juicio estaba recluido en una dependencia especial del Penal de Olmos, cerca de La Plata. Esa noche, en compañía de otro detenido, se fugó saltando por los techos. Estuvo en libertad durante 64 horas. Lo detuvieron mientras deambulaba por las calles de Olivos, el escenario de sus crímenes.
-¿Robledo Puch?
-Sí, soy yo.
-Párese, está detenido.
-No tiren.
Para Osvaldo Soriano, que escribió una crónica sobre él, "Robledo Puch desnuda la apetencia exitista de algunos jóvenes cuyos únicos valores son los símbolos de éxito".
Otro escritor, Osvaldo Aguirre, señala que Robledo Puch permanece en la memoria colectiva no sólo por la desmesura de sus crímenes, sino porque jamás se arrepintió ni pidió perdón. Por el contrario, en las numerosas entrevistas que concedió en estos treinta años en la cárcel de Sierra Chica, donde ocupa una celda del pabellón de homosexuales, reivindicó sus actos.
El paso del tiempo embellece el delito, aun el más sórdido. Así nacen los mitos criminales. Pero Carlos Eduardo Robledo Puch ha mantenido su odio incólume. No hay mito Robledo Puch. El horror continúa. "Mató a personas comunes sin ninguna razón y sin dar la menor posibilidad de defensa. Cualquiera pudo ser su vícitima: por eso fue la esencia del enemigo público." Y lo sigue siendo.
Alvaro Abos Copyright S. A. LA NACION 2006. Todos los derechos reservados
martes, octubre 31, 2006
Hacer Capote
UNO Empieza con un hombre hojeando el periódico, deteniéndose en una noticia, leyéndola, recortándola cuidadosamente con unas tijeras (con el mismo cuidado que otros coleccionistas dedican a mariposas o a estampillas) y, enseguida, llamando por teléfono a su editor en un prestigioso semanario para comunicarle que ya sabe, por fin, sobre qué quiere escribir. Quiere escribir sobre esa noticia que acaba de leer en la primera plana de The New York Times, 15 de noviembre de 1959, dice el hombre. Quiere ir a investigar in situ el brutal asesinato de toda una familia de granjeros en una pequeña ciudad llamada Holcomb, en Kansas.
Es un momento formidable. El instante preciso en que un escritor descubre cuál va a ser su próximo libro y que, además, será una obra maestra. El más íntimo e intransferible de los Big Bangs llevado a una pantalla luminosa en la oscuridad de una sala de cine.
Lo que empieza así –luego de una serie de postales de paisajes desolados de Kansas fundiendo con un horizonte de Manhattan– es una gran película titulada Capote, dirigida por Bennett Miller y protagonizada por Philip Seymour Hoffman.
DOS Hollywood no suele hacerles justicia a los escritores y, no conforme con eso, también los ha tratado muy mal. Francis Scott Fitzgerald y William Faulkner son los casos más célebres (un muy interesante y sádicamente entretenido libro de Ian Hamilton se ocupa de contar sus padecimientos y los de muchos otros en la llamada Fábrica de Sueños). Y, no conforme con ello, no satisfecha con torturar a los narradores fuera de las películas, Hollywood también se ha dedicado a banalizar el oficio en los films. La práctica de la literatura es uno de los trabajos menos cinematográficos y cinéticos que existen y así solemos temblar cada vez que se abre la puerta de un largometraje para que entre alguien y se presente como escritor. Hay contadas excepciones: Julia, Barton Fink y Smoke son algunas de las pocas que se me ocurren y que consiguen mostrar, total o parcialmente, el modo en que funciona la cabeza de alguien que vive buena parte del día en otro planeta o –como decía Capote– sabiendo que “es una vida muy penosa enfrentarse todos los días con una hoja en blanco, rebuscar entre las nubes y traer algo aquí abajo”.
TRES La génesis del libro titulado A sangre fría (1966) probablemente sea una de las más fiel y abundantemente documentadas en la historia de las letras norteamericanas. Varias biografías donde destacan la de Gerald Clarke y George Plimpton y John Malcom Brinnin, todo un capítulo del tan desopilante como desesperado volumen de conversaciones de Truman Capote con Lawrence Grobel, artículos del propio autor, un reciente y revelador epistolario (que Lumen pronto editará en castellano) y abundantes artículos más o menos neoperiodísticos dan cuenta de los cómos y los porqués de semejante acontecimiento que, dicen, cambió la vida literaria de su país y, seguro, la vida de Capote. El film de Hoffmann –antepongo el nombre del intérprete al del realizador porque se trata más de cine de actor que de autor, por más que uno y otro sean grandes amigos desde los 16 años y que éste sea, queda claro, un proyecto largamente acariciado por ambos– investiga y evoca el proceso de más de seis años que le llevó a Capote concluir A sangre fría en base a primerísimos planos, una actuación portentosa, varios secundarios de lujo, silencios elocuentes y música fúnebre para acabar contando varias historias al mismo tiempo. Varias líneas que se entretejen en una: el modo en que un escritor descubre y posee una trama, el modo en que esa trama acaba poseyendo al escritor, el modo en que escritor y trama y fiction y non-fiction acaban siendo una sola cosa, el modo en que la construcción de un libro puede modificar oderrumbar una o varias vidas. En este sentido, Capote –filmada en poco más de treinta días– es una love story poco convencional pero no por eso menos apasionada y una obra moral en el mejor y más elegante sentido de la palabra. Una advertencia tan clara y al mismo tiempo difusa como aquella que se leía a las puertas del Infierno de Dante o en el sello hasta entonces intacto del sepulcro de Tutankamón. Es decir: una de esas advertencias que sólo existen para no hacerles caso.
CUATRO Mientras escribo esto, aún no se sabe si Philip Seymour Hoffman –quien días atrás ya ganó el Premio de los Críticos de Los Angeles y el Golden Globe y el Independent Spirit Award– se ha llevado un merecido e indiscutible Oscar a casa. Tampoco importa demasiado que se lo den o no, porque en la naturaleza de los premios está la de ser injustos. Ignoro si a él le importa ganarlo. Supongo que no (porque no necesita que le confirmen su raro y personal talento) y que sí (porque un Oscar hace subir tus acciones y te abre puertas para poder seguir haciendo más grandes y mejores cosas). Lo que sí importa es que su caracterización de Capote no se queda en el calco de físico y de modales –como viene ocurriendo en las recientes y cada vez más numerosas caricaturescas biopics– sino que va mucho más lejos. El Capote de Hoffman incluye, además, la caracterización del proceso de pensamiento y de creación de Capote. Su método de mirada de rayos X sin párpados, su voz de serpiente hipnótica y su memoria prodigiosa capaz de derrumbar tanto a un asesino llamado Perry Smith obsesionado con desenterrar el tesoro de la Sierra Madre como a un autodestructor Marlon Brando que lo único que deseaba era enterrarse. Y, también, a sí mismo. Porque si algo cuenta Capote es la forma en que Capote se valía de una habilidad quirúrgica para localizar los puntos flacos en los otros a partir de las propias debilidades. Y una vez localizada la herida –recordar esa célebre frase suya sobre el don y el látigo y la autoflagelación– hundir en ella la pluma y la espada y extraer, una a una, las palabras.
CINCO Hoffman dijo que lo que le interesaba del “personaje” Capote era su costado vampírico y el modo en que se nutría de los demás para crecer como persona y artista. Este octubre se estrenará otra película sobre el escritor norteamericano: Infamous: Every Word Is True, dirigida por Douglas McGrath, con Toby Jones en el rol de Capote y Gwyneth Paltrow y Sandra Bullock en el reparto. Allí –sin ignorar el hecho de que la espera de un final para A sangre fría fue el inicio del crack-up del escritor– se llegará hasta la grieta de gracia: la imposibilidad de cerrar el vasto proyecto proustiano de Plegarias atendidas. Un vitriólico y chismoso exposé sobre la alta sociedad neoyorquina que bien podría haberse titulado A sangre azul y que, al publicarse un anticipo en Esquire, provocó un sismo en los penthouses de Manhattan que hizo caer a Capote desde las alturas para ya nunca volver a ser el que fue, iniciando una larga caída libre, un suicidio en cámara lenta, una cuenta regresiva de pastillas y botellas y drogas varias.
SEIS En 1980, cuatro años antes de su muerte, Capote reuniría textos sueltos en el magistral Música para camaleones (varios de ellos publicados en la revista Interview de Andy Warhol, otro vampiro genial), entre los que se encontraba la nouvelle “Ataúdes tallados a mano”, nueva y perfecta aproximación al true-crime. Fue por entonces cuando lo entrevistó el escritor Edmund White y fue a él a quien Capote le confió que todo se reducía a una única verdad: “Bueno, ya sabes, uno escribe unos cuantos libros... El resto es una vida horrible”, le dijo.
Capote –una de las mejores películas de los últimos tiempos, una lección de literatura hecha cine– termina en el segundo preciso en que Capote, luego de una ejecución, en un avión de regreso a casa, en las nubes, habiendo conseguido el final para su libro y sintiéndose culpable de todos los cargos, comienza a intuir la condena a perpetuidad de lo que, con el tiempo, será una certeza imposible de apelar o de liberar y olvidar bajo fianza.
Rodrigo Fresan 05-03-2006
© 2000-2006 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Todos los Derechos Reservados
Es un momento formidable. El instante preciso en que un escritor descubre cuál va a ser su próximo libro y que, además, será una obra maestra. El más íntimo e intransferible de los Big Bangs llevado a una pantalla luminosa en la oscuridad de una sala de cine.
Lo que empieza así –luego de una serie de postales de paisajes desolados de Kansas fundiendo con un horizonte de Manhattan– es una gran película titulada Capote, dirigida por Bennett Miller y protagonizada por Philip Seymour Hoffman.
DOS Hollywood no suele hacerles justicia a los escritores y, no conforme con eso, también los ha tratado muy mal. Francis Scott Fitzgerald y William Faulkner son los casos más célebres (un muy interesante y sádicamente entretenido libro de Ian Hamilton se ocupa de contar sus padecimientos y los de muchos otros en la llamada Fábrica de Sueños). Y, no conforme con ello, no satisfecha con torturar a los narradores fuera de las películas, Hollywood también se ha dedicado a banalizar el oficio en los films. La práctica de la literatura es uno de los trabajos menos cinematográficos y cinéticos que existen y así solemos temblar cada vez que se abre la puerta de un largometraje para que entre alguien y se presente como escritor. Hay contadas excepciones: Julia, Barton Fink y Smoke son algunas de las pocas que se me ocurren y que consiguen mostrar, total o parcialmente, el modo en que funciona la cabeza de alguien que vive buena parte del día en otro planeta o –como decía Capote– sabiendo que “es una vida muy penosa enfrentarse todos los días con una hoja en blanco, rebuscar entre las nubes y traer algo aquí abajo”.
TRES La génesis del libro titulado A sangre fría (1966) probablemente sea una de las más fiel y abundantemente documentadas en la historia de las letras norteamericanas. Varias biografías donde destacan la de Gerald Clarke y George Plimpton y John Malcom Brinnin, todo un capítulo del tan desopilante como desesperado volumen de conversaciones de Truman Capote con Lawrence Grobel, artículos del propio autor, un reciente y revelador epistolario (que Lumen pronto editará en castellano) y abundantes artículos más o menos neoperiodísticos dan cuenta de los cómos y los porqués de semejante acontecimiento que, dicen, cambió la vida literaria de su país y, seguro, la vida de Capote. El film de Hoffmann –antepongo el nombre del intérprete al del realizador porque se trata más de cine de actor que de autor, por más que uno y otro sean grandes amigos desde los 16 años y que éste sea, queda claro, un proyecto largamente acariciado por ambos– investiga y evoca el proceso de más de seis años que le llevó a Capote concluir A sangre fría en base a primerísimos planos, una actuación portentosa, varios secundarios de lujo, silencios elocuentes y música fúnebre para acabar contando varias historias al mismo tiempo. Varias líneas que se entretejen en una: el modo en que un escritor descubre y posee una trama, el modo en que esa trama acaba poseyendo al escritor, el modo en que escritor y trama y fiction y non-fiction acaban siendo una sola cosa, el modo en que la construcción de un libro puede modificar oderrumbar una o varias vidas. En este sentido, Capote –filmada en poco más de treinta días– es una love story poco convencional pero no por eso menos apasionada y una obra moral en el mejor y más elegante sentido de la palabra. Una advertencia tan clara y al mismo tiempo difusa como aquella que se leía a las puertas del Infierno de Dante o en el sello hasta entonces intacto del sepulcro de Tutankamón. Es decir: una de esas advertencias que sólo existen para no hacerles caso.
CUATRO Mientras escribo esto, aún no se sabe si Philip Seymour Hoffman –quien días atrás ya ganó el Premio de los Críticos de Los Angeles y el Golden Globe y el Independent Spirit Award– se ha llevado un merecido e indiscutible Oscar a casa. Tampoco importa demasiado que se lo den o no, porque en la naturaleza de los premios está la de ser injustos. Ignoro si a él le importa ganarlo. Supongo que no (porque no necesita que le confirmen su raro y personal talento) y que sí (porque un Oscar hace subir tus acciones y te abre puertas para poder seguir haciendo más grandes y mejores cosas). Lo que sí importa es que su caracterización de Capote no se queda en el calco de físico y de modales –como viene ocurriendo en las recientes y cada vez más numerosas caricaturescas biopics– sino que va mucho más lejos. El Capote de Hoffman incluye, además, la caracterización del proceso de pensamiento y de creación de Capote. Su método de mirada de rayos X sin párpados, su voz de serpiente hipnótica y su memoria prodigiosa capaz de derrumbar tanto a un asesino llamado Perry Smith obsesionado con desenterrar el tesoro de la Sierra Madre como a un autodestructor Marlon Brando que lo único que deseaba era enterrarse. Y, también, a sí mismo. Porque si algo cuenta Capote es la forma en que Capote se valía de una habilidad quirúrgica para localizar los puntos flacos en los otros a partir de las propias debilidades. Y una vez localizada la herida –recordar esa célebre frase suya sobre el don y el látigo y la autoflagelación– hundir en ella la pluma y la espada y extraer, una a una, las palabras.
CINCO Hoffman dijo que lo que le interesaba del “personaje” Capote era su costado vampírico y el modo en que se nutría de los demás para crecer como persona y artista. Este octubre se estrenará otra película sobre el escritor norteamericano: Infamous: Every Word Is True, dirigida por Douglas McGrath, con Toby Jones en el rol de Capote y Gwyneth Paltrow y Sandra Bullock en el reparto. Allí –sin ignorar el hecho de que la espera de un final para A sangre fría fue el inicio del crack-up del escritor– se llegará hasta la grieta de gracia: la imposibilidad de cerrar el vasto proyecto proustiano de Plegarias atendidas. Un vitriólico y chismoso exposé sobre la alta sociedad neoyorquina que bien podría haberse titulado A sangre azul y que, al publicarse un anticipo en Esquire, provocó un sismo en los penthouses de Manhattan que hizo caer a Capote desde las alturas para ya nunca volver a ser el que fue, iniciando una larga caída libre, un suicidio en cámara lenta, una cuenta regresiva de pastillas y botellas y drogas varias.
SEIS En 1980, cuatro años antes de su muerte, Capote reuniría textos sueltos en el magistral Música para camaleones (varios de ellos publicados en la revista Interview de Andy Warhol, otro vampiro genial), entre los que se encontraba la nouvelle “Ataúdes tallados a mano”, nueva y perfecta aproximación al true-crime. Fue por entonces cuando lo entrevistó el escritor Edmund White y fue a él a quien Capote le confió que todo se reducía a una única verdad: “Bueno, ya sabes, uno escribe unos cuantos libros... El resto es una vida horrible”, le dijo.
Capote –una de las mejores películas de los últimos tiempos, una lección de literatura hecha cine– termina en el segundo preciso en que Capote, luego de una ejecución, en un avión de regreso a casa, en las nubes, habiendo conseguido el final para su libro y sintiéndose culpable de todos los cargos, comienza a intuir la condena a perpetuidad de lo que, con el tiempo, será una certeza imposible de apelar o de liberar y olvidar bajo fianza.
Rodrigo Fresan 05-03-2006
© 2000-2006 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Todos los Derechos Reservados
Penjerek: la desaparecida
Le decían Pipi, tenía 16 años. Fue a la clase de inglés y nunca volvió. Vivía en el barrio de Floresta, era la única hija del empleado municipal Enrique Penjerek y de la enfermera Clara Breitman. Cursaba el quinto año del Liceo de Señoritas N° 12 y soñaba con estudiar odontología. Se llamaba Norma Mirta Penjerek.
A las siete de la mañana del 29 de mayo de 1962 el termómetro marcaba una décima de grado bajo cero: era el día más frío del año.
-Nena, no se te ocurra ir a inglés, esto es Siberia -le dijo su mamá cuando ella volvió del colegio-. Además, no hay colectivo.
-¿Por qué?, ¿qué pasa?
-Hay paro general.
A Norma Mirta, como a toda chica de su edad, la casa la oprimía. ¿Quedarse en su cuarto, escuchando el último disco de Elvis Presley? ¿Escribiendo en su diario -poemas, pensamientos, fantasías- con esa letra redonda y prolija? Pero a Norma Mirta, esa muchacha de mirada soñadora, ¿qué le importaba de la CGT?
Además, cuando había paro, los dueños manejaban los colectivos. Norma Mirta envolvió su cuello en una bufanda de lana.
Esa tarde, la señorita Perla, la profesora de inglés, la notó un poco lánguida. La clase de inglés duró desde las siete y diez hasta las ocho menos cuarto. Veinte minutos después, Norma Mirta tendría que haber estado en casa. La señorita Perla Stazauer de Priellitansky era profesora de inglés en el colegio Cinco Esquinas y daba clases particulares en su casa de Boyacá 420. ¿Le había dicho algo Norma Mirta aquella tarde? Sólo después, cuando pasó todo, a la profesora le pareció que la muchacha estaba preocupada.
De Boyacá al 400 hasta la casa de los Penjerek, en la avenida Juan Bautista Alberdi 3252, hay unas 17 cuadras. ¿Qué camino hizo Norma Mirta? ¿Acaso subió a un colectivo 76, que -por el paro- pasaba cada muerte de obispo? ¿Caminó? ¿Hubo algún incidente en aquella tarde que ya era noche invernal?
A las nueve, la mamá, ya muy inquieta, hizo lo que hacen todas las madres: llamó a las compañeras y a las amigas de su hija.
-No, señora, yo no la vi.
La última esperanza de los padres era una chica llamada Aída Robles, la amiga íntima de Norma Mirta. Pero Aída no sabía nada.
A la medianoche, el señor Penjerek llegó a la comisaría 40a. y denunció que su hija había desaparecido. ¿Cómo iba vestida? Una pollera gris tableada, un blazer azul.
Las semanas pasaron con la lentitud de una tortura. Todas las hipótesis fueron barajadas y descartadas. Se descartó que hubiera sufrido un accidente: ni en los hospitales ni en las clínicas había señales de Norma Mirta. Sencillamente, la ciudad se la había tragado.
La sociedad apenas percibió este drama. Era sólo una chica perdida en la ciudad inmensa. Quedaron algunas huellas, pocas. Una pequeña noticia en algún diario: "Extraña desaparición de una jovencita".
A los diez días, la familia publicó una solicitada con la foto de Norma Mirta: "Se busca". Como siempre en estos casos, acudieron mitómanos y perversos; también, alguna gente de buena fe, confundida. Un vivillo pidió dos mil pesos para revelar la verdad sobre la muchacha: se descubrió que no sabía nada y quedó detenido por tentativa de extorsión.
Pasó un día y otro y otro. Norma Mirta Penjerek sería un nombre más en la larga nómina que llena los ficheros de la Sección Desaparecidos del Departamento de Policía.
Un cadáver desnudo
Cuarenta y seis días después de la desaparición de Norma Mirta, a las seis de la mañana del lunes 16 de julio de 1962, sonó el teléfono en la planta baja D de la avenida Juan Bautista Alberdi. Los padres, antes de descolgar, intuyeron que sería una mala noticia.
El domingo 15, un perro había olfateado algo en unos terrenos baldíos de Llavallol, en el sudoeste del Gran Buenos Aires. Un objeto extraño asomaba en el fango. El perro pertenecía a un guardián del Instituto Fitotécnico de la Universidad Nacional de La Plata. El hombre tardó en reconocer esa forma. Eran los dedos de una mano. El lugar no podía ser más lóbrego: unos potreros usados para experimentar cultivos. Personal de la comisaría de Llavallol concurrió inmediatamente y desenterró el cadáver, ya muy descompuesto, de una mujer desnuda.
Aquellos policías provinciales actuaron con poco profesionalismo, según críticas que se formularon luego. No acordonaron el lugar para conservar huellas. Lo pisotearon. Tampoco interrogaron al guardián. No se analizaron algunas prendas halladas cerca: un corpiño, un pulóver marrón y una enagua celeste. Ninguna de ellas pertenecía a Norma Mirta.
¿Quién era la mujer encontrada en Llavallol?
Había sido estrangulada con un alambre y un instrumento cortante le había seccionado la vena cava superior. La primera autopsia la hizo el forense doctor Carlos Garay. Determinó que la víctima era una mujer de 1,65 de estatura y unos veinte años de edad. Esto no coincidía con Norma Mirta, que medía 10 centímetros menos.
Horrorizados, los padres fueron a la morgue de La Plata. El cadáver desfigurado de Llavallol no les recordó para nada a la hija perdida. Una segunda autopsia, realizada por el doctor Antonio Lara, rescató una huella dactilar, la del dedo anular de la mano izquierda. Según este forense, era la única huella reconocible. La comparó con la ficha dactiloscópica de Penjerek. Eran idénticas. Según esta autopsia, la muerte se habría producido el 6 de julio, con un margen de 48 horas en más o en menos. O sea: entre el 4 y el 8 de julio de 1962. Pero esto no coincidía con el avanzado estado de descomposición que presentaba el cuerpo cuando había sido hallado, el 15 de julio. Norma Mirta se atendía en el consultorio de un dentista de Floresta, quien reconoció la dentadura del cadáver. Con este testimonio, la Justicia dictaminó que el cadáver de Llavallol era el de Penjerek. La causa por homicidio recayó en el juzgado del doctor Alberto Garganta, en los tribunales de La Plata. El 25 de agosto de 1962, el cuerpo fue devuelto a la familia.
Una multitud acompañó el féretro a su última morada en el cementerio de La Tablada.
La delatora
Durante el año que siguió, no se produjo ningún avance en la investigación. El crimen de Norma Mirta no fue mencionado por la prensa, que, durante la segunda parte del año 1962 y el primer semestre de 1963, tuvo muchos temas de los que ocuparse.
De pronto, el 15 de julio de 1963, la noticia explotó en los diarios argentinos: una mujer detenida por la Brigada de Moralidad en la vereda de la estación Constitución, dijo: "Yo sé quién mató a la chica Penjerek".
La delatora se llamaba María Sisti, tenía 23 años y varias entradas por ejercer la profesión más antigua del mundo. Interrogada a fondo por el comisario Jorge Colotto, de la Policía Federal, y por el subinspector Vodeb y el subcomisario Toledo, de Llavallol, María Sisti contó una historia extraña.
En la localidad de Florencio Varela, a pocos metros de la estación, la tienda La Preferida vendía zapatos para mujeres. Su propietario era un hombre de 47 años llamado Pedro Vecchio, un viudo con dos hijas. Tenía un Kaiser Carabela verde claro. También era concejal electo por el partido Unión Vecinal, orientado por el político peronista Juan Carlos Fonrouge. Según Sisti, Vecchio era la cabeza de una red de prostitución y pornografía que se especializaba en proveer "carne fresca" para orgías con gente adinerada y políticos influyentes. Según la declaración, Vecchio y cinco o seis cómplices reclutaban menores a quienes corrompían con drogas. Vecchio no actuaba solo; lo secundaba una tal Laura Muzzio de Villano, dueña de una boutique situada a pocos metros de la zapatería de Vecchio. Sisti había visto a Norma Mirta en el escenario de las fiestas negras, el chalet Los Eucaliptos, situado en otra localidad del sur bonaerense: Bosques.
Luego de estas revelaciones, otras tres jóvenes prostitutas fueron detenidas y confirmaron la historia, que poco a poco fue filtrándose a la prensa. También confesó Villano. Cada día, nuevas revelaciones conmovían a la opinión pública con detalles truculentos: Vecchio habría salido a "cazar" jóvenes aquel 29 de mayo. Según María Sisti, Vecchio y sus cómplices levantaron a Penjerek y, tras drogarla, la entregaron a un cliente. Luego le sacaron fotos. Vecchio -siempre según Sisti- habría estrangulado y acuchillado a Norma Mirta en Los Eucaliptos cuando ella quiso resistirse a que siguieran drogándola. Envolvieron el cuerpo en una manta y lo escondieron en el sótano del chalet de Bosques. Sólo cuando empezó a descomponerse y temieron que el hedor advirtiera a los vecinos, lo llevaron a un descampado de Llavallol, donde quedó semienterrado.
A todo esto, ¿qué pasaba con el tal Vecchio? No fue encontrado en su domicilio. Indudablemente, había huido. Pero el 23 de septiembre de 1963 se presentó espontáneamente y proclamó su inocencia: "No tengo nada que ver con todo esto -dijo el comerciante-. Nunca vi en mi vida a esa chica y no sé quién es".
Una psicosis se había desatado en Buenos Aires. La juventud argentina estaba siendo pervertida por intereses espurios, decían organizaciones familiares, ligas de madres, ciudadanos, personalidades. Se reclamaba la limpieza profunda de esa escoria. Si alguien hubiera dicho una palabra en favor de Vecchio lo habrían acusado de alentar la corrupción de la juventud argentina. En el Parlamento surgido de las elecciones de 1963 se exigió una interpelación. Miles de cartas habían desbordado el despacho del general Osiris Villegas, ministro del Interior del gobierno provisional del presidente José María Guido. Hasta la CGT, en una de sus declaraciones, incluyó "la limpieza moral" entre los reclamos de sus frecuentes huelgas generales.
El 29 de junio de 1963 había salido a la calle un nuevo vespertino: Crónica, editado por Héctor Ricardo García. Las primeras semanas no conseguía vender más de 20.000 ejemplares. Pero con las revelaciones que resucitaron el crimen de la Penjerek, el nuevo diario agotaba ediciones, y así se instaló en el difícil mercado de los diarios de la tarde. Gracias a sus truculentas notas, Crónica superó la barrera de los 100.000 ejemplares. Alguien le dio al diario de Héctor Ricardo García fotos de supuestas orgías. En ellas no se veían los rostros, pero sí los cuerpos.
La hipótesis Eichmann
El 23 de agosto de 1963, el matutino El Mundo -que contaba entre sus columnistas a Edgardo da Mommio, Horacio de Dios y Bernardo Neustadt- lanzó una versión diferente: Norma Mirta Penjerek habría sido asesinada por sectores de ultraderecha, en represalia contra el secuestro en la Argentina de Adolfo Eichmann y su posterior juicio y ejecución en Jerusalén.
Esta versión ligaba a una anónima adolescente porteña con uno de los máximos responsables del Holocausto.
Otra versión sostenía que Enrique Penjerek, destacado miembro de la colectividad judía argentina, habría sido uno de los informantes -cuya identidad nunca se reveló- del comando que encontró y secuestró a Adolfo Eichmann.
Nada de esto ha sido probado.
Los ángeles asesinados
El proceso a los acusados de corromper, torturar y asesinar a Norma Mirta Penjerek se arrastró por varios juzgados. Intervinieron en total ocho magistrados. El 5 de abril de 1965, la Cámara del Crimen de la Capital Federal decretó el sobreseimiento de Pedro Vecchio, que recuperó la libertad: ni uno solo de los cargos que se le formularon pudo probarse. Sus acusadores, como Mabel Sisti, denunciaron luego que habían sido torturados, presionados e inducidos para que acusaran a Vecchio.
El caso Penjerek tuvo otras secuelas: algunos policías fueron procesados por tortura. Al comisario Colotto, años después, lo acusaron de integrar la Triple A.
Pero, ¿por qué le habían tendido semejante trampa a Pedro Vecchio, si sólo era un honesto comerciante? ¿Por qué a él? Se habría aprovechado una enemistad barrial para encontrar un chivo expiatorio: el comerciante Vecchio. Un fotógrafo de Florencio Varela, llamado José Luis Fernández, odiaba a Vecchio porque éste habría ayudado a una hija de aquél, de 26 años, cuando ésta abandonó la casa de su padre. La inquina de Fernández hacia Vecchio habría sido tan tenaz que un tiempo atrás lo había denunciado como traficante de drogas; entonces aportó como prueba unas fotos de Vecchio mientras cargaba paquetes en una camioneta. Pero esos paquetes sólo eran cajas de zapatos. María Sisti, por su parte, se retractó de las acusaciones contra Vecchio. Fernández, dijo, le había pagado 50.000 pesos para que acusara a Vecchio.
Nunca se supo quién mató a Norma Mirta Penjerek. Su nombre quedó inscripto en la larga galería de las mujeres cuya muerte ha quedado impune.
La Justicia, dice el Evangelio, no es un reino de este mundo. ¿Será de otro?
Alvaro Abos Copyright S. A. LA NACION 2006. Todos los derechos reservados.
A las siete de la mañana del 29 de mayo de 1962 el termómetro marcaba una décima de grado bajo cero: era el día más frío del año.
-Nena, no se te ocurra ir a inglés, esto es Siberia -le dijo su mamá cuando ella volvió del colegio-. Además, no hay colectivo.
-¿Por qué?, ¿qué pasa?
-Hay paro general.
A Norma Mirta, como a toda chica de su edad, la casa la oprimía. ¿Quedarse en su cuarto, escuchando el último disco de Elvis Presley? ¿Escribiendo en su diario -poemas, pensamientos, fantasías- con esa letra redonda y prolija? Pero a Norma Mirta, esa muchacha de mirada soñadora, ¿qué le importaba de la CGT?
Además, cuando había paro, los dueños manejaban los colectivos. Norma Mirta envolvió su cuello en una bufanda de lana.
Esa tarde, la señorita Perla, la profesora de inglés, la notó un poco lánguida. La clase de inglés duró desde las siete y diez hasta las ocho menos cuarto. Veinte minutos después, Norma Mirta tendría que haber estado en casa. La señorita Perla Stazauer de Priellitansky era profesora de inglés en el colegio Cinco Esquinas y daba clases particulares en su casa de Boyacá 420. ¿Le había dicho algo Norma Mirta aquella tarde? Sólo después, cuando pasó todo, a la profesora le pareció que la muchacha estaba preocupada.
De Boyacá al 400 hasta la casa de los Penjerek, en la avenida Juan Bautista Alberdi 3252, hay unas 17 cuadras. ¿Qué camino hizo Norma Mirta? ¿Acaso subió a un colectivo 76, que -por el paro- pasaba cada muerte de obispo? ¿Caminó? ¿Hubo algún incidente en aquella tarde que ya era noche invernal?
A las nueve, la mamá, ya muy inquieta, hizo lo que hacen todas las madres: llamó a las compañeras y a las amigas de su hija.
-No, señora, yo no la vi.
La última esperanza de los padres era una chica llamada Aída Robles, la amiga íntima de Norma Mirta. Pero Aída no sabía nada.
A la medianoche, el señor Penjerek llegó a la comisaría 40a. y denunció que su hija había desaparecido. ¿Cómo iba vestida? Una pollera gris tableada, un blazer azul.
Las semanas pasaron con la lentitud de una tortura. Todas las hipótesis fueron barajadas y descartadas. Se descartó que hubiera sufrido un accidente: ni en los hospitales ni en las clínicas había señales de Norma Mirta. Sencillamente, la ciudad se la había tragado.
La sociedad apenas percibió este drama. Era sólo una chica perdida en la ciudad inmensa. Quedaron algunas huellas, pocas. Una pequeña noticia en algún diario: "Extraña desaparición de una jovencita".
A los diez días, la familia publicó una solicitada con la foto de Norma Mirta: "Se busca". Como siempre en estos casos, acudieron mitómanos y perversos; también, alguna gente de buena fe, confundida. Un vivillo pidió dos mil pesos para revelar la verdad sobre la muchacha: se descubrió que no sabía nada y quedó detenido por tentativa de extorsión.
Pasó un día y otro y otro. Norma Mirta Penjerek sería un nombre más en la larga nómina que llena los ficheros de la Sección Desaparecidos del Departamento de Policía.
Un cadáver desnudo
Cuarenta y seis días después de la desaparición de Norma Mirta, a las seis de la mañana del lunes 16 de julio de 1962, sonó el teléfono en la planta baja D de la avenida Juan Bautista Alberdi. Los padres, antes de descolgar, intuyeron que sería una mala noticia.
El domingo 15, un perro había olfateado algo en unos terrenos baldíos de Llavallol, en el sudoeste del Gran Buenos Aires. Un objeto extraño asomaba en el fango. El perro pertenecía a un guardián del Instituto Fitotécnico de la Universidad Nacional de La Plata. El hombre tardó en reconocer esa forma. Eran los dedos de una mano. El lugar no podía ser más lóbrego: unos potreros usados para experimentar cultivos. Personal de la comisaría de Llavallol concurrió inmediatamente y desenterró el cadáver, ya muy descompuesto, de una mujer desnuda.
Aquellos policías provinciales actuaron con poco profesionalismo, según críticas que se formularon luego. No acordonaron el lugar para conservar huellas. Lo pisotearon. Tampoco interrogaron al guardián. No se analizaron algunas prendas halladas cerca: un corpiño, un pulóver marrón y una enagua celeste. Ninguna de ellas pertenecía a Norma Mirta.
¿Quién era la mujer encontrada en Llavallol?
Había sido estrangulada con un alambre y un instrumento cortante le había seccionado la vena cava superior. La primera autopsia la hizo el forense doctor Carlos Garay. Determinó que la víctima era una mujer de 1,65 de estatura y unos veinte años de edad. Esto no coincidía con Norma Mirta, que medía 10 centímetros menos.
Horrorizados, los padres fueron a la morgue de La Plata. El cadáver desfigurado de Llavallol no les recordó para nada a la hija perdida. Una segunda autopsia, realizada por el doctor Antonio Lara, rescató una huella dactilar, la del dedo anular de la mano izquierda. Según este forense, era la única huella reconocible. La comparó con la ficha dactiloscópica de Penjerek. Eran idénticas. Según esta autopsia, la muerte se habría producido el 6 de julio, con un margen de 48 horas en más o en menos. O sea: entre el 4 y el 8 de julio de 1962. Pero esto no coincidía con el avanzado estado de descomposición que presentaba el cuerpo cuando había sido hallado, el 15 de julio. Norma Mirta se atendía en el consultorio de un dentista de Floresta, quien reconoció la dentadura del cadáver. Con este testimonio, la Justicia dictaminó que el cadáver de Llavallol era el de Penjerek. La causa por homicidio recayó en el juzgado del doctor Alberto Garganta, en los tribunales de La Plata. El 25 de agosto de 1962, el cuerpo fue devuelto a la familia.
Una multitud acompañó el féretro a su última morada en el cementerio de La Tablada.
La delatora
Durante el año que siguió, no se produjo ningún avance en la investigación. El crimen de Norma Mirta no fue mencionado por la prensa, que, durante la segunda parte del año 1962 y el primer semestre de 1963, tuvo muchos temas de los que ocuparse.
De pronto, el 15 de julio de 1963, la noticia explotó en los diarios argentinos: una mujer detenida por la Brigada de Moralidad en la vereda de la estación Constitución, dijo: "Yo sé quién mató a la chica Penjerek".
La delatora se llamaba María Sisti, tenía 23 años y varias entradas por ejercer la profesión más antigua del mundo. Interrogada a fondo por el comisario Jorge Colotto, de la Policía Federal, y por el subinspector Vodeb y el subcomisario Toledo, de Llavallol, María Sisti contó una historia extraña.
En la localidad de Florencio Varela, a pocos metros de la estación, la tienda La Preferida vendía zapatos para mujeres. Su propietario era un hombre de 47 años llamado Pedro Vecchio, un viudo con dos hijas. Tenía un Kaiser Carabela verde claro. También era concejal electo por el partido Unión Vecinal, orientado por el político peronista Juan Carlos Fonrouge. Según Sisti, Vecchio era la cabeza de una red de prostitución y pornografía que se especializaba en proveer "carne fresca" para orgías con gente adinerada y políticos influyentes. Según la declaración, Vecchio y cinco o seis cómplices reclutaban menores a quienes corrompían con drogas. Vecchio no actuaba solo; lo secundaba una tal Laura Muzzio de Villano, dueña de una boutique situada a pocos metros de la zapatería de Vecchio. Sisti había visto a Norma Mirta en el escenario de las fiestas negras, el chalet Los Eucaliptos, situado en otra localidad del sur bonaerense: Bosques.
Luego de estas revelaciones, otras tres jóvenes prostitutas fueron detenidas y confirmaron la historia, que poco a poco fue filtrándose a la prensa. También confesó Villano. Cada día, nuevas revelaciones conmovían a la opinión pública con detalles truculentos: Vecchio habría salido a "cazar" jóvenes aquel 29 de mayo. Según María Sisti, Vecchio y sus cómplices levantaron a Penjerek y, tras drogarla, la entregaron a un cliente. Luego le sacaron fotos. Vecchio -siempre según Sisti- habría estrangulado y acuchillado a Norma Mirta en Los Eucaliptos cuando ella quiso resistirse a que siguieran drogándola. Envolvieron el cuerpo en una manta y lo escondieron en el sótano del chalet de Bosques. Sólo cuando empezó a descomponerse y temieron que el hedor advirtiera a los vecinos, lo llevaron a un descampado de Llavallol, donde quedó semienterrado.
A todo esto, ¿qué pasaba con el tal Vecchio? No fue encontrado en su domicilio. Indudablemente, había huido. Pero el 23 de septiembre de 1963 se presentó espontáneamente y proclamó su inocencia: "No tengo nada que ver con todo esto -dijo el comerciante-. Nunca vi en mi vida a esa chica y no sé quién es".
Una psicosis se había desatado en Buenos Aires. La juventud argentina estaba siendo pervertida por intereses espurios, decían organizaciones familiares, ligas de madres, ciudadanos, personalidades. Se reclamaba la limpieza profunda de esa escoria. Si alguien hubiera dicho una palabra en favor de Vecchio lo habrían acusado de alentar la corrupción de la juventud argentina. En el Parlamento surgido de las elecciones de 1963 se exigió una interpelación. Miles de cartas habían desbordado el despacho del general Osiris Villegas, ministro del Interior del gobierno provisional del presidente José María Guido. Hasta la CGT, en una de sus declaraciones, incluyó "la limpieza moral" entre los reclamos de sus frecuentes huelgas generales.
El 29 de junio de 1963 había salido a la calle un nuevo vespertino: Crónica, editado por Héctor Ricardo García. Las primeras semanas no conseguía vender más de 20.000 ejemplares. Pero con las revelaciones que resucitaron el crimen de la Penjerek, el nuevo diario agotaba ediciones, y así se instaló en el difícil mercado de los diarios de la tarde. Gracias a sus truculentas notas, Crónica superó la barrera de los 100.000 ejemplares. Alguien le dio al diario de Héctor Ricardo García fotos de supuestas orgías. En ellas no se veían los rostros, pero sí los cuerpos.
La hipótesis Eichmann
El 23 de agosto de 1963, el matutino El Mundo -que contaba entre sus columnistas a Edgardo da Mommio, Horacio de Dios y Bernardo Neustadt- lanzó una versión diferente: Norma Mirta Penjerek habría sido asesinada por sectores de ultraderecha, en represalia contra el secuestro en la Argentina de Adolfo Eichmann y su posterior juicio y ejecución en Jerusalén.
Esta versión ligaba a una anónima adolescente porteña con uno de los máximos responsables del Holocausto.
Otra versión sostenía que Enrique Penjerek, destacado miembro de la colectividad judía argentina, habría sido uno de los informantes -cuya identidad nunca se reveló- del comando que encontró y secuestró a Adolfo Eichmann.
Nada de esto ha sido probado.
Los ángeles asesinados
El proceso a los acusados de corromper, torturar y asesinar a Norma Mirta Penjerek se arrastró por varios juzgados. Intervinieron en total ocho magistrados. El 5 de abril de 1965, la Cámara del Crimen de la Capital Federal decretó el sobreseimiento de Pedro Vecchio, que recuperó la libertad: ni uno solo de los cargos que se le formularon pudo probarse. Sus acusadores, como Mabel Sisti, denunciaron luego que habían sido torturados, presionados e inducidos para que acusaran a Vecchio.
El caso Penjerek tuvo otras secuelas: algunos policías fueron procesados por tortura. Al comisario Colotto, años después, lo acusaron de integrar la Triple A.
Pero, ¿por qué le habían tendido semejante trampa a Pedro Vecchio, si sólo era un honesto comerciante? ¿Por qué a él? Se habría aprovechado una enemistad barrial para encontrar un chivo expiatorio: el comerciante Vecchio. Un fotógrafo de Florencio Varela, llamado José Luis Fernández, odiaba a Vecchio porque éste habría ayudado a una hija de aquél, de 26 años, cuando ésta abandonó la casa de su padre. La inquina de Fernández hacia Vecchio habría sido tan tenaz que un tiempo atrás lo había denunciado como traficante de drogas; entonces aportó como prueba unas fotos de Vecchio mientras cargaba paquetes en una camioneta. Pero esos paquetes sólo eran cajas de zapatos. María Sisti, por su parte, se retractó de las acusaciones contra Vecchio. Fernández, dijo, le había pagado 50.000 pesos para que acusara a Vecchio.
Nunca se supo quién mató a Norma Mirta Penjerek. Su nombre quedó inscripto en la larga galería de las mujeres cuya muerte ha quedado impune.
La Justicia, dice el Evangelio, no es un reino de este mundo. ¿Será de otro?
Alvaro Abos Copyright S. A. LA NACION 2006. Todos los derechos reservados.
La involución de la razón
Para la izquierda en general, y los progresistas y demócratas en especial, se trata de nada menos que de una nueva batalla ganada por los fundamentalistas en su guerra a muerte contra la ciencia y la seguridad social. Para los grupos conservadores que están por detrás del proyecto, se trata de preservar la cualidad más distintiva de la civilización occidental, en su versión norteamericana: la libertad de conciencia individual. En dieciocho estados, sus congresos están a punto de aprobar la legislación que permitirá que un médico se rehúse a prescribir un medicamento o dirigir un tratamiento. O peor: directamente no atender a una persona. Le bastará con decir: “Mi religión no me lo permite”.
Un ginecólogo del Opus Dei no prescribirá una píldora anticonceptiva, ni mucho menos le ofrecerá a su paciente la opción terapéutica de interrumpir un embarazo. Un andrólogo fundamentalista jamás le firmará la receta de Viagra a un hombre mayor si sabe que es para que mejore sus erecciones con otro varón. Y acaso tampoco atienda a una madre soltera. Hasta ahora era probable que estos médicos obraran así. La diferencia es que pronto estarán protegidos y aun estimulados por la ley.
La escalada se ha vuelto en estos últimos días de una extremidad sin parangón, y cada vez parece más difícil separar en Estados Unidos el ámbito religioso de la vida profesional. La idea es preservar la opción personal y religiosa por sobre el profesionalismo universalista: una idea antirrepublicana y antiilustrada en la más antigua democracia de la Tierra. Aunque la tensión, como se prevé, será cada vez mayor entre la defensa de los valores religiosos y los derechos de los pacientes en la Norteamérica del evangélico George W. Bush.
¿Mañana seremos todos norteamericanos?
Un gran cuerpo de la legislación surgió en Estados Unidos para proteger a los farmacéuticos que se rehusaron por razones de conciencia, y fueron juzgados por ello, a vender la píldora del “día después”, un anticonceptivo a posteriori que permite a las mujeres interrumpir un embarazo después de una relación en la que sospechan que quedaron impregnadas. Los tribunales se encontraban con un vacío legal y de jurisprudencia, aunque muchos jueces eran favorables con quienes se negaban a colaborar con lo que veían como un aborto express. Ahora, las leyes cubrirán un espectro mucho más amplio, que incluirá el amparo a doctores, anestesistas, enfermeros, auxiliares, técnicos o cualquier empleado que rechace participar, por razones religiosas, en algún tipo de terapia. O peor, que rechace administrársela a determinadas personas que no le parecen dignas de mejoría, alivio o felicidad. Algunas de estas terapias se cuentan entre las que más han polarizado estos últimos años a Occidente, por los dilemas bioéticos que plantean para muchos: la fertilización asistida, in vitro o con otras técnicas, la eutanasia o suicidio asistido, o los tratamientos e investigaciones que implican el uso de células madre de los embriones.
Los estados norteamericanos que buscan defender por ley a sus renuentes trabajadores de la salud son justamente aquellos donde se aprobaron terapias de estos nuevos tipos. Son estados que de pronto ingresan al brave new world de la modernidad más acuciante, al incierto y cada vez más complejo mundo en donde conviven la iglesia rural y la clonación, el matriarcado y los cyborgs, los cuáqueros y las elecciones sexuales más libres y profundas, la granja de Wyoming y el testeo genético de embriones. La operación es conocida por todos los sociólogos: dos pasos adelante, muchos más atrás. El avance de las ciencias no se ve acompañado por un avance correlativo de las sociedades, apegadas a sistemas de ideas y creencias tradicionales y arcaicas que no han podido procesar esos cambios, y que prefieren un repudio cerrado porque ven en ellos una amenaza a su forma de vida. “Esta legislación restaura lo que significa haber nacido en este gran país”, dijo al Washington Post David Stevens, director de la Christian Medical & Dental Association: “Porque la conciencia es la más sagrada de todas las propiedades. Los doctores, los dentistas, las enfermeras ya no podrán ser forzados a violar su propia conciencia”. Por eso hay consternación entre todos quienes de un modo u otro están involucrados en la defensa del aborto, en la prevención del sida, los derechos a la muerte asistida o los movimientos sociales.
La agenda del mal
Todo había empezado tras la legalización de la píldora del día después. Hubo de inmediato farmacéuticos que se negaron a prescribirla, como en España funcionarios del registro civil se negaron a casar a personas del mismo sexo. En Estados Unidos fueron expulsados de sus trabajos, y algunos juzgados. Esto llevó a que el año pasado las asociaciones conservadores comenzaran a sopesar la necesidad de elaborar un nuevo cuerpo legal. Este año la cuestión ganó preeminencia por una serie de factores concordantes: no sólo la legalización de las nuevas, y polarizantes terapias, sino los debates lacerantes y las dudas que produjo en la sociedad norteamericana el caso Terri Schiavo, la mujer a quien se ayudó a morir y poner fin a su agonía.
La situación actual demuestra que los posicionamientos políticos de la derecha fundamentalista han cambiado, y se han hecho a la vez más activos en sus métodos y más amplios en sus reivindicaciones. El movimiento llamado pro-derecho a la vida, que es el que nuclea a los diferentes grupos conservadores, ha extendido su agenda más allá de su lucha en contra del aborto. Dado el poder político y económico de los grupos que lo conforman, los riesgos de los pacientes se incrementan. A veces, hasta límites desesperantes, como cuando una mujer debe recorrer varias farmacias para obtener su píldora del día después, porque si espera un día más ya deberá recurrir a técnicas abortivas más riesgosas.
Desde luego, la legislación abre una posible escalada de nuevos dilemas. Los medios ya multiplican las preguntas: ¿qué sucederá, por ejemplo, en el campo de la educación?, ¿cuánto tiempo falta para que un maestro se niegue a impartir lecciones de educación sexual y no explique los órganos que están debajo de la cintura, por defender la abstinencia sexual hasta el matrimonio?
Sergio Di Nucci
© 2000-2006 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Todos los Derechos Reservados
Un ginecólogo del Opus Dei no prescribirá una píldora anticonceptiva, ni mucho menos le ofrecerá a su paciente la opción terapéutica de interrumpir un embarazo. Un andrólogo fundamentalista jamás le firmará la receta de Viagra a un hombre mayor si sabe que es para que mejore sus erecciones con otro varón. Y acaso tampoco atienda a una madre soltera. Hasta ahora era probable que estos médicos obraran así. La diferencia es que pronto estarán protegidos y aun estimulados por la ley.
La escalada se ha vuelto en estos últimos días de una extremidad sin parangón, y cada vez parece más difícil separar en Estados Unidos el ámbito religioso de la vida profesional. La idea es preservar la opción personal y religiosa por sobre el profesionalismo universalista: una idea antirrepublicana y antiilustrada en la más antigua democracia de la Tierra. Aunque la tensión, como se prevé, será cada vez mayor entre la defensa de los valores religiosos y los derechos de los pacientes en la Norteamérica del evangélico George W. Bush.
¿Mañana seremos todos norteamericanos?
Un gran cuerpo de la legislación surgió en Estados Unidos para proteger a los farmacéuticos que se rehusaron por razones de conciencia, y fueron juzgados por ello, a vender la píldora del “día después”, un anticonceptivo a posteriori que permite a las mujeres interrumpir un embarazo después de una relación en la que sospechan que quedaron impregnadas. Los tribunales se encontraban con un vacío legal y de jurisprudencia, aunque muchos jueces eran favorables con quienes se negaban a colaborar con lo que veían como un aborto express. Ahora, las leyes cubrirán un espectro mucho más amplio, que incluirá el amparo a doctores, anestesistas, enfermeros, auxiliares, técnicos o cualquier empleado que rechace participar, por razones religiosas, en algún tipo de terapia. O peor, que rechace administrársela a determinadas personas que no le parecen dignas de mejoría, alivio o felicidad. Algunas de estas terapias se cuentan entre las que más han polarizado estos últimos años a Occidente, por los dilemas bioéticos que plantean para muchos: la fertilización asistida, in vitro o con otras técnicas, la eutanasia o suicidio asistido, o los tratamientos e investigaciones que implican el uso de células madre de los embriones.
Los estados norteamericanos que buscan defender por ley a sus renuentes trabajadores de la salud son justamente aquellos donde se aprobaron terapias de estos nuevos tipos. Son estados que de pronto ingresan al brave new world de la modernidad más acuciante, al incierto y cada vez más complejo mundo en donde conviven la iglesia rural y la clonación, el matriarcado y los cyborgs, los cuáqueros y las elecciones sexuales más libres y profundas, la granja de Wyoming y el testeo genético de embriones. La operación es conocida por todos los sociólogos: dos pasos adelante, muchos más atrás. El avance de las ciencias no se ve acompañado por un avance correlativo de las sociedades, apegadas a sistemas de ideas y creencias tradicionales y arcaicas que no han podido procesar esos cambios, y que prefieren un repudio cerrado porque ven en ellos una amenaza a su forma de vida. “Esta legislación restaura lo que significa haber nacido en este gran país”, dijo al Washington Post David Stevens, director de la Christian Medical & Dental Association: “Porque la conciencia es la más sagrada de todas las propiedades. Los doctores, los dentistas, las enfermeras ya no podrán ser forzados a violar su propia conciencia”. Por eso hay consternación entre todos quienes de un modo u otro están involucrados en la defensa del aborto, en la prevención del sida, los derechos a la muerte asistida o los movimientos sociales.
La agenda del mal
Todo había empezado tras la legalización de la píldora del día después. Hubo de inmediato farmacéuticos que se negaron a prescribirla, como en España funcionarios del registro civil se negaron a casar a personas del mismo sexo. En Estados Unidos fueron expulsados de sus trabajos, y algunos juzgados. Esto llevó a que el año pasado las asociaciones conservadores comenzaran a sopesar la necesidad de elaborar un nuevo cuerpo legal. Este año la cuestión ganó preeminencia por una serie de factores concordantes: no sólo la legalización de las nuevas, y polarizantes terapias, sino los debates lacerantes y las dudas que produjo en la sociedad norteamericana el caso Terri Schiavo, la mujer a quien se ayudó a morir y poner fin a su agonía.
La situación actual demuestra que los posicionamientos políticos de la derecha fundamentalista han cambiado, y se han hecho a la vez más activos en sus métodos y más amplios en sus reivindicaciones. El movimiento llamado pro-derecho a la vida, que es el que nuclea a los diferentes grupos conservadores, ha extendido su agenda más allá de su lucha en contra del aborto. Dado el poder político y económico de los grupos que lo conforman, los riesgos de los pacientes se incrementan. A veces, hasta límites desesperantes, como cuando una mujer debe recorrer varias farmacias para obtener su píldora del día después, porque si espera un día más ya deberá recurrir a técnicas abortivas más riesgosas.
Desde luego, la legislación abre una posible escalada de nuevos dilemas. Los medios ya multiplican las preguntas: ¿qué sucederá, por ejemplo, en el campo de la educación?, ¿cuánto tiempo falta para que un maestro se niegue a impartir lecciones de educación sexual y no explique los órganos que están debajo de la cintura, por defender la abstinencia sexual hasta el matrimonio?
Sergio Di Nucci
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La penitencia
No es fácil llegar y entrar al Complejo Penitenciario Jóvenes Adultos de Marcos Paz, una prisión que de lejos parece un barrio privado, con ladrillos a la vista y techos pintados de verde inglés. Parece de lejos, porque de cerca nada que ver.
Se pasa un doble alambrado perimetral, se atraviesa un ladrido de una jauría de ovejeros que pueden degustarse un humano sin mucho esfuerzo, se cruzan unas rejas, muchas rejas, y entonces se puede hablar con Maximiliano Simón, un pibe de Merlo que fue condenado por robar y tirotearse con la policía y que en dos meses –si todo sigue bien como hasta ahora– recuperará la libertad.
Aunque este complejo no deja de ser una cárcel, no es como las demás. Acá la mitad de una población de 200 chicos de entre 18 y 21 años, que la ley llama Jóvenes Adultos, puede acceder a un sistema pedagógico que deja de llamar carcelero al carcelero y en el que los presos no son presos ni tampoco internos. Son residentes. Es cuando las clásicas denominaciones carcelarias desaparecen y el dispositivo de seguridad cambia. Aunque lo mismo es estar preso.
Luego de una larguísima gestión, este diario viajó 70 kilómetros y pudo recorrer la Unidad 24 del Complejo, que pertenece al Servicio Penitenciario Federal, para hablar con Maxi y presenciar la asamblea semanal en el Pabellón F (ver aparte), donde se aplica la Metodología Pedagógica Socializadora (MPS), un sistema interdisciplinario que cumplió 9 años y que según números penitenciarios logró bajar los índices de reingreso del 27,6 al 9,4 por ciento. El programa, en el que intervienen activamente psicólogos y trabajadores sociales, sólo se implementa en Marcos Paz.
El hecho:Robaba camiones. La primera le salió bien, la segunda mejor, hasta que protagonizó un raid interurbano que terminó mal. Le disparó a la policía, corrió, lo alcanzó una bala, descartó el arma, cayó. Cuando estaba tendido en el piso, un policía le disparó en la cabeza.
Maximiliano Simón tenía 18 años. Ahora tiene 22 y jura que en abril, cuando recupere la libertad, aunque sea condicional, no va a volver a robar. No piensa volver a hacerlo. Lo dice y abre grande los ojos, la voz firme, la sonrisa controlada. Habla con la seguridad de quien tiene un plan. “Yo de repente cambié una banda, ya no me interesa robar, busco mi libertad, nada más”, dice muy tranquilo. Sabe que en Merlo los esperan su mamá y sus 8 hermanos, su novia y su casa a medio hacer, que dejó de construir el 17 de mayo de 2002, cuando con su primo abordó un camión que repartía papas fritas y chizitos en la Ruta 3 y lo desviaron hasta Caballito. Fue su último “hecho”.
“Salta la alarma satelital, nos empiezan a perseguir. Dejamos el camión y tomamos el tren en Caballito, bajamos en Morón, los perdimos, cortamos un Golf, bajamos al dueño y ahí nos empezaron a correr los de la Federal y la Brigada de Morón. Y en Padua me choca un patrullero. Me bajo. A mi primo lo ponen contra el auto. Salgo corriendo y empiezo a los tiros, entonces mi primo puede zafar y le da un tiro a un bonaerense en la panza y al otro le da uno en la pierna y se va. Y a mí de la esquina me sale otro patrullero. Me cagan a cuetazos por todos lados. Cuando me dan el tiro en la pierna, que me parte tibia y peroné, corro una cuadra con la pierna así, caigo al piso, ya no tenía arma, la había tirado, viene el policía y me dice: ‘Me hiciste correr’. Y plum, me dio un tiro en la cabeza.”
Desde hace dos meses, Maxi puede salir de la cárcel cada 15 días durante 24 horas. Dice que la primera vez no quería volver. Pero se acostumbró. Ahora espera que sea abril para salir en libertad condicional. “Son los meses más largos de la condena”, suspira y mueve los brazos y muestra la marca que le dejó el balazo en su parietal derecho, que no le llegó a atravesar el cráneo.
El policía que quiso fusilarlo –cree– hoy está preso en el Complejo Penitenciario de Ezeiza, adonde él estuvo seis meses antes de llegar a Marcos Paz, en el 2003. “Primero estuve en el hospital y después dos meses en la comisaría de Padua. Eramos 60 personas. Después me dieron el traslado a Ezeiza, estuve una semana en el Pabellón de Ingresos, adonde también están los refugiados.”
–¿A qué llamás refugiados? –A las personas que no pueden vivir con la población porque viven mal, tienen problemas, son rastreros, o están por violación y viven aislados, refugiados. Después me llevan al pabellón D, adonde hay pibes de todos lados. Y gente que te enseña y gente que te hace maldades.
–¿Como cuáles? –Te roban las zapatillas, el pantalón, te hacen lavar ropa, te tienen mal... En menores es mucho quilombo, en mayores hay más respeto. A los guachos no les importa nada. Si andás robando bien no tendrías que tener problemas, de última van a venir y te van a probar, te van a decir algo y te vas a pelear y listo, ya está, te van a respetar. Pero hay otros que no, te agarran entre dos o tres y te roban todo. Son los que después suben a mayores y se quiebran.
Rescatado:“Subir a mayores” significa cumplir los 21 y si no se ingresa en un programa pedagógico donde se puede permanecer hasta los 25, “y rescatarse”, llega el traslado a un pabellón común y corriente. “Tuve la suerte de no subir a mayores, de quedarme acá en un tratamiento. Ahora puedo salir cada 15 días, me voy a mi casa, a lo de mi novia... Estoy terminando mi casa, una de las mejores cosas que hice con plata robada” (se sonríe).
–¿Y tu novia? –Ya la conocía de antes.
–Debe haber sido difícil para ella, ¿no? –Le dije que no la quería atar, que haga su vida. De repente ella tiene necesidades igual que cualquiera. Y ella no, que me quería, que me amaba. Bueno, si querés venir, vení. Vino y siguió viniendo.
Preso, Maxi leyó libros de aventuras, se puso a estudiar, llegó hasta segundo año del Polimodal, pero dejó porque quería trabajar. Ahora mantiene las camionetas y los micros del Servicio Penitenciario que llegan trayendo nuevos internos, personal, familiares. Gana poco más de 400 pesos por mes, que con descuentos de jubilación y obra social bajan a 300. Unos 100 pesos le quedan para gastar en la cantina o darle a su familia y el resto se destina al Fondo de Reserva, una especie de caja de ahorro para cuando salga en libertad condicional.
–¿Cómo te imaginás el primer día en libertad? –(Sonríe) Me voy a la mierda, no vengo más. Estos dos meses son los más largos de toda la condena, que es de 5 años y 11 meses. Me voy. Después tengo que volver a buscar el cheque del Fondo. O por ahí me llaman para contar mi experiencia, si me sirvió o no.
–¿Y te sirvió? –A mi sí, pero porque quise. Vos podés tener un psicólogo o un psiquiatra las 24 horas y si no querés, no vas a cambiar. Hay pibes que la chapean para hacer el tratamiento y otros que van porque están bien. A mí me sirvió para cambiar un montón de cosas. Para mí estaba bien robar, drogarme, tener que matar a uno, no me importaba.
–¿Mataste? –Eh... No sé.
–Eso no se pregunta, ¿no? –No, no sé. Disparé, le di a mucha gente, pero nunca supe si murieron o no.
–¿Qué vas a hacer cuando salgas? –No robo más, ya lo tengo decidido. Soy técnico electricista, voy a trabajar en una empresa de instalación con mi cuñado. Vos hablás con algunos y te dicen “cuando salgas, en dos meses estás acá de nuevo”. Y es verdad. Hay pibes que dicen “voy a cambiar, que esto y lo otro”, y salen y a los dos meses están de nuevo acá. Tengo compañeros que estaban conmigo, salieron y ahora están el CPII (una cárcel federal para mayores en Marcos Paz). Yo no pienso volver.
–¿Qué extrañás? –Mi novia, mi vieja, la libertad de poder decir me voy por allá y no andar diciendo al celador tal cosa. En la primera salida no quería volver, encima se te pasa rápido, no quería saber nada. Y después ya está, me acostumbré, si quiero cambiar tengo que volver, porque si no tengo estar prófugo 10 años, cuidándome de que no me agarren... Ya está, vuelvo y listo. Pero te dan ganas de quedarte afuera.
–Y afuera las tentaciones siguen estando. –Sí, pero tenés que aprender a decir que no. Cuando salí, cruzaron los pibes y me dijeron: “Eh, vení, vamo’ a fumar un porro”, que esto y lo otro. Les digo que no. “Eh, gil, te rescataste”, me dicen. “Sí –les digo–, ahora leo la Biblia, voy casa por casa, ¿querés venir conmigo?” (risas). Tomátela, no me drogo más, ya fue. Pero todo bien, hacé la tuya, no te voy a dejar de saludar porque te fumás un porro.
–¿Y por qué hay chicos que vuelven? –Si sabés lo que es estar preso y sabés lo que le cuesta a tu mamá cada vez que te viene a ver, lo que le cuesta pasar por la requisa a tu señora, a tu familia, tienen que mostrar partes íntimas, lo que sea, tenés que valorar eso. Valoro que mi vieja me venga a ver, pero tampoco cambio por eso, cambio por mí, nada más. Y a los demás, que les gusta vivir así, ¿qué les podés decir? Andá robarte un banco y si te sale bien te salvás, qué sé yo, pero no robés más boludeces para caer en cana.
–¿Cuál es el mejor día acá adentro? –No hay mejor día acá adentro.
–¿Y el peor? –Todos los días (sonríe). No hay mejor ni peor, acá el día vivilo como pase. Hoy está todo bien y mañana está todo mal. A veces no depende de uno.
–¿Contás los días que te faltan anotando en la pared, como en las películas? –Nooo, ni almanaque tengo. Nada más tengo fotos de mi familia. Nunca conté los días. Sólo cuento el aniversario del día en que caí preso.
Facundo Di Genova
Ranchos aparte
A todos los pabellones, como en casi todo el mundo, se accede por un único pasillo central. Para llegar a los pabellones E y F hay que pasar 6 rejas distintas y dos puertas blindadas. Al contrario de lo que se cree, en el interior de ninguna cárcel hay guardias con armas de fuego. Sólo la seguridad externa del penal las tiene. Y si ven que alguien se escapa, las usan. Una decena de guardias y funcionarios guían al NO hasta la entrada del F, adonde está por comenzar la asamblea de los viernes. Entramos. Las rejas se cierran. El pabellón es triangular. Hay 44 celdas individuales de 2 por 3 metros a ambos lados y en dos niveles y un amplio patio con mesas de concreto en el medio, mucha luz ingresa por el techo y hacia el final, flanqueadas por un poster de San Jorge y otro de la Virgen María, unas ventanitas dicen que el día está despejado. El pabellón parece una Iglesia.
Cada uno de los 39 pibes presos de entre 18 y 21 años, que acá se denominan residentes, estrecha la mano. Se sienten energías diversas. Caras aniñadas, rostros duros, miradas que lo dicen todo. El pelo prolijo, pantalón y zapatillas deportivas, camisetas de fútbol, los antebrazos tatuados con aguja de coser y tinta china. Se sientan en círculo y esperan que Guillermo Schefer, alias Willy, ex capellán devenido en psicólogo social, dé la orden para comenzar con la lectura de la “filosofía”, que se oye como un rezo y que dice cosas como “no hay refugio adonde escondernos de nosotros mismos”.
Hay una retórica espiritualista, no podría decirse que religiosa. El disciplinamiento no es por la fuerza sino autoimpuesto, es una cuestión de fe, una creencia posible. Es un trabajo de aprendizaje diario, una especie de autogobierno dentro de un gobierno aún más amplio –el penitenciario– que se asume como legítimo.
Los nuevos se convierten en ahijados de los más antiguos, y más tarde serán padrinos, y así. Hay beneficios: vivir en un ambiente cuya “arquitectura de seguridad” no es tan opresiva. Y que las visitas puedan conocer ese lugar, y ver que están bien, y el beneficio de las salidas transitorias por 24 o 48 horas, terminar la escuela...
La alternativa es ésa. O seguir en uno de los pabellones A, B, C o D de máxima seguridad, adonde se alojan un centenar de internos, donde también se estudia y se trabaja, pero en el marco de un clásico régimen carcelario como la ley manda, es decir, sin hacinamiento, pero como un presidio puro y duro: celdas individuales de dos por tres metros con una ventanita y un pasillo de dos metros de ancho. Y nada más. Aunque modernos, estos pabellones son oscuros y opresivos, y su ordenamiento espacial no tiene nada que ver con el E y el F, de “pre-admisión” y “admisión”. Si el F es el último estadio antes de ingresar a la U26, de régimen más “abierto”, el pabellón E es como una especie de “purgatorio”: se evalúa si el interno puede convertirse en un residente capaz de aceptar las “Normas Cardinales” del pabellón F: “1) No violencia. 2) No al alcohol. 3) No a las drogas. 4) No al sexo entre iguales”, y otras 28 normas de convivencia.
Gobernarse y ser gobernado. Pensar antes que actuar. Esa es la premisa. No siempre funciona. “Nunca nadie me ayudó en la vida y ahora me vas a ayudar vos”, es la reacción. En la cultura carcelaria no está “bien visto” negociar con la autoridad. En la cultura penitenciaria no está “bien visto” negociar con un preso. Lo peor que puede pasar es el retorno a los pabellones de “máxima” para terminar la condena, o cumplir los 21 para pasar a un pabellón de “mayores” en otra prisión federal. Y entonces todo es distinto. Aunque es estar preso lo mismo. Y que sea lo que Dios quiera.
Limaduras
La mitad de la población del F tiene teles de 14 pulgadas. Son los que tienen familia que se las lleva al penal. No hay cable, pero “captan un montón de canales”. El compartir la tele es motivo de “reconocimiento”.
En Marcos Paz dicen que no se fabrica, pero este enviado anotó con exactitud la receta que le dio un interno para fabricar “pajarito”, el fermentado carcelario por excelencia. Y se la guarda para otro jueves.
La sanción disciplinaria apunta a la reflexión más que a la penitencia. No hay celda de castigo. Hay un pabellón “de máxima” para volver. Por quedarse dormido se impone un día de reflexión en “la habitación”.
El año pasado no hubo heridos, motines ni “finaditos”, como sucede en las unidades superpobladas, por caso Devoto: hay 2300 presos en un espacio para 1800. No hay celdas individuales. Se duerme con un ojo abierto.
Nunca nadie escapó vivo de acá. La última fuga no llegó a ser evasión. Un grupo de 10 internos escapó del pabellón, algunos quedaron atrapados en “tierra de nadie”, entre las dos alambradas perimetrales, por donde sólo andan los perros. Uno murió.
En el F se escucha la radio, se ven series y novelas. Suenan cumbias, rocanroles, pop latino. Y están al día con las noticias: un residente le relató al NO la crónica de la toma de rehenes en la comisaría de Marcos Paz. Otro recordó a los presos muertos en Magdalena.
El teléfono es la comunicación directa con el exterior. Como en todos lados, paga el que habla. No pueden recibir llamadas sino hacerlas. Nadie usa e-mail, pocos lo conocen.
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Se pasa un doble alambrado perimetral, se atraviesa un ladrido de una jauría de ovejeros que pueden degustarse un humano sin mucho esfuerzo, se cruzan unas rejas, muchas rejas, y entonces se puede hablar con Maximiliano Simón, un pibe de Merlo que fue condenado por robar y tirotearse con la policía y que en dos meses –si todo sigue bien como hasta ahora– recuperará la libertad.
Aunque este complejo no deja de ser una cárcel, no es como las demás. Acá la mitad de una población de 200 chicos de entre 18 y 21 años, que la ley llama Jóvenes Adultos, puede acceder a un sistema pedagógico que deja de llamar carcelero al carcelero y en el que los presos no son presos ni tampoco internos. Son residentes. Es cuando las clásicas denominaciones carcelarias desaparecen y el dispositivo de seguridad cambia. Aunque lo mismo es estar preso.
Luego de una larguísima gestión, este diario viajó 70 kilómetros y pudo recorrer la Unidad 24 del Complejo, que pertenece al Servicio Penitenciario Federal, para hablar con Maxi y presenciar la asamblea semanal en el Pabellón F (ver aparte), donde se aplica la Metodología Pedagógica Socializadora (MPS), un sistema interdisciplinario que cumplió 9 años y que según números penitenciarios logró bajar los índices de reingreso del 27,6 al 9,4 por ciento. El programa, en el que intervienen activamente psicólogos y trabajadores sociales, sólo se implementa en Marcos Paz.
El hecho:Robaba camiones. La primera le salió bien, la segunda mejor, hasta que protagonizó un raid interurbano que terminó mal. Le disparó a la policía, corrió, lo alcanzó una bala, descartó el arma, cayó. Cuando estaba tendido en el piso, un policía le disparó en la cabeza.
Maximiliano Simón tenía 18 años. Ahora tiene 22 y jura que en abril, cuando recupere la libertad, aunque sea condicional, no va a volver a robar. No piensa volver a hacerlo. Lo dice y abre grande los ojos, la voz firme, la sonrisa controlada. Habla con la seguridad de quien tiene un plan. “Yo de repente cambié una banda, ya no me interesa robar, busco mi libertad, nada más”, dice muy tranquilo. Sabe que en Merlo los esperan su mamá y sus 8 hermanos, su novia y su casa a medio hacer, que dejó de construir el 17 de mayo de 2002, cuando con su primo abordó un camión que repartía papas fritas y chizitos en la Ruta 3 y lo desviaron hasta Caballito. Fue su último “hecho”.
“Salta la alarma satelital, nos empiezan a perseguir. Dejamos el camión y tomamos el tren en Caballito, bajamos en Morón, los perdimos, cortamos un Golf, bajamos al dueño y ahí nos empezaron a correr los de la Federal y la Brigada de Morón. Y en Padua me choca un patrullero. Me bajo. A mi primo lo ponen contra el auto. Salgo corriendo y empiezo a los tiros, entonces mi primo puede zafar y le da un tiro a un bonaerense en la panza y al otro le da uno en la pierna y se va. Y a mí de la esquina me sale otro patrullero. Me cagan a cuetazos por todos lados. Cuando me dan el tiro en la pierna, que me parte tibia y peroné, corro una cuadra con la pierna así, caigo al piso, ya no tenía arma, la había tirado, viene el policía y me dice: ‘Me hiciste correr’. Y plum, me dio un tiro en la cabeza.”
Desde hace dos meses, Maxi puede salir de la cárcel cada 15 días durante 24 horas. Dice que la primera vez no quería volver. Pero se acostumbró. Ahora espera que sea abril para salir en libertad condicional. “Son los meses más largos de la condena”, suspira y mueve los brazos y muestra la marca que le dejó el balazo en su parietal derecho, que no le llegó a atravesar el cráneo.
El policía que quiso fusilarlo –cree– hoy está preso en el Complejo Penitenciario de Ezeiza, adonde él estuvo seis meses antes de llegar a Marcos Paz, en el 2003. “Primero estuve en el hospital y después dos meses en la comisaría de Padua. Eramos 60 personas. Después me dieron el traslado a Ezeiza, estuve una semana en el Pabellón de Ingresos, adonde también están los refugiados.”
–¿A qué llamás refugiados? –A las personas que no pueden vivir con la población porque viven mal, tienen problemas, son rastreros, o están por violación y viven aislados, refugiados. Después me llevan al pabellón D, adonde hay pibes de todos lados. Y gente que te enseña y gente que te hace maldades.
–¿Como cuáles? –Te roban las zapatillas, el pantalón, te hacen lavar ropa, te tienen mal... En menores es mucho quilombo, en mayores hay más respeto. A los guachos no les importa nada. Si andás robando bien no tendrías que tener problemas, de última van a venir y te van a probar, te van a decir algo y te vas a pelear y listo, ya está, te van a respetar. Pero hay otros que no, te agarran entre dos o tres y te roban todo. Son los que después suben a mayores y se quiebran.
Rescatado:“Subir a mayores” significa cumplir los 21 y si no se ingresa en un programa pedagógico donde se puede permanecer hasta los 25, “y rescatarse”, llega el traslado a un pabellón común y corriente. “Tuve la suerte de no subir a mayores, de quedarme acá en un tratamiento. Ahora puedo salir cada 15 días, me voy a mi casa, a lo de mi novia... Estoy terminando mi casa, una de las mejores cosas que hice con plata robada” (se sonríe).
–¿Y tu novia? –Ya la conocía de antes.
–Debe haber sido difícil para ella, ¿no? –Le dije que no la quería atar, que haga su vida. De repente ella tiene necesidades igual que cualquiera. Y ella no, que me quería, que me amaba. Bueno, si querés venir, vení. Vino y siguió viniendo.
Preso, Maxi leyó libros de aventuras, se puso a estudiar, llegó hasta segundo año del Polimodal, pero dejó porque quería trabajar. Ahora mantiene las camionetas y los micros del Servicio Penitenciario que llegan trayendo nuevos internos, personal, familiares. Gana poco más de 400 pesos por mes, que con descuentos de jubilación y obra social bajan a 300. Unos 100 pesos le quedan para gastar en la cantina o darle a su familia y el resto se destina al Fondo de Reserva, una especie de caja de ahorro para cuando salga en libertad condicional.
–¿Cómo te imaginás el primer día en libertad? –(Sonríe) Me voy a la mierda, no vengo más. Estos dos meses son los más largos de toda la condena, que es de 5 años y 11 meses. Me voy. Después tengo que volver a buscar el cheque del Fondo. O por ahí me llaman para contar mi experiencia, si me sirvió o no.
–¿Y te sirvió? –A mi sí, pero porque quise. Vos podés tener un psicólogo o un psiquiatra las 24 horas y si no querés, no vas a cambiar. Hay pibes que la chapean para hacer el tratamiento y otros que van porque están bien. A mí me sirvió para cambiar un montón de cosas. Para mí estaba bien robar, drogarme, tener que matar a uno, no me importaba.
–¿Mataste? –Eh... No sé.
–Eso no se pregunta, ¿no? –No, no sé. Disparé, le di a mucha gente, pero nunca supe si murieron o no.
–¿Qué vas a hacer cuando salgas? –No robo más, ya lo tengo decidido. Soy técnico electricista, voy a trabajar en una empresa de instalación con mi cuñado. Vos hablás con algunos y te dicen “cuando salgas, en dos meses estás acá de nuevo”. Y es verdad. Hay pibes que dicen “voy a cambiar, que esto y lo otro”, y salen y a los dos meses están de nuevo acá. Tengo compañeros que estaban conmigo, salieron y ahora están el CPII (una cárcel federal para mayores en Marcos Paz). Yo no pienso volver.
–¿Qué extrañás? –Mi novia, mi vieja, la libertad de poder decir me voy por allá y no andar diciendo al celador tal cosa. En la primera salida no quería volver, encima se te pasa rápido, no quería saber nada. Y después ya está, me acostumbré, si quiero cambiar tengo que volver, porque si no tengo estar prófugo 10 años, cuidándome de que no me agarren... Ya está, vuelvo y listo. Pero te dan ganas de quedarte afuera.
–Y afuera las tentaciones siguen estando. –Sí, pero tenés que aprender a decir que no. Cuando salí, cruzaron los pibes y me dijeron: “Eh, vení, vamo’ a fumar un porro”, que esto y lo otro. Les digo que no. “Eh, gil, te rescataste”, me dicen. “Sí –les digo–, ahora leo la Biblia, voy casa por casa, ¿querés venir conmigo?” (risas). Tomátela, no me drogo más, ya fue. Pero todo bien, hacé la tuya, no te voy a dejar de saludar porque te fumás un porro.
–¿Y por qué hay chicos que vuelven? –Si sabés lo que es estar preso y sabés lo que le cuesta a tu mamá cada vez que te viene a ver, lo que le cuesta pasar por la requisa a tu señora, a tu familia, tienen que mostrar partes íntimas, lo que sea, tenés que valorar eso. Valoro que mi vieja me venga a ver, pero tampoco cambio por eso, cambio por mí, nada más. Y a los demás, que les gusta vivir así, ¿qué les podés decir? Andá robarte un banco y si te sale bien te salvás, qué sé yo, pero no robés más boludeces para caer en cana.
–¿Cuál es el mejor día acá adentro? –No hay mejor día acá adentro.
–¿Y el peor? –Todos los días (sonríe). No hay mejor ni peor, acá el día vivilo como pase. Hoy está todo bien y mañana está todo mal. A veces no depende de uno.
–¿Contás los días que te faltan anotando en la pared, como en las películas? –Nooo, ni almanaque tengo. Nada más tengo fotos de mi familia. Nunca conté los días. Sólo cuento el aniversario del día en que caí preso.
Facundo Di Genova
Ranchos aparte
A todos los pabellones, como en casi todo el mundo, se accede por un único pasillo central. Para llegar a los pabellones E y F hay que pasar 6 rejas distintas y dos puertas blindadas. Al contrario de lo que se cree, en el interior de ninguna cárcel hay guardias con armas de fuego. Sólo la seguridad externa del penal las tiene. Y si ven que alguien se escapa, las usan. Una decena de guardias y funcionarios guían al NO hasta la entrada del F, adonde está por comenzar la asamblea de los viernes. Entramos. Las rejas se cierran. El pabellón es triangular. Hay 44 celdas individuales de 2 por 3 metros a ambos lados y en dos niveles y un amplio patio con mesas de concreto en el medio, mucha luz ingresa por el techo y hacia el final, flanqueadas por un poster de San Jorge y otro de la Virgen María, unas ventanitas dicen que el día está despejado. El pabellón parece una Iglesia.
Cada uno de los 39 pibes presos de entre 18 y 21 años, que acá se denominan residentes, estrecha la mano. Se sienten energías diversas. Caras aniñadas, rostros duros, miradas que lo dicen todo. El pelo prolijo, pantalón y zapatillas deportivas, camisetas de fútbol, los antebrazos tatuados con aguja de coser y tinta china. Se sientan en círculo y esperan que Guillermo Schefer, alias Willy, ex capellán devenido en psicólogo social, dé la orden para comenzar con la lectura de la “filosofía”, que se oye como un rezo y que dice cosas como “no hay refugio adonde escondernos de nosotros mismos”.
Hay una retórica espiritualista, no podría decirse que religiosa. El disciplinamiento no es por la fuerza sino autoimpuesto, es una cuestión de fe, una creencia posible. Es un trabajo de aprendizaje diario, una especie de autogobierno dentro de un gobierno aún más amplio –el penitenciario– que se asume como legítimo.
Los nuevos se convierten en ahijados de los más antiguos, y más tarde serán padrinos, y así. Hay beneficios: vivir en un ambiente cuya “arquitectura de seguridad” no es tan opresiva. Y que las visitas puedan conocer ese lugar, y ver que están bien, y el beneficio de las salidas transitorias por 24 o 48 horas, terminar la escuela...
La alternativa es ésa. O seguir en uno de los pabellones A, B, C o D de máxima seguridad, adonde se alojan un centenar de internos, donde también se estudia y se trabaja, pero en el marco de un clásico régimen carcelario como la ley manda, es decir, sin hacinamiento, pero como un presidio puro y duro: celdas individuales de dos por tres metros con una ventanita y un pasillo de dos metros de ancho. Y nada más. Aunque modernos, estos pabellones son oscuros y opresivos, y su ordenamiento espacial no tiene nada que ver con el E y el F, de “pre-admisión” y “admisión”. Si el F es el último estadio antes de ingresar a la U26, de régimen más “abierto”, el pabellón E es como una especie de “purgatorio”: se evalúa si el interno puede convertirse en un residente capaz de aceptar las “Normas Cardinales” del pabellón F: “1) No violencia. 2) No al alcohol. 3) No a las drogas. 4) No al sexo entre iguales”, y otras 28 normas de convivencia.
Gobernarse y ser gobernado. Pensar antes que actuar. Esa es la premisa. No siempre funciona. “Nunca nadie me ayudó en la vida y ahora me vas a ayudar vos”, es la reacción. En la cultura carcelaria no está “bien visto” negociar con la autoridad. En la cultura penitenciaria no está “bien visto” negociar con un preso. Lo peor que puede pasar es el retorno a los pabellones de “máxima” para terminar la condena, o cumplir los 21 para pasar a un pabellón de “mayores” en otra prisión federal. Y entonces todo es distinto. Aunque es estar preso lo mismo. Y que sea lo que Dios quiera.
Limaduras
La mitad de la población del F tiene teles de 14 pulgadas. Son los que tienen familia que se las lleva al penal. No hay cable, pero “captan un montón de canales”. El compartir la tele es motivo de “reconocimiento”.
En Marcos Paz dicen que no se fabrica, pero este enviado anotó con exactitud la receta que le dio un interno para fabricar “pajarito”, el fermentado carcelario por excelencia. Y se la guarda para otro jueves.
La sanción disciplinaria apunta a la reflexión más que a la penitencia. No hay celda de castigo. Hay un pabellón “de máxima” para volver. Por quedarse dormido se impone un día de reflexión en “la habitación”.
El año pasado no hubo heridos, motines ni “finaditos”, como sucede en las unidades superpobladas, por caso Devoto: hay 2300 presos en un espacio para 1800. No hay celdas individuales. Se duerme con un ojo abierto.
Nunca nadie escapó vivo de acá. La última fuga no llegó a ser evasión. Un grupo de 10 internos escapó del pabellón, algunos quedaron atrapados en “tierra de nadie”, entre las dos alambradas perimetrales, por donde sólo andan los perros. Uno murió.
En el F se escucha la radio, se ven series y novelas. Suenan cumbias, rocanroles, pop latino. Y están al día con las noticias: un residente le relató al NO la crónica de la toma de rehenes en la comisaría de Marcos Paz. Otro recordó a los presos muertos en Magdalena.
El teléfono es la comunicación directa con el exterior. Como en todos lados, paga el que habla. No pueden recibir llamadas sino hacerlas. Nadie usa e-mail, pocos lo conocen.
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Bjork: "Soy rara por influencia del punk"
Bjork acaba de volver de Banda Aceh, Indonesia, la ciudad importante más cercana al epicentro del tsunami de 2004. La llevó Unicef como embajadora de buena voluntad, si bien a ella le gusta pensar que puede aportar más como "una madre de Islandia" y, en términos más generales, como "ser humano". La luz del atardecer ilumina su rostro en la sede de Unicef en Londres. "Estoy tratando de hallar palabras para lo que vi —dice—. Creo que me voy a tomar un mes más. Todavía no lo puedo procesar."
Siempre hubo una brecha entre la imagen que Bjork tiene de sí misma y cómo la ve el resto del mundo. Cuando apareció en la escena musical a mediados de los '80, costaba decidir si era muy excéntrica o si era sólo que procedía de Islandia. ¿Sus compatriotas islandeses la consideraban excéntrica cuando empezó? "Sí, mucho", dice. Se distinguía tanto de la multitud en Reykjavik como en Londres. (Le disgusta, y con razón, el grado en que su aspecto contribuyó a su fama de rara.) "En Islandia la mayor parte de la gente es rubia y de ojos claros. A mí en el colegio me decían china porque pensaban que parecía asiática. Y a la mayoría de los islandeses no le gustaba lo que hacíamos mis compañeros y yo. Fueron los ingleses los que lo descubrieron."
Lo que hacían ella y sus compañeros era música, primero en una banda llamada los Sugar Cubes, tras lo cual Bjork siguió como solista. A esa altura, ya se había dado cuenta de que ser diferente tenía ciertas ventajas. Luego del éxito del álbum de la banda Life's Too Good, de 1988, Bjork tuvo su primer triunfo como solista con Human Behaviour, de 1993. Si bien ella se inscribe en la tradición folk (sus padres eran "hippies —dice—, y la mayor parte de mis parientes son comerciantes. Supongo que ven lo que hago de forma similar, como artesanía"), llegó a la mayoría de edad sobre el final de la era punk, que ejerció una gran influencia en casi todo lo que pensaba, entre otras cosas en relación con el trabajo humanitario. Antes de vincularse con Unicef, Bjork tenía grandes recelos respecto de la recaudación de fondos organizada, así como también de la política organizada, o de cualquier cosa organizada que exigiera más personas que las que entraban en una habitación.
"Soy así de rara. Supongo que se debe a la influencia punk. «éramos tan... ¿cómo decirlo? 'Holísticos' no es la palabra exacta. Bueno, es esa idea de que uno hace su propio póster, lo pega y también carga el equipo. Por más que hace mucho que no pego un póster en una pared, mi formación fue esa y sigo trabajando con la misma gente que cuando tenía dieciséis años." Antes se negaba a hacer trabajo humanitario. "Siempre sentí desconfianza, ya que no sé a dónde va el dinero, no conozco a la gente y se escuchan historias escandalosas sobre las organizaciones, como que la mayor parte del dinero se usa para pagarle el champagne a los famosos."
La excentricidad de Bjork suele percibirse como un rasgo de sinceridad, no como la "extravagancia" desagradable que afectan músicos más torpes. Hace cinco años, en una entrega de los Oscar, lució un vestido, casi un disfraz, diseñado por Marjan Pejoski. Tenía forma de cisne, y fue dejando huevos sobre la alfombra roja. No era una forma de rebelión; simplemente le gustaba el vestido.
"Nadie lo entendió. Creyeron que trataba de parecerme a Jennifer Aniston pero me salía mal." Ella, por su parte, pensaba en un look travieso a lo Busby Berkeley, inspirado en sus tomas aéreas de nadadores sincronizados, pero no funcionó. "Seguramente el vestido que me puse en Cannes (en 2000) era más excéntrico, pero nadie se dio cuenta. Pienso que los europeos pueden aceptar cosas como esa con más facilidad. Michael Jackson debería instalarse en Suiza. Se sentiría bien."
Cuando Bjork visitó Londres por primera vez, a los dieciocho años, fue un verdadero shock. La Islandia que acababa de dejar era tan provinciana, dice, que cuando un extranjero caminaba por la calle la gente se paraba y lo señalaba. Eso fue antes del boom turístico del país, y había muy pocos hoteles. "Cuando caminaba por Londres sentía que todos los edificios eran pegajosos y tenía que lavarme cinco veces por día. Había frutillas, cosas que nunca había visto."
A Bjork le gustan las cosas en pequeña escala para poder conservar el control. En 1999 tuvo un publicitado enfrentamiento con el director Lars Von Trier durante el rodaje de Dancer in the Dark, donde ella apareció y para la que también compuso la música. Según algunos actores, calificó a Von Trier de "tirano" y "cobarde" y se quejó de su estilo autocrático. También estuvo la pelea con los fotógrafos al estilo de Naomi Campbell. ¿Es controladora? ¿Eso contradice toda la cosa holística?
"Las dos palabras tienen muy mala fama. En cuanto a 'holístico', la versión islandesa de esa palabra es mucho más práctica, no tan hippie. Y 'control', por supuesto, tiene una reputación horrible. Supongo que 'responsabilidad' es mejor. Por otra parte, viniendo de la generación punk, la responsabilidad tiene mucha importancia. No se puede ser como Elvis, que dijo: 'Me dieron las drogas y mi representante me engañó.' No se puede echar la culpa a los demás. Hay que hacerse responsable; esa es la forma independiente de pensamiento."
El viaje a Banda Aceh se realizó después de que Bjork lanzó una nueva versión de su disco de 1995, Army of Me, para recaudar fondos para las víctimas del tsunami. Hizo una escala en Londres antes de regresar a su casa de Nueva York. Tiene otra casa en Islandia, que comparte con su esposo, un artista, y su hija de tres años, Isadora. También tiene un hijo de diecinueve años de una relación anterior con un compañero de la banda Sugar Cubes. A menudo hace referencia a su carácter islandés: "Como a todo islandés, me gusta tomar. Rara vez tomo, pero cuando tomo, tomo. Es todo o nada."
Bjork no se engaña respecto de la proporción en que su visita a Indonesia puede haber contribuido al esfuerzo humanitario. "Soy consciente de que es un porcentaje muy, pero muy pequeño", dice. Una mujer que había perdido a su madre y a su hermano la acompañó a recorrer la ciudad devastada. "Al principio la mujer estaba muy tranquila. Nos llevó a distintos lugares, oficiaba de intérprete y se reía. Y luego, antes de que saliéramos para el aeropuerto, nos llevó a ver la casa en que había vivido. La casa había desaparecido, pero se veían las baldosas del piso. De pronto encontró un vestido de su madre entre los restos. Y se derrumbó. Fueron muchas emociones para dos días."
Bjork nunca tuvo mucho tiempo para la política convencional. A medida que pasan los años, dice, se va moderando. "Siempre me abstuve en las elecciones islandesas. Me parece que la política es un pequeño grupo de gente que se cree muy importante y que no tiene mayor relación con las cosas que a mí me interesan. Sin embargo, a medida que crecemos nos vamos dando cuenta de que tienen mucho que decir. Tal vez preferiría pensar que hay muchos ángulos. Hace un mes participé en un recital en Islandia. Se protestaba contra la construcción de grandes represas en el país. La política ecológica ya no es algo izquierdista, verde, hippie. Es algo que nos concierne a todos. Pienso que estoy más en esa línea que en la política partidaria."
El último álbum solista de Bjork, Medulla, llegó a los Top 10 en 2004 y la nominaron para un Brit Award en la categoría Solista Femenina Internacional. Compitió, entre otras, con Madonna y Mariah Carey. Buena parte de su misterioso atractivo reside en que no parece envejecer. Ya tiene cuarenta años, pero su rostro sigue tan joven como siempre: casi parece una imagen digital. Ahora se pregunta cómo se manifestará su experiencia en Banda Aceh, tanto en su vida como en su trabajo. La música de Bjork nunca se inscribió de forma estricta en ningún género, sino que se movió con relativa comodidad entre el pop, el rock, la electrónica y el folk.
En su adolescencia escuchaba sobre todo música instrumental. Dice que tiene una capacidad de atención tan "retardada" que tiene que "vivir reinventando la pólvora" para mantener el interés en lo que está haciendo. En ocasiones se siente frustrada por la forma literal en que algunos de sus fans toman su música. La gente parece tener la necesidad, declara, de detectar un único tema. Lo que le gusta es que los fans desafíen una categorización fácil: por lo que ve, estos pertenecen a un espectro musical y de edad tan amplio como la gama emocional que aspira a que abarquen sus temas.
"Están la alegría, la tristeza, la rabia, la confusión y los otros cincuenta mil colores que un ser humano siente. Y si un tema es sólo sobre el azul turquesa, eso puede significar muchas cosas. Puede significar la forma en que una siente en relación con las manzanas, nuestro hermano y la cama de madera de la infancia. Se puede cantar sobre eso en un tema y la gente puede pensar: 'Ah, es sobre su novio.' No importa. Lo que importa es que expreso algo azul turquesa, si hago bien mi trabajo. Supongo que así es como lo veo, como algo... abstracto."
Emma Brockes. The Guardian
Traducción de Joaquín Ibarburu / Diario La Nacion / Argentina 2006
Siempre hubo una brecha entre la imagen que Bjork tiene de sí misma y cómo la ve el resto del mundo. Cuando apareció en la escena musical a mediados de los '80, costaba decidir si era muy excéntrica o si era sólo que procedía de Islandia. ¿Sus compatriotas islandeses la consideraban excéntrica cuando empezó? "Sí, mucho", dice. Se distinguía tanto de la multitud en Reykjavik como en Londres. (Le disgusta, y con razón, el grado en que su aspecto contribuyó a su fama de rara.) "En Islandia la mayor parte de la gente es rubia y de ojos claros. A mí en el colegio me decían china porque pensaban que parecía asiática. Y a la mayoría de los islandeses no le gustaba lo que hacíamos mis compañeros y yo. Fueron los ingleses los que lo descubrieron."
Lo que hacían ella y sus compañeros era música, primero en una banda llamada los Sugar Cubes, tras lo cual Bjork siguió como solista. A esa altura, ya se había dado cuenta de que ser diferente tenía ciertas ventajas. Luego del éxito del álbum de la banda Life's Too Good, de 1988, Bjork tuvo su primer triunfo como solista con Human Behaviour, de 1993. Si bien ella se inscribe en la tradición folk (sus padres eran "hippies —dice—, y la mayor parte de mis parientes son comerciantes. Supongo que ven lo que hago de forma similar, como artesanía"), llegó a la mayoría de edad sobre el final de la era punk, que ejerció una gran influencia en casi todo lo que pensaba, entre otras cosas en relación con el trabajo humanitario. Antes de vincularse con Unicef, Bjork tenía grandes recelos respecto de la recaudación de fondos organizada, así como también de la política organizada, o de cualquier cosa organizada que exigiera más personas que las que entraban en una habitación.
"Soy así de rara. Supongo que se debe a la influencia punk. «éramos tan... ¿cómo decirlo? 'Holísticos' no es la palabra exacta. Bueno, es esa idea de que uno hace su propio póster, lo pega y también carga el equipo. Por más que hace mucho que no pego un póster en una pared, mi formación fue esa y sigo trabajando con la misma gente que cuando tenía dieciséis años." Antes se negaba a hacer trabajo humanitario. "Siempre sentí desconfianza, ya que no sé a dónde va el dinero, no conozco a la gente y se escuchan historias escandalosas sobre las organizaciones, como que la mayor parte del dinero se usa para pagarle el champagne a los famosos."
La excentricidad de Bjork suele percibirse como un rasgo de sinceridad, no como la "extravagancia" desagradable que afectan músicos más torpes. Hace cinco años, en una entrega de los Oscar, lució un vestido, casi un disfraz, diseñado por Marjan Pejoski. Tenía forma de cisne, y fue dejando huevos sobre la alfombra roja. No era una forma de rebelión; simplemente le gustaba el vestido.
"Nadie lo entendió. Creyeron que trataba de parecerme a Jennifer Aniston pero me salía mal." Ella, por su parte, pensaba en un look travieso a lo Busby Berkeley, inspirado en sus tomas aéreas de nadadores sincronizados, pero no funcionó. "Seguramente el vestido que me puse en Cannes (en 2000) era más excéntrico, pero nadie se dio cuenta. Pienso que los europeos pueden aceptar cosas como esa con más facilidad. Michael Jackson debería instalarse en Suiza. Se sentiría bien."
Cuando Bjork visitó Londres por primera vez, a los dieciocho años, fue un verdadero shock. La Islandia que acababa de dejar era tan provinciana, dice, que cuando un extranjero caminaba por la calle la gente se paraba y lo señalaba. Eso fue antes del boom turístico del país, y había muy pocos hoteles. "Cuando caminaba por Londres sentía que todos los edificios eran pegajosos y tenía que lavarme cinco veces por día. Había frutillas, cosas que nunca había visto."
A Bjork le gustan las cosas en pequeña escala para poder conservar el control. En 1999 tuvo un publicitado enfrentamiento con el director Lars Von Trier durante el rodaje de Dancer in the Dark, donde ella apareció y para la que también compuso la música. Según algunos actores, calificó a Von Trier de "tirano" y "cobarde" y se quejó de su estilo autocrático. También estuvo la pelea con los fotógrafos al estilo de Naomi Campbell. ¿Es controladora? ¿Eso contradice toda la cosa holística?
"Las dos palabras tienen muy mala fama. En cuanto a 'holístico', la versión islandesa de esa palabra es mucho más práctica, no tan hippie. Y 'control', por supuesto, tiene una reputación horrible. Supongo que 'responsabilidad' es mejor. Por otra parte, viniendo de la generación punk, la responsabilidad tiene mucha importancia. No se puede ser como Elvis, que dijo: 'Me dieron las drogas y mi representante me engañó.' No se puede echar la culpa a los demás. Hay que hacerse responsable; esa es la forma independiente de pensamiento."
El viaje a Banda Aceh se realizó después de que Bjork lanzó una nueva versión de su disco de 1995, Army of Me, para recaudar fondos para las víctimas del tsunami. Hizo una escala en Londres antes de regresar a su casa de Nueva York. Tiene otra casa en Islandia, que comparte con su esposo, un artista, y su hija de tres años, Isadora. También tiene un hijo de diecinueve años de una relación anterior con un compañero de la banda Sugar Cubes. A menudo hace referencia a su carácter islandés: "Como a todo islandés, me gusta tomar. Rara vez tomo, pero cuando tomo, tomo. Es todo o nada."
Bjork no se engaña respecto de la proporción en que su visita a Indonesia puede haber contribuido al esfuerzo humanitario. "Soy consciente de que es un porcentaje muy, pero muy pequeño", dice. Una mujer que había perdido a su madre y a su hermano la acompañó a recorrer la ciudad devastada. "Al principio la mujer estaba muy tranquila. Nos llevó a distintos lugares, oficiaba de intérprete y se reía. Y luego, antes de que saliéramos para el aeropuerto, nos llevó a ver la casa en que había vivido. La casa había desaparecido, pero se veían las baldosas del piso. De pronto encontró un vestido de su madre entre los restos. Y se derrumbó. Fueron muchas emociones para dos días."
Bjork nunca tuvo mucho tiempo para la política convencional. A medida que pasan los años, dice, se va moderando. "Siempre me abstuve en las elecciones islandesas. Me parece que la política es un pequeño grupo de gente que se cree muy importante y que no tiene mayor relación con las cosas que a mí me interesan. Sin embargo, a medida que crecemos nos vamos dando cuenta de que tienen mucho que decir. Tal vez preferiría pensar que hay muchos ángulos. Hace un mes participé en un recital en Islandia. Se protestaba contra la construcción de grandes represas en el país. La política ecológica ya no es algo izquierdista, verde, hippie. Es algo que nos concierne a todos. Pienso que estoy más en esa línea que en la política partidaria."
El último álbum solista de Bjork, Medulla, llegó a los Top 10 en 2004 y la nominaron para un Brit Award en la categoría Solista Femenina Internacional. Compitió, entre otras, con Madonna y Mariah Carey. Buena parte de su misterioso atractivo reside en que no parece envejecer. Ya tiene cuarenta años, pero su rostro sigue tan joven como siempre: casi parece una imagen digital. Ahora se pregunta cómo se manifestará su experiencia en Banda Aceh, tanto en su vida como en su trabajo. La música de Bjork nunca se inscribió de forma estricta en ningún género, sino que se movió con relativa comodidad entre el pop, el rock, la electrónica y el folk.
En su adolescencia escuchaba sobre todo música instrumental. Dice que tiene una capacidad de atención tan "retardada" que tiene que "vivir reinventando la pólvora" para mantener el interés en lo que está haciendo. En ocasiones se siente frustrada por la forma literal en que algunos de sus fans toman su música. La gente parece tener la necesidad, declara, de detectar un único tema. Lo que le gusta es que los fans desafíen una categorización fácil: por lo que ve, estos pertenecen a un espectro musical y de edad tan amplio como la gama emocional que aspira a que abarquen sus temas.
"Están la alegría, la tristeza, la rabia, la confusión y los otros cincuenta mil colores que un ser humano siente. Y si un tema es sólo sobre el azul turquesa, eso puede significar muchas cosas. Puede significar la forma en que una siente en relación con las manzanas, nuestro hermano y la cama de madera de la infancia. Se puede cantar sobre eso en un tema y la gente puede pensar: 'Ah, es sobre su novio.' No importa. Lo que importa es que expreso algo azul turquesa, si hago bien mi trabajo. Supongo que así es como lo veo, como algo... abstracto."
Emma Brockes. The Guardian
Traducción de Joaquín Ibarburu / Diario La Nacion / Argentina 2006
En el futuro, la gente tal vez chupe tabaco en lugar de fumarlo
La industria tabacalera pudo echar un vistazo al futuro y determinó que allí no se fuma. A medida que los países implantan leyes que prohíben fumar en lugares públicos cerrados, los grandes fabricantes de cigarrillos están invirtiendo millones de dólares y horas de investigación en el desarrollo y la promoción de un producto que ofrece la misma adicción de la nicotina, sin el daño a la salud causado por el humo del cigarrillo.
“Saben que los días del cigarrillo están contados. Hay un largo camino por delante, pero las circunstancias van cambiando y las fábricas de cigarrillos creen que la gente seguirá queriendo consumir nicotina; para eso están barajando alternativas libres de humo”, dice Amanda Sandford, gerente de investigación de Ash, una entidad británica que hace campañas en contra del cigarrillo.
La British American Tobacco (BAT), el fabricante de cigarrillos más grande de Gran Bretaña, confirmó que quiere vender tabaco sin humo en toda la Unión Europa donde, con excepción de Suecia, hoy está prohibido fumar. Este producto, cuyo nombre en inglés es “snus”, es una bolsita del tamaño de un caramelo, parecido a un saquito de té, que la persona se coloca debajo del labio. Ofrece la misma sensación de la nicotina en aproximadamente un minuto –alrededor de nueve veces más lento que un cigarrillo, pero mucho más rápido que los parches de nicotina que se utilizan para dejar de fumar.
En Suecia, este producto se vende más que el cigarrillo y hasta se dice que ayudó a reducir el cáncer de pulmón y llevarlo al nivel más bajo del mundo. Aproximadamente el 16% de los hombres usan “snus”, comparados con el 14% que fuma. BAT está probando los “snus” en Sudáfrica bajo la marca Lucky Strike, mientras que la rival Gallaher tiene una participación en una compañía escandinava que produce un producto similar.
El año pasado BAT intentó, infructuosamente, mantener reuniones con los departamentos de Comercio e Industria y de Salud de Gran Bretaña para discutir que se levantara la prohibición de fumar.
“Recibiríamos con agrado cualquier oportunidad de hablar con los reguladores sobre la comercialización de tabaco sin humo en Europa”, dijo un vocero de BAT. Pero podría pasar mucho tiempo antes de que se aprueben los “snus”, si es que alguna vez los aprueban. Los reguladores del área de Salud recuerdan los años 80, cuando las compañías tabacaleras norteamericanas hicieron entrar las bolsitas de tabaco Skoal Bandits en Gran Bretaña. El producto fue prohibido en medio de protestas públicas generadas por el miedo a contraer cáncer.
Curiosamente, los grupos del área de la salud son ambiguos respecto de los “snus”. “No nos gustaría que se los promoviera como una alternativa completamente segura”, dice Amanda Sandford de Ash, acentuando que este tipo de productos siempre estuvieron asociados con el cáncer de páncreas y de boca. “Pero hay pruebas de que los ‘snus’ logran que la gente deje de consumir tabaco. No nos gustaría que la gente joven empezara a usarlos, pero en Suecia muchos hombres de mediana edad dejaron de fumar porque se pasaron a los ‘snus’ y luego también terminaron abandonándolos”.
A diferencia de Skoal Bandits, el tabaco de los “snus” es pasteurizado, lo cual, según los fabricantes, permite que se eliminen muchos agentes cancerígenos. El Royal College de Physicians de Londres, una asociación de médicos, declara que el producto es hasta 1.000 veces menos peligroso que el cigarrillo. La semana pasada un comité de salud de la Unión Europea pidió que se realizara una revisión de la evidencia científica existente sobre los “snus”. Sin embargo, el doctor Yussuf Saloojee, director del Consejo Nacional Contra el Cigarrillo de Sudáfrica, expresó su preocupación: a su entender, tal vez BAT haya introducido el producto en su país demasiado rápido.
Jaime Doward
© The Observer.
Traducción de Claudia Martínez / Diario La Nacion / Argentina 2006
“Saben que los días del cigarrillo están contados. Hay un largo camino por delante, pero las circunstancias van cambiando y las fábricas de cigarrillos creen que la gente seguirá queriendo consumir nicotina; para eso están barajando alternativas libres de humo”, dice Amanda Sandford, gerente de investigación de Ash, una entidad británica que hace campañas en contra del cigarrillo.
La British American Tobacco (BAT), el fabricante de cigarrillos más grande de Gran Bretaña, confirmó que quiere vender tabaco sin humo en toda la Unión Europa donde, con excepción de Suecia, hoy está prohibido fumar. Este producto, cuyo nombre en inglés es “snus”, es una bolsita del tamaño de un caramelo, parecido a un saquito de té, que la persona se coloca debajo del labio. Ofrece la misma sensación de la nicotina en aproximadamente un minuto –alrededor de nueve veces más lento que un cigarrillo, pero mucho más rápido que los parches de nicotina que se utilizan para dejar de fumar.
En Suecia, este producto se vende más que el cigarrillo y hasta se dice que ayudó a reducir el cáncer de pulmón y llevarlo al nivel más bajo del mundo. Aproximadamente el 16% de los hombres usan “snus”, comparados con el 14% que fuma. BAT está probando los “snus” en Sudáfrica bajo la marca Lucky Strike, mientras que la rival Gallaher tiene una participación en una compañía escandinava que produce un producto similar.
El año pasado BAT intentó, infructuosamente, mantener reuniones con los departamentos de Comercio e Industria y de Salud de Gran Bretaña para discutir que se levantara la prohibición de fumar.
“Recibiríamos con agrado cualquier oportunidad de hablar con los reguladores sobre la comercialización de tabaco sin humo en Europa”, dijo un vocero de BAT. Pero podría pasar mucho tiempo antes de que se aprueben los “snus”, si es que alguna vez los aprueban. Los reguladores del área de Salud recuerdan los años 80, cuando las compañías tabacaleras norteamericanas hicieron entrar las bolsitas de tabaco Skoal Bandits en Gran Bretaña. El producto fue prohibido en medio de protestas públicas generadas por el miedo a contraer cáncer.
Curiosamente, los grupos del área de la salud son ambiguos respecto de los “snus”. “No nos gustaría que se los promoviera como una alternativa completamente segura”, dice Amanda Sandford de Ash, acentuando que este tipo de productos siempre estuvieron asociados con el cáncer de páncreas y de boca. “Pero hay pruebas de que los ‘snus’ logran que la gente deje de consumir tabaco. No nos gustaría que la gente joven empezara a usarlos, pero en Suecia muchos hombres de mediana edad dejaron de fumar porque se pasaron a los ‘snus’ y luego también terminaron abandonándolos”.
A diferencia de Skoal Bandits, el tabaco de los “snus” es pasteurizado, lo cual, según los fabricantes, permite que se eliminen muchos agentes cancerígenos. El Royal College de Physicians de Londres, una asociación de médicos, declara que el producto es hasta 1.000 veces menos peligroso que el cigarrillo. La semana pasada un comité de salud de la Unión Europea pidió que se realizara una revisión de la evidencia científica existente sobre los “snus”. Sin embargo, el doctor Yussuf Saloojee, director del Consejo Nacional Contra el Cigarrillo de Sudáfrica, expresó su preocupación: a su entender, tal vez BAT haya introducido el producto en su país demasiado rápido.
Jaime Doward
© The Observer.
Traducción de Claudia Martínez / Diario La Nacion / Argentina 2006
Burgos: el descuartizador de Constitución
Qué novedad traía el carnaval de 1955? Ninguna, pensaban los periodistas en aquel tórrido febrero. Salvo que el disfraz de moda ya no era el del Zorro, ni el de oso Carolina, sino el de marciano con antenitas. Los mejores bailes fueron los del Club Comunicaciones, donde tocaron las orquestas de Ray Nolan, Ary Barroso y Aníbal Troilo. Aquel verano, Pichuco estrenó Fangal, un tangazo póstumo de Discépolo.
Sin embargo, aquel verano que pintaba para aburrido sería luego recordado como. el verano del crimen.
La mañana del viernes 19 de febrero de 1955, en un paraje llamado Loma Hermosa, a cuatrocientos metros de la estación Hurlingham, en el noroeste del Gran Buenos Aires, un cura que caminaba cerca de la fábrica de cajas de cartón La Holandesa había encontrado el torso de una mujer descuartizada.
La luz roja se encendió en las redacciones. El viernes siguiente, 26 de febrero, en un desolado rincón del sur de la ciudad, donde se juntan la avenida Cruz y la calle Pedernera, se encontró un envoltorio similar: eran las dos extremidades inferiores, desde el pie hasta la rodilla, además de un muslo.
El horror se desató en Buenos Aires cuando, pocas horas después, un marinero de la chata Sheop, que navegaba por el Riachuelo, avistó un objeto raro que flotaba a la altura de la calle Martín Rodríguez. La Prefectura rescató un canasto de alambre con el consabido paquete: contenía una cabeza de mujer, los brazos, alguna ropa.
Comenzaron a circular todo tipo de rumores. ¿Eran los restos de una única mujer o de varias? ¿La ciudad estaba amenazada por un asesino feroz, un Jack el Destripador porteño? La prensa filtraba con cuentagotas detalles macabros que erizaban a la población y multiplicaban la psicosis. El asesino había limado las yemas de los dedos de su víctima. Los envoltorios no tenían ni una gota de sangre. ¿Dónde había sido asesinada? Una primera conclusión se imponía: la habían matado, desangrado y después cortado en partes.
Se convocó a los mejores forenses, como el doctor Francisco Fablet, para que analizaran los restos. El médico respondía así las preguntas de la prensa:
-¿Cómo fue despedazada la mujer?
-Con un serrucho y por lo menos dos cuchillos. La cabeza fue seccionada en el nivel de la quinta vértebra cervical.
-¿El asesino tenía conocimientos para realizar esas mutilaciones?
-Podría ser, pero no es seguro.
Muñeca rota: En la Morgue Judicial de la calle Viamonte, los restos fueron "rearmados" como pedazos de una muñeca rota. La cabeza había estado sumergida en el agua del Riachuelo varias semanas. Ni siquiera se distinguía el color de los cabellos. Algunos porteños hicieron horas de cola en la puerta de la Morgue para ver el cuerpo.
Los cirujanos del hospital Argerich advirtieron un detalle revelador. La mujer muerta tenía una cicatriz en el hombro que sólo podía provenir de una operación poco común: una osteosíntesis, destinada a solucionar una fractura de clavícula. Había dos cirujanos que practicaban esta cirugía en la Argentina. Así fue identificada la mujer cortada en pedazos.
Se llamaba Alcira Methyger. Veintisiete años. Nacida en Salta. Empleada doméstica. Había sufrido un accidente de tránsito en 1954, por el cual había sido operada. Ultimo domicilio conocido, Bernardo de Irigoyen al 1500, la casa de sus patrones, una familia que veraneaba todo el mes de febrero en Mar del Plata. Antes, Alcira había vivido en el Hotel Gran Sur, de la calle Chacabuco, frecuentado por trabajadores del interior. Allí aún habitaba Ana Urbana Methyger, también doméstica.
-¿Usted es la hermana de Alcira Methyger? -preguntó el comisario Evaristo Urricelqui, jefe de Homicidios.
-Sí, ¿por qué?, ¿qué pasó?
Una Ana Urbana Methyger en estado de shock reveló que Alcira tenía varios novios. El último se llamaba Ramaroso, y fue detenido en un espectacular procedimiento, pero nada tenía que ver con el crimen.
Al fracasar la pista de Ramaroso, los investigadores apuntaron a un hombre de 36 años llamado Jorge Eduardo Burgos. Trabajaba como corredor de una pequeña empresa papelera y encuadernadora, propiedad del padre. Estaba relacionado hacía diez años con la Methyger y era muy conocido por los allegados de ésta. Ana Urbana Metyhger se lo señaló a la policía y lo mismo hizo Berta Saavedra, otra amiga íntima de la infortunada, también doméstica, que estaba en Mar del Plata y que agregó este detalle: Alcira era pretendida por Jorge Eduardo, pero ella lo había rechazado porque en su vida había aparecido "otro hombre".
Burgos vivía con sus padres en un departamento del tercer piso en la avenida Montes de Oca 280. Tenía un buen nivel cultural, ya que había terminado el secundario y luego había completado el estudio de varios idiomas, en especial el inglés. La policía se dirigió al domicilio de los Burgos. Era el 16 de marzo de 1955. En la casa vivía también una hermana bastante más joven. Para la familia fue una sorpresa tremenda que la policía buscara al hijo mayor.
Pero, ¿dónde estaba Burgos?
Había viajado a Mar del Plata para pasar una temporada de descanso. Iba en El Marplatense, el tren nocturno que paraba en Dolores y en Maipú. Varias comisiones salieron para allá, perforando la noche de marzo en la llanura. Cuando los coches frenaron en la estación de Dolores, se alejaba el farol rojo del último vagón.
Redoblaron la carrera y llegaron a Maipú a tiempo. No querían delatar su presencia. La policía no sabía con quién iba a encontrarse. ¿Quizá con un hombre violento que vendería cara su libertad? Pronto individualizaron a la presa: un hombrecillo de rostro mofletudo y anteojos de intelectual que dormitaba tranquilo en su asiento. Urricelqui y los demás detectives lo detuvieron cuando el tren llegó a Mar del Plata y lo llevaron de vuelta a Buenos Aires, donde quedó detenido en el Departamento de Policía.
Burgos habló. Conocía a Alcira desde el año 1944, cuando ella, recién llegada de Salta, alquiló una pieza en el departamento de la familia de él. Cuando Alcira se fue de la pieza siguieron viéndose. Burgos, con la verborragia propia de las homicidas que confiesan, siguió así su relato: discutían porque ella quería "concretar" y él dudaba. Durante febrero, la familia Burgos se había ido de vacaciones a Necochea. Jorge Eduardo quedó solo en su casa. Burgos narró los paseos de la pareja durante aquel verano. Las visitas al departamento. La discusión, aquella noche de febrero en Montes de Oca. La carta de otro hombre que él había descubierto en un libro que tenía Alcira en la cartera. La pelea feroz, los dientes de ella apretándole un dedo. La furia de él, que para desprenderse le aprieta el cuello, y la caída. El pánico, cuando se da cuenta de que ella no respira. El cuerpo desnudo de Alcira en la bañera, Burgos que se saca la ropa para descuartizarla. Las ocho horas que le lleva cortarla en pedazos. Los paquetes. Los viajes en colectivo para arrojar los bultos en distintos lugares.
Un hombre enjaulado: El comisario Plácido Donato, hoy retirado, que había ingresado poco antes a la Policía Federal, recuerda a Burgos detenido.
-Estaba sentado, temblando como un chico, con los ojos cerrados, los dientes apretados -recuerda Donato-. Lo descubrí cuando me mandaron a cuidarlo. La policía temía que pudiera suicidarse. Llegaban policías desde todos lados para observar al curioso ejemplar de hombre enjaulado. Algo que ocurrió imprevistamente me llenó de piedad. El "curioso ejemplar" me tocó el brazo levemente. Una lágrima corría por su rostro. Burgos me susurró: "Papá. Mamá. Ellos estaban en Necochea. Felices estaban. Mire ahora qué lío."
A mediados de marzo de 1955, la policía llevó a Burgos a Montes de Oca 280 para que reconstruyera el crimen. Una mujer policía cumplió el rol de Alcira. El asesino volvió a narrar minuciosamente sus pasos. Cuando se difundió entre el vecindario la noticia de que él estaba allí, se reunió una verdadera multitud que pretendía lincharlo. La policía tuvo que empeñarse para protegerlo.
Durante los meses siguientes, los porteños siguieron hablando del caso Burgos.
Los martes y viernes se publicaba la revista Ahora, especializada en crímenes y noticias del espectáculo. Estaba muy mal impresa, aun para la época. Sin embargo, la compraban con puntualidad miles de lectores. Ahora dedicó muchas páginas al crimen y todos sus avatares.
Los dos bandos: Mientras el caso se dilucidaba en los Tribunales, se desenvolvió otro capítulo del crimen. La sociedad se dividió entre los que apoyaban a Alcira y los que eran partidarios de Burgos. Comenzaron a llegar a la redacción de Ahora cartas de lectores que se identificaban con uno u otro. Para algunos, Alcira Methyger, doméstica, provinciana, había sido engañada por un joven culto y de buenos medios económicos. Jorge Burgos representaba, para esos lectores, el prototipo del seductor irresponsable, del rico que, tras divertirse con una "morochita", la había asesinado y, sin la menor piedad, luego la había despedazado.
Otros lectores, en cambio, simpatizaban con Burgos: Alcira era una arribista que había embaucado a un buen muchacho, tímido, apocado, culto, al que la pasión perdió. Dando por descontado que el crimen de Burgos había sido preterintencional (no deseado), como alegaba el asesino, muchos lectores lo veían más cómo víctima que como verdugo.
No hace falta mucha perspicacia para vislumbrar en esta polémica el conflicto social latente en la Argentina de 1955, dividida en dos mitades irreconciliables: peronistas y antiperonistas, cabecitas negras y gorilas. Se incubaba un otoño en el que aquella división estallaría con violencia.
La historia barrió con las peripecias del crimen de Burgos. Al mediodía del 16 de junio de 1955, aviones navales sobrevolaron la Plaza de Mayo y bombardearon la Casa de Gobierno. Intentaban asesinar al presidente Juan Domingo Perón. Centenares de personas, peatones y manifestantes, cayeron muertos en la Plaza de Mayo. La revista Ahora dedicó sus páginas principales a las espeluznantes fotos de esta masacre. Del caso Burgos no volvió a hablar.
El 16 de septiembre de ese mismo año, un golpe militar echó a Perón. Y un mes después, el 19 de octubre, salió a la calle una nueva publicación con las mismas características de la anterior. Se llamaba Así y la dirigía Héctor Ricardo García. Pero el caso Burgos ya no volvería a las primeras planas.
El juez de sentencia lo condenó a veinte años de prisión por homicidio simple. El descuartizamiento, conforme a la teoría sentada en el caso Donatelli, no era una forma de crueldad sino el intento de escapar del castigo. El magistrado debía aplicar la pena optando entre los extremos que señala el artículo 79 del Código Penal para la figura de homicidio: de 8 a 25 años. Lo condenó a 20.
Cuando el caso llegó a la Cámara, los argumentos de Burgos -su explicación sobre la pelea y su perfil de buen ciudadano- pesaron. La Cámara rebajó su pena a 14 años.
En la cárcel observó una conducta ejemplar. Se convirtió en un hombre religioso.
Por eso, en 1965 fue beneficiado por la libertad condicional. Había permanecido diez años y ocho meses en prisión. Burgos regresó a la casa de Montes de Oca. Se negó sistemáticamente a hablar con los periodistas que lo acosaban. Sólo recibió a un redactor y a un fotógrafo de Primera Plana, con los que habló en el comedor del departamento. No les permitió pasar al baño en el que había descuartizado a Alcira.
Extrañas coincidencias: Primero fue el horror. Pero después el caso Burgos provocó la fascinación de varios escritores. Era un crimen "literario": ¿por qué? Su diseño parecía un desafío a la sociedad o el juego de una mente perversa. También llamó la atención la extraña coincidencia de nombres. El ensayista Jorge B. Rivera escribió en 1991: "Sólo ahora, con el paso de los años, podemos advertir una simetría curiosa, prescindible o caprichosamente erudita, que en aquellos días era secreta o puramente premonitoria: el nombre Jorge Burgos, un corredor de libros homicida, prefigura el de Jorge de Burgos, el asesino múltiple de El nombre de la rosa, que custodia una biblioteca y un libro (y se enlaza con el de Jorge Luis Borges, bibliotecario y escrutador de grandes figuras universales de la infamia)".
El nombre de la rosa, la novela que Umberto Eco publicó en 1980, nació en Buenos Aires, en una librería de viejo de la calle Corrientes, donde Eco encontró un manuscrito. Hecho que Jorge Luis Borges, de quien Eco se reconoció lector devoto, usó varias veces. Constitución y Barracas, los barrios donde transcurrió el caso Burgos, fueron escenarios recurrentes en las ficciones de Borges. Una de sus obras maestras, el cuento El Aleph, comienza en la estación Constitución, en cuyo bar solían encontrarse Alcira y Burgos. El Aleph era un objeto que contenía el universo entero y Borges lo situó en la calle Garay, la misma en la que vivió Alcira Methyger cuando vino de Salta. El parque Lezama, por cuyas avenidas pasearon de la mano Burgos y Alcira, también vio pasar, quizás unos años antes, al joven Borges con su novia Estela Canto.
Como contagiados por este clima literario, varios de los protagonistas de esta historia escribieron sobre ella. El comisario Evaristo Manuel Urricelqui, a quien sus acólitos llamaban El Vasco, ya jubilado, publicó algunos libros de cuentos. Otro Evaristo -Meneses- se convirtió algo después en célebre policía: en 1955 era detective de la sección Capturas y participó en algunas diligencias del caso Burgos. En sus memorias, publicadas en 1962, da su versión de este caso. Gracias a Meneses, que integraba la comisión que allanó la vivienda de Burgos en la avenida Montes de Oca, conocemos algunos de los títulos que guardaba la biblioteca del asesino: The Criminal Law, Best Crimes Stories, Murder Charge, Murder and Treason, Dead Wight, If I should Murder. La mayoría de estos libros, señala Meneses, "se referían a crímenes de mujeres, por lo que separé más de cuarenta". Aun resta otra sorpresa. En esa biblioteca estaba El asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, uno de los libros que más le gustaban a Borges
Otro policía escritor, Plácido Donato, evocó el crimen de Alcira Methyger en sus Confesiones de un comisario. El propio Burgos no se quedó atrás. Mientras esperaba la sentencia definitiva, publicó un libro de 64 páginas titulado Yo no maté a Alcira. Llevaba el sello de la ignota editorial BM y la tapa estaba ilustrada con la foto del autor y este subtítulo: Escrito desde la cárcel. El volumen, hoy ávidamente buscado por los coleccionistas, es un relato bastante rosa de los amores entre Burgos y Alcira. Su autor reitera lo que dijo siempre: Alcira y él pelearon, ella le mordió un dedo, él sin darse cuenta le apretó la garganta, para percatarse luego de que ella había muerto. Luego, dominado por el pánico, la descuartizó.
La hipótesis del asesino serial: ¿Fue Burgos víctima de las circunstancias? ¿Era un buen hombre al que un momento de locura arruinó la vida? ¿O fue uno de los más peligrosos e inteligentes asesinos al que sólo una brillante investigación impidió cometer el crimen perfecto? Plácido Donato, en su despacho de directivo de Argentores, evoca no sólo su memoria personal del caso, sino sus muchas conversaciones con Urricelqui y demás policías que lo resolvieron. El autor de varios libros hoy agotados, además de guiones de TV y cómics, revela al cronista un dato que nadie consignó.
-Cuando la comisión apresó a Burgos en el tren que iba a Mar del Plata, el asesino no iba a descansar, como él mismo decía.
-¿A qué iba?
-Iba a "terminar" con una íntima amiga de Alcira.
Alvaro Abos / Diario La Nacion / Argentina 2006
Sin embargo, aquel verano que pintaba para aburrido sería luego recordado como. el verano del crimen.
La mañana del viernes 19 de febrero de 1955, en un paraje llamado Loma Hermosa, a cuatrocientos metros de la estación Hurlingham, en el noroeste del Gran Buenos Aires, un cura que caminaba cerca de la fábrica de cajas de cartón La Holandesa había encontrado el torso de una mujer descuartizada.
La luz roja se encendió en las redacciones. El viernes siguiente, 26 de febrero, en un desolado rincón del sur de la ciudad, donde se juntan la avenida Cruz y la calle Pedernera, se encontró un envoltorio similar: eran las dos extremidades inferiores, desde el pie hasta la rodilla, además de un muslo.
El horror se desató en Buenos Aires cuando, pocas horas después, un marinero de la chata Sheop, que navegaba por el Riachuelo, avistó un objeto raro que flotaba a la altura de la calle Martín Rodríguez. La Prefectura rescató un canasto de alambre con el consabido paquete: contenía una cabeza de mujer, los brazos, alguna ropa.
Comenzaron a circular todo tipo de rumores. ¿Eran los restos de una única mujer o de varias? ¿La ciudad estaba amenazada por un asesino feroz, un Jack el Destripador porteño? La prensa filtraba con cuentagotas detalles macabros que erizaban a la población y multiplicaban la psicosis. El asesino había limado las yemas de los dedos de su víctima. Los envoltorios no tenían ni una gota de sangre. ¿Dónde había sido asesinada? Una primera conclusión se imponía: la habían matado, desangrado y después cortado en partes.
Se convocó a los mejores forenses, como el doctor Francisco Fablet, para que analizaran los restos. El médico respondía así las preguntas de la prensa:
-¿Cómo fue despedazada la mujer?
-Con un serrucho y por lo menos dos cuchillos. La cabeza fue seccionada en el nivel de la quinta vértebra cervical.
-¿El asesino tenía conocimientos para realizar esas mutilaciones?
-Podría ser, pero no es seguro.
Muñeca rota: En la Morgue Judicial de la calle Viamonte, los restos fueron "rearmados" como pedazos de una muñeca rota. La cabeza había estado sumergida en el agua del Riachuelo varias semanas. Ni siquiera se distinguía el color de los cabellos. Algunos porteños hicieron horas de cola en la puerta de la Morgue para ver el cuerpo.
Los cirujanos del hospital Argerich advirtieron un detalle revelador. La mujer muerta tenía una cicatriz en el hombro que sólo podía provenir de una operación poco común: una osteosíntesis, destinada a solucionar una fractura de clavícula. Había dos cirujanos que practicaban esta cirugía en la Argentina. Así fue identificada la mujer cortada en pedazos.
Se llamaba Alcira Methyger. Veintisiete años. Nacida en Salta. Empleada doméstica. Había sufrido un accidente de tránsito en 1954, por el cual había sido operada. Ultimo domicilio conocido, Bernardo de Irigoyen al 1500, la casa de sus patrones, una familia que veraneaba todo el mes de febrero en Mar del Plata. Antes, Alcira había vivido en el Hotel Gran Sur, de la calle Chacabuco, frecuentado por trabajadores del interior. Allí aún habitaba Ana Urbana Methyger, también doméstica.
-¿Usted es la hermana de Alcira Methyger? -preguntó el comisario Evaristo Urricelqui, jefe de Homicidios.
-Sí, ¿por qué?, ¿qué pasó?
Una Ana Urbana Methyger en estado de shock reveló que Alcira tenía varios novios. El último se llamaba Ramaroso, y fue detenido en un espectacular procedimiento, pero nada tenía que ver con el crimen.
Al fracasar la pista de Ramaroso, los investigadores apuntaron a un hombre de 36 años llamado Jorge Eduardo Burgos. Trabajaba como corredor de una pequeña empresa papelera y encuadernadora, propiedad del padre. Estaba relacionado hacía diez años con la Methyger y era muy conocido por los allegados de ésta. Ana Urbana Metyhger se lo señaló a la policía y lo mismo hizo Berta Saavedra, otra amiga íntima de la infortunada, también doméstica, que estaba en Mar del Plata y que agregó este detalle: Alcira era pretendida por Jorge Eduardo, pero ella lo había rechazado porque en su vida había aparecido "otro hombre".
Burgos vivía con sus padres en un departamento del tercer piso en la avenida Montes de Oca 280. Tenía un buen nivel cultural, ya que había terminado el secundario y luego había completado el estudio de varios idiomas, en especial el inglés. La policía se dirigió al domicilio de los Burgos. Era el 16 de marzo de 1955. En la casa vivía también una hermana bastante más joven. Para la familia fue una sorpresa tremenda que la policía buscara al hijo mayor.
Pero, ¿dónde estaba Burgos?
Había viajado a Mar del Plata para pasar una temporada de descanso. Iba en El Marplatense, el tren nocturno que paraba en Dolores y en Maipú. Varias comisiones salieron para allá, perforando la noche de marzo en la llanura. Cuando los coches frenaron en la estación de Dolores, se alejaba el farol rojo del último vagón.
Redoblaron la carrera y llegaron a Maipú a tiempo. No querían delatar su presencia. La policía no sabía con quién iba a encontrarse. ¿Quizá con un hombre violento que vendería cara su libertad? Pronto individualizaron a la presa: un hombrecillo de rostro mofletudo y anteojos de intelectual que dormitaba tranquilo en su asiento. Urricelqui y los demás detectives lo detuvieron cuando el tren llegó a Mar del Plata y lo llevaron de vuelta a Buenos Aires, donde quedó detenido en el Departamento de Policía.
Burgos habló. Conocía a Alcira desde el año 1944, cuando ella, recién llegada de Salta, alquiló una pieza en el departamento de la familia de él. Cuando Alcira se fue de la pieza siguieron viéndose. Burgos, con la verborragia propia de las homicidas que confiesan, siguió así su relato: discutían porque ella quería "concretar" y él dudaba. Durante febrero, la familia Burgos se había ido de vacaciones a Necochea. Jorge Eduardo quedó solo en su casa. Burgos narró los paseos de la pareja durante aquel verano. Las visitas al departamento. La discusión, aquella noche de febrero en Montes de Oca. La carta de otro hombre que él había descubierto en un libro que tenía Alcira en la cartera. La pelea feroz, los dientes de ella apretándole un dedo. La furia de él, que para desprenderse le aprieta el cuello, y la caída. El pánico, cuando se da cuenta de que ella no respira. El cuerpo desnudo de Alcira en la bañera, Burgos que se saca la ropa para descuartizarla. Las ocho horas que le lleva cortarla en pedazos. Los paquetes. Los viajes en colectivo para arrojar los bultos en distintos lugares.
Un hombre enjaulado: El comisario Plácido Donato, hoy retirado, que había ingresado poco antes a la Policía Federal, recuerda a Burgos detenido.
-Estaba sentado, temblando como un chico, con los ojos cerrados, los dientes apretados -recuerda Donato-. Lo descubrí cuando me mandaron a cuidarlo. La policía temía que pudiera suicidarse. Llegaban policías desde todos lados para observar al curioso ejemplar de hombre enjaulado. Algo que ocurrió imprevistamente me llenó de piedad. El "curioso ejemplar" me tocó el brazo levemente. Una lágrima corría por su rostro. Burgos me susurró: "Papá. Mamá. Ellos estaban en Necochea. Felices estaban. Mire ahora qué lío."
A mediados de marzo de 1955, la policía llevó a Burgos a Montes de Oca 280 para que reconstruyera el crimen. Una mujer policía cumplió el rol de Alcira. El asesino volvió a narrar minuciosamente sus pasos. Cuando se difundió entre el vecindario la noticia de que él estaba allí, se reunió una verdadera multitud que pretendía lincharlo. La policía tuvo que empeñarse para protegerlo.
Durante los meses siguientes, los porteños siguieron hablando del caso Burgos.
Los martes y viernes se publicaba la revista Ahora, especializada en crímenes y noticias del espectáculo. Estaba muy mal impresa, aun para la época. Sin embargo, la compraban con puntualidad miles de lectores. Ahora dedicó muchas páginas al crimen y todos sus avatares.
Los dos bandos: Mientras el caso se dilucidaba en los Tribunales, se desenvolvió otro capítulo del crimen. La sociedad se dividió entre los que apoyaban a Alcira y los que eran partidarios de Burgos. Comenzaron a llegar a la redacción de Ahora cartas de lectores que se identificaban con uno u otro. Para algunos, Alcira Methyger, doméstica, provinciana, había sido engañada por un joven culto y de buenos medios económicos. Jorge Burgos representaba, para esos lectores, el prototipo del seductor irresponsable, del rico que, tras divertirse con una "morochita", la había asesinado y, sin la menor piedad, luego la había despedazado.
Otros lectores, en cambio, simpatizaban con Burgos: Alcira era una arribista que había embaucado a un buen muchacho, tímido, apocado, culto, al que la pasión perdió. Dando por descontado que el crimen de Burgos había sido preterintencional (no deseado), como alegaba el asesino, muchos lectores lo veían más cómo víctima que como verdugo.
No hace falta mucha perspicacia para vislumbrar en esta polémica el conflicto social latente en la Argentina de 1955, dividida en dos mitades irreconciliables: peronistas y antiperonistas, cabecitas negras y gorilas. Se incubaba un otoño en el que aquella división estallaría con violencia.
La historia barrió con las peripecias del crimen de Burgos. Al mediodía del 16 de junio de 1955, aviones navales sobrevolaron la Plaza de Mayo y bombardearon la Casa de Gobierno. Intentaban asesinar al presidente Juan Domingo Perón. Centenares de personas, peatones y manifestantes, cayeron muertos en la Plaza de Mayo. La revista Ahora dedicó sus páginas principales a las espeluznantes fotos de esta masacre. Del caso Burgos no volvió a hablar.
El 16 de septiembre de ese mismo año, un golpe militar echó a Perón. Y un mes después, el 19 de octubre, salió a la calle una nueva publicación con las mismas características de la anterior. Se llamaba Así y la dirigía Héctor Ricardo García. Pero el caso Burgos ya no volvería a las primeras planas.
El juez de sentencia lo condenó a veinte años de prisión por homicidio simple. El descuartizamiento, conforme a la teoría sentada en el caso Donatelli, no era una forma de crueldad sino el intento de escapar del castigo. El magistrado debía aplicar la pena optando entre los extremos que señala el artículo 79 del Código Penal para la figura de homicidio: de 8 a 25 años. Lo condenó a 20.
Cuando el caso llegó a la Cámara, los argumentos de Burgos -su explicación sobre la pelea y su perfil de buen ciudadano- pesaron. La Cámara rebajó su pena a 14 años.
En la cárcel observó una conducta ejemplar. Se convirtió en un hombre religioso.
Por eso, en 1965 fue beneficiado por la libertad condicional. Había permanecido diez años y ocho meses en prisión. Burgos regresó a la casa de Montes de Oca. Se negó sistemáticamente a hablar con los periodistas que lo acosaban. Sólo recibió a un redactor y a un fotógrafo de Primera Plana, con los que habló en el comedor del departamento. No les permitió pasar al baño en el que había descuartizado a Alcira.
Extrañas coincidencias: Primero fue el horror. Pero después el caso Burgos provocó la fascinación de varios escritores. Era un crimen "literario": ¿por qué? Su diseño parecía un desafío a la sociedad o el juego de una mente perversa. También llamó la atención la extraña coincidencia de nombres. El ensayista Jorge B. Rivera escribió en 1991: "Sólo ahora, con el paso de los años, podemos advertir una simetría curiosa, prescindible o caprichosamente erudita, que en aquellos días era secreta o puramente premonitoria: el nombre Jorge Burgos, un corredor de libros homicida, prefigura el de Jorge de Burgos, el asesino múltiple de El nombre de la rosa, que custodia una biblioteca y un libro (y se enlaza con el de Jorge Luis Borges, bibliotecario y escrutador de grandes figuras universales de la infamia)".
El nombre de la rosa, la novela que Umberto Eco publicó en 1980, nació en Buenos Aires, en una librería de viejo de la calle Corrientes, donde Eco encontró un manuscrito. Hecho que Jorge Luis Borges, de quien Eco se reconoció lector devoto, usó varias veces. Constitución y Barracas, los barrios donde transcurrió el caso Burgos, fueron escenarios recurrentes en las ficciones de Borges. Una de sus obras maestras, el cuento El Aleph, comienza en la estación Constitución, en cuyo bar solían encontrarse Alcira y Burgos. El Aleph era un objeto que contenía el universo entero y Borges lo situó en la calle Garay, la misma en la que vivió Alcira Methyger cuando vino de Salta. El parque Lezama, por cuyas avenidas pasearon de la mano Burgos y Alcira, también vio pasar, quizás unos años antes, al joven Borges con su novia Estela Canto.
Como contagiados por este clima literario, varios de los protagonistas de esta historia escribieron sobre ella. El comisario Evaristo Manuel Urricelqui, a quien sus acólitos llamaban El Vasco, ya jubilado, publicó algunos libros de cuentos. Otro Evaristo -Meneses- se convirtió algo después en célebre policía: en 1955 era detective de la sección Capturas y participó en algunas diligencias del caso Burgos. En sus memorias, publicadas en 1962, da su versión de este caso. Gracias a Meneses, que integraba la comisión que allanó la vivienda de Burgos en la avenida Montes de Oca, conocemos algunos de los títulos que guardaba la biblioteca del asesino: The Criminal Law, Best Crimes Stories, Murder Charge, Murder and Treason, Dead Wight, If I should Murder. La mayoría de estos libros, señala Meneses, "se referían a crímenes de mujeres, por lo que separé más de cuarenta". Aun resta otra sorpresa. En esa biblioteca estaba El asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, uno de los libros que más le gustaban a Borges
Otro policía escritor, Plácido Donato, evocó el crimen de Alcira Methyger en sus Confesiones de un comisario. El propio Burgos no se quedó atrás. Mientras esperaba la sentencia definitiva, publicó un libro de 64 páginas titulado Yo no maté a Alcira. Llevaba el sello de la ignota editorial BM y la tapa estaba ilustrada con la foto del autor y este subtítulo: Escrito desde la cárcel. El volumen, hoy ávidamente buscado por los coleccionistas, es un relato bastante rosa de los amores entre Burgos y Alcira. Su autor reitera lo que dijo siempre: Alcira y él pelearon, ella le mordió un dedo, él sin darse cuenta le apretó la garganta, para percatarse luego de que ella había muerto. Luego, dominado por el pánico, la descuartizó.
La hipótesis del asesino serial: ¿Fue Burgos víctima de las circunstancias? ¿Era un buen hombre al que un momento de locura arruinó la vida? ¿O fue uno de los más peligrosos e inteligentes asesinos al que sólo una brillante investigación impidió cometer el crimen perfecto? Plácido Donato, en su despacho de directivo de Argentores, evoca no sólo su memoria personal del caso, sino sus muchas conversaciones con Urricelqui y demás policías que lo resolvieron. El autor de varios libros hoy agotados, además de guiones de TV y cómics, revela al cronista un dato que nadie consignó.
-Cuando la comisión apresó a Burgos en el tren que iba a Mar del Plata, el asesino no iba a descansar, como él mismo decía.
-¿A qué iba?
-Iba a "terminar" con una íntima amiga de Alcira.
Alvaro Abos / Diario La Nacion / Argentina 2006
Traficantes de recuerdos
En 1992, en el estado de Missouri, Estados Unidos, un psiquiatra aplicó a una de sus pacientes, una mujer de 22 años, una terapia para recuperar recuerdos reprimidos. La mujer recordó que durante su niñez y adolescencia, su padre la había violado repetidas veces, la había dejado embarazada y la había obligado a abortar. El incidente llegó hasta los medios y se hizo público. El padre de la mujer, que era sacerdote, tuvo que renunciar a su cargo. Poco después, un examen médico reveló que ella era virgen y nunca había estado embarazada. La mujer demandó al psiquiatra. Y lo condenaron a pagar un millón de dólares.
Esta historia no es un caso aislado. Entre fines de los años ’80 y comienzos de los ’90, en Estados Unidos y Canadá, miles de personas sometidas a terapias de memoria reprimida recordaron que durante la infancia un pariente cercano había abusado sexualmente de ellas. Hubo muchos juicios y muchas personas fueron enviadas a prisión por crímenes que no cometieron (en Estados Unidos, la declaración de la víctima se considera prueba suficiente para condenar a un sospechoso).
En la mayoría de los casos, los recuerdos habían sido implantados en la mente de los pacientes en forma no intencional, durante sesiones de terapia de memoria reprimida. Cuando esto se empezó a revelar, la situación se invirtió y muchos profesionales fueron demandados y condenados a pagar sumas millonarias.
Falsos recuerdos verdaderos: Según cierta teoría psicológica, cuando alguien pasa por una experiencia muy desagradable, la mente reprime el recuerdo. La persona no recuerda lo ocurrido, pero la memoria reprimida afecta su vida cotidiana. Una forma de superar esto, afirma la teoría, es hacer que la conciencia recupere los recuerdos mediante hipnosis, análisis de sueños, aplicación de suero de la verdad y otros métodos.
Se ha estimado que la cuarta parte de los psicólogos estadounidenses y británicos aceptan la existencia de la memoria reprimida y aplican tratamientos para revertirla. Pero la mayoría piensa que esa idea carece de fundamento científico. Se ha demostrado una y otra vez, en experimentos controlados, que los métodos usados para recuperar esa supuesta memoria suelen implantar en la gente recuerdos confusos, erróneos o inexistentes. Sin embargo, en la mente de las personas afectadas estos recuerdos son tan verdaderos como los recuerdos normales.
En un artículo aparecido en la revista Skeptical Inquirer, Martin Gardner reseña otras consecuencias trágicas de lo que ahora se llama el “síndrome de la falsa memoria”. Los falsos recuerdos no se limitan a casos de abuso sexual, otros pacientes creyeron haber participado en cultos satánicos, sacrificios humanos y actos de canibalismo. Algunos se convencieron de haber sido secuestrados y torturados por extraterrestres. Otra variante se debe a ciertos psiquiatras New Age, que logran que la gente recuerde lo que ellos suponen son reencarnaciones pasadas o futuras. Gracias a este tipo de terapia, la actriz Shirley McLaine dice haber recordado sus aventuras en vidas anteriores.
Perdidos en el supermercado: Crear falsas memorias no es tan difícil como uno podría imaginar. La psicóloga experimental Elizabeth Loftus (actualmente en la Universidad de Washington) ha demostrado que a veces es muy fácil implantar falsos recuerdos. Uno de los experimentos realizados por Loftus consistía en contarle a un voluntario varios sucesos reales ocurridos durante su infancia y luego uno falso. En el falso relato, se le decía que una vez había acompañado a su madre a un supermercado, se había perdido y alguien lo había ayudado a reencontrarse con ella. El experimento incluía la presencia de un pariente cercano del voluntario, que confirmaba la veracidad de la anécdota. En los días siguientes, se interrogaba al voluntario acerca del incidente en el supermercado y se lo alentaba a recordar todos los detalles posibles. Sorprendentemente, el voluntario empezaba a “recordar” cosas que nadie le había mencionado, como el aspecto y la ropa de la persona que lo había ayudado a encontrar a su madre. Cuando finalmente le confesaban que la historia del supermercado era falsa, el voluntario se negaba a creerlo. Varios investigadores han repetido con éxito este tipo de experimentos.
En 1999, a causa de la investigación del caso de una jovencita que había acusado equivocadamente a su madre de abuso sexual, Loftus y su colega Melvin Guyer, de la Universidad de Michigan, fueron acusados por sus respectivas universidades de faltar a los principios éticos de su profesión. Al final, ambos fueron declarados inocentes, pero durante varios meses la pasaron muy mal. Un comité investigador declaró que Loftus no había cometido mala conducta académica, pero recomendó a las autoridades de la universidad donde ella trabajaba que la reprendieran y la hicieran asistir a un programa de educación sobre ética profesional.
Recién en 2001, el decano de la universidad le envió una carta donde la exoneraba definitivamente de todos los cargos. Eso ocurrió un mes después de que Loftus recibiera el prestigioso premio William James, otorgado por la Sociedad Psicológica Americana para honrar la trayectoria de sus miembros más brillantes.
Raúl Alzogaray
© 2000-2006 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Todos los Derechos Reservados
Esta historia no es un caso aislado. Entre fines de los años ’80 y comienzos de los ’90, en Estados Unidos y Canadá, miles de personas sometidas a terapias de memoria reprimida recordaron que durante la infancia un pariente cercano había abusado sexualmente de ellas. Hubo muchos juicios y muchas personas fueron enviadas a prisión por crímenes que no cometieron (en Estados Unidos, la declaración de la víctima se considera prueba suficiente para condenar a un sospechoso).
En la mayoría de los casos, los recuerdos habían sido implantados en la mente de los pacientes en forma no intencional, durante sesiones de terapia de memoria reprimida. Cuando esto se empezó a revelar, la situación se invirtió y muchos profesionales fueron demandados y condenados a pagar sumas millonarias.
Falsos recuerdos verdaderos: Según cierta teoría psicológica, cuando alguien pasa por una experiencia muy desagradable, la mente reprime el recuerdo. La persona no recuerda lo ocurrido, pero la memoria reprimida afecta su vida cotidiana. Una forma de superar esto, afirma la teoría, es hacer que la conciencia recupere los recuerdos mediante hipnosis, análisis de sueños, aplicación de suero de la verdad y otros métodos.
Se ha estimado que la cuarta parte de los psicólogos estadounidenses y británicos aceptan la existencia de la memoria reprimida y aplican tratamientos para revertirla. Pero la mayoría piensa que esa idea carece de fundamento científico. Se ha demostrado una y otra vez, en experimentos controlados, que los métodos usados para recuperar esa supuesta memoria suelen implantar en la gente recuerdos confusos, erróneos o inexistentes. Sin embargo, en la mente de las personas afectadas estos recuerdos son tan verdaderos como los recuerdos normales.
En un artículo aparecido en la revista Skeptical Inquirer, Martin Gardner reseña otras consecuencias trágicas de lo que ahora se llama el “síndrome de la falsa memoria”. Los falsos recuerdos no se limitan a casos de abuso sexual, otros pacientes creyeron haber participado en cultos satánicos, sacrificios humanos y actos de canibalismo. Algunos se convencieron de haber sido secuestrados y torturados por extraterrestres. Otra variante se debe a ciertos psiquiatras New Age, que logran que la gente recuerde lo que ellos suponen son reencarnaciones pasadas o futuras. Gracias a este tipo de terapia, la actriz Shirley McLaine dice haber recordado sus aventuras en vidas anteriores.
Perdidos en el supermercado: Crear falsas memorias no es tan difícil como uno podría imaginar. La psicóloga experimental Elizabeth Loftus (actualmente en la Universidad de Washington) ha demostrado que a veces es muy fácil implantar falsos recuerdos. Uno de los experimentos realizados por Loftus consistía en contarle a un voluntario varios sucesos reales ocurridos durante su infancia y luego uno falso. En el falso relato, se le decía que una vez había acompañado a su madre a un supermercado, se había perdido y alguien lo había ayudado a reencontrarse con ella. El experimento incluía la presencia de un pariente cercano del voluntario, que confirmaba la veracidad de la anécdota. En los días siguientes, se interrogaba al voluntario acerca del incidente en el supermercado y se lo alentaba a recordar todos los detalles posibles. Sorprendentemente, el voluntario empezaba a “recordar” cosas que nadie le había mencionado, como el aspecto y la ropa de la persona que lo había ayudado a encontrar a su madre. Cuando finalmente le confesaban que la historia del supermercado era falsa, el voluntario se negaba a creerlo. Varios investigadores han repetido con éxito este tipo de experimentos.
En 1999, a causa de la investigación del caso de una jovencita que había acusado equivocadamente a su madre de abuso sexual, Loftus y su colega Melvin Guyer, de la Universidad de Michigan, fueron acusados por sus respectivas universidades de faltar a los principios éticos de su profesión. Al final, ambos fueron declarados inocentes, pero durante varios meses la pasaron muy mal. Un comité investigador declaró que Loftus no había cometido mala conducta académica, pero recomendó a las autoridades de la universidad donde ella trabajaba que la reprendieran y la hicieran asistir a un programa de educación sobre ética profesional.
Recién en 2001, el decano de la universidad le envió una carta donde la exoneraba definitivamente de todos los cargos. Eso ocurrió un mes después de que Loftus recibiera el prestigioso premio William James, otorgado por la Sociedad Psicológica Americana para honrar la trayectoria de sus miembros más brillantes.
Raúl Alzogaray
© 2000-2006 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Todos los Derechos Reservados
"Tenemos que pasar de la tolerancia a la solidaridad"
En 1990 el sociólogo polaco Zygmunt Bauman tomó dos decisiones importantes: abandonó su claustro en la Universidad de Leeds y empezó a hacerse cargo de la cocina del hogar.
Los resultados fueron inmediatos. En el caso más asombroso de florecimiento tardío del mundo académico, pasados los 80 años y sacando prácticamente un libro anual, se ha convertido, desde entonces, en la "nueva" estrella de la sociología contemporánea. Sus conceptos -"modernidad líquida", "residuos humanos" y "poblaciones superfluas"- revolucionaron el campo sociológico y hoy es considerado una eminencia entre sus pares. Además, los libros de Bauman -quien sobre los problemas del mundo de hoy dice que hay que pasar de la tolerancia a la solidaridad, y, sobre la sociología dice que hoy es imprescindible para la gente común- son bestsellers leídos por un público muy general y donde sea que da una conferencia recibe tratamiento de estrella pop.
El otro resultado es que cualquiera que vaya a entrevistarlo a su casa, en Inglaterra, recibirá, junto a la taza de té de rigor, sus pastelitos recién horneados. Pero esta entrevista se realiza en Barcelona -vino a presentar la traducción al castellano de su libro "Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias" (Paidós)-, donde el bar del hotel está cerrado y no hay ni un café para ofrecer. A pesar de las afirmaciones de esta redactora de que viene de un almuerzo y realmente no necesita nada, la cara de angustia del autor de clásicos como "Modernidad y Holocausto", "La globalización: consecuencias humanas", "Trabajo, consumismo y los nuevos pobres", "Modernidad líquida" y "La modernidad sitiada" no desaparecerá hasta que, casi al despedirnos, finalmente se materialice un mozo.
Su angustia también se debe a que después, a la tarde, lo espera una conferencia sobre la inmigración, justo cuando los titulares de la prensa del día dan cuenta de un rechazo generalizado hacia el fenómeno de los inmigrantes.
Como siempre, Bauman tiene una visión muy original para explicarlo: "Los inmigrantes, y en particular los buscadores de asilo, son una caricatura de la elite global", subraya.
-¿Qué pueden tener que ver las personas más ricas con las más pobres del planeta? -Se comportan de manera exactamente igual. La elite global sale de la nada, compra la compañía donde uno trabaja, racionaliza, despide a la mitad y es una fuerza que uno no puede ver, cuyas decisiones se toman en países distantes del propio. Es la fuente de incertidumbre de nuestra vida cotidiana. Uno puede estar disfrutando del momento, con buena relación con amigos, jefes y colegas, pero a la noche empiezan las pesadillas: ¿qué pasaría si perdiéramos el trabajo? ¿Si a nuestra pareja la transfirieran a otra ciudad? La fuente de nuestras angustias es la globalización de la industria financiera, del mercado de capitales, del comercio, pero todo esto son nociones abstractas que uno no puede controlar. En cambio, al inmigrante se lo ve. Está ahí. Pero como todos estos conceptos abstractos, sale de la nada, no pertenece y puede resultar una sorpresa desagradable. Entonces, la reacción natural es hacer algo sobre la parte de nuestra vida que sí controlamos.
-¿Por ejemplo? -Uno no puede escribirle a Rodríguez Zapatero y pedirle que pare el comercio internacional, porque el país sería severamente castigado, pero sí que dicte nuevas leyes para fortalecer las fronteras o que redoble el muro en Ceuta y en Melilla. Es como el viejo chiste del borracho que está buscando algo bajo un poste de luz. Un hombre que pasa le pregunta qué busca y él responde que un billete de veinte euros que perdió. "¿Lo perdió aquí?", pregunta el hombre. "No, en la otra cuadra", responde el borracho. "¿Entonces por qué lo busca aquí?", insiste el desconocido. "¡Porque aquí hay luz!" Bueno, todos nosotros estamos buscando la solución a nuestros problemas en el lugar equivocado, simplemente porque es lo que podemos ver. Sobre las compañías internacionales sólo podemos leer en los diarios, pero al vecino de un país pobre lo podemos correr para que se vaya.
-¿Cómo ve usted lo que ocurrió recientemente con la violencia en los suburbios franceses? -En Francia se combinaron dos problemas. Por un lado, están los millones de jóvenes que inmigraron buscando el trabajo y la dignidad humana que no encontraban en Marruecos, Túnez y el desierto del Magreb en general, y que son los típicos residuos humanos, porque al no poder acomodarse a las fuerzas de la modernización que afectaron a su país de origen, su existencia se transformó en redundante. En todo el mundo la globalización dejó grupos de gente afuera, que no se pudieron acomodar. Pero en Francia esto se combinó con la tradición republicana, y eso fue un cóctel explosivo.
-¿Por qué? -Porque según esa tradición cualquiera que tenga pasaporte francés es francés, aunque venga de otro país, y no se lo debería tratar de manera distinta que al resto de los ciudadanos. Esto es una fantasía, pero los ministros de cultura están siempre muy temerosos de que se los acuse de preferir una cultura por sobre la otra, y entonces se muestran completamente indiferentes a los problemas de grupos inmigratorios específicos. Esa es la actitud del gobierno francés ante los problemas sociales. Es interesante que en los ataques de los suburbios franceses el objetivo muchas veces fuera la escuela. Esto es muy simbólico, porque en la escuela todos estos inmigrantes tuvieron buenísimos profesores, que les decían aprendan esto y esto y compórtense de esta manera y tendrán las mismas oportunidades que el resto de los franceses. Pero después salían al merado laboral y por su color de piel, religión o apellido no recibían los puestos de trabajo, y se daban cuenta de que aquello no había sido cierto. Siendo gente racional y bien educada en el excelente sistema educativo francés, estos inmigrantes e hijos de inmigrantes son plenamente conscientes del choque entre el ideal abstracto aplicado a todos y la realidad del multiculturalismo, en la cual hay desigualdad social, económica y de aceptación. Se sintieron, lisa y llanamente, engañados. Por eso vandalizaron las escuelas, curiosamente en el nombre de los valores franceses de igualdad, fraternidad, libertad, en los que fueron educados, pero que nunca vivieron.
-¿Lo mismo podría pasar en Gran Bretaña? -No, jamás. No digo que Gran Bretaña sea mejor, pero sí que existe una larga tradición de que ser británico puede significar ser galés, irlandés o escocés, que se puede ser británico de distintas maneras, hablando distintos idiomas, tener distintas tradiciones históricas y diversas culturas, e igual ser un buen ciudadano británico. Entonces cuando empezó a llegar masivamente gente de las ex colonias, los británicos la recibieron en este marco, entendiendo que hay distintas maneras de ser británico, pero que el Estado debe ayudar a algunos grupos de maneras especiales para su integración. Francia siempre se negó a hacer esto, nunca pudo reconocer que una niña con velo islámico en la escuela puede ser una excelente ciudadana francesa y creer en un Dios distinto.
-Pero esa chica que lleva puesto el velo islámico, ¿hasta dónde es ella la que decide ponérselo y hasta dónde es una imposición familiar, que le dificultará una relación de mayor igualdad con el resto de las alumnas? -Piense usted en dos chicas que están en la misma clase. Una viene de una familia marroquí, la otra de una tradicional familia francesa. No son diferentes: ambas son productos de las presiones de su entorno. Las figuras de autoridad de sus distintas culturas les imponen distintas cosas. A una, que use el velo y que se case con un musulmán; a la otra, que no use el velo, pero que esté delgada, y que no se case con un musulmán, sino con un muchacho cristiano, con dinero y de buena familia. Lo peor es que ahora a las chicas musulmanas se les prohíbe usar el velo con la promesa de que si dejan de usarlo encontrarán las mismas oportunidades de vida que las demás compañeras, y luego, por su origen magrebí, esto no resulta cierto. Ellas ya vieron lo que pasa, ya lo saben, y la imposición es poner sal sobre la herida. La promesa de igualdad, además de la desigualdad que ven en la práctica, es una peligrosa combinación.
-¿Cómo ve a la Argentina y a los países que fueron tradicionalmente inmigratorios? -En los países que son receptores de inmigrantes por naturaleza, donde la familia de casi todo el mundo vino originariamente de otro lugar, la gente está acostumbrada a distintas historias de vida. Francia fue distinta desde la época de Napoleón, que no se declaró emperador de Francia, sino de todos los franceses y de todo lo francés. Nunca existió el reconocimiento al derecho humano de ser diferente. Mis amigos franceses dicen que son tolerantes, pero eso no es suficiente: es una posición de superioridad. El desafío hoy es pasar de la tolerancia a la solidaridad, que no sólo acepta que la gente puede ser diferente, sino que sostiene que la diferencia es algo bueno, que del contacto se aprende y todos salimos enriquecidos. Como los nuevos grupos de inmigrantes en Europa son distintos y, a diferencia de grupos anteriores, van a permanecer distintos, es fundamental que aprendamos esto. Si no, toda Europa eventualmente se convertirá en banlieue, en un suburbio de inmigrantes.
-En su último libro, llama la atención la gran cantidad de referencias que hace a artículos periodísticos. ¿Por qué las hace? -Yo respeto muchísimo a los periodistas. Sobre todo, a los que escriben para periódicos serios. Considero que son mis mejores colegas sociólogos. La sociología académica, por así llamarla, tarda mucho en registrar los fenómenos nuevos. Nos enseñan en la universidad que antes de decir nada tenemos que juntar datos, confirmarlos, hacer regresión estadística, y recién ahí ver a qué tendencia apuntan. Peor aún: para cada tema hay que concursar para los subsidios a la investigación -proceso largo y burocrático, si los hay-, buscar doctorandos que estén en temas afines para armar el equipo para los próximos dos o tres años? Somos como el búho de Minerva, símbolo de la sabiduría, que, como bien dijo Hegel, sólo abre sus alas cuando el día ha terminado. Para cuando un sociólogo saca un libro, la realidad ya está moviéndose en otra dirección. Los periodistas están en la posición exactamente contraria. Van de aquí para allá, y en cuanto intuyen un fenómeno escriben sobre él, sin ponerse a teorizar. Yo intento ubicarme en una posición intermedia. Uso mis herramientas de sociólogo para conectar las cosas, generalizar y sacar conclusiones, pero me baso mucho en artículos periodísticos. Vivimos en una modernidad líquida, lo cual significa que cambia su forma constantemente. La modernidad sólida es como esta mesa. Para romperla hace falta mucha fuerza. Pero la modernidad líquida es como una taza de café: si la ladeamos, el contenido cambia de forma completamente. Me siento muy feliz de explotar a los periodistas, porque son los mejores para registrar la cambiante forma del café al segundo de que algo movió la taza.
-Otra de las características de sus libros es que son accesibles para un público no especializado. ¿Es una búsqueda deliberada? -Cuando yo era un estudiante, la sociología era sobre la ingeniería social, sobre cómo cambiar los comportamientos masivos, y estaba dirigida principalmente a gente en posiciones gerenciales, desde el supervisor de una industria hasta un ministro del Interior. Las preguntas que interesaba responder era cómo organizar las relaciones sociales en una fábrica para evitar una huelga, cómo cambiar la conducta de jóvenes de bajos recursos para disminuir el crimen, cómo incentivar a los inmigrantes marroquíes para que se conviertieran en ciudadanos franceses. Los sociólogos apuntaban a quienes buscaban cambiar actitudes y comportamientos y, por ende, escribían en un lenguaje para gerentes. Eso ya no corre más. El problema puede ser que yo haya vivido demasiado tiempo y siga haciendo sociología, pero lo que veo es que los gerentes ya no quieren tomar responsabilidad por lo que hacen sus subordinados: tercerizan todo lo que pueden y su relación con la compañía o institución es la de compra y venta de servicios: si no funciona, se cambia, y listo. El resultado es lo que Anthony Giddens llama life politics, políticas de vida. Lo que antes era responsabilidad de la empresa, o del Estado, ahora es responsabilidad y obligación de la persona, del empleado. De esta manera, la sociología perdió a su principal cliente: los gerentes que tomaban como propia la responsabilidad de cambiar el estado de las cosas. Para muchos, perdió así también su misión y lugar en la sociedad.
-¿Y es así? -Yo creo exactamente lo opuesto: que la sociología nunca fue tan crucial y necesaria como ahora. El único tema es que en vez de dirigirnos a los gerentes debemos dirigirnos a los ciudadanos comunes y corrientes, que deben lidiar con los problemas cotidianos. Son sus autogerentes. Ya nadie decide por ellos, y necesitan algún tipo de comprensión sobre cómo funciona la sociedad, cuáles son los hilos invisibles que sostienen el andamiaje, para saber cómo actuar. Obviamente, describir la situación, explicar qué la provocó y desenmascarar sus contradicciones, como hacemos los sociólogos, no es lo mismo que reducir las problemas o presiones, pero es un primer paso necesario porque sin esa información estarían aún más perdidos de lo que están. Ese es el principio básico por el cual yo guío mi trabajo. Algunos siguen escribiendo en un lenguaje para gerentes. Yo sé que tengo que ayudar a que las personas comunes encuentren su sendero en el laberinto.
-¿Qué hace cuando no está trabajando? -Salvo la cocina, no tengo tiempo para hobbies. Tenía muchos de joven, pero ahora lo único que hago es observar a la gente. En esta misma charla yo te estoy analizando. En las entrevistas siempre estoy aprendiendo, como también aprendo de las preguntas en mis conferencias. Quiero ver qué es lo que la gente quiere saber sobre la vida. Eso me desvela y no tengo tiempo para nada más. El problema es que yo mismo me hice grandes preguntas cuando era joven y todavía no las pude responder. Estoy en el camino, pero sé que a mi edad estoy corriendo contra el reloj...
Juana Libedinsky
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Los resultados fueron inmediatos. En el caso más asombroso de florecimiento tardío del mundo académico, pasados los 80 años y sacando prácticamente un libro anual, se ha convertido, desde entonces, en la "nueva" estrella de la sociología contemporánea. Sus conceptos -"modernidad líquida", "residuos humanos" y "poblaciones superfluas"- revolucionaron el campo sociológico y hoy es considerado una eminencia entre sus pares. Además, los libros de Bauman -quien sobre los problemas del mundo de hoy dice que hay que pasar de la tolerancia a la solidaridad, y, sobre la sociología dice que hoy es imprescindible para la gente común- son bestsellers leídos por un público muy general y donde sea que da una conferencia recibe tratamiento de estrella pop.
El otro resultado es que cualquiera que vaya a entrevistarlo a su casa, en Inglaterra, recibirá, junto a la taza de té de rigor, sus pastelitos recién horneados. Pero esta entrevista se realiza en Barcelona -vino a presentar la traducción al castellano de su libro "Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias" (Paidós)-, donde el bar del hotel está cerrado y no hay ni un café para ofrecer. A pesar de las afirmaciones de esta redactora de que viene de un almuerzo y realmente no necesita nada, la cara de angustia del autor de clásicos como "Modernidad y Holocausto", "La globalización: consecuencias humanas", "Trabajo, consumismo y los nuevos pobres", "Modernidad líquida" y "La modernidad sitiada" no desaparecerá hasta que, casi al despedirnos, finalmente se materialice un mozo.
Su angustia también se debe a que después, a la tarde, lo espera una conferencia sobre la inmigración, justo cuando los titulares de la prensa del día dan cuenta de un rechazo generalizado hacia el fenómeno de los inmigrantes.
Como siempre, Bauman tiene una visión muy original para explicarlo: "Los inmigrantes, y en particular los buscadores de asilo, son una caricatura de la elite global", subraya.
-¿Qué pueden tener que ver las personas más ricas con las más pobres del planeta? -Se comportan de manera exactamente igual. La elite global sale de la nada, compra la compañía donde uno trabaja, racionaliza, despide a la mitad y es una fuerza que uno no puede ver, cuyas decisiones se toman en países distantes del propio. Es la fuente de incertidumbre de nuestra vida cotidiana. Uno puede estar disfrutando del momento, con buena relación con amigos, jefes y colegas, pero a la noche empiezan las pesadillas: ¿qué pasaría si perdiéramos el trabajo? ¿Si a nuestra pareja la transfirieran a otra ciudad? La fuente de nuestras angustias es la globalización de la industria financiera, del mercado de capitales, del comercio, pero todo esto son nociones abstractas que uno no puede controlar. En cambio, al inmigrante se lo ve. Está ahí. Pero como todos estos conceptos abstractos, sale de la nada, no pertenece y puede resultar una sorpresa desagradable. Entonces, la reacción natural es hacer algo sobre la parte de nuestra vida que sí controlamos.
-¿Por ejemplo? -Uno no puede escribirle a Rodríguez Zapatero y pedirle que pare el comercio internacional, porque el país sería severamente castigado, pero sí que dicte nuevas leyes para fortalecer las fronteras o que redoble el muro en Ceuta y en Melilla. Es como el viejo chiste del borracho que está buscando algo bajo un poste de luz. Un hombre que pasa le pregunta qué busca y él responde que un billete de veinte euros que perdió. "¿Lo perdió aquí?", pregunta el hombre. "No, en la otra cuadra", responde el borracho. "¿Entonces por qué lo busca aquí?", insiste el desconocido. "¡Porque aquí hay luz!" Bueno, todos nosotros estamos buscando la solución a nuestros problemas en el lugar equivocado, simplemente porque es lo que podemos ver. Sobre las compañías internacionales sólo podemos leer en los diarios, pero al vecino de un país pobre lo podemos correr para que se vaya.
-¿Cómo ve usted lo que ocurrió recientemente con la violencia en los suburbios franceses? -En Francia se combinaron dos problemas. Por un lado, están los millones de jóvenes que inmigraron buscando el trabajo y la dignidad humana que no encontraban en Marruecos, Túnez y el desierto del Magreb en general, y que son los típicos residuos humanos, porque al no poder acomodarse a las fuerzas de la modernización que afectaron a su país de origen, su existencia se transformó en redundante. En todo el mundo la globalización dejó grupos de gente afuera, que no se pudieron acomodar. Pero en Francia esto se combinó con la tradición republicana, y eso fue un cóctel explosivo.
-¿Por qué? -Porque según esa tradición cualquiera que tenga pasaporte francés es francés, aunque venga de otro país, y no se lo debería tratar de manera distinta que al resto de los ciudadanos. Esto es una fantasía, pero los ministros de cultura están siempre muy temerosos de que se los acuse de preferir una cultura por sobre la otra, y entonces se muestran completamente indiferentes a los problemas de grupos inmigratorios específicos. Esa es la actitud del gobierno francés ante los problemas sociales. Es interesante que en los ataques de los suburbios franceses el objetivo muchas veces fuera la escuela. Esto es muy simbólico, porque en la escuela todos estos inmigrantes tuvieron buenísimos profesores, que les decían aprendan esto y esto y compórtense de esta manera y tendrán las mismas oportunidades que el resto de los franceses. Pero después salían al merado laboral y por su color de piel, religión o apellido no recibían los puestos de trabajo, y se daban cuenta de que aquello no había sido cierto. Siendo gente racional y bien educada en el excelente sistema educativo francés, estos inmigrantes e hijos de inmigrantes son plenamente conscientes del choque entre el ideal abstracto aplicado a todos y la realidad del multiculturalismo, en la cual hay desigualdad social, económica y de aceptación. Se sintieron, lisa y llanamente, engañados. Por eso vandalizaron las escuelas, curiosamente en el nombre de los valores franceses de igualdad, fraternidad, libertad, en los que fueron educados, pero que nunca vivieron.
-¿Lo mismo podría pasar en Gran Bretaña? -No, jamás. No digo que Gran Bretaña sea mejor, pero sí que existe una larga tradición de que ser británico puede significar ser galés, irlandés o escocés, que se puede ser británico de distintas maneras, hablando distintos idiomas, tener distintas tradiciones históricas y diversas culturas, e igual ser un buen ciudadano británico. Entonces cuando empezó a llegar masivamente gente de las ex colonias, los británicos la recibieron en este marco, entendiendo que hay distintas maneras de ser británico, pero que el Estado debe ayudar a algunos grupos de maneras especiales para su integración. Francia siempre se negó a hacer esto, nunca pudo reconocer que una niña con velo islámico en la escuela puede ser una excelente ciudadana francesa y creer en un Dios distinto.
-Pero esa chica que lleva puesto el velo islámico, ¿hasta dónde es ella la que decide ponérselo y hasta dónde es una imposición familiar, que le dificultará una relación de mayor igualdad con el resto de las alumnas? -Piense usted en dos chicas que están en la misma clase. Una viene de una familia marroquí, la otra de una tradicional familia francesa. No son diferentes: ambas son productos de las presiones de su entorno. Las figuras de autoridad de sus distintas culturas les imponen distintas cosas. A una, que use el velo y que se case con un musulmán; a la otra, que no use el velo, pero que esté delgada, y que no se case con un musulmán, sino con un muchacho cristiano, con dinero y de buena familia. Lo peor es que ahora a las chicas musulmanas se les prohíbe usar el velo con la promesa de que si dejan de usarlo encontrarán las mismas oportunidades de vida que las demás compañeras, y luego, por su origen magrebí, esto no resulta cierto. Ellas ya vieron lo que pasa, ya lo saben, y la imposición es poner sal sobre la herida. La promesa de igualdad, además de la desigualdad que ven en la práctica, es una peligrosa combinación.
-¿Cómo ve a la Argentina y a los países que fueron tradicionalmente inmigratorios? -En los países que son receptores de inmigrantes por naturaleza, donde la familia de casi todo el mundo vino originariamente de otro lugar, la gente está acostumbrada a distintas historias de vida. Francia fue distinta desde la época de Napoleón, que no se declaró emperador de Francia, sino de todos los franceses y de todo lo francés. Nunca existió el reconocimiento al derecho humano de ser diferente. Mis amigos franceses dicen que son tolerantes, pero eso no es suficiente: es una posición de superioridad. El desafío hoy es pasar de la tolerancia a la solidaridad, que no sólo acepta que la gente puede ser diferente, sino que sostiene que la diferencia es algo bueno, que del contacto se aprende y todos salimos enriquecidos. Como los nuevos grupos de inmigrantes en Europa son distintos y, a diferencia de grupos anteriores, van a permanecer distintos, es fundamental que aprendamos esto. Si no, toda Europa eventualmente se convertirá en banlieue, en un suburbio de inmigrantes.
-En su último libro, llama la atención la gran cantidad de referencias que hace a artículos periodísticos. ¿Por qué las hace? -Yo respeto muchísimo a los periodistas. Sobre todo, a los que escriben para periódicos serios. Considero que son mis mejores colegas sociólogos. La sociología académica, por así llamarla, tarda mucho en registrar los fenómenos nuevos. Nos enseñan en la universidad que antes de decir nada tenemos que juntar datos, confirmarlos, hacer regresión estadística, y recién ahí ver a qué tendencia apuntan. Peor aún: para cada tema hay que concursar para los subsidios a la investigación -proceso largo y burocrático, si los hay-, buscar doctorandos que estén en temas afines para armar el equipo para los próximos dos o tres años? Somos como el búho de Minerva, símbolo de la sabiduría, que, como bien dijo Hegel, sólo abre sus alas cuando el día ha terminado. Para cuando un sociólogo saca un libro, la realidad ya está moviéndose en otra dirección. Los periodistas están en la posición exactamente contraria. Van de aquí para allá, y en cuanto intuyen un fenómeno escriben sobre él, sin ponerse a teorizar. Yo intento ubicarme en una posición intermedia. Uso mis herramientas de sociólogo para conectar las cosas, generalizar y sacar conclusiones, pero me baso mucho en artículos periodísticos. Vivimos en una modernidad líquida, lo cual significa que cambia su forma constantemente. La modernidad sólida es como esta mesa. Para romperla hace falta mucha fuerza. Pero la modernidad líquida es como una taza de café: si la ladeamos, el contenido cambia de forma completamente. Me siento muy feliz de explotar a los periodistas, porque son los mejores para registrar la cambiante forma del café al segundo de que algo movió la taza.
-Otra de las características de sus libros es que son accesibles para un público no especializado. ¿Es una búsqueda deliberada? -Cuando yo era un estudiante, la sociología era sobre la ingeniería social, sobre cómo cambiar los comportamientos masivos, y estaba dirigida principalmente a gente en posiciones gerenciales, desde el supervisor de una industria hasta un ministro del Interior. Las preguntas que interesaba responder era cómo organizar las relaciones sociales en una fábrica para evitar una huelga, cómo cambiar la conducta de jóvenes de bajos recursos para disminuir el crimen, cómo incentivar a los inmigrantes marroquíes para que se conviertieran en ciudadanos franceses. Los sociólogos apuntaban a quienes buscaban cambiar actitudes y comportamientos y, por ende, escribían en un lenguaje para gerentes. Eso ya no corre más. El problema puede ser que yo haya vivido demasiado tiempo y siga haciendo sociología, pero lo que veo es que los gerentes ya no quieren tomar responsabilidad por lo que hacen sus subordinados: tercerizan todo lo que pueden y su relación con la compañía o institución es la de compra y venta de servicios: si no funciona, se cambia, y listo. El resultado es lo que Anthony Giddens llama life politics, políticas de vida. Lo que antes era responsabilidad de la empresa, o del Estado, ahora es responsabilidad y obligación de la persona, del empleado. De esta manera, la sociología perdió a su principal cliente: los gerentes que tomaban como propia la responsabilidad de cambiar el estado de las cosas. Para muchos, perdió así también su misión y lugar en la sociedad.
-¿Y es así? -Yo creo exactamente lo opuesto: que la sociología nunca fue tan crucial y necesaria como ahora. El único tema es que en vez de dirigirnos a los gerentes debemos dirigirnos a los ciudadanos comunes y corrientes, que deben lidiar con los problemas cotidianos. Son sus autogerentes. Ya nadie decide por ellos, y necesitan algún tipo de comprensión sobre cómo funciona la sociedad, cuáles son los hilos invisibles que sostienen el andamiaje, para saber cómo actuar. Obviamente, describir la situación, explicar qué la provocó y desenmascarar sus contradicciones, como hacemos los sociólogos, no es lo mismo que reducir las problemas o presiones, pero es un primer paso necesario porque sin esa información estarían aún más perdidos de lo que están. Ese es el principio básico por el cual yo guío mi trabajo. Algunos siguen escribiendo en un lenguaje para gerentes. Yo sé que tengo que ayudar a que las personas comunes encuentren su sendero en el laberinto.
-¿Qué hace cuando no está trabajando? -Salvo la cocina, no tengo tiempo para hobbies. Tenía muchos de joven, pero ahora lo único que hago es observar a la gente. En esta misma charla yo te estoy analizando. En las entrevistas siempre estoy aprendiendo, como también aprendo de las preguntas en mis conferencias. Quiero ver qué es lo que la gente quiere saber sobre la vida. Eso me desvela y no tengo tiempo para nada más. El problema es que yo mismo me hice grandes preguntas cuando era joven y todavía no las pude responder. Estoy en el camino, pero sé que a mi edad estoy corriendo contra el reloj...
Juana Libedinsky
Copyright S. A. LA NACION 2006. Todos los derechos reservados.
Algo huele mal
“Parece que alguien hubiese disparado una carabina aquí adentro”, dijo Gene Cernan, del Apolo 17, al quitarse el casco dentro del módulo de descenso Challenger. Cernan regresaba de una larga caminata lunar por la montañosa zona de Taurus-Littrow (a 20’ de latitud Norte) junto a su compañero, el geólogo Harrison Schmitt. Y ambos sintieron un extraño aroma, seco y fuerte, que llenaba el pequeño habitáculo de la navecita. Era el 11 de diciembre de 1972, la última vez que el hombre caminó por la cenicienta superficie selenita. Ya han pasado más de tres décadas, y ellos, al igual que Armstrong, Aldrin, Sheppard y otros astronautas de la era Apolo, recuerdan, y hasta añoran, el misterioso “olor” de la Luna.
Curiosidad olfativa: A decir verdad, los doce hombres que se pasearon por suelo lunar, entre 1969 y 1972, no sintieron olor alguno mientras estaban a la intemperie. No podían sentirlo: por empezar, nuestro satélite no tiene “aire”, ni nada que pueda transportar aromas. Y encima, llevaban trajes y cascos, que los aislaban completamente de ese medio ambiente horrorosamente hostil (temperaturas de más de 100ºC, total falta de oxígeno, y bombardeo de radiación solar ultravioleta, sólo por nombrar algunas de las delicadezas lunares). Pero todo cambiaba cuando los astronautas volvían de sus caminatas al reconfortante, aunque diminuto, habitáculo del módulo de descenso. Allí podían descansar, quitarse los cascos y los guantes, y respirar libremente. En ese ambiente de “atmósfera artificial” sí podían sentirse olores. Especialmente uno: el del polvo lunar, una arenilla grisácea, suave y escurridiza que, por más sacudidas y cepilladas que se dieran, siempre se les impregnada por todas partes. Y muy especialmente, claro, en sus botas.
Olor (y sabor) a polvora: El histórico puñado de viajeros coincide: el aroma del polvo lunar era muy fuerte. Tan fuerte, que Schmitt tuvo un verdadero ataque de alergia extraterrestre: “Cuando me quité el casco después de la salida que hicimos con Gene (Cernan), sentí algo raro en la nariz, y enseguida se me inflamaron los adenoides” (las placas de cartílago de las paredes nasales). Curiosamente, la reacción del astronauta del Apolo 17 fue menos intensa en las siguientes salidas del módulo: “Parece que fue adquiriendo cierta inmunidad al polvo lunar”, recuerda. Su compañero de aventuras definió muy claramente la particular fragancia selenita: “Olía a pólvora quemada”, cuenta Cernan. Pero hubo un astronauta que dio un paso más allá, y se animó a saborearlo. Según Charlie Duke, del Apolo 16 (abril de 1972), no sólo tenía olor a pólvora (quemada), sino también “gusto a pólvora”. Aroma y sabor parecidos. Uno podría pensar, entonces, que podría haber cierta similitud (química) entre ambas cosas... ¿pero la hay?
Identikit quimico: No. En nada. La pólvora moderna es una mezcla de nitrocelulosa (C6H8(NO2)2O5) y nitroglicerina (C3H5N3O9), dos complejas moléculas orgánicas altamente inflamables. “Pero en la Luna esas moléculas no existen”, explica el doctor Gary Lofgren, uno de los principales científicos que trabajan en el Laboratorio de Muestras Lunares del Centro Espacial Johnson de la NASA. Y para ser más gráfico, agrega: “Si le acercamos una llama a ese polvillo, no pasa nada, al menos, nada explosivo”. Los análisis de las muestras traídas a la Tierra por los astronautas, revelan que buena parte del polvo lunar está formada por partículas de dióxido de silicio, muy probablemente originadas por el continuo impacto de meteoritos que –a modo de martilleo triturador de rocas– sufrió nuestro satélite durante miles de millones de años (un impiadoso bombardeo, cuyas huellas saltan a la vista, hasta con el más modesto de los telescopios). También contiene hierro, calcio y magnesio (unidos a minerales como la olivina y el piroxeno). Nada que ver con la pólvora, ni fresca ni quemada. ¿Y entonces?
Un aromatico misterio: Para salir de este embrollo, los científicos han arriesgado algunas explicaciones. Una de ellas es simple y razonable: tal vez, el dichoso polvo lunar se “quemó” al entrar en contacto con el oxígeno del interior de los módulos (no hay que olvidar que el oxígeno es altamente reactivo, y pudo haberse combinado gracias a enlaces químicos sueltos presentes en aquella rara sustancia). “Sería una oxidación demasiado lenta como para provocar llamas o humo –explica Lofgren–, pero aun así la reacción podría producir un aroma más o menos parecido al de la pólvora quemada.” Puede ser.
Pero aquí no se termina el aromático misterio. Para complicar aún mas las cosas, otro datito: las muestras guardadas en laboratorios terrestres, como el del Centro Espacial Johnson, no tienen olor. Lofgren asegura que ha tenido en sus propias manos kilos y kilos de polvo y rocas de la Luna, los ha olfateado, y nada. ¿Acaso los astronautas se lo imaginaron todo? Una vez más, el experto nos tira un salvavidas teórico: esos materiales se han vuelto inertes. Por empezar, deben haber entrado en contacto con el aire húmedo y rico en oxígeno de las naves que volvían a la Tierra, y luego siguieron interactuando aquí. Y reaccionaron: cualquier proceso químico aromático habría cesado a principios de los ‘70. Obviamente, se supone que eso no debía ocurrir: la idea era que los astronautas de las misiones Apolo trajeran las muestras “vírgenes”. Y para eso llevaban una especie de termitos herméticos. Pero, según Lofgren, los bordes filosos de las rocas y las partículas lunares abrieron diminutas grietas en los envases. Y así, durante los tres días que demoraba el regreso de las Apolo de la Luna a la Tierra, buena parte de esa preciosa carga entró en contacto con el oxígeno y el vapor de agua de las naves.
Mirela, imaginela, huelala: Con sus claros y sombras, el misterio todavía perdura. Y seguramente, seguirá perdurando hasta que el hombre vuelva a pasearse por aquellos pagos no tan lejanos. Schmitt, el de la primera alergia extraterrestre, está ansioso por resolver el pleito: “Hay que ir, y estudiar ese extraño polvo in situ”. Pero él, y todos, tendremos que esperar, porque, al parecer, la NASA planea volver a la Luna recién en 2018.
Falta mucho, es cierto. De todos modos, mañana mismo podemos intentar algo: al caer la noche, salga y mire hacia el Noreste. Allí estará ella, bajita sobre el horizonte. Blanca, enorme y bien redonda. Llena. Mírela fijo un rato. Luego, cierre los ojos y viaje hasta ella con la imaginación. Y sin abrirlos, piense en la “pólvora quemada” de los valientes muchachos de la era Apolo, y respire muy profundo. Quién le dice, en una de esas, usted también sentirá el olor de la Luna.
Mariano Ribas / Diario Pagina12 / Suplemento Futuro / Argentina 2006
Curiosidad olfativa: A decir verdad, los doce hombres que se pasearon por suelo lunar, entre 1969 y 1972, no sintieron olor alguno mientras estaban a la intemperie. No podían sentirlo: por empezar, nuestro satélite no tiene “aire”, ni nada que pueda transportar aromas. Y encima, llevaban trajes y cascos, que los aislaban completamente de ese medio ambiente horrorosamente hostil (temperaturas de más de 100ºC, total falta de oxígeno, y bombardeo de radiación solar ultravioleta, sólo por nombrar algunas de las delicadezas lunares). Pero todo cambiaba cuando los astronautas volvían de sus caminatas al reconfortante, aunque diminuto, habitáculo del módulo de descenso. Allí podían descansar, quitarse los cascos y los guantes, y respirar libremente. En ese ambiente de “atmósfera artificial” sí podían sentirse olores. Especialmente uno: el del polvo lunar, una arenilla grisácea, suave y escurridiza que, por más sacudidas y cepilladas que se dieran, siempre se les impregnada por todas partes. Y muy especialmente, claro, en sus botas.
Olor (y sabor) a polvora: El histórico puñado de viajeros coincide: el aroma del polvo lunar era muy fuerte. Tan fuerte, que Schmitt tuvo un verdadero ataque de alergia extraterrestre: “Cuando me quité el casco después de la salida que hicimos con Gene (Cernan), sentí algo raro en la nariz, y enseguida se me inflamaron los adenoides” (las placas de cartílago de las paredes nasales). Curiosamente, la reacción del astronauta del Apolo 17 fue menos intensa en las siguientes salidas del módulo: “Parece que fue adquiriendo cierta inmunidad al polvo lunar”, recuerda. Su compañero de aventuras definió muy claramente la particular fragancia selenita: “Olía a pólvora quemada”, cuenta Cernan. Pero hubo un astronauta que dio un paso más allá, y se animó a saborearlo. Según Charlie Duke, del Apolo 16 (abril de 1972), no sólo tenía olor a pólvora (quemada), sino también “gusto a pólvora”. Aroma y sabor parecidos. Uno podría pensar, entonces, que podría haber cierta similitud (química) entre ambas cosas... ¿pero la hay?
Identikit quimico: No. En nada. La pólvora moderna es una mezcla de nitrocelulosa (C6H8(NO2)2O5) y nitroglicerina (C3H5N3O9), dos complejas moléculas orgánicas altamente inflamables. “Pero en la Luna esas moléculas no existen”, explica el doctor Gary Lofgren, uno de los principales científicos que trabajan en el Laboratorio de Muestras Lunares del Centro Espacial Johnson de la NASA. Y para ser más gráfico, agrega: “Si le acercamos una llama a ese polvillo, no pasa nada, al menos, nada explosivo”. Los análisis de las muestras traídas a la Tierra por los astronautas, revelan que buena parte del polvo lunar está formada por partículas de dióxido de silicio, muy probablemente originadas por el continuo impacto de meteoritos que –a modo de martilleo triturador de rocas– sufrió nuestro satélite durante miles de millones de años (un impiadoso bombardeo, cuyas huellas saltan a la vista, hasta con el más modesto de los telescopios). También contiene hierro, calcio y magnesio (unidos a minerales como la olivina y el piroxeno). Nada que ver con la pólvora, ni fresca ni quemada. ¿Y entonces?
Un aromatico misterio: Para salir de este embrollo, los científicos han arriesgado algunas explicaciones. Una de ellas es simple y razonable: tal vez, el dichoso polvo lunar se “quemó” al entrar en contacto con el oxígeno del interior de los módulos (no hay que olvidar que el oxígeno es altamente reactivo, y pudo haberse combinado gracias a enlaces químicos sueltos presentes en aquella rara sustancia). “Sería una oxidación demasiado lenta como para provocar llamas o humo –explica Lofgren–, pero aun así la reacción podría producir un aroma más o menos parecido al de la pólvora quemada.” Puede ser.
Pero aquí no se termina el aromático misterio. Para complicar aún mas las cosas, otro datito: las muestras guardadas en laboratorios terrestres, como el del Centro Espacial Johnson, no tienen olor. Lofgren asegura que ha tenido en sus propias manos kilos y kilos de polvo y rocas de la Luna, los ha olfateado, y nada. ¿Acaso los astronautas se lo imaginaron todo? Una vez más, el experto nos tira un salvavidas teórico: esos materiales se han vuelto inertes. Por empezar, deben haber entrado en contacto con el aire húmedo y rico en oxígeno de las naves que volvían a la Tierra, y luego siguieron interactuando aquí. Y reaccionaron: cualquier proceso químico aromático habría cesado a principios de los ‘70. Obviamente, se supone que eso no debía ocurrir: la idea era que los astronautas de las misiones Apolo trajeran las muestras “vírgenes”. Y para eso llevaban una especie de termitos herméticos. Pero, según Lofgren, los bordes filosos de las rocas y las partículas lunares abrieron diminutas grietas en los envases. Y así, durante los tres días que demoraba el regreso de las Apolo de la Luna a la Tierra, buena parte de esa preciosa carga entró en contacto con el oxígeno y el vapor de agua de las naves.
Mirela, imaginela, huelala: Con sus claros y sombras, el misterio todavía perdura. Y seguramente, seguirá perdurando hasta que el hombre vuelva a pasearse por aquellos pagos no tan lejanos. Schmitt, el de la primera alergia extraterrestre, está ansioso por resolver el pleito: “Hay que ir, y estudiar ese extraño polvo in situ”. Pero él, y todos, tendremos que esperar, porque, al parecer, la NASA planea volver a la Luna recién en 2018.
Falta mucho, es cierto. De todos modos, mañana mismo podemos intentar algo: al caer la noche, salga y mire hacia el Noreste. Allí estará ella, bajita sobre el horizonte. Blanca, enorme y bien redonda. Llena. Mírela fijo un rato. Luego, cierre los ojos y viaje hasta ella con la imaginación. Y sin abrirlos, piense en la “pólvora quemada” de los valientes muchachos de la era Apolo, y respire muy profundo. Quién le dice, en una de esas, usted también sentirá el olor de la Luna.
Mariano Ribas / Diario Pagina12 / Suplemento Futuro / Argentina 2006
lunes, octubre 30, 2006
La calle es su lugar
9 am, Hogar San José, México y Rincón
Victoria “¿Vos te creés que yo tenía en mente hace cinco años que me podía pasar esto?”, dispara Victoria detrás de una remera negra que anuncia “Intel: innovación en educación”. Tiene la nariz ancha, el pelo canoso recién lavado y la coquetería concentrada en las uñas, bien limadas y pintadas de rosa oscuro. Vicky toma mate cocido en un ambiente amplio y soleado de la Obra San José, como cada mañana. Acaba de bañarse y va y viene entre el patio y ese salón, como las otras mujeres que pellizcan pan recién salido del horno, sentadas a las mesas que los sacerdotes jesuitas disponen para quienes están en situación de calle. La coordenada en la calle Rincón al 600 es una de las pocas donde las mujeres pueden desayunar, ducharse, buscar ropa y alimento, encontrar un médico o un psicólogo, y participar de talleres de expresión y capacitación. Vicky habla rápido y no para de hacer cosas, como el fantasma de una mujer ocupada. Tiene que irse a mediodía, cuando la Obra San José cierra, y cruzar estas puertas otra vez hacia su hogar: las veredas del centro de la ciudad. Según el último censo del gobierno porteño en noviembre de 2005, las personas que como Vicky duermen bajo las estrellas son 1100. El 20 por ciento, mujeres.
Con un estentóreo vozarrón ella aclara que no siempre estuvo en la calle, ¿eh?; ella, explica, tuvo un problema con su vivienda. “No me drogo, no me prostituyo. Vengo acá a bañarme, y a los talleres de pintura y de música, para ocupar mi cerebro y no dar lugar a nada fuera de lugar”, dice con un tono a la defensiva.
Entre Vicky y la decena de mujeres que la rodean nace una charla. Ella lleva la voz cantante: “¿Qué podemos encontrar las mujeres cuando estamos en la calle y no tenemos amor? No somos culpables de lo que nos pasa. Quizás el único error, si se le puede decir así, es no haber manejado mejor el dinero. La gente mayor es la que nos trata de peor manera. Una no está así porque lo desea sino porque la sociedad lo quiere”. Todas asienten enérgicas.
–Una de las peores cosas de vivir en la calle es que no se puede dormir profundo.
–A las mujeres nos maltratan mucho.
–Nunca falta un borracho que se te acerca, el que te pide un pucho.
–El que se quiere propasar.
–O alguien que se quiere quedar con tus cosas.
Más tarde, Julio Fernández, director de la Obra San José, corrobora cada frase. Dice que las mujeres en situación de calle “son quienes más sufren el tema de la violencia física y sexual. Si bien demuestran mayor capacidad que los varones para atravesar los problemas, la mayoría de las que duermen a la intemperie son mujeres que han roto con todos los lazos. Pero no es que estén locas: para ellas no existe una alternativa intermedia de contención entre un comedor y el Hospital Moyano. De acá a un año y medio pareciera que son cada vez más”.
–A mí ya me robaron cinco veces –se queja Vicky.
No le gusta contar demasiado y en eso todas se le parecen. Apenas dirá que nació en Tucumán y vino a Buenos Aires a los 18. Tiene un vicio: la pintura. Y una carpeta negra con sus trabajos. Paisajes caribeños, islas paradisíacas, cielos tormentosos, láminas coloreadas con creatividad por manos ágiles en esos talleres de San José.
Durante la tarde se instala en una vereda, al costado de una farmacia. A la noche duerme en el umbral de una empresa del microcentro. Si llueve, se cobija en el hall del edificio. “Me costó lograrlo. Pero lo gané con buena conducta, buen trato. Los de seguridad te quieren sacar, pero yo conseguí el permiso de los dueños.”
11 am, Suipacha y Juncal
Marisa Si la cruzaran por la calle no sospecharían que esta dama rechoncha, de cutis de porcelana, pelo corto, vincha de carey y flequillo recto sobre los ojos bien delineados en negro gasta madrugadas en la guardia de un hospital de Ramos Mejía. Tiene 54 años, una infancia de San Juan y Boedo, un pasado de administrativa y tanta vergüenza que pide le cambien el nombre. Por la vereda de la calle Suipacha al 1200, frente a la puerta de la iglesia del Socorro, empuña su carrito de metal, de esos que la gente usa cuando sale de viaje para cargar las valijas. Blusa naranja, saco negro, pollera al tono debajo de las rodillas. Lleva vendadas las piernas ulcerosas, lentas sobre las sandalias.
“Acá es el único lugar donde se consiguen talles grandes, como para mí que soy gordita”, ríe como una nena. Tiene dientes perfectos pero le falta uno de los delanteros. Hace 6 años que deambula por la ciudad, los trenes, los hospitales donde le curan las piernas. “Soy sola y me hipotecaron el departamento. Ya no pude pagar”, se excusa, tímida. Muestra una de las bolsas donde lleva la mercadería que vende en los bares cada tarde: gomitas para el pelo al crochet en rosa, celeste o blanco. Con lo que gana a veces se da el lujo de sentarse a tomar un café mientras lee. Es una apasionada de la lectura, confiesa, y muestra los libros que la tienen entusiasmada por estos días: El pobre de Nazaret y Máximas cristianas.
Marisa tiene que apurarse. Le queda el tiempo justo para llegar a la hora del guiso, luego se dará una vuelta a la tarde por la Iglesia Metodista de Corrientes y Maipú, donde sirven la merienda, para después subir al tren y, cuando llegue la noche, acomodar su equipaje y su cuerpo en la guardia del hospital.
4 pm, Plaza Vicente López
Sara Ayala Duerme la siesta en un territorio de lujo y amanece en una vereda poderosa. En los alrededores de la Plaza Vicente López la propiedad está entre los valores más altos de la ciudad, pero Sara Ayala anda por ahí por otras razones: en ese sector hay un puñado de servicios parroquiales para las personas sin techo, como el comedor de las Esclavas del Sagrado Corazón. Según el censo del gobierno porteño, las personas en situación de calle se concentran en las zonas donde se ofrecen los pocos servicios para ellos: Barrio Norte, Retiro, Recoleta, San Cristóbal, Balvanera y el microcentro, barrios que conocen como si fueran las habitaciones de una casa.
“Antes los que vivían en la calle eran pobres estructurales con necesidades básicas insatisfechas. Las cifras se mantienen estables, pero no son las mismas historias las que llevan a vivir a la intemperie. Se ve más gente que quedó en la calle por no poder pagar un alquiler, sufrir un desalojo o quedarse sin trabajo. Son los nuevos pobres. Y en el caso de las mujeres, por cuestiones de violencia”, señala Ana Maiorkevich, al frente de la Dirección General Sistema de Atención Inmediata de la ciudad de Buenos Aires. Esta área atiende a personas en situación de calle a través de los programas Buenos Aires Presente (BAP), Paradores Nocturnos y Asistencia a los Sin Techo. El BAP funciona las 24 horas todos los días del año, dispone de móviles y equipos que relevan a personas afectadas y articulan recursos sociales, reparten comida y abrigo. Los paradores ofrecen lugar eventual donde dormir pero son sólo para varones. La Asistencia a los Sin Techo busca “trabajar a mediano plazo la recuperación de los que llegan de la calle para que puedan incluirse e integrarse. Las mujeres tienen más voluntad que los varones para salir adelante y trabajar el proceso de exclusión o autoexclusión que significa estar en situación de calle”, señala Maiorkevich. El gobierno porteño cuenta con cuatro hogares donde se inicia un proceso de admisión y recuperación. Sólo uno de ellos, el 26 de Julio, está abierto al público femenino.
Sara Ayala pertenece a las filas de los nuevos pobres y dice que nunca se le ocurrió pedir ayuda social. Se acurruca en un banco de madera verde. Encoge los pies para que en uno de los extremos entren las dos bolsas de plástico donde lleva su casa. Aunque no hace frío, cubre su melena canosa y la piel curtida con una frazada gastada. En otro rincón se agrupa una docena de varones, que armó su comedor diario en el área de las mesas de cemento. Pero Sara no pertenece a la tribu de los que construyen asentamientos. Ella es una deambulante solitaria, como lo son las mujeres que atraviesan una situación similar a la suya.
Al despertar se frota los ojos con las manos, como si todavía no pudiera creer que hace más de un año que transforma cualquier superficie dura en una cama. Se sienta en el banco y se nota que es delgada, el pelo lacio y blanco le cae hasta la cintura.
Nació en Misiones hace 44 años y hace 22 que vino a Buenos Aires a trabajar de empleada doméstica. “Antes –dice y subraya el antes como quien habla de un país de fantasía– te traían las patronas.” Durante años trabajó para una familia italiana en San Isidro. Cuando ellos volvieron a su país, Sara regresó a Misiones y se instaló con su mamá. Hasta que ella falleció.
De nuevo en Buenos Aires visitó gente. Sus conocidas se habían vuelto a sus provincias. Consiguió algún trabajo por horas. En tiempos mejores, con lo que sacaba pagaba una pensión. “Ya ni la señoras tienen plata para pagar. Mucha carencia”, explica con esos ojos marrones y chiquitos que piden disculpas. No, ella ya no trabaja por horas y tampoco quiere pedir plata. Junta cartón y botellas y un día de suerte reúne 10 pesos. Dice que le alcanzan. “Además, el tocar mucha basura te saca el hambre”, suelta.
A veces le sacan las cosas: la ropa, el mate, el calentador con el que se hace una sopa debajo del puente de la autopista en los días de lluvia. “Al principio lloraba mucho. Salía a buscar trabajo y me desalentaba. Si no tenés formación, aunque sea la primaria, no hay nada”, desliza.
“Lo más difícil es la higiene”, confiesa. Una joven que pasa por la plaza se acerca a ofrecerle un billete de dos pesos. Ella lo rechaza: “No, guárdelo, lo puede necesitar”, dice. “La gente es solidaria, siempre aparece alguien que te ayuda. Te ofrece ropa. Tengo que dar algunas cosas porque no puedo andar con tanto equipaje. Algunos si te ven mal llaman a una ambulancia. Otros dicen que tienen una casaquinta para que vayas a dormir. No los conozco, prefiero quedarme acá.”
A Sara también le regalan comida. No es fácil comer cualquier cosa: “la mente de uno no sabe quién lo preparó”. Al anochecer arrastra esos pies hinchados hasta “el mejor lugar que encontré para dormir: una vereda frente a la Plaza del Congreso, en la entrada de la Biblioteca del Senado, cerca de la bandera”.
7 pm, Corrientes y Florida
María del Carmen Monti El peinado le hace juego con la voz: esos pelos grises, duros, compactos, emergen del cuero cabelludo con ganas y dibujan una melena eléctrica. Con ese tono estridente María del Carmen grita Hecho en Buenos Aires (HBA), la revista mensual de interés general que venden más de 200 personas que se quedaron sin empleo o están en situación de calle. Carmen sostiene un ejemplar en cada mano y los agita con ímpetu. Hace dos años, cuando un auto la atropelló en La Tablada y le dejó de recuerdo un codo reconstruido con alambres quirúrgicos, movía mejor los dedos. Lo de la pierna derecha es más reciente y lo disimula peor: está gruesa y envuelta en vendas que le cambian y desinfectan en una sala sanitaria de San Telmo.
“A mis problemas los tiro a un lado cuando salgo a laburar. Vendo HBA con optimismo y alegría. La gente que me compra o no me compra la revista no tiene la culpa de que yo viva en la calle”, cuenta. Hace un año que vende la revista a 1,50 y de su pecho cuelga una credencial: es la vendedora número 1704. De ese dinero, $1 queda para ella.
Carmen ya sabía bastante de ventas: durante años se trepó como busca a cada colectivo, la boca presta para gritar la mercadería del momento. En esos tiempos vivía en la provincia de Buenos Aires, en Lomas del Mirador. Antes, mucho antes, Carmen vivía en Chajarí (Entre Ríos). Ahí cursó la escuela Normal y se recibió de maestra. Su mamá había llegado a ser directora y su padre fabricaba herramientas para el campo. El aula no le gustaba. “La escuela tenía demasiadas exigencias: que los pibes, que los padres, que los docentes, que los directivos. Al final prefería preparar a los alumnos en mi casa.”
Cuando los padres fallecieron se vino a la ciudad. Tenía 35 años y un plan A: “conseguir empleo en una oficina”. Por más que hizo el mejor curso de la Pitman, no logró pasar la prueba de velocidad en dactilografía. “Alguien me explicó que necesitaba un talento que yo no tenía. Me pregunté ¿para qué luchar contra los molinos de viento? Y conseguí trabajo como corredora de alimentos de un mayorista.” Después llegó la época de las changas en los colectivos y así se pasó una década. Tras el accidente, en el 2002, ya no pudo subir y bajar con el bolso lleno. “Ni siquiera podía comer con dos cubiertos, el brazo derecho quedó muy malo, sí puedo sostener las revistas”, muestra mientras las hace flamear como banderas.
Con la indemnización por el accidente, alquiló una pieza por el barrio de Monserrat. Cuando la plata se terminó, se tuvo que ir. Dejó una deuda de 49 pesos y algunas pertenencias como garantía, entre ellas su plancha eléctrica, que sigue ahí. Las primeras noches durmió en la Plaza Miserere, pegada al altar de la Virgen. Le pidió a un barrendero si le prestaba la escoba para limpiar el suelo. El tipo se sorprendió.
“En la calle hay dos vidas: la decente y la otra. Al principio anduve por el Once. No me gustó el ambiente. Viene cualquier tipo y pretende acostarse al lado tuyo. El que quiere tener una vida digna, aunque no tenga techo, no puede vivir ahí”, dice con la voz firme y didáctica, resabios de maestra. Está convencida de que una vida sin techo es como todo: tiene pros y contras. Cita ventajas: “No tenés que pensar cómo capear la situación”. Las desventajas parecen más: “Si alguien te regala una frazada, después no tenés adónde guardarla hasta el próximo invierno. No se puede andar con demasiadas cosas. Llevo una bolsita con remedios y debería donar algunos porque ya no los uso. Hoy un tipo me regaló una vela que pesaba como un kilo, ¿qué hago con una vela? La tuve que regalar”.
Con la ropa es lo mismo. Recibe, usa, lava, a veces la entrega a otro porque no la puede llevar. Es que su único brazo sano carga una sola bolsa. Tiene unos jeans gastados que le dieron en HBA. La polera de hilo color mostaza es de Cáritas. Dice que va por la calle así, como corre el viento. “Es cuestión de saber para dónde sopla y encontrar un lugar reparado.” No duerme seguido en el mismo lugar, pero siempre es en una vereda céntrica. Advierte: en la calle es preferible vivir un poco aislado. No se le puede dirigir la palabra a todo el mundo. Ella hubiera imaginado que la gente que vive puertas afuera, dice, era más solidaria. Se queja. A veces hay quien maneja la información acerca de dónde comer o dormir con exceso de discreción. “Por suerte, como fui corredora, algunas cosas de la calle sabía. Lo que no, lo aprendí con el tiempo, como a comprar el café o el té en los carritos, a 50 centavos.”
La revista que vende, Hecho en Buenos Aires, es más que una mercancía para ganarse el pan. En este emprendimiento funciona Puerto XXI, un centro social y cultural donde Carmen, otras personas en situación de calle y vendedores de HBA, pueden darse una ducha o participar de un espacio de encuentro, charlas informativas, talleres artísticos y recreativos. La directora del proyecto y la revista, Patricia Merkin, asegura que el trabajo con gente en situación de calle tiene un enfoque diferente al oficial. “En HBA no trabajamos para las personas sino con ellas. Escuchamos la problemática. Ahí es cuando descubrimos las capacidades”, señala Merkin. Y habla del concepto de resiliencia, que toma el conflicto como la base del desarrollo y la oportunidad de desplegar el potencial humano de cada persona ante las situaciones más adversas.
Merkin afirma que tanto en HBA como entre las publicaciones de la gente de la calle a nivel mundial, las mujeres representan más del 30 % de los vendedores. “Ellas suelen tener mayor continuidad y polenta frente a problemas económicos o sociales. Las que trabajan con HBA venden muy bien, se atienen a las reglas y participan mucho de los talleres. Son más sociabilizables y recuperables que los varones. Pero creo que no es una cuestión de género: es un problema de exclusión y de sistema, que a las mujeres nos afecta de una forma determinada porque somos distintas”, explica Merkin.
En una de esas reuniones de HBA, Carmen dice que aprendió una frase clave: “No es lo mismo llenar el estómago que alimentarse. Nadie puede vivir comiendo guisos. Si bien aún con la venta de revistas no me alcanza para mantenerme, con ese dinero me puedo comprar un huevo duro, una hamburguesa, frutas”.
Los ojos profundos como el carbón se abren con el sol, sin horario: a las 6 de la mañana o a las 2 de la tarde. Cuando se cierran, bajo la luna, entre cartones que tratan de protegerla, piensa que el suyo quizá sea un precio por haber trabajado en negro. “Pero no estoy dispuesta a salir de la situación de calle a cualquier precio. Si así fuera, me hubiera ido con esos señores que dicen ‘vamos a pasar la noche que te pago el hotel’. ¿Buscar refugio en un hogar? Ni loca, no puedo estar en un sitio donde hay que entrar antes de la siete de la tarde. Yo termino de trabajar, me voy a la plaza, doy una vuelta.” Antes soñaba con alquilar un departamento. Ya no: “Por la inseguridad, veo las cosas que salen en el diario, está lleno de señoras mayores que viven solas y ¿qué les hacen? Les roban y las matan. Ahora sueño con alquilar una habitación en una pensión. Una nunca sabe lo que puede pasar”.
María Eugenia Ludueña / Diario Pagina12 / Argentina 2006
Victoria “¿Vos te creés que yo tenía en mente hace cinco años que me podía pasar esto?”, dispara Victoria detrás de una remera negra que anuncia “Intel: innovación en educación”. Tiene la nariz ancha, el pelo canoso recién lavado y la coquetería concentrada en las uñas, bien limadas y pintadas de rosa oscuro. Vicky toma mate cocido en un ambiente amplio y soleado de la Obra San José, como cada mañana. Acaba de bañarse y va y viene entre el patio y ese salón, como las otras mujeres que pellizcan pan recién salido del horno, sentadas a las mesas que los sacerdotes jesuitas disponen para quienes están en situación de calle. La coordenada en la calle Rincón al 600 es una de las pocas donde las mujeres pueden desayunar, ducharse, buscar ropa y alimento, encontrar un médico o un psicólogo, y participar de talleres de expresión y capacitación. Vicky habla rápido y no para de hacer cosas, como el fantasma de una mujer ocupada. Tiene que irse a mediodía, cuando la Obra San José cierra, y cruzar estas puertas otra vez hacia su hogar: las veredas del centro de la ciudad. Según el último censo del gobierno porteño en noviembre de 2005, las personas que como Vicky duermen bajo las estrellas son 1100. El 20 por ciento, mujeres.
Con un estentóreo vozarrón ella aclara que no siempre estuvo en la calle, ¿eh?; ella, explica, tuvo un problema con su vivienda. “No me drogo, no me prostituyo. Vengo acá a bañarme, y a los talleres de pintura y de música, para ocupar mi cerebro y no dar lugar a nada fuera de lugar”, dice con un tono a la defensiva.
Entre Vicky y la decena de mujeres que la rodean nace una charla. Ella lleva la voz cantante: “¿Qué podemos encontrar las mujeres cuando estamos en la calle y no tenemos amor? No somos culpables de lo que nos pasa. Quizás el único error, si se le puede decir así, es no haber manejado mejor el dinero. La gente mayor es la que nos trata de peor manera. Una no está así porque lo desea sino porque la sociedad lo quiere”. Todas asienten enérgicas.
–Una de las peores cosas de vivir en la calle es que no se puede dormir profundo.
–A las mujeres nos maltratan mucho.
–Nunca falta un borracho que se te acerca, el que te pide un pucho.
–El que se quiere propasar.
–O alguien que se quiere quedar con tus cosas.
Más tarde, Julio Fernández, director de la Obra San José, corrobora cada frase. Dice que las mujeres en situación de calle “son quienes más sufren el tema de la violencia física y sexual. Si bien demuestran mayor capacidad que los varones para atravesar los problemas, la mayoría de las que duermen a la intemperie son mujeres que han roto con todos los lazos. Pero no es que estén locas: para ellas no existe una alternativa intermedia de contención entre un comedor y el Hospital Moyano. De acá a un año y medio pareciera que son cada vez más”.
–A mí ya me robaron cinco veces –se queja Vicky.
No le gusta contar demasiado y en eso todas se le parecen. Apenas dirá que nació en Tucumán y vino a Buenos Aires a los 18. Tiene un vicio: la pintura. Y una carpeta negra con sus trabajos. Paisajes caribeños, islas paradisíacas, cielos tormentosos, láminas coloreadas con creatividad por manos ágiles en esos talleres de San José.
Durante la tarde se instala en una vereda, al costado de una farmacia. A la noche duerme en el umbral de una empresa del microcentro. Si llueve, se cobija en el hall del edificio. “Me costó lograrlo. Pero lo gané con buena conducta, buen trato. Los de seguridad te quieren sacar, pero yo conseguí el permiso de los dueños.”
11 am, Suipacha y Juncal
Marisa Si la cruzaran por la calle no sospecharían que esta dama rechoncha, de cutis de porcelana, pelo corto, vincha de carey y flequillo recto sobre los ojos bien delineados en negro gasta madrugadas en la guardia de un hospital de Ramos Mejía. Tiene 54 años, una infancia de San Juan y Boedo, un pasado de administrativa y tanta vergüenza que pide le cambien el nombre. Por la vereda de la calle Suipacha al 1200, frente a la puerta de la iglesia del Socorro, empuña su carrito de metal, de esos que la gente usa cuando sale de viaje para cargar las valijas. Blusa naranja, saco negro, pollera al tono debajo de las rodillas. Lleva vendadas las piernas ulcerosas, lentas sobre las sandalias.
“Acá es el único lugar donde se consiguen talles grandes, como para mí que soy gordita”, ríe como una nena. Tiene dientes perfectos pero le falta uno de los delanteros. Hace 6 años que deambula por la ciudad, los trenes, los hospitales donde le curan las piernas. “Soy sola y me hipotecaron el departamento. Ya no pude pagar”, se excusa, tímida. Muestra una de las bolsas donde lleva la mercadería que vende en los bares cada tarde: gomitas para el pelo al crochet en rosa, celeste o blanco. Con lo que gana a veces se da el lujo de sentarse a tomar un café mientras lee. Es una apasionada de la lectura, confiesa, y muestra los libros que la tienen entusiasmada por estos días: El pobre de Nazaret y Máximas cristianas.
Marisa tiene que apurarse. Le queda el tiempo justo para llegar a la hora del guiso, luego se dará una vuelta a la tarde por la Iglesia Metodista de Corrientes y Maipú, donde sirven la merienda, para después subir al tren y, cuando llegue la noche, acomodar su equipaje y su cuerpo en la guardia del hospital.
4 pm, Plaza Vicente López
Sara Ayala Duerme la siesta en un territorio de lujo y amanece en una vereda poderosa. En los alrededores de la Plaza Vicente López la propiedad está entre los valores más altos de la ciudad, pero Sara Ayala anda por ahí por otras razones: en ese sector hay un puñado de servicios parroquiales para las personas sin techo, como el comedor de las Esclavas del Sagrado Corazón. Según el censo del gobierno porteño, las personas en situación de calle se concentran en las zonas donde se ofrecen los pocos servicios para ellos: Barrio Norte, Retiro, Recoleta, San Cristóbal, Balvanera y el microcentro, barrios que conocen como si fueran las habitaciones de una casa.
“Antes los que vivían en la calle eran pobres estructurales con necesidades básicas insatisfechas. Las cifras se mantienen estables, pero no son las mismas historias las que llevan a vivir a la intemperie. Se ve más gente que quedó en la calle por no poder pagar un alquiler, sufrir un desalojo o quedarse sin trabajo. Son los nuevos pobres. Y en el caso de las mujeres, por cuestiones de violencia”, señala Ana Maiorkevich, al frente de la Dirección General Sistema de Atención Inmediata de la ciudad de Buenos Aires. Esta área atiende a personas en situación de calle a través de los programas Buenos Aires Presente (BAP), Paradores Nocturnos y Asistencia a los Sin Techo. El BAP funciona las 24 horas todos los días del año, dispone de móviles y equipos que relevan a personas afectadas y articulan recursos sociales, reparten comida y abrigo. Los paradores ofrecen lugar eventual donde dormir pero son sólo para varones. La Asistencia a los Sin Techo busca “trabajar a mediano plazo la recuperación de los que llegan de la calle para que puedan incluirse e integrarse. Las mujeres tienen más voluntad que los varones para salir adelante y trabajar el proceso de exclusión o autoexclusión que significa estar en situación de calle”, señala Maiorkevich. El gobierno porteño cuenta con cuatro hogares donde se inicia un proceso de admisión y recuperación. Sólo uno de ellos, el 26 de Julio, está abierto al público femenino.
Sara Ayala pertenece a las filas de los nuevos pobres y dice que nunca se le ocurrió pedir ayuda social. Se acurruca en un banco de madera verde. Encoge los pies para que en uno de los extremos entren las dos bolsas de plástico donde lleva su casa. Aunque no hace frío, cubre su melena canosa y la piel curtida con una frazada gastada. En otro rincón se agrupa una docena de varones, que armó su comedor diario en el área de las mesas de cemento. Pero Sara no pertenece a la tribu de los que construyen asentamientos. Ella es una deambulante solitaria, como lo son las mujeres que atraviesan una situación similar a la suya.
Al despertar se frota los ojos con las manos, como si todavía no pudiera creer que hace más de un año que transforma cualquier superficie dura en una cama. Se sienta en el banco y se nota que es delgada, el pelo lacio y blanco le cae hasta la cintura.
Nació en Misiones hace 44 años y hace 22 que vino a Buenos Aires a trabajar de empleada doméstica. “Antes –dice y subraya el antes como quien habla de un país de fantasía– te traían las patronas.” Durante años trabajó para una familia italiana en San Isidro. Cuando ellos volvieron a su país, Sara regresó a Misiones y se instaló con su mamá. Hasta que ella falleció.
De nuevo en Buenos Aires visitó gente. Sus conocidas se habían vuelto a sus provincias. Consiguió algún trabajo por horas. En tiempos mejores, con lo que sacaba pagaba una pensión. “Ya ni la señoras tienen plata para pagar. Mucha carencia”, explica con esos ojos marrones y chiquitos que piden disculpas. No, ella ya no trabaja por horas y tampoco quiere pedir plata. Junta cartón y botellas y un día de suerte reúne 10 pesos. Dice que le alcanzan. “Además, el tocar mucha basura te saca el hambre”, suelta.
A veces le sacan las cosas: la ropa, el mate, el calentador con el que se hace una sopa debajo del puente de la autopista en los días de lluvia. “Al principio lloraba mucho. Salía a buscar trabajo y me desalentaba. Si no tenés formación, aunque sea la primaria, no hay nada”, desliza.
“Lo más difícil es la higiene”, confiesa. Una joven que pasa por la plaza se acerca a ofrecerle un billete de dos pesos. Ella lo rechaza: “No, guárdelo, lo puede necesitar”, dice. “La gente es solidaria, siempre aparece alguien que te ayuda. Te ofrece ropa. Tengo que dar algunas cosas porque no puedo andar con tanto equipaje. Algunos si te ven mal llaman a una ambulancia. Otros dicen que tienen una casaquinta para que vayas a dormir. No los conozco, prefiero quedarme acá.”
A Sara también le regalan comida. No es fácil comer cualquier cosa: “la mente de uno no sabe quién lo preparó”. Al anochecer arrastra esos pies hinchados hasta “el mejor lugar que encontré para dormir: una vereda frente a la Plaza del Congreso, en la entrada de la Biblioteca del Senado, cerca de la bandera”.
7 pm, Corrientes y Florida
María del Carmen Monti El peinado le hace juego con la voz: esos pelos grises, duros, compactos, emergen del cuero cabelludo con ganas y dibujan una melena eléctrica. Con ese tono estridente María del Carmen grita Hecho en Buenos Aires (HBA), la revista mensual de interés general que venden más de 200 personas que se quedaron sin empleo o están en situación de calle. Carmen sostiene un ejemplar en cada mano y los agita con ímpetu. Hace dos años, cuando un auto la atropelló en La Tablada y le dejó de recuerdo un codo reconstruido con alambres quirúrgicos, movía mejor los dedos. Lo de la pierna derecha es más reciente y lo disimula peor: está gruesa y envuelta en vendas que le cambian y desinfectan en una sala sanitaria de San Telmo.
“A mis problemas los tiro a un lado cuando salgo a laburar. Vendo HBA con optimismo y alegría. La gente que me compra o no me compra la revista no tiene la culpa de que yo viva en la calle”, cuenta. Hace un año que vende la revista a 1,50 y de su pecho cuelga una credencial: es la vendedora número 1704. De ese dinero, $1 queda para ella.
Carmen ya sabía bastante de ventas: durante años se trepó como busca a cada colectivo, la boca presta para gritar la mercadería del momento. En esos tiempos vivía en la provincia de Buenos Aires, en Lomas del Mirador. Antes, mucho antes, Carmen vivía en Chajarí (Entre Ríos). Ahí cursó la escuela Normal y se recibió de maestra. Su mamá había llegado a ser directora y su padre fabricaba herramientas para el campo. El aula no le gustaba. “La escuela tenía demasiadas exigencias: que los pibes, que los padres, que los docentes, que los directivos. Al final prefería preparar a los alumnos en mi casa.”
Cuando los padres fallecieron se vino a la ciudad. Tenía 35 años y un plan A: “conseguir empleo en una oficina”. Por más que hizo el mejor curso de la Pitman, no logró pasar la prueba de velocidad en dactilografía. “Alguien me explicó que necesitaba un talento que yo no tenía. Me pregunté ¿para qué luchar contra los molinos de viento? Y conseguí trabajo como corredora de alimentos de un mayorista.” Después llegó la época de las changas en los colectivos y así se pasó una década. Tras el accidente, en el 2002, ya no pudo subir y bajar con el bolso lleno. “Ni siquiera podía comer con dos cubiertos, el brazo derecho quedó muy malo, sí puedo sostener las revistas”, muestra mientras las hace flamear como banderas.
Con la indemnización por el accidente, alquiló una pieza por el barrio de Monserrat. Cuando la plata se terminó, se tuvo que ir. Dejó una deuda de 49 pesos y algunas pertenencias como garantía, entre ellas su plancha eléctrica, que sigue ahí. Las primeras noches durmió en la Plaza Miserere, pegada al altar de la Virgen. Le pidió a un barrendero si le prestaba la escoba para limpiar el suelo. El tipo se sorprendió.
“En la calle hay dos vidas: la decente y la otra. Al principio anduve por el Once. No me gustó el ambiente. Viene cualquier tipo y pretende acostarse al lado tuyo. El que quiere tener una vida digna, aunque no tenga techo, no puede vivir ahí”, dice con la voz firme y didáctica, resabios de maestra. Está convencida de que una vida sin techo es como todo: tiene pros y contras. Cita ventajas: “No tenés que pensar cómo capear la situación”. Las desventajas parecen más: “Si alguien te regala una frazada, después no tenés adónde guardarla hasta el próximo invierno. No se puede andar con demasiadas cosas. Llevo una bolsita con remedios y debería donar algunos porque ya no los uso. Hoy un tipo me regaló una vela que pesaba como un kilo, ¿qué hago con una vela? La tuve que regalar”.
Con la ropa es lo mismo. Recibe, usa, lava, a veces la entrega a otro porque no la puede llevar. Es que su único brazo sano carga una sola bolsa. Tiene unos jeans gastados que le dieron en HBA. La polera de hilo color mostaza es de Cáritas. Dice que va por la calle así, como corre el viento. “Es cuestión de saber para dónde sopla y encontrar un lugar reparado.” No duerme seguido en el mismo lugar, pero siempre es en una vereda céntrica. Advierte: en la calle es preferible vivir un poco aislado. No se le puede dirigir la palabra a todo el mundo. Ella hubiera imaginado que la gente que vive puertas afuera, dice, era más solidaria. Se queja. A veces hay quien maneja la información acerca de dónde comer o dormir con exceso de discreción. “Por suerte, como fui corredora, algunas cosas de la calle sabía. Lo que no, lo aprendí con el tiempo, como a comprar el café o el té en los carritos, a 50 centavos.”
La revista que vende, Hecho en Buenos Aires, es más que una mercancía para ganarse el pan. En este emprendimiento funciona Puerto XXI, un centro social y cultural donde Carmen, otras personas en situación de calle y vendedores de HBA, pueden darse una ducha o participar de un espacio de encuentro, charlas informativas, talleres artísticos y recreativos. La directora del proyecto y la revista, Patricia Merkin, asegura que el trabajo con gente en situación de calle tiene un enfoque diferente al oficial. “En HBA no trabajamos para las personas sino con ellas. Escuchamos la problemática. Ahí es cuando descubrimos las capacidades”, señala Merkin. Y habla del concepto de resiliencia, que toma el conflicto como la base del desarrollo y la oportunidad de desplegar el potencial humano de cada persona ante las situaciones más adversas.
Merkin afirma que tanto en HBA como entre las publicaciones de la gente de la calle a nivel mundial, las mujeres representan más del 30 % de los vendedores. “Ellas suelen tener mayor continuidad y polenta frente a problemas económicos o sociales. Las que trabajan con HBA venden muy bien, se atienen a las reglas y participan mucho de los talleres. Son más sociabilizables y recuperables que los varones. Pero creo que no es una cuestión de género: es un problema de exclusión y de sistema, que a las mujeres nos afecta de una forma determinada porque somos distintas”, explica Merkin.
En una de esas reuniones de HBA, Carmen dice que aprendió una frase clave: “No es lo mismo llenar el estómago que alimentarse. Nadie puede vivir comiendo guisos. Si bien aún con la venta de revistas no me alcanza para mantenerme, con ese dinero me puedo comprar un huevo duro, una hamburguesa, frutas”.
Los ojos profundos como el carbón se abren con el sol, sin horario: a las 6 de la mañana o a las 2 de la tarde. Cuando se cierran, bajo la luna, entre cartones que tratan de protegerla, piensa que el suyo quizá sea un precio por haber trabajado en negro. “Pero no estoy dispuesta a salir de la situación de calle a cualquier precio. Si así fuera, me hubiera ido con esos señores que dicen ‘vamos a pasar la noche que te pago el hotel’. ¿Buscar refugio en un hogar? Ni loca, no puedo estar en un sitio donde hay que entrar antes de la siete de la tarde. Yo termino de trabajar, me voy a la plaza, doy una vuelta.” Antes soñaba con alquilar un departamento. Ya no: “Por la inseguridad, veo las cosas que salen en el diario, está lleno de señoras mayores que viven solas y ¿qué les hacen? Les roban y las matan. Ahora sueño con alquilar una habitación en una pensión. Una nunca sabe lo que puede pasar”.
María Eugenia Ludueña / Diario Pagina12 / Argentina 2006
Un fantasma de hielo
Hace unas semanas conocí en México a una argentina que lleva más de diez años viviendo en Suecia. Eramos unos cuantos caminando bajo el sol rajante del mediodía en las pirámides de Teotihuacán, y Lilian, la argentosueca, que era la que sobrellevaba mejor el calor y el ascenso y descenso de las sucesivas pirámides, tuvo la gran idea de empezar a contarnos historias sobre Suecia, todas ellas llenas de frío y nieve y hielo. El efecto fue notable: lo que hasta entonces era un castigo se convirtió en el paseo que todos queríamos hacer. Lilian se volvió a Estocolmo y nosotros a Buenos Aires, y ahí terminaría todo esto si yo no me hubiese comprado, para el vuelo de vuelta, un libro que encontré en oferta en el aeropuerto del DF. Una de las historias que nos había contado Lilian ocurría en Laponia, al norte de Suecia, y tenía un fantasma. En el libro que me puse a leer en el vuelo de vuelta descubrí con un escalofrío quién era ese fantasma. Los calores de estos días se parecen tanto a aquel mediodía mexicano que vale la pena probar el antídoto de Lilian, a ver si funciona de nuevo.
En un lugar llamado Jukkasjärvi, en Laponia, al norte de Suecia (200 kilómetros dentro del Círculo Polar Artico) irrumpe todos los años un edificio magnífico que se conoce con el nombre de Ishotellet. Su construcción se inicia todos los años en el mes de octubre, cuando ya es invierno por esas latitudes, y un puñado de los mejores escultores lapones y suecos se reúnen allá y ponen manos a la obra. El agua del río Torne es de una rarísima singularidad al congelarse: por ser agua fluyente da un hielo sin burbujas, y por su calidad inigualable –es de las poquísimas aguas no contaminadas en todo el norte de Europa–, tiene una transparencia y una calidad que ofrece a los escultores que levantan el Ishotellet la mejor materia prima imaginable. Porque todo en el Ishotellet es de hielo: los pisos, las paredes, los techos, las mesas, las sillones, las camas, las lámparas, los platos para comer exquisitos platos fríos, los vasos para beber en el bar, cuyo mostrador y taburetes también son de hielo. Todo, todo es de hielo en el Ishotellet. Sobre las camas y cada superficie donde sentarse se colocan pieles de reno, cuyo carácter impermeable y aislante hace tolerable la inmovilidad y altamente disfrutable la charla y la contemplación del panorama circundante: un paisaje lunar, con una luz que más que luz es como un resplandor azulado a lo largo del brevísimo día y la prolongada noche. Cada habitación del Ishotellet es única porque es obra de un escultor diferente y cada uno de ellos le da a la suya un tema específico. La experiencia se completa, para los más afortunados, con la contemplación de un fenómeno meteorológico único en el mundo: la aurora boreal.
De más está decir que el Ishotellet es, cada año, un espectáculo irrepetible, porque se extingue naturalmente cuando los primeros soles de la primavera nórdica comienzan a derretirlo, en el mes de mayo. Lejos de lamentarlo, sus autores comienzan ahí mismo a planear el Ishotellet del año siguiente, por una razón más que atendible: el Ishotellet no sería el Ishotellet sin su fantasma, y sus artífices no quieren espantar ni despertar las iras de ese espectro que es la secreta razón de ser del Ishotellet, porque su función es producir en los huéspedes una ráfaga de estremecimiento que, según todos aquellos que la han experimentado, reúne en un mismo espasmo el deseo de permanecer para siempre en esa posición, en ese lugar, contemplando las estrellas a través del techo transparente, y la certeza de que todo, todo acaba en esta vida, tal como se funde un instante en el instante siguiente, tal como la materia del Ishotellet de hoy es exactamente la misma que la de los años pasados y la de los años por venir.
El libro que me puse a leer en el viaje del DF a Buenos Aires eran las memorias del extraordinario, el innombrable Mario Praz (un ensayista italiano a quien la posteridad no ha hecho justicia por su fama, en vida, aparentemente más que fundada, de fulminante jettatore). El libro se llama La casa de la vida y en él Praz pasa revista a su existencia mientras nos lleva de recorrida por su legendario departamento del Palazzo Ricci romano, habitación por habitación: cada objeto es un recuerdo y cada recuerdo un relato, para Praz y para el que lee (los que hayan visto la película Grupo de familia, de Visconti, encontrarán a Praz retratado con despiadada maestría cuando el gran Luchino cuenta qué le pasa a un viejo esteta italiano, enemigo acérrimo de todo lo moderno, al mudarse al departamento contiguo al suyo un grupo de inquietantes jóvenes disipados). Uno de los relatos del libro de Praz es detonado por una rara pieza de cristal rusa comprada en Finlandia, que a su dueño le recuerda instantáneamente un epigrama de Marcial. Al enterarse del accidente fatal de un niño decapitado por un pedazo de hielo, Marcial dijo: “Oh, ¿dónde no estará la muerte, si hasta el agua consigue degollar?”.
A continuación, Praz procede a relatarnos un hecho ocurrido en el invierno boreal de 1740, uno de los más fríos de aquel siglo. La emperatriz rusa Ana Ivanovna y su corte se aburrían en uno de sus palacios de invierno, cerca de lo que hoy es Finlandia, donde habían quedado varados por las inclemencias del tiempo. Para entretener a su soberana y hacer más breve la espera que los juegos de salón no alcanzaban a disimular, el chambelán Alexei Danielovich Tatischev mandó construir en el patio central de palacio una casa enteramente de hielo. Todo empezó cuando uno de los cortesanos dijo, mirando por la ventana: “Tanta agua aquí, y nada en el resto de los planetas”. Tatischev contestó que Saturno tenía agua, pero a causa de su distancia del Sol, estaba congelada. La emperatriz jugueteó con la idea de tener un espejo hecho de hielo y uno de los cortesanos se preguntó en voz alta por qué detenerse ahí, por qué no pensar en una recámara, e incluso una residencia entera, hecha de hielo. Tatischev se maldijo por haber hablado de Saturno y no tuvo más remedio que mandar construir en el patio de palacio la dichosa casita de hielo para su soberana.
Ana Ivanovna era famosamente disoluta, “amantísima de la diversión tanto como del escarnio”, y su corte, como toda corte, por temor a irle en zaga la estimulaba a llegar más lejos en sus caprichos. La corte pronto se aburrió de contemplar desde las ventanas cómo los servidores cortaban con regla y compás trozos del hielo más puro y usaban agua como cemento para alzar las paredes de esa diáfana estructura, que parecía una sola pieza de zafiro a la luz de las antorchas del patio. Cebada por sus damas y boyardos, Ana Ivanovna exigía más y más excentricidades de la pequeña diversión ideada por el pobre Tatischev. Primero pidió que se amueblara la casa con piezas hechas en hielo, luego que se la decorara con piezas del mismo material (incluyendo un pequeño jardín de naranjos de hielo en el frente). Cuando la casa estuvo enteramente equipada, con vajilla, candelabros y hasta un vestuario completo para dos personas, hecho todo en hielo, cuando Tatischev ya rogaba a todos los dioses que el clima permitiera de una vez a la emperatriz y la corte seguir viaje a Petersburgo, Ana Ivanovna le hizo saber que sólo faltaba algo para que aquel entretenimento fuese completo: una feliz pareja que pasara la noche en la primorosa casita de hielo.
Pero para eso necesitaríamos seres oriundos de Saturno, dijo Tatischev. En absoluto, contestó la emperatriz. “Nuestra madre Rusia ha dado seres de resistencia admirable que sabrán valorar en su justo punto esa deliciosa residencia.” Los pusilánimes cortesanos temblaron y temieron lo peor, hasta que Ana Ivanovna posó sus ojos en el bufón de la corte, un enano llamado Galitzin, y recordando que alguien había dicho que el enano amabaen secreto a una de las doncellas de su séquito, dictaminó que esa misma noche se celebrarían las nupcias de Galitzin con su enamorada, la doncella Buzeninova (llamada así porque, en ruso, buzenina significa carne de cerdo).
Se mandó llamar entonces a un staretz, se celebró la boda con farsesca pompa, se iluminó a giorno el patio de palacio con un sinfín de antorchas, se condujo a los cónyuges hasta la transparente recámara nupcial al son de timbales y trompetas, y se los encerró allí a pasar la noche. Galitzin y Buzeninova no podían sentarse ni tocar nada sin sentir un frío glacial. Trataron de mantenerse en movimiento para generar calor, luego empezaron a golpear la puerta pidiendo salir. Cuando entendieron que nadie les abriría, arremetieron entre maldiciones contra todo lo que podían romper. Rodeados de añicos pero aún encerrados, procedieron a frotarse y darse palmadas uno a otro para evitar el congelamiento. Cuando quedaron exhaustos, se limitaron a abrazarse en el lecho nupcial y se encomendaron a la divina providencia. Dando por finalizado el espectáculo, la emperatriz y su comitiva se retiraron de los ventanales y partieron a sus respectivos aposentos. El único que seguía despierto era Tatischev, quien esperó hasta que el palacio quedó a oscuras y en silencio y recién entonces se atrevió temerariamente a mandar rescatar a la triste pareja.
Galitzin y Buzeninova ya estaban azules e inertes. Se los frotó enérgicamente con nieve, echaron vodka en sus gargantas y los dejaron al cuidado de un médico junto al gran fogón de la cocina. Buzeninova fue la primera en recuperar la conciencia, Galitzin seguía inconsciente por la mañana, y por esa razón fue dejado atrás cuando la comitiva imperial pudo por fin trasladarse a Petersburgo. Con el séquito de la emperatriz partió Buzeninova. Al despertar finalmente, Galitzin supo que para su amada aquello sólo había sido un episodio más de esparcimiento de su caprichosa señora, que el tiempo le ayudaría a olvidar. No lloró, ni maldijo su suerte, ni manifestó la menor contrariedad por perder su puesto en la corte. Aceptó con silenciosa resignación el tazón de sopa que le tendieron y se mantuvo acurrucado en su manta, en el rincón de la cocina donde lo habían dejado. Esperó hasta que nadie le prestara atención y entonces salió al patio, se arrastró hasta la casa de hielo, se tendió en los restos del lecho nupcial y cerró los ojos para siempre.
La casa de hielo duró en pie desde enero hasta abril de aquel terrible invierno de 1740. Comenzó a derretirse por el lado sur. Cuando sólo quedaban los bloques más gruesos de las paredes, y los sirvientes recibieron la orden de transportarlos a las neveras de palacio, cuenta Mario Praz, encontraron el cadáver de Galitzin. En ese punto parece dispuesto a terminar la historia pero, fiel a su proverbial y a veces abrumadora pasión por el detalle, agrega que estos hechos fueron rescatados cien años después por el novelista Lazechnikov, un mediocre admirador de Walter Scott que en 1835 publicó en Moscú la novelita Casa de hielo, basada en este episodio.
De todo el libro, dice Praz, sólo son rescatables unas pocas líneas, las palabras que pronuncia el buen Galitzin al despertar de la hipotermia, antes de saberse separado para siempre de Buzeninova. Sus palabras se refieren a lo que había sentido en el momento postrero de aquella que había sido la noche decisiva de su vida, y son las siguientes: “Sentí al mismo tiempo el deseo de permanecer para siempre en esa posición, en ese lugar, contemplando las estrellas a través del techo transparente, y la certeza de que todo, todo acaba en esta vida, tal como se funde un instante en el instante siguiente, tal como la materia de esa casa de hielo es exactamente la misma que la de aquellas que el capricho de nuestros soberanos ha mandado y seguirá mandando construir para su esparcimiento en los años pasados y en los años por venir”. Estoy seguro de que el gran Marcial compondría un perfecto epigrama para enlazar la suerte del desdichado Galitzin con el delicado espectro que visita cada año el Ishotellet. Mientras tanto, el secreto del fantasma de Laponia queda entre nosotros.
Juan Forn / Pagina12 / Suplemento Radar / Argentina 2006
En un lugar llamado Jukkasjärvi, en Laponia, al norte de Suecia (200 kilómetros dentro del Círculo Polar Artico) irrumpe todos los años un edificio magnífico que se conoce con el nombre de Ishotellet. Su construcción se inicia todos los años en el mes de octubre, cuando ya es invierno por esas latitudes, y un puñado de los mejores escultores lapones y suecos se reúnen allá y ponen manos a la obra. El agua del río Torne es de una rarísima singularidad al congelarse: por ser agua fluyente da un hielo sin burbujas, y por su calidad inigualable –es de las poquísimas aguas no contaminadas en todo el norte de Europa–, tiene una transparencia y una calidad que ofrece a los escultores que levantan el Ishotellet la mejor materia prima imaginable. Porque todo en el Ishotellet es de hielo: los pisos, las paredes, los techos, las mesas, las sillones, las camas, las lámparas, los platos para comer exquisitos platos fríos, los vasos para beber en el bar, cuyo mostrador y taburetes también son de hielo. Todo, todo es de hielo en el Ishotellet. Sobre las camas y cada superficie donde sentarse se colocan pieles de reno, cuyo carácter impermeable y aislante hace tolerable la inmovilidad y altamente disfrutable la charla y la contemplación del panorama circundante: un paisaje lunar, con una luz que más que luz es como un resplandor azulado a lo largo del brevísimo día y la prolongada noche. Cada habitación del Ishotellet es única porque es obra de un escultor diferente y cada uno de ellos le da a la suya un tema específico. La experiencia se completa, para los más afortunados, con la contemplación de un fenómeno meteorológico único en el mundo: la aurora boreal.
De más está decir que el Ishotellet es, cada año, un espectáculo irrepetible, porque se extingue naturalmente cuando los primeros soles de la primavera nórdica comienzan a derretirlo, en el mes de mayo. Lejos de lamentarlo, sus autores comienzan ahí mismo a planear el Ishotellet del año siguiente, por una razón más que atendible: el Ishotellet no sería el Ishotellet sin su fantasma, y sus artífices no quieren espantar ni despertar las iras de ese espectro que es la secreta razón de ser del Ishotellet, porque su función es producir en los huéspedes una ráfaga de estremecimiento que, según todos aquellos que la han experimentado, reúne en un mismo espasmo el deseo de permanecer para siempre en esa posición, en ese lugar, contemplando las estrellas a través del techo transparente, y la certeza de que todo, todo acaba en esta vida, tal como se funde un instante en el instante siguiente, tal como la materia del Ishotellet de hoy es exactamente la misma que la de los años pasados y la de los años por venir.
El libro que me puse a leer en el viaje del DF a Buenos Aires eran las memorias del extraordinario, el innombrable Mario Praz (un ensayista italiano a quien la posteridad no ha hecho justicia por su fama, en vida, aparentemente más que fundada, de fulminante jettatore). El libro se llama La casa de la vida y en él Praz pasa revista a su existencia mientras nos lleva de recorrida por su legendario departamento del Palazzo Ricci romano, habitación por habitación: cada objeto es un recuerdo y cada recuerdo un relato, para Praz y para el que lee (los que hayan visto la película Grupo de familia, de Visconti, encontrarán a Praz retratado con despiadada maestría cuando el gran Luchino cuenta qué le pasa a un viejo esteta italiano, enemigo acérrimo de todo lo moderno, al mudarse al departamento contiguo al suyo un grupo de inquietantes jóvenes disipados). Uno de los relatos del libro de Praz es detonado por una rara pieza de cristal rusa comprada en Finlandia, que a su dueño le recuerda instantáneamente un epigrama de Marcial. Al enterarse del accidente fatal de un niño decapitado por un pedazo de hielo, Marcial dijo: “Oh, ¿dónde no estará la muerte, si hasta el agua consigue degollar?”.
A continuación, Praz procede a relatarnos un hecho ocurrido en el invierno boreal de 1740, uno de los más fríos de aquel siglo. La emperatriz rusa Ana Ivanovna y su corte se aburrían en uno de sus palacios de invierno, cerca de lo que hoy es Finlandia, donde habían quedado varados por las inclemencias del tiempo. Para entretener a su soberana y hacer más breve la espera que los juegos de salón no alcanzaban a disimular, el chambelán Alexei Danielovich Tatischev mandó construir en el patio central de palacio una casa enteramente de hielo. Todo empezó cuando uno de los cortesanos dijo, mirando por la ventana: “Tanta agua aquí, y nada en el resto de los planetas”. Tatischev contestó que Saturno tenía agua, pero a causa de su distancia del Sol, estaba congelada. La emperatriz jugueteó con la idea de tener un espejo hecho de hielo y uno de los cortesanos se preguntó en voz alta por qué detenerse ahí, por qué no pensar en una recámara, e incluso una residencia entera, hecha de hielo. Tatischev se maldijo por haber hablado de Saturno y no tuvo más remedio que mandar construir en el patio de palacio la dichosa casita de hielo para su soberana.
Ana Ivanovna era famosamente disoluta, “amantísima de la diversión tanto como del escarnio”, y su corte, como toda corte, por temor a irle en zaga la estimulaba a llegar más lejos en sus caprichos. La corte pronto se aburrió de contemplar desde las ventanas cómo los servidores cortaban con regla y compás trozos del hielo más puro y usaban agua como cemento para alzar las paredes de esa diáfana estructura, que parecía una sola pieza de zafiro a la luz de las antorchas del patio. Cebada por sus damas y boyardos, Ana Ivanovna exigía más y más excentricidades de la pequeña diversión ideada por el pobre Tatischev. Primero pidió que se amueblara la casa con piezas hechas en hielo, luego que se la decorara con piezas del mismo material (incluyendo un pequeño jardín de naranjos de hielo en el frente). Cuando la casa estuvo enteramente equipada, con vajilla, candelabros y hasta un vestuario completo para dos personas, hecho todo en hielo, cuando Tatischev ya rogaba a todos los dioses que el clima permitiera de una vez a la emperatriz y la corte seguir viaje a Petersburgo, Ana Ivanovna le hizo saber que sólo faltaba algo para que aquel entretenimento fuese completo: una feliz pareja que pasara la noche en la primorosa casita de hielo.
Pero para eso necesitaríamos seres oriundos de Saturno, dijo Tatischev. En absoluto, contestó la emperatriz. “Nuestra madre Rusia ha dado seres de resistencia admirable que sabrán valorar en su justo punto esa deliciosa residencia.” Los pusilánimes cortesanos temblaron y temieron lo peor, hasta que Ana Ivanovna posó sus ojos en el bufón de la corte, un enano llamado Galitzin, y recordando que alguien había dicho que el enano amabaen secreto a una de las doncellas de su séquito, dictaminó que esa misma noche se celebrarían las nupcias de Galitzin con su enamorada, la doncella Buzeninova (llamada así porque, en ruso, buzenina significa carne de cerdo).
Se mandó llamar entonces a un staretz, se celebró la boda con farsesca pompa, se iluminó a giorno el patio de palacio con un sinfín de antorchas, se condujo a los cónyuges hasta la transparente recámara nupcial al son de timbales y trompetas, y se los encerró allí a pasar la noche. Galitzin y Buzeninova no podían sentarse ni tocar nada sin sentir un frío glacial. Trataron de mantenerse en movimiento para generar calor, luego empezaron a golpear la puerta pidiendo salir. Cuando entendieron que nadie les abriría, arremetieron entre maldiciones contra todo lo que podían romper. Rodeados de añicos pero aún encerrados, procedieron a frotarse y darse palmadas uno a otro para evitar el congelamiento. Cuando quedaron exhaustos, se limitaron a abrazarse en el lecho nupcial y se encomendaron a la divina providencia. Dando por finalizado el espectáculo, la emperatriz y su comitiva se retiraron de los ventanales y partieron a sus respectivos aposentos. El único que seguía despierto era Tatischev, quien esperó hasta que el palacio quedó a oscuras y en silencio y recién entonces se atrevió temerariamente a mandar rescatar a la triste pareja.
Galitzin y Buzeninova ya estaban azules e inertes. Se los frotó enérgicamente con nieve, echaron vodka en sus gargantas y los dejaron al cuidado de un médico junto al gran fogón de la cocina. Buzeninova fue la primera en recuperar la conciencia, Galitzin seguía inconsciente por la mañana, y por esa razón fue dejado atrás cuando la comitiva imperial pudo por fin trasladarse a Petersburgo. Con el séquito de la emperatriz partió Buzeninova. Al despertar finalmente, Galitzin supo que para su amada aquello sólo había sido un episodio más de esparcimiento de su caprichosa señora, que el tiempo le ayudaría a olvidar. No lloró, ni maldijo su suerte, ni manifestó la menor contrariedad por perder su puesto en la corte. Aceptó con silenciosa resignación el tazón de sopa que le tendieron y se mantuvo acurrucado en su manta, en el rincón de la cocina donde lo habían dejado. Esperó hasta que nadie le prestara atención y entonces salió al patio, se arrastró hasta la casa de hielo, se tendió en los restos del lecho nupcial y cerró los ojos para siempre.
La casa de hielo duró en pie desde enero hasta abril de aquel terrible invierno de 1740. Comenzó a derretirse por el lado sur. Cuando sólo quedaban los bloques más gruesos de las paredes, y los sirvientes recibieron la orden de transportarlos a las neveras de palacio, cuenta Mario Praz, encontraron el cadáver de Galitzin. En ese punto parece dispuesto a terminar la historia pero, fiel a su proverbial y a veces abrumadora pasión por el detalle, agrega que estos hechos fueron rescatados cien años después por el novelista Lazechnikov, un mediocre admirador de Walter Scott que en 1835 publicó en Moscú la novelita Casa de hielo, basada en este episodio.
De todo el libro, dice Praz, sólo son rescatables unas pocas líneas, las palabras que pronuncia el buen Galitzin al despertar de la hipotermia, antes de saberse separado para siempre de Buzeninova. Sus palabras se refieren a lo que había sentido en el momento postrero de aquella que había sido la noche decisiva de su vida, y son las siguientes: “Sentí al mismo tiempo el deseo de permanecer para siempre en esa posición, en ese lugar, contemplando las estrellas a través del techo transparente, y la certeza de que todo, todo acaba en esta vida, tal como se funde un instante en el instante siguiente, tal como la materia de esa casa de hielo es exactamente la misma que la de aquellas que el capricho de nuestros soberanos ha mandado y seguirá mandando construir para su esparcimiento en los años pasados y en los años por venir”. Estoy seguro de que el gran Marcial compondría un perfecto epigrama para enlazar la suerte del desdichado Galitzin con el delicado espectro que visita cada año el Ishotellet. Mientras tanto, el secreto del fantasma de Laponia queda entre nosotros.
Juan Forn / Pagina12 / Suplemento Radar / Argentina 2006
Juventud, divino tesoro
Contrariada por el paso del tiempo, Qing, que alguna vez fuera estrella de una telenovela para adolescentes, decide recurrir a los oficios de la misteriosa tía Mei. Ginecóloga en otros tiempos, esta joven (que en realidad no lo es tanto) proclama haber descubierto la fórmula para recuperar todo aquello que, al caerse las posaderas, pierde una mujer, no pudiendo ya ser soñadora, coqueta ni ardiente. Se trata de unos dumplings, parientes lejanos del capelettini italiano que ella misma prepara en su cocina. Abreviemos: el ingrediente principal del relleno son fetos humanos.
Sometida a tan cruda reducción, Dumplings podría parecer una versión oriental de La muerte le sienta bien. Truculenta, claro, ya que como todo el mundo sabe el cine oriental de hoy es un cine cruel, osado, veloz, explícito, violento e incluso escatológico. Craso error. Si bien esa imagen del cine oriental publicitada por los epígonos del cine bizarro y buena parte de la industria se corresponde con líneas de producción activas sobre todo en Japón y Corea, se ha vuelto un estereotipo tan prejuicioso como la geisha de Madame Butterfly.
De hecho, hablar de cine oriental es ya abarcar demasiado. En el caso específico del cine hongkonés, del que esta ensoñación macabra forma parte, por ejemplo, aquel vivaz cine de género ha perdido bastante ímpetu, salvo algún que otro caso aislado como el del indiscutido Johnny To (Breaking News, Fulltime Killer). Lo más interesante en nuestros días proviene de la “segunda ola” encabezada por Wong Kar-wai (2046, Con ánimo de amar), un cine intensamente poético, delicado y sutil, línea en que se encuentran el errático Stanley Kwan (de quien aquí sólo se ha visto Lan yu), Yu Lik-wai (fotógrafo del chino Jia Zhangke, el director de Unknown Pleasures y Platform, entre otras) y el director de Dumplings, Fruit Chan.
A falta de mejor palabra, cabría decir que aquello que caracteriza a Chan es el sigilo: sus películas refieren siempre una escena cuyos móviles y sentidos últimos permanecen velados, incluso para los propios protagonistas. De allí, por ejemplo, que Dumplings eluda convertirse en una fábula contra la cosmetología o la obsesión contemporánea por el cuerpo, cosa que seguramente hubiese sido en otras manos. Antes bien, es una película sobre mujeres, sobre mujeres explotándose mutua e impiadosamente en un mundo que suponen controlado por hombres, a su vez controlados por principios simétricos a los que se someten las mujeres, volviendo así erróneos los supuestos y voluntades de ambos.
El procedimiento central de Chan, y quizá lo más interesante de su trabajo, es la metáfora abierta, imágenes de fuerte intensidad y condensación poética cuyo sentido, sin embargo, es tan opaco y complejo como la interioridad de sus personajes. Al ver en pantalla estas figuras del desconcierto, es fácil advertir que ese objeto o escena concentran buena parte de lo que pasa en toda la película, pero resulta difícil ofrecer una interpretación que no aúne varias posibilidades distintas e incluso algunas contradictorias, como ocurre en la teoría freudiana del sueño.
Tan bella como escalofriante, Dumplings abre un abismo en la filmografía de Chan. Hasta aquí, en todas sus películas la posibilidad del respiro, de cualquier reconstrucción de los vínculos humanos, de toda solidaridad, se daba entre mujeres y niños, quizá porque entre adultos todo vínculo afectivo estuviera de antemano enrarecido por la mediación del dinero. Dumplings literalmente aborta esa posibilidad, dando a entender –en una audaz renuncia de Chan a todo facilismo romántico-. que a fin de cuentas los chicos no están a salvo de ese circuito, y que también contra ellos, en la cultura moderna, los adultos sostienen su lucha a muerte.
Hugo Salas / Pagina 12 / Argentina 2006
Sometida a tan cruda reducción, Dumplings podría parecer una versión oriental de La muerte le sienta bien. Truculenta, claro, ya que como todo el mundo sabe el cine oriental de hoy es un cine cruel, osado, veloz, explícito, violento e incluso escatológico. Craso error. Si bien esa imagen del cine oriental publicitada por los epígonos del cine bizarro y buena parte de la industria se corresponde con líneas de producción activas sobre todo en Japón y Corea, se ha vuelto un estereotipo tan prejuicioso como la geisha de Madame Butterfly.
De hecho, hablar de cine oriental es ya abarcar demasiado. En el caso específico del cine hongkonés, del que esta ensoñación macabra forma parte, por ejemplo, aquel vivaz cine de género ha perdido bastante ímpetu, salvo algún que otro caso aislado como el del indiscutido Johnny To (Breaking News, Fulltime Killer). Lo más interesante en nuestros días proviene de la “segunda ola” encabezada por Wong Kar-wai (2046, Con ánimo de amar), un cine intensamente poético, delicado y sutil, línea en que se encuentran el errático Stanley Kwan (de quien aquí sólo se ha visto Lan yu), Yu Lik-wai (fotógrafo del chino Jia Zhangke, el director de Unknown Pleasures y Platform, entre otras) y el director de Dumplings, Fruit Chan.
A falta de mejor palabra, cabría decir que aquello que caracteriza a Chan es el sigilo: sus películas refieren siempre una escena cuyos móviles y sentidos últimos permanecen velados, incluso para los propios protagonistas. De allí, por ejemplo, que Dumplings eluda convertirse en una fábula contra la cosmetología o la obsesión contemporánea por el cuerpo, cosa que seguramente hubiese sido en otras manos. Antes bien, es una película sobre mujeres, sobre mujeres explotándose mutua e impiadosamente en un mundo que suponen controlado por hombres, a su vez controlados por principios simétricos a los que se someten las mujeres, volviendo así erróneos los supuestos y voluntades de ambos.
El procedimiento central de Chan, y quizá lo más interesante de su trabajo, es la metáfora abierta, imágenes de fuerte intensidad y condensación poética cuyo sentido, sin embargo, es tan opaco y complejo como la interioridad de sus personajes. Al ver en pantalla estas figuras del desconcierto, es fácil advertir que ese objeto o escena concentran buena parte de lo que pasa en toda la película, pero resulta difícil ofrecer una interpretación que no aúne varias posibilidades distintas e incluso algunas contradictorias, como ocurre en la teoría freudiana del sueño.
Tan bella como escalofriante, Dumplings abre un abismo en la filmografía de Chan. Hasta aquí, en todas sus películas la posibilidad del respiro, de cualquier reconstrucción de los vínculos humanos, de toda solidaridad, se daba entre mujeres y niños, quizá porque entre adultos todo vínculo afectivo estuviera de antemano enrarecido por la mediación del dinero. Dumplings literalmente aborta esa posibilidad, dando a entender –en una audaz renuncia de Chan a todo facilismo romántico-. que a fin de cuentas los chicos no están a salvo de ese circuito, y que también contra ellos, en la cultura moderna, los adultos sostienen su lucha a muerte.
Hugo Salas / Pagina 12 / Argentina 2006
Qué ves cuando lo ves?
Como una especie de Expedientes Secretos X de parte de la cultura pop y de la publicidad, el sitio Snopes.com viene recopilando y exponiendo desde hace un tiempo los trucos subliminales que han sido insertados en espacios recónditos de productos conocidos, a veces como chiste, a veces a modo de innoble ardid publicitario. La página los anuncia como leyendas urbanas de los medios masivos, ofreciendo de cada entrada algo de información y luego un veredicto de confirmación, refutación o resolución pendiente. Es decir, explica si el rumor es verdadero, falso, o todavía no se sabe. El caso más notable, publicado por Radar unas semanas atrás, fue el de la inclusión del dibujo de una fellatio entre los cubos de hielo de una campaña gráfica de Coca Cola en los años ‘80.
A continuación, cinco de los ejemplares cazados y enumerados por el sitio, mayormente de los no verificados, alguno de los refutados y uno confirmado. Pero con una advertencia: la lectura de los casos expuestos a continuación puede modificar su recuerdo de ciertos personajes entrañables del cine y de la tv, y quizá de su infancia, para siempre.
1- C-3P Oh...
Caso: El álbum de figuritas de La guerra de las galaxias que se les vendía en 1978 a los niños en los Estados Unidos incluía una ficha obscena en la que el androide C-3P0 venía con pene, metálico y erecto.
Veredicto: Indeterminado
Origen y teorías: Como siempre, se supone que fue obra de algún artista enojado con la producción (de la película o de las figuritas). Pero puede que se haya tratado tan solo de una desafortunada coincidencia de condiciones de iluminación y encuadre. Intencional o no, el robot parece tener algo grande ahí, y la editorial que hacía las tarjetas debió reimprimir la del verborrágico muñeco.
2- Los cortos
Caso: 1975. En la sección de ropa interior del catálogo de la marca Sears, el pene de uno de los modelos masculinos parece asomar por debajo de uno de sus boxers.
Veredicto: Indeterminado
Origen y teorías: Sears recibió ese año algunas cartas de protesta, pero la empresa sostuvo que en la imagen no había nada inapropiado, y que el “objeto” que parecía asomar era en realidad una mancha producida en el boceto. Un tal Zoot Fenster le dedicó una canción (“El hombre de la página 602”) que puede escucharse en snopes.com.
3 - Quien desnudo a Jessica Rabbit?
Caso: Se dice que, haciéndose los vivos, los animadores de la película ¿Quién engañó a Roger Rabbit? colaron unos pocos fotogramas en los que la sensual novia del conejo aparece desnuda.
Veredicto: Indeterminado
Origen y teorías: Se cree que los chistes de los animadores eran reales pero que sólo podían detectarse pasando la película cuadro por cuadro, y que por lo tanto fueron eliminados al editarse en video. Quienes la vieron en láser-disc encontraron los planos de la desnudez de Jessica Rabbit, aunque es imposible decir si eso que fugazmente parece vello público no es en realidad un error de coloración. Sí se sabe que, al comienzo de la película, cuando el personaje del Bebé Herman está a punto de saltar bajo las polleras de una mujer, tiene extendido su dedo medio, y babea. La escena es claramente intencional y se puede ver en el vhs si se avanza la escena lentamente.
4- El canto de La Sirenita
Caso: El palacio que aparece en el fondo del afiche de video de la película de Disney La Sirenita incluiría, confundido entre las columnas y demás adornos, un “falo dorado” dibujado conscientemente por suilustrador. Además, hay quienes dicen que el ministro que oficia el casamiento de Ursula (la villana de la película) tiene una erección en el altar.
Veredicto: Falsos, ambos cargos.
Origen y teorías: Los rumores apuntan hacia otro presunto “artista enojado”, al que habrían rajado de la compañía del ratón en la etapa final de la realización de este film. El diseñador responsable de la campaña fue consultado: no sólo no fue echado de Disney, sino que se confirmó que la similitud de la imagen señalada con un miembro sexual masculino fue absolutamente accidental, producto del apuro. En cuanto a la erección del cura, parece que eso que algunos creyeron ver ahí no era más que su rodilla flexionada (¿?). Sin embargo, The Walt Disney Company fue demandada más de una vez por organizaciones cristianas que acusaban a la compañía de meter mensajes subliminales en sus películas infantiles.
5- El hombre del bate
Caso: En una de esas figuritas de ídolos del baseball a las que son tan afectos los niños norteamericanos, se alcanza a leer “fuck face” (un insulto bastante grueso para un producto de consumo infantil) en el bate del jugador Bill Ripken, de los Baltimore Orioles.
Veredicto: Verdadero
Origen y teorías: Se lee perfectamente. Cuando se hizo público, se decidió que para las siguientes ediciones de la tarjeta se oscurecería la base del bate para que el improperio se volviera ilegible, pero finalmente lo taparon con un nada sutil cuadrado negro.
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A continuación, cinco de los ejemplares cazados y enumerados por el sitio, mayormente de los no verificados, alguno de los refutados y uno confirmado. Pero con una advertencia: la lectura de los casos expuestos a continuación puede modificar su recuerdo de ciertos personajes entrañables del cine y de la tv, y quizá de su infancia, para siempre.
1- C-3P Oh...
Caso: El álbum de figuritas de La guerra de las galaxias que se les vendía en 1978 a los niños en los Estados Unidos incluía una ficha obscena en la que el androide C-3P0 venía con pene, metálico y erecto.
Veredicto: Indeterminado
Origen y teorías: Como siempre, se supone que fue obra de algún artista enojado con la producción (de la película o de las figuritas). Pero puede que se haya tratado tan solo de una desafortunada coincidencia de condiciones de iluminación y encuadre. Intencional o no, el robot parece tener algo grande ahí, y la editorial que hacía las tarjetas debió reimprimir la del verborrágico muñeco.
2- Los cortos
Caso: 1975. En la sección de ropa interior del catálogo de la marca Sears, el pene de uno de los modelos masculinos parece asomar por debajo de uno de sus boxers.
Veredicto: Indeterminado
Origen y teorías: Sears recibió ese año algunas cartas de protesta, pero la empresa sostuvo que en la imagen no había nada inapropiado, y que el “objeto” que parecía asomar era en realidad una mancha producida en el boceto. Un tal Zoot Fenster le dedicó una canción (“El hombre de la página 602”) que puede escucharse en snopes.com.
3 - Quien desnudo a Jessica Rabbit?
Caso: Se dice que, haciéndose los vivos, los animadores de la película ¿Quién engañó a Roger Rabbit? colaron unos pocos fotogramas en los que la sensual novia del conejo aparece desnuda.
Veredicto: Indeterminado
Origen y teorías: Se cree que los chistes de los animadores eran reales pero que sólo podían detectarse pasando la película cuadro por cuadro, y que por lo tanto fueron eliminados al editarse en video. Quienes la vieron en láser-disc encontraron los planos de la desnudez de Jessica Rabbit, aunque es imposible decir si eso que fugazmente parece vello público no es en realidad un error de coloración. Sí se sabe que, al comienzo de la película, cuando el personaje del Bebé Herman está a punto de saltar bajo las polleras de una mujer, tiene extendido su dedo medio, y babea. La escena es claramente intencional y se puede ver en el vhs si se avanza la escena lentamente.
4- El canto de La Sirenita
Caso: El palacio que aparece en el fondo del afiche de video de la película de Disney La Sirenita incluiría, confundido entre las columnas y demás adornos, un “falo dorado” dibujado conscientemente por suilustrador. Además, hay quienes dicen que el ministro que oficia el casamiento de Ursula (la villana de la película) tiene una erección en el altar.
Veredicto: Falsos, ambos cargos.
Origen y teorías: Los rumores apuntan hacia otro presunto “artista enojado”, al que habrían rajado de la compañía del ratón en la etapa final de la realización de este film. El diseñador responsable de la campaña fue consultado: no sólo no fue echado de Disney, sino que se confirmó que la similitud de la imagen señalada con un miembro sexual masculino fue absolutamente accidental, producto del apuro. En cuanto a la erección del cura, parece que eso que algunos creyeron ver ahí no era más que su rodilla flexionada (¿?). Sin embargo, The Walt Disney Company fue demandada más de una vez por organizaciones cristianas que acusaban a la compañía de meter mensajes subliminales en sus películas infantiles.
5- El hombre del bate
Caso: En una de esas figuritas de ídolos del baseball a las que son tan afectos los niños norteamericanos, se alcanza a leer “fuck face” (un insulto bastante grueso para un producto de consumo infantil) en el bate del jugador Bill Ripken, de los Baltimore Orioles.
Veredicto: Verdadero
Origen y teorías: Se lee perfectamente. Cuando se hizo público, se decidió que para las siguientes ediciones de la tarjeta se oscurecería la base del bate para que el improperio se volviera ilegible, pero finalmente lo taparon con un nada sutil cuadrado negro.
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La desaparición de Marta Stutz
A Martita Ofelia Stutz su mamá le había dado permiso para que fuera a comprar el Billiken en el quiosco de la esquina. Nunca regresó. Nadie la volvió a ver, ni viva ni muerta. Martita tenía nueve años y vivía en el barrio San Martín de la ciudad de Córdoba. Como sucede con los crímenes que perturban a la sociedad, que rompen algo profundo en ella, nada fue igual después del caso Martita Stutz. Todo sucedió en 1938, el año en que Hitler ocupó Austria, México nacionalizó el petróleo, se suicidaron Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni, y River Plate inauguró el Monumental.
Los Stutz eran gente modesta, pero vivían con ciertas comodidades características de las familias argentinas de la época. El padre era empleado y la madre, ama de casa. Ocupaban una casa amplia en la calle Galán, a unos metros del boulevard Castro Barros. Córdoba era una ciudad provinciana en la que despuntaban rasgos modernos. Siesta y pujanza, peperina y cambio. Calles tranquilas, largos paseos al borde del arroyo La Cañada, pero también rascacielos en construcción. Los Stutz podían darse algún lujo, como tener una sirvienta con cama adentro.
Eran las once y cuarto de la mañana del sábado 19 de noviembre de 1938.
-Mamita, ¿me das veinte centavos para comprar el Billiken? -preguntó Marta Ofelia.
-Sí Martita, acá tenés. Tené cuidado al cruzar la calle.
¿Por qué habría de tener miedo esa mamá? Martita iba todos los días a la escuela en tranvía, con su papá, y volvía con una compañera que vivía en la misma cuadra. De todas maneras, rara vez salía sola. Pero aquella mañana la casa estaba revuelta: habían venido parientes de Buenos Aires.
Martita vestía un traje azul marino con la pollera tableada, medias tres cuartos, y en la cabeza, un moño blanco. La mañana del 19 de noviembre inauguraban un centro cívico en el barrio y había venido el gobernador, Amadeo Sabattini, motivo por el cual había mucha gente. El quiosquero se llamaba Manuel Cardozo y era de confianza. Luego, cuando la policía le preguntó, recordaría perfectamente cuando, tras comprar la revista, la nena Martita Ofelia se había vuelto a su casa, distante algunas cuadras. No notó nada raro. El boulevard Castro Barros estaba muy concurrido, pero la comisaría 9ª, que tenía su sede allí mismo, daba tranquilidad.
Al cabo de media hora, como Martita no volvía, la mamá comenzó a preocuparse. Fue hasta el quiosco. Llamaron por teléfono al padre, que estaba trabajando en las oficinas del Molino Centenera. La familia, junto con los vecinos, empezó a buscar a la niña por todos lados.
Al día siguiente, los titulares de los diarios de Córdoba olvidaron la Guerra Civil en España y salieron a la calle con un terrible anuncio: "Desaparece una niña misteriosamente". "Toda Córdoba busca a una nena. Podría ser un secuestro." Debajo, la foto de Marta Ofelia Stutz.
"Su carita de conejo blanco, de durazno maduro, llena de candor, sobre un torso macizo y desarrollado. ¡Nueve años!", escribiría Leonardo Castellani. Una imagen que se volvió pesadilla para los argentinos durante muchos meses.
¿Por qué la desaparición de Martita Stutz conmovió de esa forma al país? Quizá porque simbolizaba un miedo ancestral: el mal puede golpear también a los inocentes. Ese miedo se corporizó en los peores monstruos: los asesinos de niños; en 1440 fue Gilles de Reis, que mató a centenares de inocentes. En 1931, Peter Kûrten, llamado "el vampiro de Düsseldorf", cuya cabeza rodó bajo el hacha del verdugo.
La policía de Córdoba se puso a buscar frenéticamente a Martita. Desde el principio, flotaba en el ambiente un funesto presagio: estaba fresca la tragedia de Charles Lindbergh, el héroe de la aviación mundial, cuyo pequeño hijo había sido secuestrado y asesinado en 1932. En la Argentina, la Maffia había consumado raptos resonantes: en 1932, el del doctor Jaime Favelukes, luego liberado. El mismo año, el del joven Abel Ayerza, que apareció muerto. En febrero de 1937 fue secuestrado y asesinado en la estancia que sus padres tenían en Camet, Mar del Plata, el niño Eugenio Pereyra Iraola, de dos años.
Sin embargo, el caso de Martita Stutz era distinto. ¿De dónde sacaría la familia de un modesto contador los 100.000 pesos que se pidieron -y se pagaron- por el niño Pereyra Iraola? Aunque hubo algo más extraño aún en el corazón del caso Stutz: lo que todos daban por hecho no se produjo: no llegó ningún mensaje pidiendo rescate.
La cacería Al desvanecerse la hipótesis del secuestro extorsivo, quedaban dos posibilidades: venganza o crimen sexual.
La policía intentó reconstruir el posible itinerario de la niña.
-A Martita -repetía la madre, angustiada- yo le había enseñado todo lo que debe saber una nena: que tuviera cuidado al cruzar la calle, que nunca aceptara caramelos de un hombre, que no hablara con extraños.
La madre, quizás influida por los diversos rabdomantes y adivinos convocados para encontrarla, creía que Martita estaba prisionera en algún lugar de la misma manzana. ¿Se habría extraviado? ¿Era una travesura? ¿Estaba en casa de alguna compañerita? Cuadrillas policiales y efectivos del ejército recorrieron esa manzana; luego siguieron con ese y otros barrios. La ciudad entera fue rastreada en busca de pistas. Dragaron el fondo de La Cañada. Entraron en los viejos túneles que se abren en las barrancas del río Primero. Allanaron viviendas, chozas, depósitos, comercios. No quedó en toda Córdoba ningún presunto delincuente, ningún vagabundo, ningún sospechoso sin investigar.
El misterio se convirtió en un rompecabezas. Porque los testigos que la policía convocaba decían cosas distintas. Según el quiosquero, la niña había comprado la revista y regresado en dirección a su casa sin que nadie se le acercara. Domingo Flores, un peón de Obras Sanitarias que trabajaba en el lugar, la había visto a Martita alejándose de la mano de una mujer rubia con un vestido floreado. Dos niños, Hugo Giménez, de 7 años, y Antonio Cobos, de 12, del barrio de Villa Cabrera, se presentaron para contar que habían visto a alguien parecida a la niña en el camino a Pajas Blancas, donde hoy está el aeropuerto de Córdoba, que entonces era un siniestro descampado. Fue -decían los pequeños testigos- un rato después de la desaparición. Iba en una voiturette verde, con la capota blanca baja. Según Hugo, la niña viajaba con dos hombres; según Antonio, con "un hombre gordo".
La policía buscaba ahora a una mujer rubia y una voiturette verde. No quedó rubia sin investigar. Tanto, que numerosas rubias cordobesas se tiñeron el pelo en aquellos días para poder pasear tranquilas por la avenida Olmos.
Entre tanto ir y venir, la policía descubrió una voiturette verde circulando no muy lejos del barrio San Martín. Detenido el conductor, resultó ser un hombre gordo llamado Domingo Sabattino, con antecedentes policiales por tráfico de licores sin estampillar. Sabattino siguió siendo sospechoso y pasó tres años preso. Finalmente, se determinó que nada tenía que ver con la desaparición de Marta Ofelia.
Los sospechosos Comienza una cadena de delaciones, un desfile de personajes estrambóticos que parecen salidos de una película delirante. Uno de los tantos investigados es un conductor de tranvías llamado José Bautista Barrientos, de 31 años, casado con una partera no diplomada, especialista en abortos y tiradora de cartas. En el patio de tierra de la casa que ocupaban los Barrientos, en el pasaje Rioja, la policía encuentra tierra removida. Cavan y aparece un colchón con manchas que parecían de sangre. Barrientos complica a un vecino llamado Humberto Vidoni, propietario de un horno de ladrillo en las afueras de Córdoba. La policía anuncia que se recogieron cenizas en ese horno. ¿Humanas?
Vidoni, interrogado en el Departamento de Policía de Córdoba, fue literalmente muerto a golpes: era una piltrafa cuando lo llevaron al hospital San Roque, donde falleció el día de Navidad de 1938. La investigación se había cobrado ya una vida. Según se averiguó después, las cenizas no pertenecían a una niña, sino a una persona adulta.
Se busca al monstruo La opinión pública, conmovida por la tragedia de los Stutz, pide a gritos que se encuentre a Martita, o al menos su cuerpo, y que se castigue a los culpables. El jefe de Policía Argentino Aucher -que en 1946 sería gobernador peronista de Córdoba- y el juez de instrucción Wenceslao Achával desatan una auténtica cacería. El juzgado contrata a Mono, un célebre perro-sabio que es llevado a la casa de la niña y luego al domicilio de los Barrientos. El animal, tras olfatear largo rato, se queda inmóvil ante. un tambor vacío. El juzgado llama al adivino y astrólogo Lucio Berto, a quien se atribuía haber descubierto a los autores de un asalto bancario, y el rabdomante formula un anuncio sensacional: ¡Martita está viva!
Esta premonición conmueve a la madre, para quien la niña no puede haber ido lejos:
-Si la hubieran forzado, Martita, que es una nena robusta y fuerte, se hubiera defendido.
La policía de Córdoba es reforzada por algunas figuras de la Policía Federal, como los comisarios Finochietto y Viancarlos. Este último era uno de los detectives que habían atrapado al Pibe Cabeza y otros mafiosos de fuste. ¿Podía ser la desaparición de Martita una venganza familiar? Se investigan a fondo los parientes de ambas ramas: los Stutz eran de Nueva Helvecia, Uruguay, y los Ceballos, apellido de la familia de la madre de Marta Ofelia, de Villa María. No había conflictos ni situaciones irregulares. Quedaba una sola hipótesis: el crimen sexual.
El padre de la niña ofreció recompensa y perdón a quien informara sobre su hija. La madre formuló un llamado dramático:
-¡Les daremos lo que quieran, pero devuelvan a la nena.!
En todas las paredes de la ciudad, afiches con la cara de Martita claman: "Se busca a esta niña". Los diarios de Buenos Aires dedican creciente espacio al caso. Crítica titula: "Como los antiguos caldeos, el juez Achával emplea la astrología para resolver un crimen".
El gobernador Amadeo Sabattini, enfrentado al gobierno conservador del presidente Roberto Ortiz, presiona a la policía para que resuelva el caso. Pero el resultado de esa presión es catastrófico. La pesquisa se vuelve incongruente y errática, orientada por las delaciones: llegaron a recibirse 3000 denuncias anónimas. Mitómanos y exhibicionistas envenenaron la investigación con mentiras y ocultamientos.
La creación del monstruo Durante toda la investigación, se sospechó que la clave del secuestro la tenía el matrimonio Barrientos. El hombre era una bala perdida: personaje turbio pero menor de la ciudad, en las diez declaraciones que formuló y en los tres careos a los que fue sometido, admitió su conexión con el crimen para luego desdecirse alegando torturas, que sin duda existieron. Sus confesiones hicieron perder mucho tiempo y no condujeron a nada.
La policía intentó una y otra vez probar esta hipótesis: los Barrientos, oscura pareja conformada por un confidente policial o mafioso de pacotilla y su celestinesca esposa, proveían menores para la diversión a ciertos personajes influyentes de la ciudad. Alguien, quizá los Barrientos o el propio Suárez Zavala, solos o en ilícita asociación, habrían raptado a Martita con esos fines y ella "se les quedó", por lo que fue necesario "hacerla desparecer". En esa trama, la policía intentaba involucrar a diversas mujeres rubias basándose en algunas de las muchas declaraciones espontáneas o "inducidas", como la del dueño de un restaurante en el camino a La Calera que dijo haber servido el almuerzo a una pareja (una rubia con un señor maduro) acompañados por una nena que parecía dormida o enferma. Ese gastrónomo terminó internado en un manicomio.
Pero faltaba alguien a quien acusar: "el monstruo". Entonces apareció en escena un perfecto candidato a culpable: un hombre que merodeaba por la ciudad, que conocía prostitutas, que estaba en contacto con figuras públicas y que, si bien no era un delincuente -no tenía antecedente alguno-, no era trigo limpio.
Quien introdujo en el caso a ese hombre fue una tal María Rivadero, huérfana de 17 años que había sido madre soltera a los 13, internada en el Asilo del Buen Pastor, pero que salía de vez en cuando para hacer faenas domésticas en casas que la requerían. Esto fue la que reveló la huérfana:
-Una tarde yo estaba en casa de una señora C., escuché a un hombre llamado Suárez Zavala, amigo de la familia; decía que le gustaban las menores.
-¿Qué menores?
-Niñas de 9 o 10 años.
Otra prostituta, una veinteañera llamada Laura Fonseca, tenía a S.Z. como cliente habitual y remachó el caso afirmando que, poco antes de la desaparición de la Stutz, el tal S.Z. le "pidió chicas".
Así se construyó la figura de Suárez Zavala como "el Vampiro de Córdoba". La defensa consiguió demostrar que los Barrientos traficaban con los favores sexuales de menores, incluidas algunas internas del hospicio, pero Martita Ofelia Stutz no estaba entre ellas. Antonio Suárez Zavala tenía un coche que no era una voiturette, sino un sedán Chevrolet, con el que se paseaba por toda Córdoba, pero no a la caza de presas incautas, sino para vender remedios a las farmacias (representaba a un laboratorio). Si bien al hombre no le disgustaba tirarse alguna cana al aire -y alguna de sus "amigas", como la Fonseca, lo traicionó acusándolo sin piedad- no era más que un señor casado y con hijos en busca de alguna distracción.
Las amistades del sospechoso con algunos policías y políticos le jugaron en contra. Contribuyó a su desgracia la incontinencia verbal de que hizo gala, sus contradicciones frecuentes.
Deodoro, por la defensa Suárez Zavala fue incomunicado y el juez le dictó la prisión preventiva. Nunca admitió ser el culpable, ni siquiera bajo tortura. Pero el juez Abalos elevó la causa a plenario acusando a Suárez Zavala por secuestro y homicidio y a los Barrientos por grave complicidad.
La esposa y los hijos del acusado lo acompañaron, pero la prensa lo lapidó, y estuvo muy cerca de ser linchado. De hecho, la policía apenas consiguió salvarlo de la multitud que llegó a pegarle y escupirle cuando, el 19 de diciembre, ingresó en los Tribunales para comparecer ante el juez.
Sólo una cosa le salió bien a Suárez Zavala. Aceptó defenderlo uno de los mejores abogados argentinos: el doctor Deodoro Roca, nacido en 1890, redactor del Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, polemista vigoroso, antifascista visceral, progresista sin partido. Roca estaba convencido de que Suárez Zavala era un chivo expiatorio. A pesar de ser una figura muy respetada en Córdoba, una muchedumbre apedreó la casa de Deodoro, que, desalentado, renunció a la defensa. Pero una carta abierta que le envió la esposa de Suárez Zavala convenció al jurista para reasumir el cargo. La defensa que hizo Deodoro Roca de Suárez Zavala es una pieza admirable que desmonta la manipulación de la opinión popular: "El sumario se fabricó bajo la presión de una enorme excitación pública. -sostiene allí Deodoro Roca-. Fue una inmensa marea donde iba turbiamente mezclado lo bueno y lo malo, el horror del crimen monstruoso y la indignación pública. junto con las más bajas pasiones, los intereses más oscuros."
El caso se politiza Como no podía ser de otra manera, la desaparición de Marta Ofelia Stutz, un crimen que en principio sólo tocaba esferas privadas, se politizó. ¿Qué pasaba en la Argentina y en Córdoba en 1938? Eran muy distintos los respectivos gobiernos. Ocupaba la presidencia desde comienzos de ese año el doctor Roberto Ortiz, radical antipersonalista, candidato de la Concordancia, alianza entre los conservadores y los radicales antiyrigoyenistas. Ortiz, un abogado de empresas extranjeras, estaba afectado de diabetes y cedió el cargo a su vicepresidente, el opaco dirigente conservador de Catamarca Ramón S. Castillo.
Pero en Córdoba el panorama era distinto. Gobernaba desde 1936 el líder radical Amadeo Sabattini, carismático médico de Villa María, de probada popularidad en la provincia, sobre todo entre los chacareros. Para Sabattini era peligrosísima la repercusión del caso Stutz porque el gobierno nacional amenazaba al de Córdoba con la espada de Damocles de la intervención federal, un recurso que entonces se usaba con frecuencia. El crimen impune, el fracaso de la investigación, las salpicaduras que ella arrojó sobre la corrupción y la ineficacia de los políticos, hicieron tambalear el gobierno de Sabattini, que estuvo al borde de ser defenestrado. Los conservadores convirtieron el sepelio del hornero Vidoni en un acto político contra lo que llamaban despectivamente "el klan radical".
Desde muy distintas perspectivas, la desaparición de Marta Ofelia fue considerada un símbolo de la decadencia política argentina: "Odiosa politiquería, infinitamente corrupta", apostrofó el escritor jesuita y heterodoxo Leonardo Castellani. No se quedó atrás el director de la revista Criterio, monseñor Gustavo J. Franceschi, al acusar a la "pasquinería" de oscurecer la investigación. Deodoro Roca, desde una perspectiva opuesta, también acusaba a la "prensa amarilla". Sostuvo que "para salvar grandes y proficuas ediciones, hubo que llenar páginas con títulos torcidos, con «picantes» escabrosos."
Crimen impune En abril de 1939 se cerró el sumario. Ni Suárez Zavala ni nadie pudo ser inculpado por homicidio, ya que al no hallarse los restos de Marta Ofelia Stutz no existía el cuerpo del delito. La acusación había sido por secuestro y proxenetismo. Suárez Zavala fue hallado culpable y condenado a 17 años de prisión. "Para ser culpable era poco y para ser inocente, mucho", se dijo sobre aquella sentencia que no conformó a nadie. El fallo del juez Wenceslao Achával fue apelado. Al emitir la sentencia definitiva, en enero de 1943, la Cámara del Crimen se dividió. El vocal Antonio de la Rúa consideró culpable a Suárez Zavala pero los otros dos camaristas, Alfredo Vélez Mariconde y Jorge Díaz, entendieron que las pruebas no bastaban para inculparlo. Por dos votos a uno se revocó el fallo de primera instancia: Antonio Suárez Zavala quedó en libertad.
El acusado había estado cinco años en prisión. Cuando salió de la cárcel, se expatrió a Chile. ¿Qué fue de él? Se perdió en el anonimato. Otros crímenes y los infinitos vaivenes de una historia agitada hicieron que la tragedia de Martita Stutz fuera olvidada o, mejor dicho, ingresara en esa forma distinta del olvido que es la mitología criminal.
Entre 1938 y 1943, cuando el telón se corrió sobre el caso, muchas cosas habían pasado: la suerte de Hitler estaba por cambiar en los campos helados de Rusia, pero ya había muerto buena parte de los sesenta millones de víctimas que dejó en herencia. Lisandro de la Torre se había pegado un tiro en su casa de la calle Esmeralda. El cardenal primado de la Argentina, Santiago Luis Copello, había sido el principal candidato para suceder al papa Pío XI, pero en su lugar el Cónclave nombró a un italiano.
No se supo más nada de Martita Ofelia Stutz. Si estuviera viva, hoy tendría 75 años.
Alvaro Abos
Fuentes: La misteriosa desaparición de Martita Stutz, de Esteban Dómina; Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas, de Leonardo Castellani; La trayectoria de una flecha, de Horacio Sanguinetti.
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Los Stutz eran gente modesta, pero vivían con ciertas comodidades características de las familias argentinas de la época. El padre era empleado y la madre, ama de casa. Ocupaban una casa amplia en la calle Galán, a unos metros del boulevard Castro Barros. Córdoba era una ciudad provinciana en la que despuntaban rasgos modernos. Siesta y pujanza, peperina y cambio. Calles tranquilas, largos paseos al borde del arroyo La Cañada, pero también rascacielos en construcción. Los Stutz podían darse algún lujo, como tener una sirvienta con cama adentro.
Eran las once y cuarto de la mañana del sábado 19 de noviembre de 1938.
-Mamita, ¿me das veinte centavos para comprar el Billiken? -preguntó Marta Ofelia.
-Sí Martita, acá tenés. Tené cuidado al cruzar la calle.
¿Por qué habría de tener miedo esa mamá? Martita iba todos los días a la escuela en tranvía, con su papá, y volvía con una compañera que vivía en la misma cuadra. De todas maneras, rara vez salía sola. Pero aquella mañana la casa estaba revuelta: habían venido parientes de Buenos Aires.
Martita vestía un traje azul marino con la pollera tableada, medias tres cuartos, y en la cabeza, un moño blanco. La mañana del 19 de noviembre inauguraban un centro cívico en el barrio y había venido el gobernador, Amadeo Sabattini, motivo por el cual había mucha gente. El quiosquero se llamaba Manuel Cardozo y era de confianza. Luego, cuando la policía le preguntó, recordaría perfectamente cuando, tras comprar la revista, la nena Martita Ofelia se había vuelto a su casa, distante algunas cuadras. No notó nada raro. El boulevard Castro Barros estaba muy concurrido, pero la comisaría 9ª, que tenía su sede allí mismo, daba tranquilidad.
Al cabo de media hora, como Martita no volvía, la mamá comenzó a preocuparse. Fue hasta el quiosco. Llamaron por teléfono al padre, que estaba trabajando en las oficinas del Molino Centenera. La familia, junto con los vecinos, empezó a buscar a la niña por todos lados.
Al día siguiente, los titulares de los diarios de Córdoba olvidaron la Guerra Civil en España y salieron a la calle con un terrible anuncio: "Desaparece una niña misteriosamente". "Toda Córdoba busca a una nena. Podría ser un secuestro." Debajo, la foto de Marta Ofelia Stutz.
"Su carita de conejo blanco, de durazno maduro, llena de candor, sobre un torso macizo y desarrollado. ¡Nueve años!", escribiría Leonardo Castellani. Una imagen que se volvió pesadilla para los argentinos durante muchos meses.
¿Por qué la desaparición de Martita Stutz conmovió de esa forma al país? Quizá porque simbolizaba un miedo ancestral: el mal puede golpear también a los inocentes. Ese miedo se corporizó en los peores monstruos: los asesinos de niños; en 1440 fue Gilles de Reis, que mató a centenares de inocentes. En 1931, Peter Kûrten, llamado "el vampiro de Düsseldorf", cuya cabeza rodó bajo el hacha del verdugo.
La policía de Córdoba se puso a buscar frenéticamente a Martita. Desde el principio, flotaba en el ambiente un funesto presagio: estaba fresca la tragedia de Charles Lindbergh, el héroe de la aviación mundial, cuyo pequeño hijo había sido secuestrado y asesinado en 1932. En la Argentina, la Maffia había consumado raptos resonantes: en 1932, el del doctor Jaime Favelukes, luego liberado. El mismo año, el del joven Abel Ayerza, que apareció muerto. En febrero de 1937 fue secuestrado y asesinado en la estancia que sus padres tenían en Camet, Mar del Plata, el niño Eugenio Pereyra Iraola, de dos años.
Sin embargo, el caso de Martita Stutz era distinto. ¿De dónde sacaría la familia de un modesto contador los 100.000 pesos que se pidieron -y se pagaron- por el niño Pereyra Iraola? Aunque hubo algo más extraño aún en el corazón del caso Stutz: lo que todos daban por hecho no se produjo: no llegó ningún mensaje pidiendo rescate.
La cacería Al desvanecerse la hipótesis del secuestro extorsivo, quedaban dos posibilidades: venganza o crimen sexual.
La policía intentó reconstruir el posible itinerario de la niña.
-A Martita -repetía la madre, angustiada- yo le había enseñado todo lo que debe saber una nena: que tuviera cuidado al cruzar la calle, que nunca aceptara caramelos de un hombre, que no hablara con extraños.
La madre, quizás influida por los diversos rabdomantes y adivinos convocados para encontrarla, creía que Martita estaba prisionera en algún lugar de la misma manzana. ¿Se habría extraviado? ¿Era una travesura? ¿Estaba en casa de alguna compañerita? Cuadrillas policiales y efectivos del ejército recorrieron esa manzana; luego siguieron con ese y otros barrios. La ciudad entera fue rastreada en busca de pistas. Dragaron el fondo de La Cañada. Entraron en los viejos túneles que se abren en las barrancas del río Primero. Allanaron viviendas, chozas, depósitos, comercios. No quedó en toda Córdoba ningún presunto delincuente, ningún vagabundo, ningún sospechoso sin investigar.
El misterio se convirtió en un rompecabezas. Porque los testigos que la policía convocaba decían cosas distintas. Según el quiosquero, la niña había comprado la revista y regresado en dirección a su casa sin que nadie se le acercara. Domingo Flores, un peón de Obras Sanitarias que trabajaba en el lugar, la había visto a Martita alejándose de la mano de una mujer rubia con un vestido floreado. Dos niños, Hugo Giménez, de 7 años, y Antonio Cobos, de 12, del barrio de Villa Cabrera, se presentaron para contar que habían visto a alguien parecida a la niña en el camino a Pajas Blancas, donde hoy está el aeropuerto de Córdoba, que entonces era un siniestro descampado. Fue -decían los pequeños testigos- un rato después de la desaparición. Iba en una voiturette verde, con la capota blanca baja. Según Hugo, la niña viajaba con dos hombres; según Antonio, con "un hombre gordo".
La policía buscaba ahora a una mujer rubia y una voiturette verde. No quedó rubia sin investigar. Tanto, que numerosas rubias cordobesas se tiñeron el pelo en aquellos días para poder pasear tranquilas por la avenida Olmos.
Entre tanto ir y venir, la policía descubrió una voiturette verde circulando no muy lejos del barrio San Martín. Detenido el conductor, resultó ser un hombre gordo llamado Domingo Sabattino, con antecedentes policiales por tráfico de licores sin estampillar. Sabattino siguió siendo sospechoso y pasó tres años preso. Finalmente, se determinó que nada tenía que ver con la desaparición de Marta Ofelia.
Los sospechosos Comienza una cadena de delaciones, un desfile de personajes estrambóticos que parecen salidos de una película delirante. Uno de los tantos investigados es un conductor de tranvías llamado José Bautista Barrientos, de 31 años, casado con una partera no diplomada, especialista en abortos y tiradora de cartas. En el patio de tierra de la casa que ocupaban los Barrientos, en el pasaje Rioja, la policía encuentra tierra removida. Cavan y aparece un colchón con manchas que parecían de sangre. Barrientos complica a un vecino llamado Humberto Vidoni, propietario de un horno de ladrillo en las afueras de Córdoba. La policía anuncia que se recogieron cenizas en ese horno. ¿Humanas?
Vidoni, interrogado en el Departamento de Policía de Córdoba, fue literalmente muerto a golpes: era una piltrafa cuando lo llevaron al hospital San Roque, donde falleció el día de Navidad de 1938. La investigación se había cobrado ya una vida. Según se averiguó después, las cenizas no pertenecían a una niña, sino a una persona adulta.
Se busca al monstruo La opinión pública, conmovida por la tragedia de los Stutz, pide a gritos que se encuentre a Martita, o al menos su cuerpo, y que se castigue a los culpables. El jefe de Policía Argentino Aucher -que en 1946 sería gobernador peronista de Córdoba- y el juez de instrucción Wenceslao Achával desatan una auténtica cacería. El juzgado contrata a Mono, un célebre perro-sabio que es llevado a la casa de la niña y luego al domicilio de los Barrientos. El animal, tras olfatear largo rato, se queda inmóvil ante. un tambor vacío. El juzgado llama al adivino y astrólogo Lucio Berto, a quien se atribuía haber descubierto a los autores de un asalto bancario, y el rabdomante formula un anuncio sensacional: ¡Martita está viva!
Esta premonición conmueve a la madre, para quien la niña no puede haber ido lejos:
-Si la hubieran forzado, Martita, que es una nena robusta y fuerte, se hubiera defendido.
La policía de Córdoba es reforzada por algunas figuras de la Policía Federal, como los comisarios Finochietto y Viancarlos. Este último era uno de los detectives que habían atrapado al Pibe Cabeza y otros mafiosos de fuste. ¿Podía ser la desaparición de Martita una venganza familiar? Se investigan a fondo los parientes de ambas ramas: los Stutz eran de Nueva Helvecia, Uruguay, y los Ceballos, apellido de la familia de la madre de Marta Ofelia, de Villa María. No había conflictos ni situaciones irregulares. Quedaba una sola hipótesis: el crimen sexual.
El padre de la niña ofreció recompensa y perdón a quien informara sobre su hija. La madre formuló un llamado dramático:
-¡Les daremos lo que quieran, pero devuelvan a la nena.!
En todas las paredes de la ciudad, afiches con la cara de Martita claman: "Se busca a esta niña". Los diarios de Buenos Aires dedican creciente espacio al caso. Crítica titula: "Como los antiguos caldeos, el juez Achával emplea la astrología para resolver un crimen".
El gobernador Amadeo Sabattini, enfrentado al gobierno conservador del presidente Roberto Ortiz, presiona a la policía para que resuelva el caso. Pero el resultado de esa presión es catastrófico. La pesquisa se vuelve incongruente y errática, orientada por las delaciones: llegaron a recibirse 3000 denuncias anónimas. Mitómanos y exhibicionistas envenenaron la investigación con mentiras y ocultamientos.
La creación del monstruo Durante toda la investigación, se sospechó que la clave del secuestro la tenía el matrimonio Barrientos. El hombre era una bala perdida: personaje turbio pero menor de la ciudad, en las diez declaraciones que formuló y en los tres careos a los que fue sometido, admitió su conexión con el crimen para luego desdecirse alegando torturas, que sin duda existieron. Sus confesiones hicieron perder mucho tiempo y no condujeron a nada.
La policía intentó una y otra vez probar esta hipótesis: los Barrientos, oscura pareja conformada por un confidente policial o mafioso de pacotilla y su celestinesca esposa, proveían menores para la diversión a ciertos personajes influyentes de la ciudad. Alguien, quizá los Barrientos o el propio Suárez Zavala, solos o en ilícita asociación, habrían raptado a Martita con esos fines y ella "se les quedó", por lo que fue necesario "hacerla desparecer". En esa trama, la policía intentaba involucrar a diversas mujeres rubias basándose en algunas de las muchas declaraciones espontáneas o "inducidas", como la del dueño de un restaurante en el camino a La Calera que dijo haber servido el almuerzo a una pareja (una rubia con un señor maduro) acompañados por una nena que parecía dormida o enferma. Ese gastrónomo terminó internado en un manicomio.
Pero faltaba alguien a quien acusar: "el monstruo". Entonces apareció en escena un perfecto candidato a culpable: un hombre que merodeaba por la ciudad, que conocía prostitutas, que estaba en contacto con figuras públicas y que, si bien no era un delincuente -no tenía antecedente alguno-, no era trigo limpio.
Quien introdujo en el caso a ese hombre fue una tal María Rivadero, huérfana de 17 años que había sido madre soltera a los 13, internada en el Asilo del Buen Pastor, pero que salía de vez en cuando para hacer faenas domésticas en casas que la requerían. Esto fue la que reveló la huérfana:
-Una tarde yo estaba en casa de una señora C., escuché a un hombre llamado Suárez Zavala, amigo de la familia; decía que le gustaban las menores.
-¿Qué menores?
-Niñas de 9 o 10 años.
Otra prostituta, una veinteañera llamada Laura Fonseca, tenía a S.Z. como cliente habitual y remachó el caso afirmando que, poco antes de la desaparición de la Stutz, el tal S.Z. le "pidió chicas".
Así se construyó la figura de Suárez Zavala como "el Vampiro de Córdoba". La defensa consiguió demostrar que los Barrientos traficaban con los favores sexuales de menores, incluidas algunas internas del hospicio, pero Martita Ofelia Stutz no estaba entre ellas. Antonio Suárez Zavala tenía un coche que no era una voiturette, sino un sedán Chevrolet, con el que se paseaba por toda Córdoba, pero no a la caza de presas incautas, sino para vender remedios a las farmacias (representaba a un laboratorio). Si bien al hombre no le disgustaba tirarse alguna cana al aire -y alguna de sus "amigas", como la Fonseca, lo traicionó acusándolo sin piedad- no era más que un señor casado y con hijos en busca de alguna distracción.
Las amistades del sospechoso con algunos policías y políticos le jugaron en contra. Contribuyó a su desgracia la incontinencia verbal de que hizo gala, sus contradicciones frecuentes.
Deodoro, por la defensa Suárez Zavala fue incomunicado y el juez le dictó la prisión preventiva. Nunca admitió ser el culpable, ni siquiera bajo tortura. Pero el juez Abalos elevó la causa a plenario acusando a Suárez Zavala por secuestro y homicidio y a los Barrientos por grave complicidad.
La esposa y los hijos del acusado lo acompañaron, pero la prensa lo lapidó, y estuvo muy cerca de ser linchado. De hecho, la policía apenas consiguió salvarlo de la multitud que llegó a pegarle y escupirle cuando, el 19 de diciembre, ingresó en los Tribunales para comparecer ante el juez.
Sólo una cosa le salió bien a Suárez Zavala. Aceptó defenderlo uno de los mejores abogados argentinos: el doctor Deodoro Roca, nacido en 1890, redactor del Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, polemista vigoroso, antifascista visceral, progresista sin partido. Roca estaba convencido de que Suárez Zavala era un chivo expiatorio. A pesar de ser una figura muy respetada en Córdoba, una muchedumbre apedreó la casa de Deodoro, que, desalentado, renunció a la defensa. Pero una carta abierta que le envió la esposa de Suárez Zavala convenció al jurista para reasumir el cargo. La defensa que hizo Deodoro Roca de Suárez Zavala es una pieza admirable que desmonta la manipulación de la opinión popular: "El sumario se fabricó bajo la presión de una enorme excitación pública. -sostiene allí Deodoro Roca-. Fue una inmensa marea donde iba turbiamente mezclado lo bueno y lo malo, el horror del crimen monstruoso y la indignación pública. junto con las más bajas pasiones, los intereses más oscuros."
El caso se politiza Como no podía ser de otra manera, la desaparición de Marta Ofelia Stutz, un crimen que en principio sólo tocaba esferas privadas, se politizó. ¿Qué pasaba en la Argentina y en Córdoba en 1938? Eran muy distintos los respectivos gobiernos. Ocupaba la presidencia desde comienzos de ese año el doctor Roberto Ortiz, radical antipersonalista, candidato de la Concordancia, alianza entre los conservadores y los radicales antiyrigoyenistas. Ortiz, un abogado de empresas extranjeras, estaba afectado de diabetes y cedió el cargo a su vicepresidente, el opaco dirigente conservador de Catamarca Ramón S. Castillo.
Pero en Córdoba el panorama era distinto. Gobernaba desde 1936 el líder radical Amadeo Sabattini, carismático médico de Villa María, de probada popularidad en la provincia, sobre todo entre los chacareros. Para Sabattini era peligrosísima la repercusión del caso Stutz porque el gobierno nacional amenazaba al de Córdoba con la espada de Damocles de la intervención federal, un recurso que entonces se usaba con frecuencia. El crimen impune, el fracaso de la investigación, las salpicaduras que ella arrojó sobre la corrupción y la ineficacia de los políticos, hicieron tambalear el gobierno de Sabattini, que estuvo al borde de ser defenestrado. Los conservadores convirtieron el sepelio del hornero Vidoni en un acto político contra lo que llamaban despectivamente "el klan radical".
Desde muy distintas perspectivas, la desaparición de Marta Ofelia fue considerada un símbolo de la decadencia política argentina: "Odiosa politiquería, infinitamente corrupta", apostrofó el escritor jesuita y heterodoxo Leonardo Castellani. No se quedó atrás el director de la revista Criterio, monseñor Gustavo J. Franceschi, al acusar a la "pasquinería" de oscurecer la investigación. Deodoro Roca, desde una perspectiva opuesta, también acusaba a la "prensa amarilla". Sostuvo que "para salvar grandes y proficuas ediciones, hubo que llenar páginas con títulos torcidos, con «picantes» escabrosos."
Crimen impune En abril de 1939 se cerró el sumario. Ni Suárez Zavala ni nadie pudo ser inculpado por homicidio, ya que al no hallarse los restos de Marta Ofelia Stutz no existía el cuerpo del delito. La acusación había sido por secuestro y proxenetismo. Suárez Zavala fue hallado culpable y condenado a 17 años de prisión. "Para ser culpable era poco y para ser inocente, mucho", se dijo sobre aquella sentencia que no conformó a nadie. El fallo del juez Wenceslao Achával fue apelado. Al emitir la sentencia definitiva, en enero de 1943, la Cámara del Crimen se dividió. El vocal Antonio de la Rúa consideró culpable a Suárez Zavala pero los otros dos camaristas, Alfredo Vélez Mariconde y Jorge Díaz, entendieron que las pruebas no bastaban para inculparlo. Por dos votos a uno se revocó el fallo de primera instancia: Antonio Suárez Zavala quedó en libertad.
El acusado había estado cinco años en prisión. Cuando salió de la cárcel, se expatrió a Chile. ¿Qué fue de él? Se perdió en el anonimato. Otros crímenes y los infinitos vaivenes de una historia agitada hicieron que la tragedia de Martita Stutz fuera olvidada o, mejor dicho, ingresara en esa forma distinta del olvido que es la mitología criminal.
Entre 1938 y 1943, cuando el telón se corrió sobre el caso, muchas cosas habían pasado: la suerte de Hitler estaba por cambiar en los campos helados de Rusia, pero ya había muerto buena parte de los sesenta millones de víctimas que dejó en herencia. Lisandro de la Torre se había pegado un tiro en su casa de la calle Esmeralda. El cardenal primado de la Argentina, Santiago Luis Copello, había sido el principal candidato para suceder al papa Pío XI, pero en su lugar el Cónclave nombró a un italiano.
No se supo más nada de Martita Ofelia Stutz. Si estuviera viva, hoy tendría 75 años.
Alvaro Abos
Fuentes: La misteriosa desaparición de Martita Stutz, de Esteban Dómina; Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas, de Leonardo Castellani; La trayectoria de una flecha, de Horacio Sanguinetti.
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Basta de llaves y tarjetas magnéticas: mejor, un chip bajo la piel
La mano izquierda de William Donelson se aferró al apoyabrazos cubierto de papel de una vieja silla de dentista, en un negocio de tatuajes y piercing en Cambridge, Ontario. Sus pies rebotaban suavemente en el apoyapiés cromado mientras esperaba el momento de su implante.
El encargado del trabajo -que pasa un día habitual insertando aros en cejas y ombligos de adolescentes- se puso unos guantes violeta de látex y alzó una aguja esterilizada de cuatro milímetros de ancho.
"Estoy listo", respiró hondo Donelson. Y miró cómo la aguja atravesaba la piel entre su pulgar y su dedo índice, y un microchip se introducía en su cuerpo. Al menos sería capaz de hacer lo que se había imaginado durante mucho tiempo: sumar poderes a su cuerpo mediante la tecnología.
Con la inserción del chip -aparato de identificación por radiofrecuencia-, Donelson tendría literalmente en la punta de sus dedos la misma magia que hace que las puertas de seguridad se abran con sólo pasar una tarjeta. Sólo con agitar su mano piensa loguearse en la computadora, abrir puertas y hasta su auto.
Implantarse el chip fue un procedimiento relativamente simple, pero altamente simbólico para Donelson, estudiante de computación de 21 años, ya que se trata de un link entre la tecnología y el cuerpo, algo así como un tatuaje de datos corriendo por su espina dorsal. Es una alusión a un futuro imaginado donde la gente se conectaría directamente a la computadora. Su chip nuevo, que se completa con una antena en miniatura y está encerrado en una ampolla de vidrio no más grande que un arroz grano largo, tiene una pequeña memoria donde ha almacenado las palabras: Embrace Technology (abraza la tecnología).
"La gente siempre está usando los teléfonos celulares como una extensión de sus posibilidades de comunicación, y ya son parte de uno", dice Donelson, mientras señala el auricular inalámbrico de su celular, enganchado a la oreja. La diferencia entre un aparato fijado a una oreja y otro dentro del cuerpo es, según él, "un paso bastante corto".
El grupo de los 30
Donelson y tres amigos manejaron 100 millas desde Lockport, Nueva York, hasta Ontario sólo para hacerse los implantes, trabajo para el que tuvieron que convencer, además, a Josse Villemaire. Integran un grupo de alrededor de 30 personas en el mundo que se han implantado en el cuerpo, con espíritu independiente, chips con identificación de radio frecuencia (RFID, sus siglas en inglés). En Internet, en los foros orientados, implantarse uno de esos chips se llama etiquetarse.
Los chips de silicona, que durante años han sido implantados en mascotas y ganado para identificar a sus dueños, llegan con un código numérico; algunos chips tienen una mínima memoria que les permite actualizarse. Son leídos por un scanner, casi como un código de barras, excepto porque los chips no necesitan estar visibles para ser leídos.
Los visionarios digitales vieron hace tiempo un futuro en el que la gente y las computadoras convergen. En la mayoría de los casos se imaginan una pesadilla, como en las películas Blade Runner o Matrix, pero Donelson es parte de un movimiento pro convergencia que señala que el futuro está más cerca de lo que muchos creen, que no es una amenaza, y con productos digitales cada vez más integrados al cuerpo humano.
Usos médicos y de discoteca
Por ejemplo, la gente que se siente desnuda sin su teléfono celular, que lleva de un lado al otro un manojo de claves que contienen su vida digital, que tienen su colección entera de música en un iPod ya se ha creado un envoltorio de información sobre sí misma. Lo explica Alex Soojung-Kim Pang, director de investigaciones en el Instituto para el Futuro, en Palo Alto, California: "Están viviendo una vida de relaciones simbióticas con las tecnologías de la comunicación, que ya son tan familiares como pueden ser los brazos o los anteojos. Para estas personas, la idea de implantarse una etiqueta RFID no es extraña".
El implante de chips en seres humanos no es un tema nuevo. Algunos empleados del Ministerio de Justicia de México llevan en su cuerpo chips para entrar y salir del edificio en el que trabajan, y una disco de Barcelona los ofreció para sus invitados VIP.
En Estados Unidos, la Food and Drug Administration aprobó, en 2004, que una empresa de Florida, Verichip, implante chips RFID en personas con el propósito de acceder a su información médica. La información no está en el chip, sino en una base de datos a la que los hospitales acceden escaneando a los pacientes etiquetados. Durante los últimos tres años, cuenta Verichip, se ha implantado a más de 2000 personas en todo el mundo. Cada chip cuesta 200 dólares.
"La realidad física del chip en el cuerpo no es un tema importante", explica Amal Graafstra, que en marzo de 2005 se convirtió en la primera persona independiente en implantarse un chip.
Graafstra, junto con Donelson y sus amigos se consideran parte de un grupo underground de etiquetados que están dedicados a diseñar aplicaciones para sus chips y a explorar las implicancias filosóficas. Consiguen chips RFID baratos en Internet por tan poco como 2 dólares, y conectan scanners a sus computadoras, las puertas de sus autos y otros aparatos para explotar esa tecnología.
Graafstra, de 29 años, es dueño de una empresa de tecnología para teléfonos celulares en Bellingham, Washington. Tiene un implante en cada mano, que usa para entrar en su casa, abrir su computadora y su auto.
Anna Bahney
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El encargado del trabajo -que pasa un día habitual insertando aros en cejas y ombligos de adolescentes- se puso unos guantes violeta de látex y alzó una aguja esterilizada de cuatro milímetros de ancho.
"Estoy listo", respiró hondo Donelson. Y miró cómo la aguja atravesaba la piel entre su pulgar y su dedo índice, y un microchip se introducía en su cuerpo. Al menos sería capaz de hacer lo que se había imaginado durante mucho tiempo: sumar poderes a su cuerpo mediante la tecnología.
Con la inserción del chip -aparato de identificación por radiofrecuencia-, Donelson tendría literalmente en la punta de sus dedos la misma magia que hace que las puertas de seguridad se abran con sólo pasar una tarjeta. Sólo con agitar su mano piensa loguearse en la computadora, abrir puertas y hasta su auto.
Implantarse el chip fue un procedimiento relativamente simple, pero altamente simbólico para Donelson, estudiante de computación de 21 años, ya que se trata de un link entre la tecnología y el cuerpo, algo así como un tatuaje de datos corriendo por su espina dorsal. Es una alusión a un futuro imaginado donde la gente se conectaría directamente a la computadora. Su chip nuevo, que se completa con una antena en miniatura y está encerrado en una ampolla de vidrio no más grande que un arroz grano largo, tiene una pequeña memoria donde ha almacenado las palabras: Embrace Technology (abraza la tecnología).
"La gente siempre está usando los teléfonos celulares como una extensión de sus posibilidades de comunicación, y ya son parte de uno", dice Donelson, mientras señala el auricular inalámbrico de su celular, enganchado a la oreja. La diferencia entre un aparato fijado a una oreja y otro dentro del cuerpo es, según él, "un paso bastante corto".
El grupo de los 30
Donelson y tres amigos manejaron 100 millas desde Lockport, Nueva York, hasta Ontario sólo para hacerse los implantes, trabajo para el que tuvieron que convencer, además, a Josse Villemaire. Integran un grupo de alrededor de 30 personas en el mundo que se han implantado en el cuerpo, con espíritu independiente, chips con identificación de radio frecuencia (RFID, sus siglas en inglés). En Internet, en los foros orientados, implantarse uno de esos chips se llama etiquetarse.
Los chips de silicona, que durante años han sido implantados en mascotas y ganado para identificar a sus dueños, llegan con un código numérico; algunos chips tienen una mínima memoria que les permite actualizarse. Son leídos por un scanner, casi como un código de barras, excepto porque los chips no necesitan estar visibles para ser leídos.
Los visionarios digitales vieron hace tiempo un futuro en el que la gente y las computadoras convergen. En la mayoría de los casos se imaginan una pesadilla, como en las películas Blade Runner o Matrix, pero Donelson es parte de un movimiento pro convergencia que señala que el futuro está más cerca de lo que muchos creen, que no es una amenaza, y con productos digitales cada vez más integrados al cuerpo humano.
Usos médicos y de discoteca
Por ejemplo, la gente que se siente desnuda sin su teléfono celular, que lleva de un lado al otro un manojo de claves que contienen su vida digital, que tienen su colección entera de música en un iPod ya se ha creado un envoltorio de información sobre sí misma. Lo explica Alex Soojung-Kim Pang, director de investigaciones en el Instituto para el Futuro, en Palo Alto, California: "Están viviendo una vida de relaciones simbióticas con las tecnologías de la comunicación, que ya son tan familiares como pueden ser los brazos o los anteojos. Para estas personas, la idea de implantarse una etiqueta RFID no es extraña".
El implante de chips en seres humanos no es un tema nuevo. Algunos empleados del Ministerio de Justicia de México llevan en su cuerpo chips para entrar y salir del edificio en el que trabajan, y una disco de Barcelona los ofreció para sus invitados VIP.
En Estados Unidos, la Food and Drug Administration aprobó, en 2004, que una empresa de Florida, Verichip, implante chips RFID en personas con el propósito de acceder a su información médica. La información no está en el chip, sino en una base de datos a la que los hospitales acceden escaneando a los pacientes etiquetados. Durante los últimos tres años, cuenta Verichip, se ha implantado a más de 2000 personas en todo el mundo. Cada chip cuesta 200 dólares.
"La realidad física del chip en el cuerpo no es un tema importante", explica Amal Graafstra, que en marzo de 2005 se convirtió en la primera persona independiente en implantarse un chip.
Graafstra, junto con Donelson y sus amigos se consideran parte de un grupo underground de etiquetados que están dedicados a diseñar aplicaciones para sus chips y a explorar las implicancias filosóficas. Consiguen chips RFID baratos en Internet por tan poco como 2 dólares, y conectan scanners a sus computadoras, las puertas de sus autos y otros aparatos para explotar esa tecnología.
Graafstra, de 29 años, es dueño de una empresa de tecnología para teléfonos celulares en Bellingham, Washington. Tiene un implante en cada mano, que usa para entrar en su casa, abrir su computadora y su auto.
Anna Bahney
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Yo me arrepiento de ser actor
En los días de gloria de la serie Blanco y negro (Diff’rent Strokes), Gary Coleman fue una estrella exitosísima, al punto de que se calcula que llegó a facturar 18 millones de dólares sólo por su participación en el programa. Si fue así, bien merecido lo tenía: la gracia de Coleman era la que le daba brillo a la historia de dos hermanitos negros adoptados por un ricachón blanco, que además tenía una hija. Todo el mundo repetía la frase “¿De qué estás hablando, Willis?”, latiguillo de Arnold Jackson, el personaje de Coleman. Pero si el actor fue un pequeño rey de la comedia entre 1978 y 1986, su historia fuera de cámaras se pareció mucho más a una tragedia. Su aspecto infantil hasta bien entrada su adolescencia (nunca sobrepasó el 1,42 metro de estatura) se debía a la nefritis, una afección en los riñones por la que precisó dos trasplantes y someterse a diálisis durante toda su vida. Más tarde, le hizo juicio a sus padres por haberse apropiado de lo que él ganaba, tuvo algunos problemas con la ley y estuvo en bancarrota. Tal vez por una combinación de todo eso, además de que sufrió la fama y se hartó del trabajo en televisión, en sus palabras late el resentimiento cuando habla por su celular con Página/12. Y aunque haya sido contratado por el canal Nickelodeon para hablar de la reposición de Blanco y negro en el bloque Nick at Nite (ver aparte), se hace evidente que la herida abierta en aquellos años todavía no ha cicatrizado. Y es probable que eso no suceda nunca.
–¿Cuál es su mejor recuerdo de Blanco y negro?
–El final, el último episodio. El 16 de febrero de 1986.
–...
–Lamento no haber tenido el conocimiento y la información para poder decidir adecuadamente si quería o no ser parte del programa. Si tuviera una máquina del tiempo, iría al momento en que tenía 7 u 8 años, y me aseguraría de no cometer otra vez el mismo error.
–Entonces, ¿qué le provoca el hecho de que veinte años después de su cancelación, todavía haya interés en Blanco y negro y que se siga pasando en todo el mundo?
–Tengo que decirle que solamente fuera de Estados Unidos hay interés en Blanco y negro, lo cual es bueno para mí porque intento continuar con mi carrera aquí. Y supongo que si hay gente interesada en programas de hace veinte años, que no son relevantes en la era de Internet, hay que satisfacer a ese público.
–¿Está arrepentido de alguno de los pasos que dio en su carrera actoral?
–Absolutamente. No sería un ser humano con emociones si no tuviera cosas de las que arrepentirme. Estoy arrepentido de cosas pequeñas y grandes. Y mi mayor arrepentimiento siempre será el de ser actor, aunque amo la profesión, y he conocido a gente muy interesante y hecho cosas copadas. Pero no sé si eso es suficiente a cambio del sacrificio, la falta de privacidad y de oportunidades. Cuando sos un actor, sos bajo, negro e inteligente, no hay demasiado para vos en el mundo de la tevé. Así que tuve que diversificarme, hacer otras cosas para tener un ingreso. Pero es lo lógico para cualquier persona: cada uno tiene que saber cuidarse y ser responsable de sí mismo. ¿Qué clase de persona sería si no hiciera eso, a pesar del hecho de que todos quieren ponerme en un pedestal?
–Usted no disfruta de estar en un pedestal.
–Nunca lo he disfrutado. No me gustan las palabras “leyenda”, “icono” o “héroe”. Mi pasado tiene la misma relevancia que un Ford T. Me gusta vivir el presente y mantener a la gente en el presente, porque es el único modo en el que voy a poder ganar algo de dinero.
–Pero muchas personas deben acercársele para pedirle que diga “¿De qué estás hablando, Willis?”
–Cuando sucede, las ignoro completamente. Es como si me dijeran algún nombre idiota en público: simplemente las ignoro y sigo adelante.
–A pesar de que está arrepentido de ser actor, usted sigue adelante. ¿Qué clase de papeles le gustaría interpretar?
–Si tuviera el tamaño y la edad, actuaría en programas o películas de aventuras o ciencia ficción, pero no doy el physique du rol. Los actores somos como figuritas: nos intercambian, nos eligen, nos venden... Así funciona el negocio.
–¿Está en contacto con alguno de sus ex compañeros de Blanco y negro?
–Eso es para la gente nostálgica. No hay demasiados actores que sean amigos de sus colegas. Somos profesionales y trabajamos juntos, pero al final del día, cada uno se va a su casa a ver a su familia.
–Hace poco el canal VH1 lo nombró la más grande estrella infantil. ¿Qué piensa de eso?
–Creo que es una especie de cosa que hicieron para sí mismos y su público, para servir a sus necesidades, pero no a las mías.
–¿Cree que eso va contra su idea de seguir su carrera como actor?
–Absolutamente. Tengo 38 años, estoy a punto de tener canas, no tengo tiempo para tonterías. Y nadie quiere representar a la gente de baja estatura que trabaja, vive, tiene familia, hijos, crece y muere. Pero nadie quiere mostrar a esa gente por televisión, así que tengo al menos tres o cuatro otras cosas que puedo hacer en mi vida.
–En un momento tuvo una columna en una página Web...
–Sí, en un sitio llamado ugo.com, que aún existe y es muy bueno. Ahora estoy trabajando en video games (pueden verse en www.postal2.com) y fabrico trenes a escala. Y puse mi voz en comerciales y dibujos animados.
–Entre otros, en Los Simpson. ¿Disfruta de esas apariciones especiales?
–La de Los Simpson es la menos favorita, porque estaba contratado y tuve que hacer algo con lo que estaba completamente en contra. Y me prometí a mí mismo y al público que no volvería a hacer algo así.
–¿Le resultó difícil tener que llevar a juicio a sus propios padres?
–No, para nada, porque si usted decide robar es a un extraño. No porque tengan el título de padres pueden negar el hecho de que pueden ser ladrones. Si robás, tenés que pagar o vas a la cárcel, no importa cuál sea tu título. No importa si sos dios, presidente, padre, hermano, hermana, amigo, pariente. Punto final. No hay distinción para mí.
–Usted se presentó como candidato a gobernador en la última elección de California y terminó octavo entre 135 participantes.
–Eso fue bueno, porque parte de mi mensaje llegó a destino. Pero nunca voy a lograr que llegue igual que el de los otros políticos. Lo que me interesa es asegurarme de que la gente que vota para conseguir lo que necesita sea respetada. Pero eso nunca sucederá en la política, por eso es que no volveré a involucrarme.
–¿Por qué aceptó ser candidato?
–Porque en California los impuestos son demasiado altos, el costo de vida es demasiado alto, no podés comprar una casa... Muy pocos tienen demasiado y muchos tienen demasiado poco.
–Igual, usted fue un candidato inusual, porque no hizo campaña y dijo que votaría por Arnold Schwarzzenegger.
–Voté por él porque era la única opción entre 135 no-candidatos que se presentaron. El era el único calificado, nadie más.
–¿No es una paradoja que haya perdido la elección a manos de un tipo llamado Arnold?
–(Seco) No.
–La fama le ha traído problemas, como cuando una supuesta fan le hizo juicio tras una pelea por un autógrafo. ¿Cuál es su punto de vista sobre la cultura de la celebridad?
–Que no debería existir. Lo nuestro es un trabajo, igual que ser pintor o presidente. Y deberíamos ser tratados como cualquier trabajador. Hay gente que pone toda su energía y su interés en sus fans, pero es cosa de ellos, yo no soy así. Nunca me interesó ser una leyenda: soy mortal, voy a morirme. No soy una celebridad, ninguna de esas cosas como de monarquía...Y si alguien no lo entiende, que dé un paso al costado y me deje en paz. Cosa que, por otra parte, es lo que siempre preferí.
Roque Casciero
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–¿Cuál es su mejor recuerdo de Blanco y negro?
–El final, el último episodio. El 16 de febrero de 1986.
–...
–Lamento no haber tenido el conocimiento y la información para poder decidir adecuadamente si quería o no ser parte del programa. Si tuviera una máquina del tiempo, iría al momento en que tenía 7 u 8 años, y me aseguraría de no cometer otra vez el mismo error.
–Entonces, ¿qué le provoca el hecho de que veinte años después de su cancelación, todavía haya interés en Blanco y negro y que se siga pasando en todo el mundo?
–Tengo que decirle que solamente fuera de Estados Unidos hay interés en Blanco y negro, lo cual es bueno para mí porque intento continuar con mi carrera aquí. Y supongo que si hay gente interesada en programas de hace veinte años, que no son relevantes en la era de Internet, hay que satisfacer a ese público.
–¿Está arrepentido de alguno de los pasos que dio en su carrera actoral?
–Absolutamente. No sería un ser humano con emociones si no tuviera cosas de las que arrepentirme. Estoy arrepentido de cosas pequeñas y grandes. Y mi mayor arrepentimiento siempre será el de ser actor, aunque amo la profesión, y he conocido a gente muy interesante y hecho cosas copadas. Pero no sé si eso es suficiente a cambio del sacrificio, la falta de privacidad y de oportunidades. Cuando sos un actor, sos bajo, negro e inteligente, no hay demasiado para vos en el mundo de la tevé. Así que tuve que diversificarme, hacer otras cosas para tener un ingreso. Pero es lo lógico para cualquier persona: cada uno tiene que saber cuidarse y ser responsable de sí mismo. ¿Qué clase de persona sería si no hiciera eso, a pesar del hecho de que todos quieren ponerme en un pedestal?
–Usted no disfruta de estar en un pedestal.
–Nunca lo he disfrutado. No me gustan las palabras “leyenda”, “icono” o “héroe”. Mi pasado tiene la misma relevancia que un Ford T. Me gusta vivir el presente y mantener a la gente en el presente, porque es el único modo en el que voy a poder ganar algo de dinero.
–Pero muchas personas deben acercársele para pedirle que diga “¿De qué estás hablando, Willis?”
–Cuando sucede, las ignoro completamente. Es como si me dijeran algún nombre idiota en público: simplemente las ignoro y sigo adelante.
–A pesar de que está arrepentido de ser actor, usted sigue adelante. ¿Qué clase de papeles le gustaría interpretar?
–Si tuviera el tamaño y la edad, actuaría en programas o películas de aventuras o ciencia ficción, pero no doy el physique du rol. Los actores somos como figuritas: nos intercambian, nos eligen, nos venden... Así funciona el negocio.
–¿Está en contacto con alguno de sus ex compañeros de Blanco y negro?
–Eso es para la gente nostálgica. No hay demasiados actores que sean amigos de sus colegas. Somos profesionales y trabajamos juntos, pero al final del día, cada uno se va a su casa a ver a su familia.
–Hace poco el canal VH1 lo nombró la más grande estrella infantil. ¿Qué piensa de eso?
–Creo que es una especie de cosa que hicieron para sí mismos y su público, para servir a sus necesidades, pero no a las mías.
–¿Cree que eso va contra su idea de seguir su carrera como actor?
–Absolutamente. Tengo 38 años, estoy a punto de tener canas, no tengo tiempo para tonterías. Y nadie quiere representar a la gente de baja estatura que trabaja, vive, tiene familia, hijos, crece y muere. Pero nadie quiere mostrar a esa gente por televisión, así que tengo al menos tres o cuatro otras cosas que puedo hacer en mi vida.
–En un momento tuvo una columna en una página Web...
–Sí, en un sitio llamado ugo.com, que aún existe y es muy bueno. Ahora estoy trabajando en video games (pueden verse en www.postal2.com) y fabrico trenes a escala. Y puse mi voz en comerciales y dibujos animados.
–Entre otros, en Los Simpson. ¿Disfruta de esas apariciones especiales?
–La de Los Simpson es la menos favorita, porque estaba contratado y tuve que hacer algo con lo que estaba completamente en contra. Y me prometí a mí mismo y al público que no volvería a hacer algo así.
–¿Le resultó difícil tener que llevar a juicio a sus propios padres?
–No, para nada, porque si usted decide robar es a un extraño. No porque tengan el título de padres pueden negar el hecho de que pueden ser ladrones. Si robás, tenés que pagar o vas a la cárcel, no importa cuál sea tu título. No importa si sos dios, presidente, padre, hermano, hermana, amigo, pariente. Punto final. No hay distinción para mí.
–Usted se presentó como candidato a gobernador en la última elección de California y terminó octavo entre 135 participantes.
–Eso fue bueno, porque parte de mi mensaje llegó a destino. Pero nunca voy a lograr que llegue igual que el de los otros políticos. Lo que me interesa es asegurarme de que la gente que vota para conseguir lo que necesita sea respetada. Pero eso nunca sucederá en la política, por eso es que no volveré a involucrarme.
–¿Por qué aceptó ser candidato?
–Porque en California los impuestos son demasiado altos, el costo de vida es demasiado alto, no podés comprar una casa... Muy pocos tienen demasiado y muchos tienen demasiado poco.
–Igual, usted fue un candidato inusual, porque no hizo campaña y dijo que votaría por Arnold Schwarzzenegger.
–Voté por él porque era la única opción entre 135 no-candidatos que se presentaron. El era el único calificado, nadie más.
–¿No es una paradoja que haya perdido la elección a manos de un tipo llamado Arnold?
–(Seco) No.
–La fama le ha traído problemas, como cuando una supuesta fan le hizo juicio tras una pelea por un autógrafo. ¿Cuál es su punto de vista sobre la cultura de la celebridad?
–Que no debería existir. Lo nuestro es un trabajo, igual que ser pintor o presidente. Y deberíamos ser tratados como cualquier trabajador. Hay gente que pone toda su energía y su interés en sus fans, pero es cosa de ellos, yo no soy así. Nunca me interesó ser una leyenda: soy mortal, voy a morirme. No soy una celebridad, ninguna de esas cosas como de monarquía...Y si alguien no lo entiende, que dé un paso al costado y me deje en paz. Cosa que, por otra parte, es lo que siempre preferí.
Roque Casciero
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Muerte en el lago
El asesinato y descuartizamiento de Virginia Donatelli, perpetrado por su amante, el chofer Julio Bonini, hubiera sido un hecho espeluznante pero también trivial de la crónica roja si a sus peripecias no se le hubieran sumado dos circunstancias: el halo de romanticismo negro que ya entonces -1929- tenía el lago de Palermo donde se encontró el torso de Virginia y la avidez por los detalles del crimen que se había desatado en el periodismo de Buenos Aires.
Todo comenzó un mediodía frío y húmedo, el del 23 de julio de 1929. A un niño que jugaba junto al lago, la pelota se le fue al agua y la niñera, para calmar su llanto, acudió al guardián, que juntaba hojas caídas. La pelota no estaba lejos, pero el rastrillo enganchó otra cosa: un paquete de arpillera atado con alambre de fardar. El guardián avisó a la policía. Acudieron dos agentes y desataron el bulto. Contenía un torso de mujer.
La noticia del macabro hallazgo abrió lo que la prensa llamaría "el misterio de la descuartizada del lago de Palermo". No era el primer homicidio con esas características que sacudía a la opinión pública argentina. En 1894, el ciudadano francés Raoul Tramblié había disputado por dinero con su socio, el también galo François Farbos, a quien mató y descuartizó. Los restos empaquetados de Farbos habían sido abandonados en la esquina de Cuyo (hoy Sarmiento) y Montevideo, donde funcionaba un mercado, y en diversos baldíos del barrio sur. El asesino huyó a Francia en un barco y la justicia argentina pidió su extradición, que no fue concedida, lo que motivó un incidente diplomático. Tramblié murió en una prisión francesa en 1914. A los porteños de entonces, el caso Farbos les recordaba los sucesos que habían ensangrentado Whitechapel, el barrio de Londres en el que, en 1888, había sembrado el terror Jack el Destripador.
En 1915, el súbdito alemán Miguel Ernst asesinó y descuartizó a su socio, el comerciante Augusto Conrado Schneider, y luego tiró al lago de Palermo los restos de la víctima. Ernst fue detenido y condenado a muerte, pero el presidente Hipólito Yrigoyen conmutó la pena capital y Ernst fue recluido en el penal de Ushuaia, donde se lo apodó Serrucho. Los porteños cantaban una popular cuarteta con la música de La verbena de la Paloma:
"¿Dónde vas con el bulto apurado?
A los lagos lo voy a tirar.
Es el cuerpo de Augusto Conrado,
al que acabo de descuartizar."
De Orfeo a Túpac Amaru
Pocos delitos hay más perturbadores que la muerte con desmembramiento: toca emociones profundas del hombre y ha sido recogido por los mitos, el folklore, las religiones. En La rama dorada, de James George Frazer, un libro clásico de la ciencia antropológica, se citan casos como el del dios Osiris, muerto y despedazado por sus fieles para cumplir un rito de fertilidad; el de Orfeo, también descuartizado, y el de Rómulo, a quien los senadores romanos desmembraron y enterraron en los cuatro puntos cardinales de Roma. En las Bacantes, de Eurípides, Dionisio es entregado por el rey de Tebas a su madre, quien ordenará su descuartizamiento. También las sagas nórdicas son pródigas en historias similares, como la del rey Halfdan, cuyos despojos fueron esparcidos para asegurar la felicidad y descendencia de su pueblo.
En el continente americano, el descuartizamiento fue usado como pena en resonantes procesos contra rebeldes tales como Lope de Aguirre o Túpac Amaru. En el Olimpo del crimen francés reinan personajes como Cravantor, descuartizador guillotinado en 1840; madame Hannebois, despedazada por su marido en 1849, o el famoso caso de la descuartizada de Saint-Ouen (1873), sobre el que escribió André Gide. Ya en 1836 el diario New York Herald, antecedente de la yellow press, o prensa amarilla, que medio siglo más tarde desarrollarían Pulitzer y Hearst, agotaba ediciones detallando el crimen y el descuartizamiento de la prostituta Helen Jewett.
Pero, lejos de estas erudiciones, otras cosas preocupaban en aquel julio de 1929 al comisario Roberto Barneda, jefe de la División Homicidios de la Policía Federal: ¿quién era la mujer cuyo torso había aparecido en Palermo? ¿Dónde estaban la cabeza y las extremidades? Varios buzos se sumergieron en el lago, pero esas diligencias, seguidas con ansiedad por la población, no dieron resultado. La autopsia determinó que el tronco pertenecía a una mujer morena, de unos 25 años, que medía alrededor de un metro setenta; había muerto hacía 24 o 48 horas. Los agentes recorrieron cada centímetro de la ciudad buscando restos. Encontraron la cabeza sumergida en Puerto Nuevo y las extremidades en un canal que atravesaba una zona despoblada de Palermo. La foto de la cabeza de la mujer, borrosa por la acción del agua, sólo se animó a publicarla en tapa el diario Crítica.
Para Le Corbusier, el gran arquitecto del siglo XX que acababa de visitar Buenos Aires, Palermo era una joya urbana. Es más, imaginó una Buenos Aires que fuera un enorme Palermo. Llamó a esa utopía la Ville Vert (ciudad verde). También Jorge Luis Borges era un enamorado del barrio, pero había advertido la naturaleza dual de Palermo, al que bautizó "naipe de dos palos": lugar de opulencia, jardín maravilloso, pero también guarida de cuchilleros, sicarios y asesinos de toda laya. El crimen de Virginia Donatelli terminó de resolverse en ciertas calles del Palermo de clase media, en los bordes del barrio que limitaban con Balvanera o el Retiro, en calles que Borges y sus amigos Xul Solar y Macedonio Fernández recorrían a diario: Laprida, avenida Las Heras, Cabrera, Sánchez de Bustamante.
Palermo de San Benito, y sobre todo su lago, escondían ya entonces historias truculentas. El parque había sido la residencia privada del brigadier general don Juan Manuel de Rosas y se decía que la Mazorca echaba allí los cadáveres de los perseguidos. Tras la batalla de Caseros y la huida de Rosas, racimos de ahorcados -mazorqueros y rosistas- colgaban de sus árboles, como lo describe una magistral página de Sarmiento. Antes y después del caso Donatelli, el lago y sus alrededores fue escenario de numerosos crímenes, algunos reales y otros literarios. Por ejemplo, el que el protagonista ve, olvida y luego trata de recordar en la novela El sueño de los héroes (1954), de Adolfo Bioy Casares.
Fue allí, en Sánchez de Bustamante 1638, donde Julio Bonini mató y despedazó a Virginia Donatelli.
Prensa y crimen
El crimen de Virginia Donatelli se convirtió en un episodio más de la larga batalla que enfrentaba a dos diarios vespertinos. Uno era La Razón, que se publicaba desde 1905. El otro, Crítica, fundado por el uruguayo Natalio Botana en 1913 y que había vegetado hasta que, a comienzos de la década del veinte, encontró la fórmula periodística que le ganó cientos de miles de lectores: grandes titulares, fotografías, caricaturas y dibujos, generosos espacios para el deporte, el espectáculo y el crimen. No excluía denuncias políticas e investigaciones resonantes, pero le agregaba entretenimiento y evasión, de los que estaba sediento el hombre urbano, esos miles y miles de porteños que cada tarde salían de su trabajo y abarrotaban los trenes hacia los suburbios con su diario bajo el brazo.
En 1929, montado en su espectacular cobertura del crimen del lago de Palermo, Crítica llegó a vender 750.000 ejemplares por día en sus ediciones quinta y sexta, a las que se agregaba a veces la cuarta edición, al mediodía. Este diario, que en su redacción albergaba a talentosos escritores jóvenes, como Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Conrado Nalé Roxlo, y que incorporaría pronto a Jorge Luis Borges, triunfó en la batalla de las tardes.
Por las mañanas, el diario de mayor circulación era La Prensa, indispensable por sus pequeños anuncios; luego, La Nacion. En 1928 había aparecido el nuevo diario El Mundo, con un tamaño moderno, llamado tabloid: era más chico y manuable que los tradicionales formatos sábana y pronto alcanzó, en parte debido a las Aguafuertes porteñas que cada día escribía Roberto Arlt, los 125.000 ejemplares diarios.
Uno de los periodistas estrella de Crítica, Héctor Pedro Blomberg, glosaba los crímenes del día en romances. Y así trató el caso Donatelli:
"En el lago flotante, en las aguas,
Un sereno encontró el otro día
El cadáver cortado en pedazos
De una pobre mujer. ¿Quién sería?
(.)
¿Quién llevó esta carroña hasta el lago
y la hundió cuando nadie veía?
¿La llevó algún señor de Lavalle?
De Lavalle y Riobamba sería."
Los cronistas policiales de Crítica, como Gustavo Germán González, o de La Razón, como Silveiro Manco, y también los sufridos sabuesos de Ultima Hora, otro vespertino popular, elaboraban las más extrañas conjeturas sobre el crimen. Llegó a asociarse el hallazgo del cuerpo en pedazos de Virginia con La Flor Azteca, un espectáculo de ilusionismo que convocaba multitudes en un teatro de Corrientes. Se trataba de una cabeza cortada, confeccionada en cera, que hablaba; exhibida en una caja de vidrio blindada, este prodigio de ilusionismo era presentado como un fenómeno mundial y se invitaba al público a observar de cerca y hasta a tocar el sellado hermético del cofre.
-¿De quién es el cuerpo encontrado en el Riachuelo? -preguntaban los porteños.
-¡Es el cuerpo de La Flor Azteca! Si total no le sirve para nada.
Estimulado por el despliegue periodístico, el público se obsesionó. Ya detenido, el acusado Bonini recibía en la cárcel miles de cartas y, tras su crisis religiosa, durante la cual fue convertido y bautizado por monseñor Miguel de Andrea, le enviaban Biblias y catecismos. La boda con su novia de siempre, celebrada en la Alcaidía de Tribunales, fue cubierta con despliegue por los diarios. El abogado defensor de Bonini pidió que la pareja, con la debida custodia, fuera a tomar una copa en El Molino de Callao y Rivadavia, como también reclamaba la prensa. Pero el juez denegó el pedido.
Un año agitado
¿Pero acaso no pasaba nada en aquel 1929? Sí, pasaban cosas, y qué cosas. En México sigue la revolución permanente y es fusilado el asesino del presidente Cárdenas. En Roma se firma el Tratado de Letrán, por el cual fue reconocido como Estado el Vaticano. Francia se siente huérfana: ha muerto el mariscal Foch, héroe de la Primera Guerra Mundial. Ramón Franco, que intentaba cruzar en avión el océano Atlántico, cae con su monoplano frente a las costas del Brasil. Martes negro en Wall Street: hecatombe económica mundial. En la Argentina, donde gobierna el anciano líder Hipólito Yrigoyen, un anarquista llamado Gualterio Marinelli se acerca al presidente cuando éste sale de su casa en la calle Brasil: según algunos, para matarlo; según otros, para entregarle una carta. La custodia lo acribilla a balazos. Yrigoyen, que sería defenestrado por un golpe de Estado nueve meses después, acude a la comisaría para pedir por su agresor y, al saber que está muerto, queda un lago rato ante el cadáver. En Mendoza es asesinado el líder irigoyenista Carlos Wencesalo Lencinas, el popular "Gauchito". Pero los argentinos que compran ávidamente diarios y revistas quieren saber novedades sobre el crimen de Palermo.
La víctima
El examen de las huellas dactilares permitió individualizar a la mujer descuartizada: era Virginia Donatelli, de 23 años, una telefonista que había quedado sin trabajo. Su último domicilio registrado estaba en Arredondo 3232, una casa humilde en la que la policía encontró la consternación de un padre viudo, el italiano Domenico Donatelli, pero también su rencor: había repudiado a su hija, a la que no veía desde hacía dos años; al enterarse del terrible final de Virginia, el inmigrante tuvo palabras duras:
-Sabía que iba a terminar mal. Era una mala pécora.
Más piadosa resultó la hermana mayor de Virginia, Angela, viuda, quien criaba a un pequeño hijo de Virginia, fruto de algún amor fracasado; Virginia había tenido otro hijo, en el Hospital Rivadavia, que había muerto en el parto. Angela Donatelli pidió a la policía que la dejaran tranquila, pues sólo quería "hacer del pobre hijito de Virginia un ser decente."
Lamentablemente para la familia Donatelli, los sabuesos de la prensa policial ya indagaban cada detalle del caso. Es que la historia de Virginia, la chica descarriada, la bonita morena sacrificada en el altar de la ciudad cruel, era un boccato di cardinale para la prensa de Buenos Aires, una ciudad que se había transformado de gran aldea en metrópolis y cuya prensa también cambiaba al mismo ritmo.
Como la vida sentimental de Virginia Donatelli había sido agitada, era difícil para la policía seguir la pista de todos los hombres con los que había tratado. Sin embargo, se encontraron otras pistas. Las arpilleras que envolvían los restos tenían rastros de granos de maíz. Se investigaron los corralones y depósitos de forrajes de la ciudad. Se llegó a un almacén de granos en Cabrera 3056. El propietario, Genaro Pipo, dijo que no recordaba nada y además se rió de la policía:
-Yo cada día vendo muchos kilos de papas y forraje, y uso cantidad de bolsas y alambre de fardar.
Pero la policía le hizo hacer memoria, y lo que recordó Pipo fue decisivo: unos días atrás se había presentado en el corralón un hombre muy bien vestido. Iba al volante de un Rugby 29, un cochazo. Explicó que el motor se le había quedado y pidió un pedazo de alambre para repararlo y una bolsa o dos de arpillera para no ensuciarse.
-¿Cuántos Rugby 29 hay en Buenos Aires? -preguntó el comisario Barneda a sus colaboradores.
Había sólo 5 o 6. Allí fueron los investigadores. Comprobaron las coartadas de todos los propietarios. Irreprochables. El último era un ingeniero de prestigio, llamado Francisco Balbín. Este contó que la única persona que manejaba su Rugby 29, con patente 8110, era su chofer personal, llamado Julio Bonini, un hombre de 35 años por quien Balbín ponía las manos en el fuego.
-¿Dónde está Bonini, ingeniero?
-Es raro -admitió el ingeniero tras un silencio-. Ahora que me lo dice, hace unos días que no viene a trabajar.
La policía indagó a fondo al chofer. ¿Quién era Bonini? Un muchacho simpático y buen mozo; un típico porteño. Sin antecedentes delictivos. Enamoradizo, galán. Morocho, con cierto aire gardeliano. Ultimo domicilio registrado: Paraguay 3528. En realidad, era la vivienda del hermano de Bonini. Partió para allí una comisión policial.
El hermano dijo que no sabía dónde estaba Julio y no dijo una palabra. Pero la cuñada de Bonini, Graciela Donato de Bonini, habló. Reveló que Virginia Donatelli y Bonini se amaban, que habían vivido juntos un tiempo. Y acusó a Virginia de haberle arruinado la vida a Julito. La policía no tardó en detener al sospechoso, que lo negó todo. En verdad, no había muchas pruebas contra él. Pero Bonini era un hombre agobiado. No resistió las "sesiones" y terminó por liberar su culpa con una larga confesión.
Como un tango trágico
Julio Américo Bonini tenía varias novias. Una de ellas se llamaba María Luisa Moneta, y era una chica decente que vivía con sus padres en Blanco Encalada 1370. Bonini le había prometido casamiento. Pero a Julio Bonini se le cruzó Virginia: cabello oscuro, cuerpo largo y excitante, caderas eléctricas. Y Bonini perdió la cabeza. Así lo explicaba Graciela, la cuñada:
-Durante un tiempo, Virginia y Julio vivieron juntos en una pensión de la calle Juncal. Peleaban mucho; Virginia quería que él dejara a la novia. Pero María Luisa también lo presionaba: o ella o yo, le decía a Julio. Y Bonini no encontró mejor manera para salir del paso, que. Ultimamente ocupaban un departamento en la calle Sánchez de Bustamante. El 20 de julio los fui a ver. Encontré a Julio trastornado. Había discutido con Virginia y él le había pegado con un martillo. Horrorizado, Julio se dio cuenta de que Virginia estaba muerta. Todos caímos en la desesperación. Julio quería entregarse. Llamamos a mi marido y él lo disuadió. Ya nada tenía remedio. Entonces, lo ayudamos a Julio a cortar el cuerpo de Virginia y a envolver los pedazos. Sí, nosotros llevamos los bultos en colectivos y los dejamos aquí y allá.
Bonini se había ocultado en casa de María Luisa Moneta. ¿Le dijo la verdad, entonces? Lo cierto es que María Luisa lo perdonó, porque tiempo después el juez doctor Avellaneda Huergo autorizó que se casaran.
Julio Bonini fue condenado a la máxima pena del Código Penal por el delito de homicidio simple: veinticinco años de prisión. El descuartizamiento no fue considerado agravante. No hubo, dijo la Cámara Penal, ensañamiento: había descuartizado a su víctima para salvarse, y no hay crueldad sobre materia ya muerta. En cambio, la sentencia admitió que hubo premeditación. El juez no aceptó la atenuante de emoción violenta alegada por la defensa. El hermano y la cuñada recibieron penas menores por complicidad.
Julio Bonini, como es bastante habitual en los homicidas pasionales, observó perfecta conducta en la cárcel y recuperó su libertad en algún momento de los años cincuenta, para perderse en el anonimato de la gran ciudad.
¿Qué hubiera sido de Julio Bonini y de Virginia Donatelli si él no se hubiera asustado y si no hubiera serruchado el hermoso cuerpo de la mujer morena y si el lago de Palermo no hubiera contagiado al crimen su propio mito negro? Un sábado de julio de 1929, a las 20 horas, mientras Bonini mataba y descuartizaba a Virginia, Carlos Gardel, ya entonces un rey, cantó por Radio Excelsior: ¿lo estaba escuchando Bonini?
En todo caso, no pudo escuchar Por una cabeza, ese tango que habla de turf, pero también de un amor loco y cuya letra hubiera sido un apropiado coro para el crimen de Virginia Donatelli. Pero fue escrito en 1935. Los cuentos, incluso los cuentos negros que inventa la realidad, nunca cierran del todo. Entonces, ¿por qué no imaginar lo contrario? ¿Por qué no suponer que Alfredo Le Pera y Carlos Gardel pensaron en Bonini cuando compusieron aquel tango?
"Por una cabeza,
todas las locuras,
su boca que besa
borra la tristeza,
calma la amargura.
Por una cabeza,
qué importa perderme
mil veces la vida,
¡para qué vivir!"
Alvaro Abos Copyright S. A. LA NACION 2006. Todos los derechos reservados.
Todo comenzó un mediodía frío y húmedo, el del 23 de julio de 1929. A un niño que jugaba junto al lago, la pelota se le fue al agua y la niñera, para calmar su llanto, acudió al guardián, que juntaba hojas caídas. La pelota no estaba lejos, pero el rastrillo enganchó otra cosa: un paquete de arpillera atado con alambre de fardar. El guardián avisó a la policía. Acudieron dos agentes y desataron el bulto. Contenía un torso de mujer.
La noticia del macabro hallazgo abrió lo que la prensa llamaría "el misterio de la descuartizada del lago de Palermo". No era el primer homicidio con esas características que sacudía a la opinión pública argentina. En 1894, el ciudadano francés Raoul Tramblié había disputado por dinero con su socio, el también galo François Farbos, a quien mató y descuartizó. Los restos empaquetados de Farbos habían sido abandonados en la esquina de Cuyo (hoy Sarmiento) y Montevideo, donde funcionaba un mercado, y en diversos baldíos del barrio sur. El asesino huyó a Francia en un barco y la justicia argentina pidió su extradición, que no fue concedida, lo que motivó un incidente diplomático. Tramblié murió en una prisión francesa en 1914. A los porteños de entonces, el caso Farbos les recordaba los sucesos que habían ensangrentado Whitechapel, el barrio de Londres en el que, en 1888, había sembrado el terror Jack el Destripador.
En 1915, el súbdito alemán Miguel Ernst asesinó y descuartizó a su socio, el comerciante Augusto Conrado Schneider, y luego tiró al lago de Palermo los restos de la víctima. Ernst fue detenido y condenado a muerte, pero el presidente Hipólito Yrigoyen conmutó la pena capital y Ernst fue recluido en el penal de Ushuaia, donde se lo apodó Serrucho. Los porteños cantaban una popular cuarteta con la música de La verbena de la Paloma:
"¿Dónde vas con el bulto apurado?
A los lagos lo voy a tirar.
Es el cuerpo de Augusto Conrado,
al que acabo de descuartizar."
De Orfeo a Túpac Amaru
Pocos delitos hay más perturbadores que la muerte con desmembramiento: toca emociones profundas del hombre y ha sido recogido por los mitos, el folklore, las religiones. En La rama dorada, de James George Frazer, un libro clásico de la ciencia antropológica, se citan casos como el del dios Osiris, muerto y despedazado por sus fieles para cumplir un rito de fertilidad; el de Orfeo, también descuartizado, y el de Rómulo, a quien los senadores romanos desmembraron y enterraron en los cuatro puntos cardinales de Roma. En las Bacantes, de Eurípides, Dionisio es entregado por el rey de Tebas a su madre, quien ordenará su descuartizamiento. También las sagas nórdicas son pródigas en historias similares, como la del rey Halfdan, cuyos despojos fueron esparcidos para asegurar la felicidad y descendencia de su pueblo.
En el continente americano, el descuartizamiento fue usado como pena en resonantes procesos contra rebeldes tales como Lope de Aguirre o Túpac Amaru. En el Olimpo del crimen francés reinan personajes como Cravantor, descuartizador guillotinado en 1840; madame Hannebois, despedazada por su marido en 1849, o el famoso caso de la descuartizada de Saint-Ouen (1873), sobre el que escribió André Gide. Ya en 1836 el diario New York Herald, antecedente de la yellow press, o prensa amarilla, que medio siglo más tarde desarrollarían Pulitzer y Hearst, agotaba ediciones detallando el crimen y el descuartizamiento de la prostituta Helen Jewett.
Pero, lejos de estas erudiciones, otras cosas preocupaban en aquel julio de 1929 al comisario Roberto Barneda, jefe de la División Homicidios de la Policía Federal: ¿quién era la mujer cuyo torso había aparecido en Palermo? ¿Dónde estaban la cabeza y las extremidades? Varios buzos se sumergieron en el lago, pero esas diligencias, seguidas con ansiedad por la población, no dieron resultado. La autopsia determinó que el tronco pertenecía a una mujer morena, de unos 25 años, que medía alrededor de un metro setenta; había muerto hacía 24 o 48 horas. Los agentes recorrieron cada centímetro de la ciudad buscando restos. Encontraron la cabeza sumergida en Puerto Nuevo y las extremidades en un canal que atravesaba una zona despoblada de Palermo. La foto de la cabeza de la mujer, borrosa por la acción del agua, sólo se animó a publicarla en tapa el diario Crítica.
Para Le Corbusier, el gran arquitecto del siglo XX que acababa de visitar Buenos Aires, Palermo era una joya urbana. Es más, imaginó una Buenos Aires que fuera un enorme Palermo. Llamó a esa utopía la Ville Vert (ciudad verde). También Jorge Luis Borges era un enamorado del barrio, pero había advertido la naturaleza dual de Palermo, al que bautizó "naipe de dos palos": lugar de opulencia, jardín maravilloso, pero también guarida de cuchilleros, sicarios y asesinos de toda laya. El crimen de Virginia Donatelli terminó de resolverse en ciertas calles del Palermo de clase media, en los bordes del barrio que limitaban con Balvanera o el Retiro, en calles que Borges y sus amigos Xul Solar y Macedonio Fernández recorrían a diario: Laprida, avenida Las Heras, Cabrera, Sánchez de Bustamante.
Palermo de San Benito, y sobre todo su lago, escondían ya entonces historias truculentas. El parque había sido la residencia privada del brigadier general don Juan Manuel de Rosas y se decía que la Mazorca echaba allí los cadáveres de los perseguidos. Tras la batalla de Caseros y la huida de Rosas, racimos de ahorcados -mazorqueros y rosistas- colgaban de sus árboles, como lo describe una magistral página de Sarmiento. Antes y después del caso Donatelli, el lago y sus alrededores fue escenario de numerosos crímenes, algunos reales y otros literarios. Por ejemplo, el que el protagonista ve, olvida y luego trata de recordar en la novela El sueño de los héroes (1954), de Adolfo Bioy Casares.
Fue allí, en Sánchez de Bustamante 1638, donde Julio Bonini mató y despedazó a Virginia Donatelli.
Prensa y crimen
El crimen de Virginia Donatelli se convirtió en un episodio más de la larga batalla que enfrentaba a dos diarios vespertinos. Uno era La Razón, que se publicaba desde 1905. El otro, Crítica, fundado por el uruguayo Natalio Botana en 1913 y que había vegetado hasta que, a comienzos de la década del veinte, encontró la fórmula periodística que le ganó cientos de miles de lectores: grandes titulares, fotografías, caricaturas y dibujos, generosos espacios para el deporte, el espectáculo y el crimen. No excluía denuncias políticas e investigaciones resonantes, pero le agregaba entretenimiento y evasión, de los que estaba sediento el hombre urbano, esos miles y miles de porteños que cada tarde salían de su trabajo y abarrotaban los trenes hacia los suburbios con su diario bajo el brazo.
En 1929, montado en su espectacular cobertura del crimen del lago de Palermo, Crítica llegó a vender 750.000 ejemplares por día en sus ediciones quinta y sexta, a las que se agregaba a veces la cuarta edición, al mediodía. Este diario, que en su redacción albergaba a talentosos escritores jóvenes, como Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Conrado Nalé Roxlo, y que incorporaría pronto a Jorge Luis Borges, triunfó en la batalla de las tardes.
Por las mañanas, el diario de mayor circulación era La Prensa, indispensable por sus pequeños anuncios; luego, La Nacion. En 1928 había aparecido el nuevo diario El Mundo, con un tamaño moderno, llamado tabloid: era más chico y manuable que los tradicionales formatos sábana y pronto alcanzó, en parte debido a las Aguafuertes porteñas que cada día escribía Roberto Arlt, los 125.000 ejemplares diarios.
Uno de los periodistas estrella de Crítica, Héctor Pedro Blomberg, glosaba los crímenes del día en romances. Y así trató el caso Donatelli:
"En el lago flotante, en las aguas,
Un sereno encontró el otro día
El cadáver cortado en pedazos
De una pobre mujer. ¿Quién sería?
(.)
¿Quién llevó esta carroña hasta el lago
y la hundió cuando nadie veía?
¿La llevó algún señor de Lavalle?
De Lavalle y Riobamba sería."
Los cronistas policiales de Crítica, como Gustavo Germán González, o de La Razón, como Silveiro Manco, y también los sufridos sabuesos de Ultima Hora, otro vespertino popular, elaboraban las más extrañas conjeturas sobre el crimen. Llegó a asociarse el hallazgo del cuerpo en pedazos de Virginia con La Flor Azteca, un espectáculo de ilusionismo que convocaba multitudes en un teatro de Corrientes. Se trataba de una cabeza cortada, confeccionada en cera, que hablaba; exhibida en una caja de vidrio blindada, este prodigio de ilusionismo era presentado como un fenómeno mundial y se invitaba al público a observar de cerca y hasta a tocar el sellado hermético del cofre.
-¿De quién es el cuerpo encontrado en el Riachuelo? -preguntaban los porteños.
-¡Es el cuerpo de La Flor Azteca! Si total no le sirve para nada.
Estimulado por el despliegue periodístico, el público se obsesionó. Ya detenido, el acusado Bonini recibía en la cárcel miles de cartas y, tras su crisis religiosa, durante la cual fue convertido y bautizado por monseñor Miguel de Andrea, le enviaban Biblias y catecismos. La boda con su novia de siempre, celebrada en la Alcaidía de Tribunales, fue cubierta con despliegue por los diarios. El abogado defensor de Bonini pidió que la pareja, con la debida custodia, fuera a tomar una copa en El Molino de Callao y Rivadavia, como también reclamaba la prensa. Pero el juez denegó el pedido.
Un año agitado
¿Pero acaso no pasaba nada en aquel 1929? Sí, pasaban cosas, y qué cosas. En México sigue la revolución permanente y es fusilado el asesino del presidente Cárdenas. En Roma se firma el Tratado de Letrán, por el cual fue reconocido como Estado el Vaticano. Francia se siente huérfana: ha muerto el mariscal Foch, héroe de la Primera Guerra Mundial. Ramón Franco, que intentaba cruzar en avión el océano Atlántico, cae con su monoplano frente a las costas del Brasil. Martes negro en Wall Street: hecatombe económica mundial. En la Argentina, donde gobierna el anciano líder Hipólito Yrigoyen, un anarquista llamado Gualterio Marinelli se acerca al presidente cuando éste sale de su casa en la calle Brasil: según algunos, para matarlo; según otros, para entregarle una carta. La custodia lo acribilla a balazos. Yrigoyen, que sería defenestrado por un golpe de Estado nueve meses después, acude a la comisaría para pedir por su agresor y, al saber que está muerto, queda un lago rato ante el cadáver. En Mendoza es asesinado el líder irigoyenista Carlos Wencesalo Lencinas, el popular "Gauchito". Pero los argentinos que compran ávidamente diarios y revistas quieren saber novedades sobre el crimen de Palermo.
La víctima
El examen de las huellas dactilares permitió individualizar a la mujer descuartizada: era Virginia Donatelli, de 23 años, una telefonista que había quedado sin trabajo. Su último domicilio registrado estaba en Arredondo 3232, una casa humilde en la que la policía encontró la consternación de un padre viudo, el italiano Domenico Donatelli, pero también su rencor: había repudiado a su hija, a la que no veía desde hacía dos años; al enterarse del terrible final de Virginia, el inmigrante tuvo palabras duras:
-Sabía que iba a terminar mal. Era una mala pécora.
Más piadosa resultó la hermana mayor de Virginia, Angela, viuda, quien criaba a un pequeño hijo de Virginia, fruto de algún amor fracasado; Virginia había tenido otro hijo, en el Hospital Rivadavia, que había muerto en el parto. Angela Donatelli pidió a la policía que la dejaran tranquila, pues sólo quería "hacer del pobre hijito de Virginia un ser decente."
Lamentablemente para la familia Donatelli, los sabuesos de la prensa policial ya indagaban cada detalle del caso. Es que la historia de Virginia, la chica descarriada, la bonita morena sacrificada en el altar de la ciudad cruel, era un boccato di cardinale para la prensa de Buenos Aires, una ciudad que se había transformado de gran aldea en metrópolis y cuya prensa también cambiaba al mismo ritmo.
Como la vida sentimental de Virginia Donatelli había sido agitada, era difícil para la policía seguir la pista de todos los hombres con los que había tratado. Sin embargo, se encontraron otras pistas. Las arpilleras que envolvían los restos tenían rastros de granos de maíz. Se investigaron los corralones y depósitos de forrajes de la ciudad. Se llegó a un almacén de granos en Cabrera 3056. El propietario, Genaro Pipo, dijo que no recordaba nada y además se rió de la policía:
-Yo cada día vendo muchos kilos de papas y forraje, y uso cantidad de bolsas y alambre de fardar.
Pero la policía le hizo hacer memoria, y lo que recordó Pipo fue decisivo: unos días atrás se había presentado en el corralón un hombre muy bien vestido. Iba al volante de un Rugby 29, un cochazo. Explicó que el motor se le había quedado y pidió un pedazo de alambre para repararlo y una bolsa o dos de arpillera para no ensuciarse.
-¿Cuántos Rugby 29 hay en Buenos Aires? -preguntó el comisario Barneda a sus colaboradores.
Había sólo 5 o 6. Allí fueron los investigadores. Comprobaron las coartadas de todos los propietarios. Irreprochables. El último era un ingeniero de prestigio, llamado Francisco Balbín. Este contó que la única persona que manejaba su Rugby 29, con patente 8110, era su chofer personal, llamado Julio Bonini, un hombre de 35 años por quien Balbín ponía las manos en el fuego.
-¿Dónde está Bonini, ingeniero?
-Es raro -admitió el ingeniero tras un silencio-. Ahora que me lo dice, hace unos días que no viene a trabajar.
La policía indagó a fondo al chofer. ¿Quién era Bonini? Un muchacho simpático y buen mozo; un típico porteño. Sin antecedentes delictivos. Enamoradizo, galán. Morocho, con cierto aire gardeliano. Ultimo domicilio registrado: Paraguay 3528. En realidad, era la vivienda del hermano de Bonini. Partió para allí una comisión policial.
El hermano dijo que no sabía dónde estaba Julio y no dijo una palabra. Pero la cuñada de Bonini, Graciela Donato de Bonini, habló. Reveló que Virginia Donatelli y Bonini se amaban, que habían vivido juntos un tiempo. Y acusó a Virginia de haberle arruinado la vida a Julito. La policía no tardó en detener al sospechoso, que lo negó todo. En verdad, no había muchas pruebas contra él. Pero Bonini era un hombre agobiado. No resistió las "sesiones" y terminó por liberar su culpa con una larga confesión.
Como un tango trágico
Julio Américo Bonini tenía varias novias. Una de ellas se llamaba María Luisa Moneta, y era una chica decente que vivía con sus padres en Blanco Encalada 1370. Bonini le había prometido casamiento. Pero a Julio Bonini se le cruzó Virginia: cabello oscuro, cuerpo largo y excitante, caderas eléctricas. Y Bonini perdió la cabeza. Así lo explicaba Graciela, la cuñada:
-Durante un tiempo, Virginia y Julio vivieron juntos en una pensión de la calle Juncal. Peleaban mucho; Virginia quería que él dejara a la novia. Pero María Luisa también lo presionaba: o ella o yo, le decía a Julio. Y Bonini no encontró mejor manera para salir del paso, que. Ultimamente ocupaban un departamento en la calle Sánchez de Bustamante. El 20 de julio los fui a ver. Encontré a Julio trastornado. Había discutido con Virginia y él le había pegado con un martillo. Horrorizado, Julio se dio cuenta de que Virginia estaba muerta. Todos caímos en la desesperación. Julio quería entregarse. Llamamos a mi marido y él lo disuadió. Ya nada tenía remedio. Entonces, lo ayudamos a Julio a cortar el cuerpo de Virginia y a envolver los pedazos. Sí, nosotros llevamos los bultos en colectivos y los dejamos aquí y allá.
Bonini se había ocultado en casa de María Luisa Moneta. ¿Le dijo la verdad, entonces? Lo cierto es que María Luisa lo perdonó, porque tiempo después el juez doctor Avellaneda Huergo autorizó que se casaran.
Julio Bonini fue condenado a la máxima pena del Código Penal por el delito de homicidio simple: veinticinco años de prisión. El descuartizamiento no fue considerado agravante. No hubo, dijo la Cámara Penal, ensañamiento: había descuartizado a su víctima para salvarse, y no hay crueldad sobre materia ya muerta. En cambio, la sentencia admitió que hubo premeditación. El juez no aceptó la atenuante de emoción violenta alegada por la defensa. El hermano y la cuñada recibieron penas menores por complicidad.
Julio Bonini, como es bastante habitual en los homicidas pasionales, observó perfecta conducta en la cárcel y recuperó su libertad en algún momento de los años cincuenta, para perderse en el anonimato de la gran ciudad.
¿Qué hubiera sido de Julio Bonini y de Virginia Donatelli si él no se hubiera asustado y si no hubiera serruchado el hermoso cuerpo de la mujer morena y si el lago de Palermo no hubiera contagiado al crimen su propio mito negro? Un sábado de julio de 1929, a las 20 horas, mientras Bonini mataba y descuartizaba a Virginia, Carlos Gardel, ya entonces un rey, cantó por Radio Excelsior: ¿lo estaba escuchando Bonini?
En todo caso, no pudo escuchar Por una cabeza, ese tango que habla de turf, pero también de un amor loco y cuya letra hubiera sido un apropiado coro para el crimen de Virginia Donatelli. Pero fue escrito en 1935. Los cuentos, incluso los cuentos negros que inventa la realidad, nunca cierran del todo. Entonces, ¿por qué no imaginar lo contrario? ¿Por qué no suponer que Alfredo Le Pera y Carlos Gardel pensaron en Bonini cuando compusieron aquel tango?
"Por una cabeza,
todas las locuras,
su boca que besa
borra la tristeza,
calma la amargura.
Por una cabeza,
qué importa perderme
mil veces la vida,
¡para qué vivir!"
Alvaro Abos Copyright S. A. LA NACION 2006. Todos los derechos reservados.
Palabras que atrasan, que adelantan, que condenan...
Afirmar que "en el principio era el verbo" sería confirmar que, con el tiempo, éste se ha transformado en partículas de una jerga o madeja de términos que son códigos que tímidamente van incorporándose en la comunicación cotidiana. Palabras de moda que dicen mucho y, a veces, nada que ver; y sin embargo llevan sobre sus espaldas una época, una generación.
En el libro La seducción de las palabras (Taurus, Madrid, 2000), Alex Grijelmo refiere que ellas "arraigan en la inteligencia y crecen con ella, pero traen antes la semilla de una herencia cultural que trasciende al individuo. Viven, pues, también en los sentimientos, forman parte del alma y duermen en la memoria. Y a veces despiertan, y se muestran entonces con más vigor, porque surgen con la fuerza de los recuerdos descansados".
Ejemplos que delatan
Quizás algunas generaciones cuentan con mayor facilidad para revivir esos recuerdos descansados. "Si, por ejemplo, le recomienda a una persona menor de 35 años (y con poca lectura) Prueba de Amor, de Roberto Arlt, va a tener que explicarle qué quiere decir la frasecita, como así también noviazgo de zaguán y calentar la pava, desafía sonriente Susana Anaine, subdirectora del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras.
Los nacidos en esta tierra, tan coquetos, tan pendientes de la imagen, advierten que una palabra fuera de moda es un incómodo obstáculo para acceder a determinados círculos sociales, admite Anaine y comenta: "Desde hace unos 15 años todo lo aceptado es copado. La gente, hasta hace unas décadas, decía te quiero, porque decir te amo sonaba a novelas de Corín Tellado. Hoy se dice, por ejemplo: Fulana lo ama mucho, porque es cool. Las cosas que antes eran lindas, hoy son bellísimas o relindas. Sería un quemo (lo que en los años 80 se llamaba bochorno o incendio) dirigirse a un chabón (vesre del antiguo y lunfa boncha) con un anacrónico ñato, flaco o sentime, negro.
"Tampoco -agrega Anaine- corren más empilcharse o arrequintarse, términos reemplazados por producirse, y es mucho más fashion lo que antes era muy comme il faut. Es gracioso advertir en esta época la introducción de tecnicismos que conversaciones coloquiales: insumos, prestador de servicios, adicto, capacidades reducidas, disenso, consenso, consumir, terapia, sustancias..."
Las que se quedaron
"Si viviste en los años 80, no te los acordás; si no los viviste, sí", sostiene este adagio popular anónimo, pero la década fue un despertar de nuevos vocablos o, mejor dicho, de otras significaciones para palabras que parecían estar en otra. Pocas de esas ochentistas sobrevivieron, alguien con nostalgia por lo reciente recordará las palabras psicobolche, vivenciar, conflictuado, péndex, brutal, progre, fachero, amigovio, unisex, qué pálida, curtir... Sobrevive, eso sí, es como que (frase multipropósito).
"Una palabra posee dos valores: el primero es personal del individuo, va ligado a su propia vida; y el segundo se inserta en aquél, pero alcanza a toda la comunidad. Y este segundo significado conquista un campo inmenso, donde caben muchas más sensaciones que aquellas extraídas de su preciso enunciado académico", escribe Grijelmo.
En el olvido
Entre las expresiones que pertenecen al cofre de los recuerdos, Anaine enumera, memoriosa: caquero, darse una biaba, qué macana, qué macanazo, chocolate por la noticia, pasar calor, vivito y coleando, Pochita Morfoni, bobo, bárbaro, macanudo, ser el hijo de la pavota, un kilo y dos pancitos, cerrar el pico, regio, mersa, cache, hecho bolsa, cachar, cachada, pegar el estirón, darse dique, farolero y las exclamaciones ¡A la Madonna! y ¡A la flauta! Un chiste del folklore local sirve para dar una idea del peso de frases hechas costumbre oral: "Tipo fue a nadar y, bueno, tipo nada".
Chicos y grandes
Existe un espíritu caprichoso en el mundo oral: si uno atiende la manera de ciertas expresiones podría advertirse una pérdida de virilidad. Los padres hablan ahora como sus hijos. "Los chicos tienden a resumir, se saludan con un holi, consultan a la seño, visitan a la abue, dice Anaine.
Obvio se pronuncia tanto como okey, abusivamente. En lugar de decir sí, hoy se usa absoluta o totalmente. Es cool o recool. El éxito es lo divertido. ¿Qué onda?, es el saludo que -se hubiera dicho en los años 60- está de onda o se usa para estar en la pomada. A la gente le pasan cosas a veces muy fuertes. Lo grave de ayer es lo denso de hoy. El british y antiquísimo spleen fue opacado por el stress. Bueno, no, nada, es muchas veces una respuesta porteña con aires de existencialismo francés. Hoy, el está todo bien es el no hay drama, loco de la época en que Baglietto cantaba sus hits, recién llegado de Rosario.
Intrusas
El intrusismo oral existe. En la Academia Argentina de Letras estudian las laberínticas derivaciones de términos que olvidaron su origen durante el camino, muy transitado por cierto. "Mal es un ejemplo claro, término que surge con vehemencia a partir de 2000 y se instala en la comunicación oral en forma excesiva. Se usa para dar una idea de intensidad, de cantidad y hasta para referir lo contrario", comenta Anaine. "Yo sé muy bien/ como hacerle bien,/ y sé remal como hacerle mal", se escucha en el disco de Nerdkids, esos chicos modernos de La Plata.
El mundo de la computación y el universo de Internet han hecho su gran aporte: caída de sistema, tildarse, backupear, nerd, chip. "Muchos anglicismos nos han llegado de la mano de los medios masivos de comunicación y de las apresuradas traducciones de películas y de literatura extranjeras", sigue Anaine. Y no faltan ejemplos llegados de otras áreas: delivery, sale, outlet, jeans, scooter, voucher, marketing, target, etcétera.
También los sólidos ejecutivos de los años 70 se transformaron -además de yuppies, quizás un tanto light en los años 90- en los decisores de 2000 y los CEO del universo corporativo.
Aporta, además, el poeta Luis Rosales en Poesía Reunida (Seix Barral, Barcelona, 1981) al expresar que "la palabra que decimos,/ viene de lejos,/ y no tiene definición,/ tiene argumento./ Cuando dices nunca,/ cuando dices bueno,/ estás contando tu historia sin saberlo".
Alejandro Schang Vitón / Diario La Nacion / Argentina 2006
En el libro La seducción de las palabras (Taurus, Madrid, 2000), Alex Grijelmo refiere que ellas "arraigan en la inteligencia y crecen con ella, pero traen antes la semilla de una herencia cultural que trasciende al individuo. Viven, pues, también en los sentimientos, forman parte del alma y duermen en la memoria. Y a veces despiertan, y se muestran entonces con más vigor, porque surgen con la fuerza de los recuerdos descansados".
Ejemplos que delatan
Quizás algunas generaciones cuentan con mayor facilidad para revivir esos recuerdos descansados. "Si, por ejemplo, le recomienda a una persona menor de 35 años (y con poca lectura) Prueba de Amor, de Roberto Arlt, va a tener que explicarle qué quiere decir la frasecita, como así también noviazgo de zaguán y calentar la pava, desafía sonriente Susana Anaine, subdirectora del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras.
Los nacidos en esta tierra, tan coquetos, tan pendientes de la imagen, advierten que una palabra fuera de moda es un incómodo obstáculo para acceder a determinados círculos sociales, admite Anaine y comenta: "Desde hace unos 15 años todo lo aceptado es copado. La gente, hasta hace unas décadas, decía te quiero, porque decir te amo sonaba a novelas de Corín Tellado. Hoy se dice, por ejemplo: Fulana lo ama mucho, porque es cool. Las cosas que antes eran lindas, hoy son bellísimas o relindas. Sería un quemo (lo que en los años 80 se llamaba bochorno o incendio) dirigirse a un chabón (vesre del antiguo y lunfa boncha) con un anacrónico ñato, flaco o sentime, negro.
"Tampoco -agrega Anaine- corren más empilcharse o arrequintarse, términos reemplazados por producirse, y es mucho más fashion lo que antes era muy comme il faut. Es gracioso advertir en esta época la introducción de tecnicismos que conversaciones coloquiales: insumos, prestador de servicios, adicto, capacidades reducidas, disenso, consenso, consumir, terapia, sustancias..."
Las que se quedaron
"Si viviste en los años 80, no te los acordás; si no los viviste, sí", sostiene este adagio popular anónimo, pero la década fue un despertar de nuevos vocablos o, mejor dicho, de otras significaciones para palabras que parecían estar en otra. Pocas de esas ochentistas sobrevivieron, alguien con nostalgia por lo reciente recordará las palabras psicobolche, vivenciar, conflictuado, péndex, brutal, progre, fachero, amigovio, unisex, qué pálida, curtir... Sobrevive, eso sí, es como que (frase multipropósito).
"Una palabra posee dos valores: el primero es personal del individuo, va ligado a su propia vida; y el segundo se inserta en aquél, pero alcanza a toda la comunidad. Y este segundo significado conquista un campo inmenso, donde caben muchas más sensaciones que aquellas extraídas de su preciso enunciado académico", escribe Grijelmo.
En el olvido
Entre las expresiones que pertenecen al cofre de los recuerdos, Anaine enumera, memoriosa: caquero, darse una biaba, qué macana, qué macanazo, chocolate por la noticia, pasar calor, vivito y coleando, Pochita Morfoni, bobo, bárbaro, macanudo, ser el hijo de la pavota, un kilo y dos pancitos, cerrar el pico, regio, mersa, cache, hecho bolsa, cachar, cachada, pegar el estirón, darse dique, farolero y las exclamaciones ¡A la Madonna! y ¡A la flauta! Un chiste del folklore local sirve para dar una idea del peso de frases hechas costumbre oral: "Tipo fue a nadar y, bueno, tipo nada".
Chicos y grandes
Existe un espíritu caprichoso en el mundo oral: si uno atiende la manera de ciertas expresiones podría advertirse una pérdida de virilidad. Los padres hablan ahora como sus hijos. "Los chicos tienden a resumir, se saludan con un holi, consultan a la seño, visitan a la abue, dice Anaine.
Obvio se pronuncia tanto como okey, abusivamente. En lugar de decir sí, hoy se usa absoluta o totalmente. Es cool o recool. El éxito es lo divertido. ¿Qué onda?, es el saludo que -se hubiera dicho en los años 60- está de onda o se usa para estar en la pomada. A la gente le pasan cosas a veces muy fuertes. Lo grave de ayer es lo denso de hoy. El british y antiquísimo spleen fue opacado por el stress. Bueno, no, nada, es muchas veces una respuesta porteña con aires de existencialismo francés. Hoy, el está todo bien es el no hay drama, loco de la época en que Baglietto cantaba sus hits, recién llegado de Rosario.
Intrusas
El intrusismo oral existe. En la Academia Argentina de Letras estudian las laberínticas derivaciones de términos que olvidaron su origen durante el camino, muy transitado por cierto. "Mal es un ejemplo claro, término que surge con vehemencia a partir de 2000 y se instala en la comunicación oral en forma excesiva. Se usa para dar una idea de intensidad, de cantidad y hasta para referir lo contrario", comenta Anaine. "Yo sé muy bien/ como hacerle bien,/ y sé remal como hacerle mal", se escucha en el disco de Nerdkids, esos chicos modernos de La Plata.
El mundo de la computación y el universo de Internet han hecho su gran aporte: caída de sistema, tildarse, backupear, nerd, chip. "Muchos anglicismos nos han llegado de la mano de los medios masivos de comunicación y de las apresuradas traducciones de películas y de literatura extranjeras", sigue Anaine. Y no faltan ejemplos llegados de otras áreas: delivery, sale, outlet, jeans, scooter, voucher, marketing, target, etcétera.
También los sólidos ejecutivos de los años 70 se transformaron -además de yuppies, quizás un tanto light en los años 90- en los decisores de 2000 y los CEO del universo corporativo.
Aporta, además, el poeta Luis Rosales en Poesía Reunida (Seix Barral, Barcelona, 1981) al expresar que "la palabra que decimos,/ viene de lejos,/ y no tiene definición,/ tiene argumento./ Cuando dices nunca,/ cuando dices bueno,/ estás contando tu historia sin saberlo".
Alejandro Schang Vitón / Diario La Nacion / Argentina 2006
Multiplicar la ayuda a los excluidos
Un profundo dolor la llevó a un mundo hasta entonces desconocido. Pero ya no quiere acordarse de la causa que la impulsó a dedicar sus horas a mejorar la vida de miles de personas. Noemí Mai prefiere hablar del presente y trabajar por un mañana mejor.
Hace diez años creó el grupo misionero Cinco Panes y Dos Pescados, una compleja maquinaria que aceitó sus instrumentos para que comida, ropa, calzado, herramientas, útiles, juguetes y todo lo que hiciera falta llegara a más de 300 pueblos de nueve provincias.
La pérdida de un hijo fue la puerta que la hizo entrar en este nuevo mundo. Se dio cuenta de que había que atacar la marginalidad desde sus raíces: el hambre, la falta de educación, la ausencia de oportunidades.
Dejó todo para dedicar sus horas al grupo. Noemí estaba al frente de una empresa de cosmética con 1400 empleados. Vendió todo y utilizó toda su capacidad organizativa en esta otra empresa, su gran empresa, que ya lleva una década de trabajo. "Me di cuenta de la responsabilidad que tenemos cada uno y todos en cambiar las cosas", cuenta.
Noemí apoya su tarea en las "socias" que distribuyen las mercaderías: las monjas de tres congregaciones que se comprometen a recibir y entregar lo que ella envía. Son las Hermanas Misioneras de San Juan Bautista, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul y las Hermanas Claretianas.
Hoy llegan a 300 pueblos de Jujuy, Salta, Formosa, Misiones, Córdoba, San Juan, Chubut, Santiago del Estero y Corrientes. Cuando LA NACION visitó por primera vez a Noemí, en 2000, la ayuda del grupo llegaba a unas 60 localidades de siete provincias.
A distancia
Conoce con precisión qué se necesita en cada pueblo, dónde y para qué se utiliza cada cosa que manda. Con puntillosa organización, detalla qué manda en cada envío y espera con ansiedad la carta que cuente que todo llegó en tiempo y forma.
Noemí nunca viajó. No conoce más que por foto cada rincón del que habla como si se hubiera criado ahí. "No necesito viajar. Confío en las hermanas. Mi trabajo está acá", dice segura. Sobre una mesa del convento de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, en el barrio de Constitución, despliega cientos de fotos y comienza a hablar de los lugares, de las personas, como si dialogara con ellos.
"En el barrio toba, en Formosa, bajamos a cero la desnutrición. ¡Mirá cómo creció la obra en Chubut! La gente, trabajando; los chicos, limpios -dice, pasando una tras otra las fotos-. No sabés lo contenta que me pone cuando veo los lugares así de transformados", confiesa.
Noemí recalca a todos los que reciben sus donaciones que le manden fotos. Para ella, es la mejor constancia de que las cosas llegan, de que se usan para lo que fueron donadas, de que logran cambiar la vida de quienes las reciben. "Yo las muestro al que donó diez o al que donó mil", dice.
"Nuestra lucha más grande es para que no existan los comedores: las mamás tienen que aprender a cocinar en sus casas. Tal vez necesitemos más comida y vajilla, claro, pero es más digno. Los comedores cubren la emergencia, pero no se puede depender de ellos", agrega.
El milagro de Jesús
El nombre del grupo hace referencia al milagro que hizo Jesús al multiplicar panes y peces para que una multitud comiera hasta saciarse. Todo a partir de cinco panes y de dos peces. Dice que a ella le pasa lo mismo: siempre aparece lo que están necesitando.
Noemí está entusiasmada con lanzar una campaña para que todos los chicos lean, al menos, una hora al día. "Eso les devuelve la ilusión. Muchos no tienen pasado, presente ni futuro. La alfabetización los lleva a soñar", afirma.
Esta menuda mujer, de charla incesante, nos invita al depósito, donde clasifica y embala todo lo que sale de viaje. El poco espacio es su principal enemigo, así que nada de acopiar: las cosas llegan, se clasifican y parten. "Esto es Añatuya; aquello, Humahuaca", dice Noemí, señalando las pilas y pilas de cajas rotuladas. "Ahí estoy preparando marzo, que para mí es febrero", dice, mostrando una repisa con útiles escolares.
Su tarea sería imposible sin las personas que hacen donaciones; sin las empresas de transporte que hacen que las cosas lleguen a destino. Noemí reconoce que su resultado es obra de muchos. "Yo no recibo nada que no esté diez puntos. Quizá sea soberbio, pero nuestros chicos no tienen por qué ser menos que los demás. Yo no limpio los placares de otros", asegura Noemí.
"Esto es como una gran casa. Cinco Panes necesita de todo: alimentos, remedios, útiles, ropa, botas de goma. Pero antes de que me manden ropa, prefiero tela, hilo y máquinas de coser y que los chicos usen ropa que les cosa su propia mamá", dice.
Confiesa que siempre tiene un poquito de stock de herramientas para apuntalar desde el inicio a los que deciden poner algún microemprendimiento en marcha. Para ayudarla se puede llamar al 4585-0379 o escribir a gm_5panesy2pescados@yahoo.com.ar.
Noemí tiene dos hijos, seis nietos y dos bisnietos, pero dedica a Cinco Panes y Dos Pescados la mayor parte de su día. "Me guió la idea de que la Argentina no sea una fábrica de esclavos; que la gente no dependa de un político para llenarse la panza. Creo que un país es dominado si es hambriento y analfabeto; por eso lucho: para combatir estos dos males", afirma, poniéndose seria.
Cynthia Palacios / Diario La Nacion / Argentina 2006
Hace diez años creó el grupo misionero Cinco Panes y Dos Pescados, una compleja maquinaria que aceitó sus instrumentos para que comida, ropa, calzado, herramientas, útiles, juguetes y todo lo que hiciera falta llegara a más de 300 pueblos de nueve provincias.
La pérdida de un hijo fue la puerta que la hizo entrar en este nuevo mundo. Se dio cuenta de que había que atacar la marginalidad desde sus raíces: el hambre, la falta de educación, la ausencia de oportunidades.
Dejó todo para dedicar sus horas al grupo. Noemí estaba al frente de una empresa de cosmética con 1400 empleados. Vendió todo y utilizó toda su capacidad organizativa en esta otra empresa, su gran empresa, que ya lleva una década de trabajo. "Me di cuenta de la responsabilidad que tenemos cada uno y todos en cambiar las cosas", cuenta.
Noemí apoya su tarea en las "socias" que distribuyen las mercaderías: las monjas de tres congregaciones que se comprometen a recibir y entregar lo que ella envía. Son las Hermanas Misioneras de San Juan Bautista, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul y las Hermanas Claretianas.
Hoy llegan a 300 pueblos de Jujuy, Salta, Formosa, Misiones, Córdoba, San Juan, Chubut, Santiago del Estero y Corrientes. Cuando LA NACION visitó por primera vez a Noemí, en 2000, la ayuda del grupo llegaba a unas 60 localidades de siete provincias.
A distancia
Conoce con precisión qué se necesita en cada pueblo, dónde y para qué se utiliza cada cosa que manda. Con puntillosa organización, detalla qué manda en cada envío y espera con ansiedad la carta que cuente que todo llegó en tiempo y forma.
Noemí nunca viajó. No conoce más que por foto cada rincón del que habla como si se hubiera criado ahí. "No necesito viajar. Confío en las hermanas. Mi trabajo está acá", dice segura. Sobre una mesa del convento de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, en el barrio de Constitución, despliega cientos de fotos y comienza a hablar de los lugares, de las personas, como si dialogara con ellos.
"En el barrio toba, en Formosa, bajamos a cero la desnutrición. ¡Mirá cómo creció la obra en Chubut! La gente, trabajando; los chicos, limpios -dice, pasando una tras otra las fotos-. No sabés lo contenta que me pone cuando veo los lugares así de transformados", confiesa.
Noemí recalca a todos los que reciben sus donaciones que le manden fotos. Para ella, es la mejor constancia de que las cosas llegan, de que se usan para lo que fueron donadas, de que logran cambiar la vida de quienes las reciben. "Yo las muestro al que donó diez o al que donó mil", dice.
"Nuestra lucha más grande es para que no existan los comedores: las mamás tienen que aprender a cocinar en sus casas. Tal vez necesitemos más comida y vajilla, claro, pero es más digno. Los comedores cubren la emergencia, pero no se puede depender de ellos", agrega.
El milagro de Jesús
El nombre del grupo hace referencia al milagro que hizo Jesús al multiplicar panes y peces para que una multitud comiera hasta saciarse. Todo a partir de cinco panes y de dos peces. Dice que a ella le pasa lo mismo: siempre aparece lo que están necesitando.
Noemí está entusiasmada con lanzar una campaña para que todos los chicos lean, al menos, una hora al día. "Eso les devuelve la ilusión. Muchos no tienen pasado, presente ni futuro. La alfabetización los lleva a soñar", afirma.
Esta menuda mujer, de charla incesante, nos invita al depósito, donde clasifica y embala todo lo que sale de viaje. El poco espacio es su principal enemigo, así que nada de acopiar: las cosas llegan, se clasifican y parten. "Esto es Añatuya; aquello, Humahuaca", dice Noemí, señalando las pilas y pilas de cajas rotuladas. "Ahí estoy preparando marzo, que para mí es febrero", dice, mostrando una repisa con útiles escolares.
Su tarea sería imposible sin las personas que hacen donaciones; sin las empresas de transporte que hacen que las cosas lleguen a destino. Noemí reconoce que su resultado es obra de muchos. "Yo no recibo nada que no esté diez puntos. Quizá sea soberbio, pero nuestros chicos no tienen por qué ser menos que los demás. Yo no limpio los placares de otros", asegura Noemí.
"Esto es como una gran casa. Cinco Panes necesita de todo: alimentos, remedios, útiles, ropa, botas de goma. Pero antes de que me manden ropa, prefiero tela, hilo y máquinas de coser y que los chicos usen ropa que les cosa su propia mamá", dice.
Confiesa que siempre tiene un poquito de stock de herramientas para apuntalar desde el inicio a los que deciden poner algún microemprendimiento en marcha. Para ayudarla se puede llamar al 4585-0379 o escribir a gm_5panesy2pescados@yahoo.com.ar.
Noemí tiene dos hijos, seis nietos y dos bisnietos, pero dedica a Cinco Panes y Dos Pescados la mayor parte de su día. "Me guió la idea de que la Argentina no sea una fábrica de esclavos; que la gente no dependa de un político para llenarse la panza. Creo que un país es dominado si es hambriento y analfabeto; por eso lucho: para combatir estos dos males", afirma, poniéndose seria.
Cynthia Palacios / Diario La Nacion / Argentina 2006
"El plan sudamericano de los nazis iba más allá de Hitler"
El autor de Urbis 3000 (1981); Ultramar Sur (2002) y Evita, el misterio del cadáver se resuelve nació en 1950 en el barrio porteño de Villa Pueyrredón. Cerca de su casa vivía un jefe de submarinos nazis que —a finales de la década del 50— le contaba a quien quisiera oírlo como había llegado al país a bordo de una de esas naves. "Contrariamente a la imagen que la gente tiene hoy de estos personajes"— dice Carlos De Nápoli—, "éste no se ocultaba para nada. Salía con su uniforme de marino nazi y sus condecoraciones. Nosotros jugábamos en una plaza y a veces el alemán, como le decíamos, nos invitaba a pasar a su casa y nos mostraba sus logros".
Por la edad, De Nápoli tenía ideas muy vagas de lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial, pero recuerda claramente, de aquellos cuentos, la secuencia del hundimiento de un crucero de guerra brasileño.
La anécdota sirve de introducción para Nazis en el Sur (Norma), libro con el que revela aspectos desconocidos del expansionismo alemán por esta región.
Un proceso iniciado con la Welpolitik (política mundial) de Guillermo II (a finales del siglo XIX) y continuado por Hitler en el poder y con el mismo objetivo: conseguir a cualquier precio petróleo, minerales y puertos seguros.
"Lo que hice fue narrar el accionar de los germanos del Segundo Imperio y el de los nazis en tierras sudamericanas, con especial mención a la Argentina. La mayoría de estos eventos se hubieran llevado a cabo aunque Hitler no hubiera llegado al poder, porque se trataban de políticas de Estado", explica Di Nápoli que llevó la investigación al top ten de no ficción.
Entre los hallazgos de su investigación está el rol del Lloyd Aéreo Boliviano en la guerra del Chaco —donde podría rastrearse el ADN de la futura Blitzkrieg o "Guerra Relámpago" (la táctica de combate aéreo al inicio del conflicto)— y la hipótesis de un posible plan de fuga de Hitler a la Patagonia ideado por la misteriosa piloto Hanna Reitsch. "Eso es algo anecdótico en comparación a otros elementos, como las dos invasiones que intentan los alemanes a las Islas Malvinas; la invasión nazi al sector noruego de la Antártida (donde recibí la colaboración del historiador Pablo Fontana) o el sistema de abastecimiento para sumergibles y barcos de superficie".
Sin embargo, el libro no profundiza la relación de Perón con los Nazis. ¿Por qué?
-¿Sabía Perón quien era Priebke? ¿Sabía el ex presidente Menem quienes eran los terroristas que volaron la Embajada de Israel y la AMIA? Cada uno podrá sacar sus propias conclusiones. Sin embargo, los norteamericanos y los británicos sabían muy bien quien era Priebke. Perón debió conocer muchos secretos pero eso debe estudiarse con más profundidad para conocer la verdad histórica y no los mitos, el hecho de ser uno de los primeros mandatarios en reconocer al Estado de Israel pone en entredicho algunas de estas cuestiones.
¿Porqué cree que el tema de la II Guerra Mundial sigue generando interés?
-La mayoría de los documentos sobre la Segunda Guerra Mundial son todavía secretos rigurosos, y la gente percibe que algo raro se esconde. Todo lo enigmático es atractivo para el público, y hay otras causas complejas, que tienen que ver con la psiquis y la demonización de algunos personajes.
¿Que dice de la guía sobre Bariloche que sugiere que Hitler se refugió en la zona?
-En principio ignoro si Hitler sobrevivió a la guerra, ya que sus restos y los de la banda que lo rodeaba nunca fueron encontrados. Ni en Berlín, ni en Bariloche. Lo de la muerte en el búnker fue un mito nazi, los que dicen que se suicidó ahí niegan en forma unánime el Holocausto, por lo tanto no pueden ser creíbles.
¿Estas revisiones no corren el riesgo de glamorizar la historia y alimentar al público filonazi?
-Yo busco verdades históricas. No creo que los libros sobre el nazismo interesen sólo a los pronazis, es una generalización exagerada.
Puede ser exagerada, pero tiene lógica...
-Al contrario, son leídos por muchos judíos que quieren saber sobre el tema y que nada tienen de nazis. Hay que escribir más para mostrar que esos criminales existieron, no para negarlos.
Matías Repar / Diario Clarin / Argentina 2006
Por la edad, De Nápoli tenía ideas muy vagas de lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial, pero recuerda claramente, de aquellos cuentos, la secuencia del hundimiento de un crucero de guerra brasileño.
La anécdota sirve de introducción para Nazis en el Sur (Norma), libro con el que revela aspectos desconocidos del expansionismo alemán por esta región.
Un proceso iniciado con la Welpolitik (política mundial) de Guillermo II (a finales del siglo XIX) y continuado por Hitler en el poder y con el mismo objetivo: conseguir a cualquier precio petróleo, minerales y puertos seguros.
"Lo que hice fue narrar el accionar de los germanos del Segundo Imperio y el de los nazis en tierras sudamericanas, con especial mención a la Argentina. La mayoría de estos eventos se hubieran llevado a cabo aunque Hitler no hubiera llegado al poder, porque se trataban de políticas de Estado", explica Di Nápoli que llevó la investigación al top ten de no ficción.
Entre los hallazgos de su investigación está el rol del Lloyd Aéreo Boliviano en la guerra del Chaco —donde podría rastrearse el ADN de la futura Blitzkrieg o "Guerra Relámpago" (la táctica de combate aéreo al inicio del conflicto)— y la hipótesis de un posible plan de fuga de Hitler a la Patagonia ideado por la misteriosa piloto Hanna Reitsch. "Eso es algo anecdótico en comparación a otros elementos, como las dos invasiones que intentan los alemanes a las Islas Malvinas; la invasión nazi al sector noruego de la Antártida (donde recibí la colaboración del historiador Pablo Fontana) o el sistema de abastecimiento para sumergibles y barcos de superficie".
Sin embargo, el libro no profundiza la relación de Perón con los Nazis. ¿Por qué?
-¿Sabía Perón quien era Priebke? ¿Sabía el ex presidente Menem quienes eran los terroristas que volaron la Embajada de Israel y la AMIA? Cada uno podrá sacar sus propias conclusiones. Sin embargo, los norteamericanos y los británicos sabían muy bien quien era Priebke. Perón debió conocer muchos secretos pero eso debe estudiarse con más profundidad para conocer la verdad histórica y no los mitos, el hecho de ser uno de los primeros mandatarios en reconocer al Estado de Israel pone en entredicho algunas de estas cuestiones.
¿Porqué cree que el tema de la II Guerra Mundial sigue generando interés?
-La mayoría de los documentos sobre la Segunda Guerra Mundial son todavía secretos rigurosos, y la gente percibe que algo raro se esconde. Todo lo enigmático es atractivo para el público, y hay otras causas complejas, que tienen que ver con la psiquis y la demonización de algunos personajes.
¿Que dice de la guía sobre Bariloche que sugiere que Hitler se refugió en la zona?
-En principio ignoro si Hitler sobrevivió a la guerra, ya que sus restos y los de la banda que lo rodeaba nunca fueron encontrados. Ni en Berlín, ni en Bariloche. Lo de la muerte en el búnker fue un mito nazi, los que dicen que se suicidó ahí niegan en forma unánime el Holocausto, por lo tanto no pueden ser creíbles.
¿Estas revisiones no corren el riesgo de glamorizar la historia y alimentar al público filonazi?
-Yo busco verdades históricas. No creo que los libros sobre el nazismo interesen sólo a los pronazis, es una generalización exagerada.
Puede ser exagerada, pero tiene lógica...
-Al contrario, son leídos por muchos judíos que quieren saber sobre el tema y que nada tienen de nazis. Hay que escribir más para mostrar que esos criminales existieron, no para negarlos.
Matías Repar / Diario Clarin / Argentina 2006
La maravillosa mente de un bebe
John y Thomas son los nombres (ficticios) de dos hermanos varones gemelos (reales) que nacieron hace 12 años en la maternidad de una ciudad cualquiera de Estados Unidos. Habían venido al mundo prematuramente y con bajo peso. Ambos fueron colocados en sendas incubadoras y recibieron los necesarios cuidados médicos neonatales que su caso requería. Con el paso de los primeros días, mientras que John evolucionaba con normalidad e iba ganando peso, Thomas, el más inmaduro, no mejoraba.
Preocupada, la jefa de enfermeras del servicio de neonatología decidió ponerlos juntos, en la misma incubadora. Pensaba que el más débil, al notar cercana la presencia de su hermano, con el que había compartido su existencia desde que ambos eran dos células microscópicas, tal vez podría sentirse mejor.
La enfermera observó con perpleja curiosidad cómo John enseguida colocó su diminuto brazo sobre su hermano, como si tratara de abrazarlo y protegerlo. A partir de ese momento, Thomas empezó a evolucionar favorablemente y a ganar peso.
Esta enternecedora historia fue publicada en la revista Reader's Digest en los años noventa y leída por Pedro Tarquis, médico español del Hospital Clínico San Carlos, de Madrid. El no recuerda los detalles, pero sí la esencia: "Me enseñó a valorar la importancia de la afectividad y la empatía en el trato con el paciente", dice Tarquis, que guardó el recorte con la foto.
En el mismo sentido se pronuncia Manuel Moro, jefe del servicio de Neonatología de ese hospital y profesor titular de Pediatría de la Universidad Complutense de Madrid. Su dilatada experiencia profesional le permite ver los grandes avances que ha experimentado la neonatología desde los años sesenta: "Podríamos considerar que aquellos tiempos fueron la prehistoria de esta subespecialidad pediátrica, que se ocupa del recién nacido en sus primeras semanas de vida. Entonces se pensaba que los bebes poseían un cerebro totalmente inmaduro, no receptivo a los estímulos emocionales del exterior, y hasta incapaz de captar las sensaciones dolorosas o de ser sensible a las situaciones de confortabilidad o incomodidad", señala.
La experiencia clínica acumulada en los últimos 40 años y los avances tanto en el área tecnológica como en la del conocimiento del comportamiento emocional del bebe revelan que este pequeño ser posee una maravillosa mente, capaz de captar emocionalmente los estímulos externos.
Alertas y receptivos
Desde 1890, cuando el psicólogo William James definió el mundo de los bebes como "una confusión total de zumbidos", se sostuvo que los pequeños poseían una mente muy simple que apenas mimetizaba lo poco que captaba a su alrededor. En las últimas décadas, sin embargo, diversos estudios controlados mediante modernas técnicas de electroencefalografía y otras pruebas de diagnóstico por imagen, no invasivas e incruentas, revelan que, antes de que puedan andar y expresarse verbalmente, su mente es capaz de sentir emociones complejas, como los celos, la empatía o la frustración.
En España, la Sociedad Española de Neonatología (SEN) ha creado una base de datos a la que aportan información 59 unidades hospitalarias de todo el territorio nacional sobre unos 2500 niños al año. Se trata de un gran observatorio que anualmente es revisado por esta sociedad científica para estudiar la conducta del bebe.
Además, las maternidades de cuatro hospitales públicos madrileños acaban de constituir un grupo de trabajo para instar a la administración pública a crear más plazas para neonatos con el fin de estudiar mejor el comportamiento de los recién nacidos y salvar a más niños prematuros e inmaduros con problemas de viabilidad, como aquellos cuyo peso es de menos de 750 gramos y hasta los 500 gramos.
Según el profesor Moro, las más modernas técnicas de monitoreo cerebral, que suponen un gran avance sobre la electroencefalografía convencional, permiten valorar cómo reacciona el cerebro del bebe en función de lo que siente.
"Existen también parámetros clínicos, como la frecuencia cardíaca, la presión arterial o la saturación de oxígeno en sangre, y gestuales o de conducta, que nos ayudan a ver qué le pasa ante estímulos negativos o positivos. Pero, además de eso, nuestra larga experiencia nos ha enseñado que es muy sensible a las diferentes muestras de afectividad", explica el neonatólogo.
Como indica este experto, la gran revolución no tecnológica en la moderna neonatología ha sido el contacto, inmediato y directo, con los padres.
Los beneficios de este hecho se acusan especialmente en los prematuros, aislados en sus incubadoras y conectados a cables y aparatos. "Ahora los padres los pueden acariciar, besar, abrazar, tomar, hablar con dulzura -explica Moro-. Las incubadoras están cubiertas con una mantita que los protege de la luz, pues se ha observado que duermen mejor. Igualmente, como los ruidos los alteraban, las señales de alarma de los aparatos son ya luminosas. Y todos los bebes están alojados en el interior de su incubadora en un pequeño receptáculo de felpa que se asemeja al claustro materno y los ayuda a sentirse más protegidos."
La ecografía cuatridimensional (4D) está favoreciendo un gran avance en el conocimiento del cerebro del bebe antes de su nacimiento. Un estudio que dirige el doctor Francisco Sellers, jefe de la unidad de Diagnóstico Prenatal y Ecografía del Instituto Bernabeu, de Alicante, sugiere que la maduración neuronal se completa "en la vigésima semana de gestación o antes".
Según este ginecólogo, el estudio en tiempo real durante cinco o diez minutos con ecografía de cuatro dimensiones ayuda a comprobar si el desarrollo de la mente fetal, en función de 12 variables preestablecidas a partir de gestos faciales, es el adecuado, e incluso a prever ciertos problemas, como la parálisis cerebral.
Es una investigación que sigue la línea emprendida en España por el profesor José María Carreras, ginecólogo del Instituto Universitario Dexeus, de Barcelona. "Acabamos de empezar un trabajo sobre el desarrollo emocional del bebe ya nacido -explica el doctor Sellers-, en colaboración con el Departamento de Psicología de la Universidad de Alicante y con financiación del Instituto Valenciano de Estudios. Esta iniciativa, dirigida a los padres, tiene como fin principal, tras un programa de preparación para el parto con estímulos y reflejos, detectar precozmente problemas de retraso mental."
Solidarios
Las investigaciones son múltiples y clarificadoras. En los años setenta, los trabajos del doctor Martin Hoffman, profesor de Psicología de la Universidad de Nueva York, sobre empatía en los primeros meses de vida demostraban que los bebes, al oír el llanto de otros pequeños, rompían a llorar. Hoffman se preguntaba si era por "solidaridad hacia un semejante" o simplemente "por enfado, porque les molestaba el ruido".
A la respuesta se aproximan recientes estudios realizados en Italia, a partir del trabajo de Hoffman, en los que se descubrió que, cuando su propio llanto era emitido tras ser grabado en cintas magnetofónicas, los bebes no se inmutaban al escucharse a sí mismos. Tanto Hoffman como los investigadores que han seguido su trabajo piensan que existe una "rudimentaria empatía desde el nacimiento".
El experto norteamericano admite que en los seis primeros meses de vida el bebe es capaz de distinguir las emociones de los que lo rodean, especialmente las de su madre, por los gestos faciales.
Las variaciones que experimenta la estructura cerebral de los bebes según el interés que muestran por un objeto se han estudiado mediante electroencefalografía y otras técnicas de diagnóstico por imágenes, como la ecografía en 4D y el escáner.
En palabras de Andrew Meltroff, profesor de Psicología de la Universidad de Washington, el seguimiento de la mirada es un importante factor para adentrarnos en la mente de los pequeños: "Toda la información que les llega a través de los ojos en torno al primer año de vida los va ayudando en gran medida a interpretar lo que los rodea y a interesarse más o menos en función de sus habilidades o preferencias. Según los distintos estímulos y reacciones podremos predecir qué bebes sufrirán retraso en el desarrollo del lenguaje. Tal vez esto explica por qué la adquisición del habla va apareciendo más lentamente en hijos de madres ciegas o depresivas, que apenas interaccionan visualmente con ellos".
Grandes observadores
El juego y la interacción visuales parecen desempeñar un importante papel en el desarrollo cognitivo-emocional de los pequeños. Así lo confirma también un estudio desarrollado en la Universidad de Minnesota, Estados Unidos, por el doctor Charles Nelson, actual profesor de la Universidad de Harvard. A bebes de menos de seis meses se les mostraron fotografías, una a una, de distintos chimpancés que aparentemente resultaban muy parecidos. Sin embargo, los pequeños reconocían a cada uno de ellos a juzgar por el interés visual que mostraban. Cuando un mismo chimpancé estaba muy visto, se aburrían y cambiaban la mirada, mientras que recuperaban la atención si se trataba de otro ejemplar.
En la misma línea se mantiene Diane Montague, profesora de Psicología de la Universidad de Filadelfia, a partir de un trabajo dirigido por esta especialista en niños de menos de seis meses. El experimento consistía en mostrar alternativamente a los pequeños una cara triste y otra alegre. La operación se repetía varias veces. En un principio, los bebes sólo observaban con atención, pero luego empezaron a mimetizar los gestos, alegres o tristes, de la cara expuesta.
Nelson también comprobó que los pequeños sonreían o hacían muecas de pena en función de la cara que viesen. Para Nelson, es un modo de categorizar, por parte de los bebes, los estados de felicidad o tristeza. Por otra parte, se ha observado en este trabajo que cuando se producen alteraciones no previstas los pequeños pueden sufrir ciertos desórdenes emocionales, como el autismo, y que estos juegos podrían ayudarlos.
El desarrollo del lenguaje es, a juicio de los expertos, un momento clave para que el niño aprenda a interactuar con su entorno. Así, Patricia Kuhl, profesora de la Universidad de Washington, considera que la adquisición del habla en torno a los 18 meses es mucho más que un acto mimético para los bebes. Cuando éstos reciben estímulos y motivaciones con carga emocional-afectiva avanzan más rápidamente en esta habilidad.
La profesora Kuhl lo ha estudiado en bebes en sus primeros balbuceos respecto del aprendizaje de idiomas extranjeros y ha observado que, cuando los pequeños escuchan grabaciones en cintas magnetofónicas, no aprenden ni se sienten estimulados. Pero sí muestran interés y van adquiriendo algunas palabras sencillas o monosílabos cuando repetidamente les habla en lengua extranjera una persona.
Contacto y entorno afectivo
Según los expertos, el entorno emocional y afectivo que se crea cuando hablan las personas es un gran estímulo para el cerebro infantil, incomparable con la escasa sensibilidad que se aprecia en ellos cuando el mismo lenguaje lo escuchan grabado. No obstante, este aspecto suscita un punto de controversia o de duda, puesto que está demostrado que los bebes también son receptivos a los sonidos y palabras que captan de la televisión o de la radio.
Según el doctor Agustín Moreno, psicólogo clínico del Centro Tambre de ginecología y fertilidad, de Madrid, los seres humanos somos "esencialmente culturales o sociales, con unas potencialidades que sólo se desarrollarán si se da el entorno adecuado". En este sentido, concluye: "Por muchas potencialidades innatas que posea un bebe, éstas nunca aflorarán en su desarrollo emocional si no se producen los estímulos necesarios".
¿Cómo se concreta este hecho en la crianza y la educación? "En el contacto permanente", responde el psicólogo. Para el pequeño es fundamental que exista todo tipo de contacto con quienes lo rodean, especialmente con la madre. Necesita verla, oírla; sentirse mimado, tocado y abrazado.
"Esta necesidad se percibe de un modo evidente en los niños que viven en instituciones públicas -sostiene-. Se supone que en los orfanatos o en los centros de acogida están bien atendidos en cuanto a su alimentación, a la higiene y a otros cuidados básicos. No obstante, les falta la estimulación que suponen los besos, las miradas, los gestos, las palabras cariñosas o los abrazos."
Esto se observa claramente, según el psicólogo español, en los estudios de apego con madres frías, sobreprotectoras o equilibradas en cuanto a la expresión de sus sentimientos hacia el pequeño.
Con una madre fría, es más probable que se desarrolle un niño a su semejanza. Con una madre sobreprotectora, existen más posibilidades de que el hijo sea ansioso e inseguro. Y con una madre con un carácter equilibrado, que le muestra su amor y le deje autonomía, seguramente el niño irá adquiriendo capacidades de independencia, iniciativa y una adecuada expresión de sus afectos.
"Froto, froto, froto; pico, pico, pico; palmoteo, palmoteo, palmoteo." Estas simples palabras corresponden a una cancioncilla que cada día una mujer embarazada entonaba para su futura hija, a la vez que sus dedos bailoteaban sobre su abultado vientre según el significado de cada uno de los tres verbos de la curiosa melodía.
María Angeles P. V. intentó esta corta canción siguiendo el consejo que le dio su ginecólogo en las clases de educación maternal. Ella no podía imaginar hasta qué punto su pequeña era receptiva al mensaje materno, pero sí tuvo la suerte de comprobarlo tiempo después, cuando María ya contaba tres años.
"Yo estaba de nuevo embarazada -cuenta- y le dije a la niña: «Vamos a jugar con tu hermanito». Entonces empecé a entonar el froto, froto, y a acariciar suave y firmemente mi panza. Enseguida, la niña siguió cantando ella sola la canción, cuando a mí jamás me la había oído desde que nació. Aquel momento fue conmovedor. Recuerdo que abracé a mi hija entre risas y lágrimas, y no daba crédito a lo que estaba pasando."
En la panza
Según los expertos, los primeros estímulos durante la gestación proceden de la madre. Aunque es difícil precisar desde qué momento el feto es receptivo, se calcula que a partir de la sexta semana de embarazo capta los ruidos rítmicos que lo rodean y que le resultan agradables, como los movimientos del líquido amniótico o el latido del corazón de su madre.
Algunas de las actuales teorías de educación maternal, que parten de la década de los treinta del siglo XX y de las escuelas inglesa (con Read) y rusa (con Velvoski, Nicolaiev y Chertok, que se basaron en Pavlov), sostienen que un feto que se ha sentido mimado y amado nacerá con más peso, comerá y dormirá bien, y su sistema inmunológico o defensivo estará más desarrollado, por lo que será más fuerte frente a las enfermedades. Y van incluso mucho más allá, al afirmar que esos niños serán más alegres, pacíficos y equilibrados.
El doctor José Antonio Vidart, jefe del servicio de Ginecología y Obstetricia del Hospital Clínico San Carlos, de Madrid, se muestra algo más escéptico. Señala que existen una receptividad y unos movimientos fetales en torno a la séptima semana de embarazo, y que en el segundo trimestre es posible observar mediante ecografía, entre otros parámetros, sus estructuras cerebrales y deducir que su sistema nervioso central es normal. "Es cierto que los pediatras admiten que los niños no deseados son más nerviosos y problemáticos, pero -matiza este experto- aceptar que un bebe amado nacerá más fuerte o será más feliz que otro no deseado son sólo elucubraciones basadas en observaciones; serias, pero por el momento sin constatación científica."
Mayka Sánchez/El País de Madrid
Para saber más
www.se-neonatal.es
www.hospitalitaliano.org.ar/
www.sap.org.ar/
www.tupediatra.com
De la sonrisa al orgullo
3 meses
Comienzan a dar respuestas voluntarias y muestran interés por quienes los rodean. Sonríen si les agrada lo que ven. Son receptivos a los sonidos y gestos, sobre todo a los de la madre. Juegos sugeridos (no más de 20 minutos): hablarles moviendo lenta y expresivamente la cabeza, de izquierda a derecha, para captar su atención.
5-6 meses
Su cerebro interactúa más con el mundo exterior. Enriquecen la expresión de emociones tales como la sorpresa, la alegría o la frustración. Les importa el contacto visual: les gusta ver a las personas más queridas. Juegos sugeridos (no más de 20 min.): utilizar palabras y expresiones faciales divertidas para hacerlos sonreír.
10 meses
Observan y siguen las miradas de sus padres para saber qué les interesa a ellos. Interactúan con el entorno; intentan llamar la atención con sonidos y movimientos de sus manos (por ejemplo, para pedir upa). Juegos sugeridos (no más de 20 min.): seguir sus sonidos y expresiones y responderle, jugueteando, de la misma forma.
14-18 meses
Refuerzan la conciencia de sí mismos. Experimentan emociones complejas, como el orgullo o el desafío. Aprenden a satisfacer sus necesidades: que los tomen de la mano, que les hagan "caras". Juegos sugeridos (no más de 20 min.): generarles una pequeña complicación -un desafío- para que la resuelvan. Usar su juguete preferido es una buena opción.
Una manera pequena de pensar lo infantil:
Eduardo Corbo Zabatel
Infantil es un adjetivo que puede utilizarse con sentido positivo o negativo. Cuando decimos que el comportamiento de alguien es infantil, lo estamos calificando negativamente. Actuar, pensar, o sobre todo sentir, de determinada forma no está bien, y fácilmente calificamos de infantiles ciertos sentimientos, conductas, actitudes. Parecería que no podemos tolerar que en el otro, que es decir en nosotros mismos, algo de lo infantil se exteriorice. Casi podríamos decir: si algo de infantil hay en mí, que no se note.
Es curioso. Si lo infantil se connota como algo que descalifica, ¿cómo entender los múltiples discursos sobre la niñez que circulan hoy día y que elevan esa construcción social a la cumbre, ya del pensamiento sesudo, ya de las buenas intenciones? Sabemos que estamos alejados de los tiempos en que un padre, por el hecho de que su hijo era su hijo, podía hacer con él lo que quisiera; sabemos también que existe la Declaración de los Derechos del Niño; también sabemos qué es un niño. Pero lo que no suele verse tan claro es que, en la práctica, esos derechos enunciados declarativamente no se corresponden con una cantidad extraordinaria de sujetos infantiles que ni por asomo se acercan a una trayectoria de vida en la que sus necesidades materiales, emocionales e intelectuales puedan desarrollarse y satisfacerse.
Sabemos también que ser niño es un accidente de la cronología: un niño necesariamente ha vivido poco, tiene pocas experiencias; por eso, los adultos tenemos que decidir por él, determinar que es lo bueno para él, diseñar su futuro porque él no puede hacerlo por sí mismo. Los adultos, que hemos tenido un desempeño tan brillante, estaríamos en condiciones de asumir la dirección de la vida de un otro que por pequeño sería incapaz. Una dirección que se hace sin consultar al otro. ¿Qué nos podría decir un niño desde su limitación, su pequeñez, desde todo lo que le falta? Porque, digámoslo, un niño es alguien a quien le falta de todo: madurez, experiencia, autonomía. Alguien que no sabe de la vida. Nosotros, que sí sabemos, definimos lo bueno para él desde nuestra experiencia, nuestros deseos, frustraciones y también desde nuestras propias infancias (a veces felices, otras no tanto).
Es curioso que, al mismo tiempo que decidimos por él -y convengamos que hay responsabilidades indelegables de los adultos-, no lo consultemos sino excepcionalmente, y nos resulte más fácil preguntarle cuáles son las zapatillas que le gustaría tener que conversar con él sobre el mundo familiar que le gustaría que lo rodeara. No lo hacemos porque ese niño, si pudiera, siempre daría razones acordes con su edad -por lo tanto inatendibles-, o porque no queremos correr el riesgo de que las palabras y los gestos de esos desubicados nos pongan por delante un espejo que nos devuelva una mirada poco amable de nosotros mismos.
Más realistas que el rey, imbuidos de una adultez patéticamente solemne, olvidamos que hubo otros, y no unos otros cualesquiera, que apostaron al niño y a su capacidad para hipotetizar, para construir explicaciones sobre el mundo y sobre los problemas que el hombre se formula desde que es tal.
Durante el siglo XX, dos grandes figuras del pensamiento miraron a los niños para entender aspectos del comportamiento adulto: Sigmund Freud y Jean Piaget. Ambos, en sus genialidades, entendieron que en el niño estaba en cierne un adulto, no porque la cronología haría de ese niño un adulto, sino porque en todo adulto hay algo inacabado, algo que no termina de construirse, algo de la infancia que no tiene fecha de vencimiento, que no caduca con la edad.
Quizás, una de las tareas más complejas para un adulto sea reconocer primero y luego reconciliarse con el niño que habita en él. Ese que se entristece cuando alguien nos deja de querer, ese que tiene miedo ante lo incierto, que se angustia ante el futuro, que se formula preguntas que no siempre puede responder y que puede llorar desconsoladamente como lloran a veces los niños, cuando la vida muestra que las cosas no siempre salen como uno quiere.
Si esto fuera así, aunque obviamente no es seguro, si nosotros pudiéramos hacer una operación de esta naturaleza, podríamos construir nuevas miradas del niño, o de los niños. ¡Hay tantas infancias diferentes! Miradas que se detengan no en lo que al niño le falta (porque en verdad no le falta nada), sino en lo que tiene y en lo que es. Pero, sobre todo, en lo que puede llegar a ser.
Esto implica, por fuera de los discursos que desde distintos campos se construyen sobre la niñez, una actitud de reconocimiento real de esos niños como seres que sienten, piensan y desean cosas que pueden expresar y que tenemos la obligación de escuchar.
El autor es profesor de historia, licenciado en psicología y magister en ciencias sociales. Responsable del Programa de Intervención en Instituciones Educativas de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
Copyright S. A. LA NACION 2006. Todos los derechos reservados
Preocupada, la jefa de enfermeras del servicio de neonatología decidió ponerlos juntos, en la misma incubadora. Pensaba que el más débil, al notar cercana la presencia de su hermano, con el que había compartido su existencia desde que ambos eran dos células microscópicas, tal vez podría sentirse mejor.
La enfermera observó con perpleja curiosidad cómo John enseguida colocó su diminuto brazo sobre su hermano, como si tratara de abrazarlo y protegerlo. A partir de ese momento, Thomas empezó a evolucionar favorablemente y a ganar peso.
Esta enternecedora historia fue publicada en la revista Reader's Digest en los años noventa y leída por Pedro Tarquis, médico español del Hospital Clínico San Carlos, de Madrid. El no recuerda los detalles, pero sí la esencia: "Me enseñó a valorar la importancia de la afectividad y la empatía en el trato con el paciente", dice Tarquis, que guardó el recorte con la foto.
En el mismo sentido se pronuncia Manuel Moro, jefe del servicio de Neonatología de ese hospital y profesor titular de Pediatría de la Universidad Complutense de Madrid. Su dilatada experiencia profesional le permite ver los grandes avances que ha experimentado la neonatología desde los años sesenta: "Podríamos considerar que aquellos tiempos fueron la prehistoria de esta subespecialidad pediátrica, que se ocupa del recién nacido en sus primeras semanas de vida. Entonces se pensaba que los bebes poseían un cerebro totalmente inmaduro, no receptivo a los estímulos emocionales del exterior, y hasta incapaz de captar las sensaciones dolorosas o de ser sensible a las situaciones de confortabilidad o incomodidad", señala.
La experiencia clínica acumulada en los últimos 40 años y los avances tanto en el área tecnológica como en la del conocimiento del comportamiento emocional del bebe revelan que este pequeño ser posee una maravillosa mente, capaz de captar emocionalmente los estímulos externos.
Alertas y receptivos
Desde 1890, cuando el psicólogo William James definió el mundo de los bebes como "una confusión total de zumbidos", se sostuvo que los pequeños poseían una mente muy simple que apenas mimetizaba lo poco que captaba a su alrededor. En las últimas décadas, sin embargo, diversos estudios controlados mediante modernas técnicas de electroencefalografía y otras pruebas de diagnóstico por imagen, no invasivas e incruentas, revelan que, antes de que puedan andar y expresarse verbalmente, su mente es capaz de sentir emociones complejas, como los celos, la empatía o la frustración.
En España, la Sociedad Española de Neonatología (SEN) ha creado una base de datos a la que aportan información 59 unidades hospitalarias de todo el territorio nacional sobre unos 2500 niños al año. Se trata de un gran observatorio que anualmente es revisado por esta sociedad científica para estudiar la conducta del bebe.
Además, las maternidades de cuatro hospitales públicos madrileños acaban de constituir un grupo de trabajo para instar a la administración pública a crear más plazas para neonatos con el fin de estudiar mejor el comportamiento de los recién nacidos y salvar a más niños prematuros e inmaduros con problemas de viabilidad, como aquellos cuyo peso es de menos de 750 gramos y hasta los 500 gramos.
Según el profesor Moro, las más modernas técnicas de monitoreo cerebral, que suponen un gran avance sobre la electroencefalografía convencional, permiten valorar cómo reacciona el cerebro del bebe en función de lo que siente.
"Existen también parámetros clínicos, como la frecuencia cardíaca, la presión arterial o la saturación de oxígeno en sangre, y gestuales o de conducta, que nos ayudan a ver qué le pasa ante estímulos negativos o positivos. Pero, además de eso, nuestra larga experiencia nos ha enseñado que es muy sensible a las diferentes muestras de afectividad", explica el neonatólogo.
Como indica este experto, la gran revolución no tecnológica en la moderna neonatología ha sido el contacto, inmediato y directo, con los padres.
Los beneficios de este hecho se acusan especialmente en los prematuros, aislados en sus incubadoras y conectados a cables y aparatos. "Ahora los padres los pueden acariciar, besar, abrazar, tomar, hablar con dulzura -explica Moro-. Las incubadoras están cubiertas con una mantita que los protege de la luz, pues se ha observado que duermen mejor. Igualmente, como los ruidos los alteraban, las señales de alarma de los aparatos son ya luminosas. Y todos los bebes están alojados en el interior de su incubadora en un pequeño receptáculo de felpa que se asemeja al claustro materno y los ayuda a sentirse más protegidos."
La ecografía cuatridimensional (4D) está favoreciendo un gran avance en el conocimiento del cerebro del bebe antes de su nacimiento. Un estudio que dirige el doctor Francisco Sellers, jefe de la unidad de Diagnóstico Prenatal y Ecografía del Instituto Bernabeu, de Alicante, sugiere que la maduración neuronal se completa "en la vigésima semana de gestación o antes".
Según este ginecólogo, el estudio en tiempo real durante cinco o diez minutos con ecografía de cuatro dimensiones ayuda a comprobar si el desarrollo de la mente fetal, en función de 12 variables preestablecidas a partir de gestos faciales, es el adecuado, e incluso a prever ciertos problemas, como la parálisis cerebral.
Es una investigación que sigue la línea emprendida en España por el profesor José María Carreras, ginecólogo del Instituto Universitario Dexeus, de Barcelona. "Acabamos de empezar un trabajo sobre el desarrollo emocional del bebe ya nacido -explica el doctor Sellers-, en colaboración con el Departamento de Psicología de la Universidad de Alicante y con financiación del Instituto Valenciano de Estudios. Esta iniciativa, dirigida a los padres, tiene como fin principal, tras un programa de preparación para el parto con estímulos y reflejos, detectar precozmente problemas de retraso mental."
Solidarios
Las investigaciones son múltiples y clarificadoras. En los años setenta, los trabajos del doctor Martin Hoffman, profesor de Psicología de la Universidad de Nueva York, sobre empatía en los primeros meses de vida demostraban que los bebes, al oír el llanto de otros pequeños, rompían a llorar. Hoffman se preguntaba si era por "solidaridad hacia un semejante" o simplemente "por enfado, porque les molestaba el ruido".
A la respuesta se aproximan recientes estudios realizados en Italia, a partir del trabajo de Hoffman, en los que se descubrió que, cuando su propio llanto era emitido tras ser grabado en cintas magnetofónicas, los bebes no se inmutaban al escucharse a sí mismos. Tanto Hoffman como los investigadores que han seguido su trabajo piensan que existe una "rudimentaria empatía desde el nacimiento".
El experto norteamericano admite que en los seis primeros meses de vida el bebe es capaz de distinguir las emociones de los que lo rodean, especialmente las de su madre, por los gestos faciales.
Las variaciones que experimenta la estructura cerebral de los bebes según el interés que muestran por un objeto se han estudiado mediante electroencefalografía y otras técnicas de diagnóstico por imágenes, como la ecografía en 4D y el escáner.
En palabras de Andrew Meltroff, profesor de Psicología de la Universidad de Washington, el seguimiento de la mirada es un importante factor para adentrarnos en la mente de los pequeños: "Toda la información que les llega a través de los ojos en torno al primer año de vida los va ayudando en gran medida a interpretar lo que los rodea y a interesarse más o menos en función de sus habilidades o preferencias. Según los distintos estímulos y reacciones podremos predecir qué bebes sufrirán retraso en el desarrollo del lenguaje. Tal vez esto explica por qué la adquisición del habla va apareciendo más lentamente en hijos de madres ciegas o depresivas, que apenas interaccionan visualmente con ellos".
Grandes observadores
El juego y la interacción visuales parecen desempeñar un importante papel en el desarrollo cognitivo-emocional de los pequeños. Así lo confirma también un estudio desarrollado en la Universidad de Minnesota, Estados Unidos, por el doctor Charles Nelson, actual profesor de la Universidad de Harvard. A bebes de menos de seis meses se les mostraron fotografías, una a una, de distintos chimpancés que aparentemente resultaban muy parecidos. Sin embargo, los pequeños reconocían a cada uno de ellos a juzgar por el interés visual que mostraban. Cuando un mismo chimpancé estaba muy visto, se aburrían y cambiaban la mirada, mientras que recuperaban la atención si se trataba de otro ejemplar.
En la misma línea se mantiene Diane Montague, profesora de Psicología de la Universidad de Filadelfia, a partir de un trabajo dirigido por esta especialista en niños de menos de seis meses. El experimento consistía en mostrar alternativamente a los pequeños una cara triste y otra alegre. La operación se repetía varias veces. En un principio, los bebes sólo observaban con atención, pero luego empezaron a mimetizar los gestos, alegres o tristes, de la cara expuesta.
Nelson también comprobó que los pequeños sonreían o hacían muecas de pena en función de la cara que viesen. Para Nelson, es un modo de categorizar, por parte de los bebes, los estados de felicidad o tristeza. Por otra parte, se ha observado en este trabajo que cuando se producen alteraciones no previstas los pequeños pueden sufrir ciertos desórdenes emocionales, como el autismo, y que estos juegos podrían ayudarlos.
El desarrollo del lenguaje es, a juicio de los expertos, un momento clave para que el niño aprenda a interactuar con su entorno. Así, Patricia Kuhl, profesora de la Universidad de Washington, considera que la adquisición del habla en torno a los 18 meses es mucho más que un acto mimético para los bebes. Cuando éstos reciben estímulos y motivaciones con carga emocional-afectiva avanzan más rápidamente en esta habilidad.
La profesora Kuhl lo ha estudiado en bebes en sus primeros balbuceos respecto del aprendizaje de idiomas extranjeros y ha observado que, cuando los pequeños escuchan grabaciones en cintas magnetofónicas, no aprenden ni se sienten estimulados. Pero sí muestran interés y van adquiriendo algunas palabras sencillas o monosílabos cuando repetidamente les habla en lengua extranjera una persona.
Contacto y entorno afectivo
Según los expertos, el entorno emocional y afectivo que se crea cuando hablan las personas es un gran estímulo para el cerebro infantil, incomparable con la escasa sensibilidad que se aprecia en ellos cuando el mismo lenguaje lo escuchan grabado. No obstante, este aspecto suscita un punto de controversia o de duda, puesto que está demostrado que los bebes también son receptivos a los sonidos y palabras que captan de la televisión o de la radio.
Según el doctor Agustín Moreno, psicólogo clínico del Centro Tambre de ginecología y fertilidad, de Madrid, los seres humanos somos "esencialmente culturales o sociales, con unas potencialidades que sólo se desarrollarán si se da el entorno adecuado". En este sentido, concluye: "Por muchas potencialidades innatas que posea un bebe, éstas nunca aflorarán en su desarrollo emocional si no se producen los estímulos necesarios".
¿Cómo se concreta este hecho en la crianza y la educación? "En el contacto permanente", responde el psicólogo. Para el pequeño es fundamental que exista todo tipo de contacto con quienes lo rodean, especialmente con la madre. Necesita verla, oírla; sentirse mimado, tocado y abrazado.
"Esta necesidad se percibe de un modo evidente en los niños que viven en instituciones públicas -sostiene-. Se supone que en los orfanatos o en los centros de acogida están bien atendidos en cuanto a su alimentación, a la higiene y a otros cuidados básicos. No obstante, les falta la estimulación que suponen los besos, las miradas, los gestos, las palabras cariñosas o los abrazos."
Esto se observa claramente, según el psicólogo español, en los estudios de apego con madres frías, sobreprotectoras o equilibradas en cuanto a la expresión de sus sentimientos hacia el pequeño.
Con una madre fría, es más probable que se desarrolle un niño a su semejanza. Con una madre sobreprotectora, existen más posibilidades de que el hijo sea ansioso e inseguro. Y con una madre con un carácter equilibrado, que le muestra su amor y le deje autonomía, seguramente el niño irá adquiriendo capacidades de independencia, iniciativa y una adecuada expresión de sus afectos.
"Froto, froto, froto; pico, pico, pico; palmoteo, palmoteo, palmoteo." Estas simples palabras corresponden a una cancioncilla que cada día una mujer embarazada entonaba para su futura hija, a la vez que sus dedos bailoteaban sobre su abultado vientre según el significado de cada uno de los tres verbos de la curiosa melodía.
María Angeles P. V. intentó esta corta canción siguiendo el consejo que le dio su ginecólogo en las clases de educación maternal. Ella no podía imaginar hasta qué punto su pequeña era receptiva al mensaje materno, pero sí tuvo la suerte de comprobarlo tiempo después, cuando María ya contaba tres años.
"Yo estaba de nuevo embarazada -cuenta- y le dije a la niña: «Vamos a jugar con tu hermanito». Entonces empecé a entonar el froto, froto, y a acariciar suave y firmemente mi panza. Enseguida, la niña siguió cantando ella sola la canción, cuando a mí jamás me la había oído desde que nació. Aquel momento fue conmovedor. Recuerdo que abracé a mi hija entre risas y lágrimas, y no daba crédito a lo que estaba pasando."
En la panza
Según los expertos, los primeros estímulos durante la gestación proceden de la madre. Aunque es difícil precisar desde qué momento el feto es receptivo, se calcula que a partir de la sexta semana de embarazo capta los ruidos rítmicos que lo rodean y que le resultan agradables, como los movimientos del líquido amniótico o el latido del corazón de su madre.
Algunas de las actuales teorías de educación maternal, que parten de la década de los treinta del siglo XX y de las escuelas inglesa (con Read) y rusa (con Velvoski, Nicolaiev y Chertok, que se basaron en Pavlov), sostienen que un feto que se ha sentido mimado y amado nacerá con más peso, comerá y dormirá bien, y su sistema inmunológico o defensivo estará más desarrollado, por lo que será más fuerte frente a las enfermedades. Y van incluso mucho más allá, al afirmar que esos niños serán más alegres, pacíficos y equilibrados.
El doctor José Antonio Vidart, jefe del servicio de Ginecología y Obstetricia del Hospital Clínico San Carlos, de Madrid, se muestra algo más escéptico. Señala que existen una receptividad y unos movimientos fetales en torno a la séptima semana de embarazo, y que en el segundo trimestre es posible observar mediante ecografía, entre otros parámetros, sus estructuras cerebrales y deducir que su sistema nervioso central es normal. "Es cierto que los pediatras admiten que los niños no deseados son más nerviosos y problemáticos, pero -matiza este experto- aceptar que un bebe amado nacerá más fuerte o será más feliz que otro no deseado son sólo elucubraciones basadas en observaciones; serias, pero por el momento sin constatación científica."
Mayka Sánchez/El País de Madrid
Para saber más
www.se-neonatal.es
www.hospitalitaliano.org.ar/
www.sap.org.ar/
www.tupediatra.com
De la sonrisa al orgullo
3 meses
Comienzan a dar respuestas voluntarias y muestran interés por quienes los rodean. Sonríen si les agrada lo que ven. Son receptivos a los sonidos y gestos, sobre todo a los de la madre. Juegos sugeridos (no más de 20 minutos): hablarles moviendo lenta y expresivamente la cabeza, de izquierda a derecha, para captar su atención.
5-6 meses
Su cerebro interactúa más con el mundo exterior. Enriquecen la expresión de emociones tales como la sorpresa, la alegría o la frustración. Les importa el contacto visual: les gusta ver a las personas más queridas. Juegos sugeridos (no más de 20 min.): utilizar palabras y expresiones faciales divertidas para hacerlos sonreír.
10 meses
Observan y siguen las miradas de sus padres para saber qué les interesa a ellos. Interactúan con el entorno; intentan llamar la atención con sonidos y movimientos de sus manos (por ejemplo, para pedir upa). Juegos sugeridos (no más de 20 min.): seguir sus sonidos y expresiones y responderle, jugueteando, de la misma forma.
14-18 meses
Refuerzan la conciencia de sí mismos. Experimentan emociones complejas, como el orgullo o el desafío. Aprenden a satisfacer sus necesidades: que los tomen de la mano, que les hagan "caras". Juegos sugeridos (no más de 20 min.): generarles una pequeña complicación -un desafío- para que la resuelvan. Usar su juguete preferido es una buena opción.
Una manera pequena de pensar lo infantil:
Eduardo Corbo Zabatel
Infantil es un adjetivo que puede utilizarse con sentido positivo o negativo. Cuando decimos que el comportamiento de alguien es infantil, lo estamos calificando negativamente. Actuar, pensar, o sobre todo sentir, de determinada forma no está bien, y fácilmente calificamos de infantiles ciertos sentimientos, conductas, actitudes. Parecería que no podemos tolerar que en el otro, que es decir en nosotros mismos, algo de lo infantil se exteriorice. Casi podríamos decir: si algo de infantil hay en mí, que no se note.
Es curioso. Si lo infantil se connota como algo que descalifica, ¿cómo entender los múltiples discursos sobre la niñez que circulan hoy día y que elevan esa construcción social a la cumbre, ya del pensamiento sesudo, ya de las buenas intenciones? Sabemos que estamos alejados de los tiempos en que un padre, por el hecho de que su hijo era su hijo, podía hacer con él lo que quisiera; sabemos también que existe la Declaración de los Derechos del Niño; también sabemos qué es un niño. Pero lo que no suele verse tan claro es que, en la práctica, esos derechos enunciados declarativamente no se corresponden con una cantidad extraordinaria de sujetos infantiles que ni por asomo se acercan a una trayectoria de vida en la que sus necesidades materiales, emocionales e intelectuales puedan desarrollarse y satisfacerse.
Sabemos también que ser niño es un accidente de la cronología: un niño necesariamente ha vivido poco, tiene pocas experiencias; por eso, los adultos tenemos que decidir por él, determinar que es lo bueno para él, diseñar su futuro porque él no puede hacerlo por sí mismo. Los adultos, que hemos tenido un desempeño tan brillante, estaríamos en condiciones de asumir la dirección de la vida de un otro que por pequeño sería incapaz. Una dirección que se hace sin consultar al otro. ¿Qué nos podría decir un niño desde su limitación, su pequeñez, desde todo lo que le falta? Porque, digámoslo, un niño es alguien a quien le falta de todo: madurez, experiencia, autonomía. Alguien que no sabe de la vida. Nosotros, que sí sabemos, definimos lo bueno para él desde nuestra experiencia, nuestros deseos, frustraciones y también desde nuestras propias infancias (a veces felices, otras no tanto).
Es curioso que, al mismo tiempo que decidimos por él -y convengamos que hay responsabilidades indelegables de los adultos-, no lo consultemos sino excepcionalmente, y nos resulte más fácil preguntarle cuáles son las zapatillas que le gustaría tener que conversar con él sobre el mundo familiar que le gustaría que lo rodeara. No lo hacemos porque ese niño, si pudiera, siempre daría razones acordes con su edad -por lo tanto inatendibles-, o porque no queremos correr el riesgo de que las palabras y los gestos de esos desubicados nos pongan por delante un espejo que nos devuelva una mirada poco amable de nosotros mismos.
Más realistas que el rey, imbuidos de una adultez patéticamente solemne, olvidamos que hubo otros, y no unos otros cualesquiera, que apostaron al niño y a su capacidad para hipotetizar, para construir explicaciones sobre el mundo y sobre los problemas que el hombre se formula desde que es tal.
Durante el siglo XX, dos grandes figuras del pensamiento miraron a los niños para entender aspectos del comportamiento adulto: Sigmund Freud y Jean Piaget. Ambos, en sus genialidades, entendieron que en el niño estaba en cierne un adulto, no porque la cronología haría de ese niño un adulto, sino porque en todo adulto hay algo inacabado, algo que no termina de construirse, algo de la infancia que no tiene fecha de vencimiento, que no caduca con la edad.
Quizás, una de las tareas más complejas para un adulto sea reconocer primero y luego reconciliarse con el niño que habita en él. Ese que se entristece cuando alguien nos deja de querer, ese que tiene miedo ante lo incierto, que se angustia ante el futuro, que se formula preguntas que no siempre puede responder y que puede llorar desconsoladamente como lloran a veces los niños, cuando la vida muestra que las cosas no siempre salen como uno quiere.
Si esto fuera así, aunque obviamente no es seguro, si nosotros pudiéramos hacer una operación de esta naturaleza, podríamos construir nuevas miradas del niño, o de los niños. ¡Hay tantas infancias diferentes! Miradas que se detengan no en lo que al niño le falta (porque en verdad no le falta nada), sino en lo que tiene y en lo que es. Pero, sobre todo, en lo que puede llegar a ser.
Esto implica, por fuera de los discursos que desde distintos campos se construyen sobre la niñez, una actitud de reconocimiento real de esos niños como seres que sienten, piensan y desean cosas que pueden expresar y que tenemos la obligación de escuchar.
El autor es profesor de historia, licenciado en psicología y magister en ciencias sociales. Responsable del Programa de Intervención en Instituciones Educativas de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
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El padre Pedro Barrajón es profesor de Antropología teológica en el Ateneo Pontificio de Roma y miembro de los Legionarios de Cristo, organización católica dedicada al estudio y la prédica de las enseñanzas del papa Benedicto XVI. Además, es exorcista oficial del Vaticano. Y en esta entrevista demuestra cuán en serio se toma su oficio.
Justo después de ser nombrado Papa, Benedicto XVI se reunió con un grupo de exorcistas. ¿Fue una señal? –No, fue sólo una reunión rutinaria de exorcistas italianos. Las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre el Mal no han cambiado en siglos.
¿Cuáles son esas enseñanzas? –Se basan principalmente en la Biblia, según la cual Dios creó tanto a la humanidad como a los espíritus puros; los ángeles y demonios.
¿Dios creó a los demonios? –El hizo todo. De acuerdo con la tradición cristiana, los demonios y el diablo son ángeles caídos, que se rebelaron contra Dios desde el principio de la Creación.
¿Tiene rostro el demonio? –No. Pero Dios puede permitir a los ángeles y demonios que tomen una apariencia física. Dios también puede permitir que los demonios tomen cualidades físicas y aparezcan ante las personas o los animales, aunque no toman posesión de estas formas.
¿Tienen olor? –Se dice que algunos santos, como la gran Teresa de Avila, pueden oler al diablo. Ella decía que el diablo apestaba.
¿Como el azufre? –Eso dicen algunos santos. Es básicamente un hedor desagradable.
¿Cuáles son los criterios objetivos que se utilizan para determinar si una persona ha sido poseída por un demonio? –El nuevo reglamento para exorcismos compendia muy bien los criterios para el caso de posesión. Lo más claro para mí, como cura, es la profunda aversión a objetos sagrados tales como la cruz, el Rosario o el signo de la cruz. También una aversión hacia la palabra Dios (cuando se la pronuncia, los poseídos se ponen muy nerviosos). Menos significativos son los indicadores tales como las habilidades sobrenaturales que esta gente puede desarrollar de pronto. Pueden hablar en lenguas extranjeras que jamás aprendieron. Pueden levitar, flotar. Pueden volverse inexplicablemente fuertes y violentos. Pero no es tan fácil diagnosticar casos de posesión. Normalmente le sugiero a la gente que vea a un neurólogo o a un psiquiatra antes de involucrarme. Si estos expertos me dicen que no pueden ayudarlos, entonces comienzo un tratamiento espiritual. Como regla, diría que sólo una de cada diez personas que solicitan un exorcismo está poseída.
¿Hay razones para la posesión? –No las conocemos. Ni podemos decir por qué una persona tiene cáncer y otra no.Tampoco podemos explicar eso. Sólo sabemos que el poder y el amor de Dios son mayores cuando se trata de nuestras enfermedades físicas y espirituales. Así es como debemos ver la posesión.
¿Cómo funciona un exorcismo? –El exorcismo es una plegaria oficial superior en la cual el poder de la Iglesia está muy presente. A veces se usa agua bendita o incienso, y el cura siempre tiene un crucifijo en sus manos. Varias personas deberían estar presentes, además del cura, por si la persona poseída se vuelve violenta. La gente puede verse transformada por la expulsión del demonio. No sigue siendo la misma. Durante este rito, el demonio se expone a sí mismo, dada la presencia de Dios y de mucha gente rezando junta. A menudo se vuelve violento, porque sabe que ha sido derrotado de cierta manera. La voz de la persona poseída normalmente cambia y se vuelve muy desagradable.
¿Y aterradora? –Para nada. En esos momentos, sólo siento pena por el poseído, porque está sufriendo. El momento más difícil es cuando hay una especie de diálogo entre el exorcista y el poseído, en el cual el exorcista pregunta el nombre del demonio. El Mal nunca quiere revelarse a sí mismo. A menudo miente. Pero al rato su resistencia se debilita. Suele ocurrir tras la invocación de la Santa Madre. Ningún demonio se atreve a insultarla durante de un exorcismo. Jamás.
¿Cuánto puede durar un exorcismo? –Hasta una hora. Es aconsejable no permitir que dure demasiado porque es una batalla muy difícil y estresante para todos los presentes y para el exorcizado. Tras el exorcismo, todos se sienten enormemente aliviados, como si pudieran respirar nuevamente. Pero en muchos casos se necesita un nuevo exorcismo. Conozco casos en los que la gente sólo fue verdaderamente libre de empezar una nueva vida tras varios exorcismos. A menudo dicen que es como haber nacido de nuevo.
Hay tanto Mal en el mundo. Basta ver todas las guerras, las masacres, los tiranos y asesinos. No es extraño que el diablo todavía juegue sus juegos con la gente pobre y solitaria. ¿No podría hacer algo mejor, o mejor dicho, algo peor? ¿No está suficientemente ocupado? –Es un verdadero misterio. Los casos de posesión son para mí la contracara de los milagros, que son igualmente inexplicables, pero que también podemos observar. El demonio está presente donde quiera que ocurran cosas demoníacas dentro de las leyes normales de la naturaleza. En todo aquel que dice: no acepto el amor, el amor de mis hermanos y hermanas, el amor de Dios. Y en muchos lugares, en todas las masacres, en cada asesinato, en las catástrofes físicas, en cada campo de concentración. Algunas veces se manifiesta, como en los casos de posesión. Pero es mucho más peligroso cuando no se deja ver, ahí donde no puede ser expulsado mediante el exorcismo. Sin dudas.
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Justo después de ser nombrado Papa, Benedicto XVI se reunió con un grupo de exorcistas. ¿Fue una señal? –No, fue sólo una reunión rutinaria de exorcistas italianos. Las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre el Mal no han cambiado en siglos.
¿Cuáles son esas enseñanzas? –Se basan principalmente en la Biblia, según la cual Dios creó tanto a la humanidad como a los espíritus puros; los ángeles y demonios.
¿Dios creó a los demonios? –El hizo todo. De acuerdo con la tradición cristiana, los demonios y el diablo son ángeles caídos, que se rebelaron contra Dios desde el principio de la Creación.
¿Tiene rostro el demonio? –No. Pero Dios puede permitir a los ángeles y demonios que tomen una apariencia física. Dios también puede permitir que los demonios tomen cualidades físicas y aparezcan ante las personas o los animales, aunque no toman posesión de estas formas.
¿Tienen olor? –Se dice que algunos santos, como la gran Teresa de Avila, pueden oler al diablo. Ella decía que el diablo apestaba.
¿Como el azufre? –Eso dicen algunos santos. Es básicamente un hedor desagradable.
¿Cuáles son los criterios objetivos que se utilizan para determinar si una persona ha sido poseída por un demonio? –El nuevo reglamento para exorcismos compendia muy bien los criterios para el caso de posesión. Lo más claro para mí, como cura, es la profunda aversión a objetos sagrados tales como la cruz, el Rosario o el signo de la cruz. También una aversión hacia la palabra Dios (cuando se la pronuncia, los poseídos se ponen muy nerviosos). Menos significativos son los indicadores tales como las habilidades sobrenaturales que esta gente puede desarrollar de pronto. Pueden hablar en lenguas extranjeras que jamás aprendieron. Pueden levitar, flotar. Pueden volverse inexplicablemente fuertes y violentos. Pero no es tan fácil diagnosticar casos de posesión. Normalmente le sugiero a la gente que vea a un neurólogo o a un psiquiatra antes de involucrarme. Si estos expertos me dicen que no pueden ayudarlos, entonces comienzo un tratamiento espiritual. Como regla, diría que sólo una de cada diez personas que solicitan un exorcismo está poseída.
¿Hay razones para la posesión? –No las conocemos. Ni podemos decir por qué una persona tiene cáncer y otra no.Tampoco podemos explicar eso. Sólo sabemos que el poder y el amor de Dios son mayores cuando se trata de nuestras enfermedades físicas y espirituales. Así es como debemos ver la posesión.
¿Cómo funciona un exorcismo? –El exorcismo es una plegaria oficial superior en la cual el poder de la Iglesia está muy presente. A veces se usa agua bendita o incienso, y el cura siempre tiene un crucifijo en sus manos. Varias personas deberían estar presentes, además del cura, por si la persona poseída se vuelve violenta. La gente puede verse transformada por la expulsión del demonio. No sigue siendo la misma. Durante este rito, el demonio se expone a sí mismo, dada la presencia de Dios y de mucha gente rezando junta. A menudo se vuelve violento, porque sabe que ha sido derrotado de cierta manera. La voz de la persona poseída normalmente cambia y se vuelve muy desagradable.
¿Y aterradora? –Para nada. En esos momentos, sólo siento pena por el poseído, porque está sufriendo. El momento más difícil es cuando hay una especie de diálogo entre el exorcista y el poseído, en el cual el exorcista pregunta el nombre del demonio. El Mal nunca quiere revelarse a sí mismo. A menudo miente. Pero al rato su resistencia se debilita. Suele ocurrir tras la invocación de la Santa Madre. Ningún demonio se atreve a insultarla durante de un exorcismo. Jamás.
¿Cuánto puede durar un exorcismo? –Hasta una hora. Es aconsejable no permitir que dure demasiado porque es una batalla muy difícil y estresante para todos los presentes y para el exorcizado. Tras el exorcismo, todos se sienten enormemente aliviados, como si pudieran respirar nuevamente. Pero en muchos casos se necesita un nuevo exorcismo. Conozco casos en los que la gente sólo fue verdaderamente libre de empezar una nueva vida tras varios exorcismos. A menudo dicen que es como haber nacido de nuevo.
Hay tanto Mal en el mundo. Basta ver todas las guerras, las masacres, los tiranos y asesinos. No es extraño que el diablo todavía juegue sus juegos con la gente pobre y solitaria. ¿No podría hacer algo mejor, o mejor dicho, algo peor? ¿No está suficientemente ocupado? –Es un verdadero misterio. Los casos de posesión son para mí la contracara de los milagros, que son igualmente inexplicables, pero que también podemos observar. El demonio está presente donde quiera que ocurran cosas demoníacas dentro de las leyes normales de la naturaleza. En todo aquel que dice: no acepto el amor, el amor de mis hermanos y hermanas, el amor de Dios. Y en muchos lugares, en todas las masacres, en cada asesinato, en las catástrofes físicas, en cada campo de concentración. Algunas veces se manifiesta, como en los casos de posesión. Pero es mucho más peligroso cuando no se deja ver, ahí donde no puede ser expulsado mediante el exorcismo. Sin dudas.
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Ocho ataúdes para Mateo Banks
A la una y cuarto de la tarde del martes 18 de abril de 1922, el chacarero Mateo Banks, de 44 años, disparó su rifle Winchester sobre la espalda de su hermano Dionisio Banks. La bala le atravesó el tórax. Mateo Banks lo remató con un segundo tiro. Dionisio estaba acompañado por su hija Sarita Banks, de 12 años, quien, aterrorizada, trató de escapar. Pero Mateo Banks la alcanzó, golpeándola con la culata del rifle. Semidesvanecida, la arrastró fuera del casco de la chacra La Buena Suerte, en un campo del partido de Azul, trescientos kilómetros al sudoeste de Buenos Aires. Mateo Banks arrojó a Sarita al jagüel. Recargó el rifle y, asomándose, terminó de matar a la niña con dos disparos.
Luego, comprobó que Dionisio estuviera muerto. Buscó un colchón y sobre él tendió el cadáver de su hermano. Esperó la noche. A las ocho, llegó en sulky el único peón que trabajaba en la chacra, un tal Juan Gaitán, que había ido al cercano pueblo de Parish para hacer una diligencia. Mientras Gaitán guardaba el sulky en el galpón, Mateo Banks, sin pronunciar una palabra, lo mató de un balazo en el pecho. Subió al sulky y se dirigió a su propio campo, El Trébol, a cinco kilómetros de La Buena Suerte. En El Trébol trabajaba un peón llamado Claudio Loiza. Mateo Banks le dijo a Loiza que Dionisio estaba enfermo y le pidió que lo acompañara a La Buena Suerte para atenderlo.
-Iré más tarde, patrón, a caballo.
-No hay tiempo. Vamos en el sulky.
El peón accedió y el sulky salió al camino. En algún punto del trayecto, Mateo Banks paró el sulky. Se había caído el rebenque y le pidió al peón que lo recogiera. Cuando Loiza bajó, Mateo Banks le disparó al cuello. Loiza cayó malherido. Mateo Banks, con parsimonia, lo remató. Escondió el cuerpo en un pajonal cercano. Volvió a El Trébol. Allí vivían otros dos hermanos: Miguel, de 49 años, junto con su esposa, Julia Dillon, y María Ana Banks, soltera, de 54. Cuando Mateo Banks llegó, Julia lo llamó para la cena, pero él se quedó en su habitación, aduciendo que no se sentía bien. A las once de la noche no quedaba nadie levantado en El Trébol. Salvo Mateo Banks. Agazapado en la oscuridad de su cuarto, esperaba para completar su raid de sangre. A las once y diez, se deslizó al patio y golpeó la ventana cerrada de María Ana. En susurros, para no despertar a los demás, Mateo Banks le dijo a su hermana que Dionisio estaba muy mal y que debían ir a La Buena Suerte para asistirlo. María Ana se cubrió con un chal y subió al sulky, que una vez más retomó el camino entre ambas chacras. En algún lugar, Mateo frenó el caballo, levantó el rifle que llevaba a sus pies y disparó a bocajarro contra María Ana. Pateó el cadáver, que quedó tirado en el camino. El sulky volvió a El Trébol. Mateo Banks llamó a la puerta de la habitación de Miguel y Julia. Julia se asomó: Mateo Banks le dijo que se sentía mal y le pidió un té. Cuando Julia apareció, le disparó al pecho.
Miguel estaba enfermo, en la cama. Sin embargo, al oír el tiro que había matado a su mujer, se levantó. Mateo Banks apareció en el vano de la puerta y le disparó a su hermano un balazo en el cuello. Quedaban vivas tres personas: Cecilia y Anita Banks, de 15 y 5 años, hijas de Miguel y Julia, y María Ercilia Gaitán, la hijita del peón, de 4 años.
Mateo Banks entró al cuarto donde dormían las tres y mató a Cecilia. Dejó el rifle, aferró a las dos niñas más pequeñas y las llevó a un cuarto vacío, que cerró con llave.
La trama
La orgía de muerte había terminado. Con la parsimonia de un autómata, Mateo Banks había exterminado a toda su familia: tres hermanos, una cuñada, dos sobrinas y dos peones; en total, ocho víctimas.
Mateo Banks recorrió el escenario como un artista que revisa minuciosamente su obra. Inclinándose sobre los muertos, les tomó el pulso para asegurarse de que no hubiera quedado en ellos ni un hálito de vida; los acomodó, los tapó con mantas. Volvió a subir al sulky, regresó a La Buena Suerte, donde se aseguró de que Dionisio estuviera muerto, y se asomó al pozo para comprobar que seguía allí el cadáver de Sarita.
Eran las cuatro de la mañana del 19 de abril. Bajo la lóbrega luz lunar, Mateo Banks se dirigió al pueblo. El sulky se detuvo ante la casa del médico de la familia, el doctor Rafael Marquestau. Mateo Banks golpeó a la puerta.
Luego de largos minutos, se entreabrió una ventana:
-¿Quién es?
-Soy Mateo Banks. Quiero hablar con el doctor. ¡Algo terrible ha pasado!
El médico, que conocía bien al chacarero, lo encontró dominado por la ansiedad:
-¡Acabo de matar a Gaitán! -le dijo Mateo Banks entre sollozos-. ¡Pasa algo que no tiene nombre! ¡Han asesinado a toda mi familia! ¡Les dispararon! Los muertos están allí; he pasado toda la noche con ellos. Los he cubierto con mantas. Loiza me disparó al pie y luego huyó.
El médico se vistió con prisa. Corrió al sulky. Junto con Mateo Banks se dirigieron a las chacras, donde la luz del nuevo día ya iluminaba el horror.
-Hay que avisarle a Carús -le dijo Mateo Banks al médico. Antonio Carús era un abogado y político conservador, caudillo del pueblo. Pero Marquestau insistió en que fueran a la policía.
El comisario Luis Bidonde jamás hubiera imaginado que la mañana del 19 de abril la tragedia llegase de esa forma al pueblo de Azul. ¿Acaso el diablo mismo había aparecido en aquel lugar pacífico de la llanura bonaerense? La policía descubrió un escenario que horrorizaría al país: en La Buena Suerte y El Trébol, las fincas de la prominente familia Banks, y sus inmediaciones, yacían los cadáveres de Dionisio, Miguel y María Ana Banks, Julia Dillon, las niñas Sarita y Cecilia Banks, además del cuerpo de uno de los peones, Gaitán. El denunciante, Mateo Banks, repetía una y otra vez que Gaitán y Loiza lo habían atacado tras abatir a toda su familia.
Los irlandeses
Esta historia había comenzado hacía mucho tiempo: quizá cuando, noventa años antes, en 1832, el coronel Pedro Bustos había fundado el Azul, fuerte militar cercano a un arroyo de aguas con esa coloración. Con el tiempo, desaparecido el peligro de los malones tras la derrota de Catriel y otros caciques, el Azul, como Tandil, Olavarría, Coronel Suárez y diversos pueblos del sudoeste provincial se habían convertido en prósperos centros agrícolas. En 1922, el partido del Azul tenía 30.000 habitantes, entre los cuales se contaban fuertes colonias de inmigrantes vascos, franceses, italianos e irlandeses, como los Banks.
El padre de Mateo Banks había llegado a la Argentina en 1862, huyendo de las pestes, las guerras y la miseria del verde Erín. Se casó con otra irlandesa de apellido Keena y aquí fundó una familia que se estableció primero en Chascomús y luego en el Azul. Pero ahora, en aquel amanecer de 1922, el apellido Banks habría de convertirse, en la historia criminal argentina, en un "caso": el mayor crimen colectivo consumado por un solo hombre en 15 horas espeluznantes.
Miles y miles de azuleños indignados acompañaron hasta el cementerio los cuerpos de las víctimas. ¿Quién había tronchado de esa forma alevosa la vida de aquellos pioneros? Los siete ataúdes fueron velados en la iglesia catedral. La marea humana cargó a hombros los ataúdes. El juez de paz, el alcalde, los concejales, los hombres prominentes del pueblo, el jefe de la guarnición: todos encabezaban el duelo popular presidido por Mateo, el único Banks que quedaba en el Azul (una hermana, Catalina, había regresado a Irlanda).
El comisario Bidonde, mientras tanto, debía resolver el enigma. ¿Quién y por qué había cometido los crímenes? Las primeras batidas hallaron el cuerpo del peón Loiza, de manera que eran ocho los muertos. Todo tipo de rumores conmovían al pueblo, trayendo ecos de otras masacres de inmigrantes, como la sucedida en el Tandil, cuando los seguidores del fanático curandero y santón Tata Dios degollaron a 36 inmigrantes. Había sido un 1° de enero de 1872, casi exactamente medio siglo antes. Pero, por las dudas, todos los cerrojos y tranqueras del sur de la provincia habían sido reforzados y las armerías agotaron existencias.
Apenas cayó la tierra sobre los féretros de pino, el comisario Bidonde detuvo a Mateo Banks, en principio inculpado por la muerte de Gaitán. La prensa nacional, en especial los vespertinos de Buenos Aires La Razón, Crítica y Ultima Hora, dedicaban amplios espacios de sus ediciones al crimen.
De La Plata había llegado un investigador-estrella, el comisario Ricardo de la Cuesta, que se hizo cargo de los largos y exhaustivos interrogatorios al único testigo vivo y también principal sospechoso de los crímenes: Mateo Banks.
El chacarero se aferraba con uñas y dientes a su versión, pero pronto las contradicciones minaron su relato: el balazo que Banks alegaba haber recibido en la bota no era tal, sino un agujero hecho con un punzón; las autopsias determinaron que el calibre de las heridas correspondía al de la escopeta del sospechoso. Pero, sobre todo, se había descubierto que los Banks, ejemplo de inmigrantes triunfadores, escondían un secreto: en efecto, Miguel, Dionisio y María Ana eran prósperos, pero Mateo Banks estaba completamente arruinado.
Al cabo de tres semanas, el asesino confesó.
La condena
El juicio a Mateo Banks, acusado de ocho homicidios consumados con premeditación y alevosía, tuvo lugar en el Sport Club de Azul, habilitado como tribunal. El lugar estaba abarrotado de gente y el acusado, un hombre robusto cuya pelirroja testa y amplios bigotazos denunciaban su ascendencia irlandesa, debió ser protegido por la policía pues el público quería agredirlo. En el juicio, Mateo Banks se retractó de la confesión, que le había sido arrancada, dijo, con torturas. Pero las evidencias reunidas en la acusación del fiscal, el doctor Horacio Segovia, eran lapidarias contra Banks. La siguiente historia salió a la luz.
Mateo Banks tenía mucho prestigio en Azul, lo mismo que sus hermanos. Era socio del Jockey Club, vicecónsul de Gran Bretaña, representante para el sur de la provincia de la marca de autos Studebaker -uno de los últimos modelos de esta marca, una elegante voiturette, se lo había reservado Mateo Banks y con él se paseaba por Azul. Era un católico respetado, de los que portaban el palio en las procesiones, e integraba varias ligas de beneficencia. Su sólida posición social se consolidó al casarse con una mujer de postín, Martina Gainza, con la cual había tenido cuatro hijos. Mateo Banks y su mujer no vivían en el campo, sino en el centro de Azul, en una casa en la calle Necochea, con verja, jardín y un frente decorado.
En algún momento, Banks, quizá por su afición desmedida al juego, comenzó a perder su fortuna. "Banks, con su vida de «rico artificial», pensó que todo se arreglaría. y perdió toda noción de sentimientos humanos. No vaciló en sacrificar su apellido. Es una víctima de los vicios humanos que destruyen la dignidad, la honradez y hasta el amor de la familia." Así lo crucificaba en un artículo un diario de Azul durante el proceso.
El fiscal Segovia probó hechos incontrovertibles: en 1921, Mateo Banks había vendido su parte del condominio familiar a sus hermanos. Y pocas semanas antes del crimen, había falsificado un poder de Dionisio para venderle a un rematador de la zona varios miles de cabezas de ganado, que ya no le pertenecían. Como señala Hugo A. Hohl en su exhaustivo estudio del caso Banks Crimen y status social (1998), el criminal había cometido una estafa: en el momento en que sus hermanos lo denunciaran, no le cabía a Mateo Banks otro destino que la cárcel. Por otra parte, el crimen había sido preparado con minucia: Mateo Banks había comprado días antes en una armería de Azul cartuchos de 12 milímetros, los que utilizó. Y el mismo día de la masacre había intentado envenenar a su familia echando estricnina en el puchero, aunque, al equivocar la dosis, no produjo consecuencias: tanto Julia Dillon como María Ana y Dionisio echaron a la basura la comida, de asqueroso gusto.
Para el fiscal Segovia, Banks planeó el múltiple asesinato con total racionalidad: ¿por qué no mató a la pequeña Anita Banks? Porque la esposa de Dionisio no vivía en La Buena Suerte; estaba recluida en un manicomio. A Mateo le hubiera tocado un tercio de la herencia, compartida con la mujer de Dionisio y con la hermana de los Banks que vivía en Irlanda. No era necesaria, para este plan, la muerte de Anita. ¿Por qué ensañarse con Cecilia y con los peones? Porque eran testigos indeseables que hubieran arruinado su versión. Según Segovia, cada movimiento de Banks había sido pensado: para sorprender a Loiza y a Gaitán, hombres fuertes que le habrían opuesto resistencia, usó estratagemas. Su plan de acusar a los peones salvó a la nena María Ercilia Gaitán: no era coherente que el peón asesinara a su propia hija.
La defensa de Banks, convertido por la prensa en un monstruo social, no fue aceptada por abogado alguno. Finalmente, la asumió el joven defensor de oficio Luis Larrain, que hizo lo imposible por salvar a su cliente insistiendo en la teoría de que los dos peones eran los culpables, quizá con la complicidad de algún otro asesino ignoto. Pero Mateo Banks nunca pudo explicar la farsa del agujero en la bota izquierda.
El 3 de abril de 1923, la vista de la causa se dio por concluida. El tribunal, integrado por los doctores Lisandro Salas, Abdon Bravo Almonacid y Armando Pessagno, le cedió la palabra al acusado, que se levantó y, tras limpiar con un pañuelo sus anteojos sin aro, dijo:
-Señor presidente: mucho se ha hablado de este horrendo crimen. He pasado diez meses con el corazón y el alma desgarrados por el dolor y el sufrimiento de las injusticias de las que fui objeto. He aguantado mi dolor en silencio. en la fe de Dios y en la justicia de mis jueces. Por esta cruz (la señala al público), mi pedido es uno solo: ¡que se haga justicia!
Fue condenado a reclusión perpetua. Pocos meses antes se había abolido en la Argentina la pena de muerte. Larrain alegó vicios de forma y pidió al tribunal la nulidad del proceso. Le fue concedida. El juicio se realizó por segunda vez, pero trasladado a los tribunales de La Plata. Entonces, Mateo Banks sorprendió a todos al nombrar como abogado al penalista más caro de Buenos Aires, Antonio Palacios Zinny, una especie de Perry Mason de su época, célebre por sus exitosas defensas de casos difíciles. ¿Quién pagó sus honorarios?, se preguntaba la opinión pública. Nadie, pero el abogado sabía que el país entero estaría pendiente de su defensa, y su prestigio como defensor de causas perdidas se multiplicaría a pesar de ser Mateo Banks el prototipo del asesino irredimible. Según cuenta Roberto Tálice en su libro de memorias Cien mil ejemplares por hora, durante este segundo proceso a Banks el defensor Palacios Zinny urdió una estratagema para impresionar a los jueces. Entregó a su cliente una pastilla de cianuro, que contenía una dosis no letal. Banks debía levantarse, proclamar su inocencia e ingerir el veneno. El hábil penalista no sólo había asegurado a su cliente que ese gesto inclinaría al tribunal en su favor. También habría vendido la exclusiva al vespertino Crítica, cuyos mejores reporteros cubrían la sesión del juicio ese día. En un momento, Palacios Zinny comenzó a hacer desesperadas señas a su defendido, indicándole que se tomara la cápsula. Banks lo miraba fijamente, pero nada sucedió. Según Tálice, a último momento el asesino desconfió. El tribunal de alzada confirmó la sentencia de culpabilidad y la pena de reclusión perpetua.
En 1924, Banks fue trasladado al penal de máxima seguridad de Ushuaia, donde convivió con otros presos famosos, como Cayetano Santos Godino (el Petiso Orejudo) y Simón Radowitzky, el anarquista que había asesinado en 1909 al jefe de policía Ramón Falcón.
Durante su permanencia en Ushuaia, Mateo Banks fue un preso de conducta ejemplar. Concedió numerosas entrevistas, para las cuales el director del penal le prestaba su despacho. Hasta allí llegó un día el popular periodista Juan José de Soiza Reilly, que se fotografió junto al preso Mateo Banks vestido con el tradicional traje a rayas.
Mateo Banks recuperó la libertad en 1949. Intentó regresar a Azul, pero la repulsa social se lo impidió. Era un muerto en vida. Su nombre y sus crímenes eran tan famosos que hasta habían inspirado dos tangos: Doctor Carús, de Martín Montes de Oca, y Don Maté 8 (léase "Mateocho", ell apodo con el que lo había bautizado la prensa), con música de Domingo Cristino y letra de José Ponzio. Para sobrevivir, Mateo Banks cambió de identidad y se trasladó a Buenos Aires. Quería perderse en el anonimato de la gran ciudad. Con documentos falsos a nombre de Eduardo Morgan, alquiló una pieza sin baño en la pensión de la calle Ramón Falcón 2178, en el barrio de Flores. El mismo día de la mudanza, con una toalla y un jabón, se dirigió Mateo Banks hasta el final del pasillo, entró en el baño y cerró con llave. Se desnudó y al meterse en la bañera resbaló. El golpe en la cabeza le provocó la muerte. Tenía 77 años.
Alvaro Abos
* El autor es escritor. Publicó más de veinte libros en diversos géneros: novela, cuento, biografía, ensayo y crónica. Entre ellos, Xul Solar, pintor del misterio y Macedonio Fernández - La biografía imposible. Colabora con La Nacion y con El País, de Madrid
(El autor agradece la colaboración de Aurora Alonso de Rocha, directora del Archivo Histórico de Olavarría.)
Perfil del homicida:
Lugar de nacimiento: Provincia de Buenos Aires, 1878
Rasgos físicos: Robusto, pelirrojo, de amplios bigotes
Sus víctimas: Múltiples (entre ellas, seis miembros de su familia)
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Luego, comprobó que Dionisio estuviera muerto. Buscó un colchón y sobre él tendió el cadáver de su hermano. Esperó la noche. A las ocho, llegó en sulky el único peón que trabajaba en la chacra, un tal Juan Gaitán, que había ido al cercano pueblo de Parish para hacer una diligencia. Mientras Gaitán guardaba el sulky en el galpón, Mateo Banks, sin pronunciar una palabra, lo mató de un balazo en el pecho. Subió al sulky y se dirigió a su propio campo, El Trébol, a cinco kilómetros de La Buena Suerte. En El Trébol trabajaba un peón llamado Claudio Loiza. Mateo Banks le dijo a Loiza que Dionisio estaba enfermo y le pidió que lo acompañara a La Buena Suerte para atenderlo.
-Iré más tarde, patrón, a caballo.
-No hay tiempo. Vamos en el sulky.
El peón accedió y el sulky salió al camino. En algún punto del trayecto, Mateo Banks paró el sulky. Se había caído el rebenque y le pidió al peón que lo recogiera. Cuando Loiza bajó, Mateo Banks le disparó al cuello. Loiza cayó malherido. Mateo Banks, con parsimonia, lo remató. Escondió el cuerpo en un pajonal cercano. Volvió a El Trébol. Allí vivían otros dos hermanos: Miguel, de 49 años, junto con su esposa, Julia Dillon, y María Ana Banks, soltera, de 54. Cuando Mateo Banks llegó, Julia lo llamó para la cena, pero él se quedó en su habitación, aduciendo que no se sentía bien. A las once de la noche no quedaba nadie levantado en El Trébol. Salvo Mateo Banks. Agazapado en la oscuridad de su cuarto, esperaba para completar su raid de sangre. A las once y diez, se deslizó al patio y golpeó la ventana cerrada de María Ana. En susurros, para no despertar a los demás, Mateo Banks le dijo a su hermana que Dionisio estaba muy mal y que debían ir a La Buena Suerte para asistirlo. María Ana se cubrió con un chal y subió al sulky, que una vez más retomó el camino entre ambas chacras. En algún lugar, Mateo frenó el caballo, levantó el rifle que llevaba a sus pies y disparó a bocajarro contra María Ana. Pateó el cadáver, que quedó tirado en el camino. El sulky volvió a El Trébol. Mateo Banks llamó a la puerta de la habitación de Miguel y Julia. Julia se asomó: Mateo Banks le dijo que se sentía mal y le pidió un té. Cuando Julia apareció, le disparó al pecho.
Miguel estaba enfermo, en la cama. Sin embargo, al oír el tiro que había matado a su mujer, se levantó. Mateo Banks apareció en el vano de la puerta y le disparó a su hermano un balazo en el cuello. Quedaban vivas tres personas: Cecilia y Anita Banks, de 15 y 5 años, hijas de Miguel y Julia, y María Ercilia Gaitán, la hijita del peón, de 4 años.
Mateo Banks entró al cuarto donde dormían las tres y mató a Cecilia. Dejó el rifle, aferró a las dos niñas más pequeñas y las llevó a un cuarto vacío, que cerró con llave.
La trama
La orgía de muerte había terminado. Con la parsimonia de un autómata, Mateo Banks había exterminado a toda su familia: tres hermanos, una cuñada, dos sobrinas y dos peones; en total, ocho víctimas.
Mateo Banks recorrió el escenario como un artista que revisa minuciosamente su obra. Inclinándose sobre los muertos, les tomó el pulso para asegurarse de que no hubiera quedado en ellos ni un hálito de vida; los acomodó, los tapó con mantas. Volvió a subir al sulky, regresó a La Buena Suerte, donde se aseguró de que Dionisio estuviera muerto, y se asomó al pozo para comprobar que seguía allí el cadáver de Sarita.
Eran las cuatro de la mañana del 19 de abril. Bajo la lóbrega luz lunar, Mateo Banks se dirigió al pueblo. El sulky se detuvo ante la casa del médico de la familia, el doctor Rafael Marquestau. Mateo Banks golpeó a la puerta.
Luego de largos minutos, se entreabrió una ventana:
-¿Quién es?
-Soy Mateo Banks. Quiero hablar con el doctor. ¡Algo terrible ha pasado!
El médico, que conocía bien al chacarero, lo encontró dominado por la ansiedad:
-¡Acabo de matar a Gaitán! -le dijo Mateo Banks entre sollozos-. ¡Pasa algo que no tiene nombre! ¡Han asesinado a toda mi familia! ¡Les dispararon! Los muertos están allí; he pasado toda la noche con ellos. Los he cubierto con mantas. Loiza me disparó al pie y luego huyó.
El médico se vistió con prisa. Corrió al sulky. Junto con Mateo Banks se dirigieron a las chacras, donde la luz del nuevo día ya iluminaba el horror.
-Hay que avisarle a Carús -le dijo Mateo Banks al médico. Antonio Carús era un abogado y político conservador, caudillo del pueblo. Pero Marquestau insistió en que fueran a la policía.
El comisario Luis Bidonde jamás hubiera imaginado que la mañana del 19 de abril la tragedia llegase de esa forma al pueblo de Azul. ¿Acaso el diablo mismo había aparecido en aquel lugar pacífico de la llanura bonaerense? La policía descubrió un escenario que horrorizaría al país: en La Buena Suerte y El Trébol, las fincas de la prominente familia Banks, y sus inmediaciones, yacían los cadáveres de Dionisio, Miguel y María Ana Banks, Julia Dillon, las niñas Sarita y Cecilia Banks, además del cuerpo de uno de los peones, Gaitán. El denunciante, Mateo Banks, repetía una y otra vez que Gaitán y Loiza lo habían atacado tras abatir a toda su familia.
Los irlandeses
Esta historia había comenzado hacía mucho tiempo: quizá cuando, noventa años antes, en 1832, el coronel Pedro Bustos había fundado el Azul, fuerte militar cercano a un arroyo de aguas con esa coloración. Con el tiempo, desaparecido el peligro de los malones tras la derrota de Catriel y otros caciques, el Azul, como Tandil, Olavarría, Coronel Suárez y diversos pueblos del sudoeste provincial se habían convertido en prósperos centros agrícolas. En 1922, el partido del Azul tenía 30.000 habitantes, entre los cuales se contaban fuertes colonias de inmigrantes vascos, franceses, italianos e irlandeses, como los Banks.
El padre de Mateo Banks había llegado a la Argentina en 1862, huyendo de las pestes, las guerras y la miseria del verde Erín. Se casó con otra irlandesa de apellido Keena y aquí fundó una familia que se estableció primero en Chascomús y luego en el Azul. Pero ahora, en aquel amanecer de 1922, el apellido Banks habría de convertirse, en la historia criminal argentina, en un "caso": el mayor crimen colectivo consumado por un solo hombre en 15 horas espeluznantes.
Miles y miles de azuleños indignados acompañaron hasta el cementerio los cuerpos de las víctimas. ¿Quién había tronchado de esa forma alevosa la vida de aquellos pioneros? Los siete ataúdes fueron velados en la iglesia catedral. La marea humana cargó a hombros los ataúdes. El juez de paz, el alcalde, los concejales, los hombres prominentes del pueblo, el jefe de la guarnición: todos encabezaban el duelo popular presidido por Mateo, el único Banks que quedaba en el Azul (una hermana, Catalina, había regresado a Irlanda).
El comisario Bidonde, mientras tanto, debía resolver el enigma. ¿Quién y por qué había cometido los crímenes? Las primeras batidas hallaron el cuerpo del peón Loiza, de manera que eran ocho los muertos. Todo tipo de rumores conmovían al pueblo, trayendo ecos de otras masacres de inmigrantes, como la sucedida en el Tandil, cuando los seguidores del fanático curandero y santón Tata Dios degollaron a 36 inmigrantes. Había sido un 1° de enero de 1872, casi exactamente medio siglo antes. Pero, por las dudas, todos los cerrojos y tranqueras del sur de la provincia habían sido reforzados y las armerías agotaron existencias.
Apenas cayó la tierra sobre los féretros de pino, el comisario Bidonde detuvo a Mateo Banks, en principio inculpado por la muerte de Gaitán. La prensa nacional, en especial los vespertinos de Buenos Aires La Razón, Crítica y Ultima Hora, dedicaban amplios espacios de sus ediciones al crimen.
De La Plata había llegado un investigador-estrella, el comisario Ricardo de la Cuesta, que se hizo cargo de los largos y exhaustivos interrogatorios al único testigo vivo y también principal sospechoso de los crímenes: Mateo Banks.
El chacarero se aferraba con uñas y dientes a su versión, pero pronto las contradicciones minaron su relato: el balazo que Banks alegaba haber recibido en la bota no era tal, sino un agujero hecho con un punzón; las autopsias determinaron que el calibre de las heridas correspondía al de la escopeta del sospechoso. Pero, sobre todo, se había descubierto que los Banks, ejemplo de inmigrantes triunfadores, escondían un secreto: en efecto, Miguel, Dionisio y María Ana eran prósperos, pero Mateo Banks estaba completamente arruinado.
Al cabo de tres semanas, el asesino confesó.
La condena
El juicio a Mateo Banks, acusado de ocho homicidios consumados con premeditación y alevosía, tuvo lugar en el Sport Club de Azul, habilitado como tribunal. El lugar estaba abarrotado de gente y el acusado, un hombre robusto cuya pelirroja testa y amplios bigotazos denunciaban su ascendencia irlandesa, debió ser protegido por la policía pues el público quería agredirlo. En el juicio, Mateo Banks se retractó de la confesión, que le había sido arrancada, dijo, con torturas. Pero las evidencias reunidas en la acusación del fiscal, el doctor Horacio Segovia, eran lapidarias contra Banks. La siguiente historia salió a la luz.
Mateo Banks tenía mucho prestigio en Azul, lo mismo que sus hermanos. Era socio del Jockey Club, vicecónsul de Gran Bretaña, representante para el sur de la provincia de la marca de autos Studebaker -uno de los últimos modelos de esta marca, una elegante voiturette, se lo había reservado Mateo Banks y con él se paseaba por Azul. Era un católico respetado, de los que portaban el palio en las procesiones, e integraba varias ligas de beneficencia. Su sólida posición social se consolidó al casarse con una mujer de postín, Martina Gainza, con la cual había tenido cuatro hijos. Mateo Banks y su mujer no vivían en el campo, sino en el centro de Azul, en una casa en la calle Necochea, con verja, jardín y un frente decorado.
En algún momento, Banks, quizá por su afición desmedida al juego, comenzó a perder su fortuna. "Banks, con su vida de «rico artificial», pensó que todo se arreglaría. y perdió toda noción de sentimientos humanos. No vaciló en sacrificar su apellido. Es una víctima de los vicios humanos que destruyen la dignidad, la honradez y hasta el amor de la familia." Así lo crucificaba en un artículo un diario de Azul durante el proceso.
El fiscal Segovia probó hechos incontrovertibles: en 1921, Mateo Banks había vendido su parte del condominio familiar a sus hermanos. Y pocas semanas antes del crimen, había falsificado un poder de Dionisio para venderle a un rematador de la zona varios miles de cabezas de ganado, que ya no le pertenecían. Como señala Hugo A. Hohl en su exhaustivo estudio del caso Banks Crimen y status social (1998), el criminal había cometido una estafa: en el momento en que sus hermanos lo denunciaran, no le cabía a Mateo Banks otro destino que la cárcel. Por otra parte, el crimen había sido preparado con minucia: Mateo Banks había comprado días antes en una armería de Azul cartuchos de 12 milímetros, los que utilizó. Y el mismo día de la masacre había intentado envenenar a su familia echando estricnina en el puchero, aunque, al equivocar la dosis, no produjo consecuencias: tanto Julia Dillon como María Ana y Dionisio echaron a la basura la comida, de asqueroso gusto.
Para el fiscal Segovia, Banks planeó el múltiple asesinato con total racionalidad: ¿por qué no mató a la pequeña Anita Banks? Porque la esposa de Dionisio no vivía en La Buena Suerte; estaba recluida en un manicomio. A Mateo le hubiera tocado un tercio de la herencia, compartida con la mujer de Dionisio y con la hermana de los Banks que vivía en Irlanda. No era necesaria, para este plan, la muerte de Anita. ¿Por qué ensañarse con Cecilia y con los peones? Porque eran testigos indeseables que hubieran arruinado su versión. Según Segovia, cada movimiento de Banks había sido pensado: para sorprender a Loiza y a Gaitán, hombres fuertes que le habrían opuesto resistencia, usó estratagemas. Su plan de acusar a los peones salvó a la nena María Ercilia Gaitán: no era coherente que el peón asesinara a su propia hija.
La defensa de Banks, convertido por la prensa en un monstruo social, no fue aceptada por abogado alguno. Finalmente, la asumió el joven defensor de oficio Luis Larrain, que hizo lo imposible por salvar a su cliente insistiendo en la teoría de que los dos peones eran los culpables, quizá con la complicidad de algún otro asesino ignoto. Pero Mateo Banks nunca pudo explicar la farsa del agujero en la bota izquierda.
El 3 de abril de 1923, la vista de la causa se dio por concluida. El tribunal, integrado por los doctores Lisandro Salas, Abdon Bravo Almonacid y Armando Pessagno, le cedió la palabra al acusado, que se levantó y, tras limpiar con un pañuelo sus anteojos sin aro, dijo:
-Señor presidente: mucho se ha hablado de este horrendo crimen. He pasado diez meses con el corazón y el alma desgarrados por el dolor y el sufrimiento de las injusticias de las que fui objeto. He aguantado mi dolor en silencio. en la fe de Dios y en la justicia de mis jueces. Por esta cruz (la señala al público), mi pedido es uno solo: ¡que se haga justicia!
Fue condenado a reclusión perpetua. Pocos meses antes se había abolido en la Argentina la pena de muerte. Larrain alegó vicios de forma y pidió al tribunal la nulidad del proceso. Le fue concedida. El juicio se realizó por segunda vez, pero trasladado a los tribunales de La Plata. Entonces, Mateo Banks sorprendió a todos al nombrar como abogado al penalista más caro de Buenos Aires, Antonio Palacios Zinny, una especie de Perry Mason de su época, célebre por sus exitosas defensas de casos difíciles. ¿Quién pagó sus honorarios?, se preguntaba la opinión pública. Nadie, pero el abogado sabía que el país entero estaría pendiente de su defensa, y su prestigio como defensor de causas perdidas se multiplicaría a pesar de ser Mateo Banks el prototipo del asesino irredimible. Según cuenta Roberto Tálice en su libro de memorias Cien mil ejemplares por hora, durante este segundo proceso a Banks el defensor Palacios Zinny urdió una estratagema para impresionar a los jueces. Entregó a su cliente una pastilla de cianuro, que contenía una dosis no letal. Banks debía levantarse, proclamar su inocencia e ingerir el veneno. El hábil penalista no sólo había asegurado a su cliente que ese gesto inclinaría al tribunal en su favor. También habría vendido la exclusiva al vespertino Crítica, cuyos mejores reporteros cubrían la sesión del juicio ese día. En un momento, Palacios Zinny comenzó a hacer desesperadas señas a su defendido, indicándole que se tomara la cápsula. Banks lo miraba fijamente, pero nada sucedió. Según Tálice, a último momento el asesino desconfió. El tribunal de alzada confirmó la sentencia de culpabilidad y la pena de reclusión perpetua.
En 1924, Banks fue trasladado al penal de máxima seguridad de Ushuaia, donde convivió con otros presos famosos, como Cayetano Santos Godino (el Petiso Orejudo) y Simón Radowitzky, el anarquista que había asesinado en 1909 al jefe de policía Ramón Falcón.
Durante su permanencia en Ushuaia, Mateo Banks fue un preso de conducta ejemplar. Concedió numerosas entrevistas, para las cuales el director del penal le prestaba su despacho. Hasta allí llegó un día el popular periodista Juan José de Soiza Reilly, que se fotografió junto al preso Mateo Banks vestido con el tradicional traje a rayas.
Mateo Banks recuperó la libertad en 1949. Intentó regresar a Azul, pero la repulsa social se lo impidió. Era un muerto en vida. Su nombre y sus crímenes eran tan famosos que hasta habían inspirado dos tangos: Doctor Carús, de Martín Montes de Oca, y Don Maté 8 (léase "Mateocho", ell apodo con el que lo había bautizado la prensa), con música de Domingo Cristino y letra de José Ponzio. Para sobrevivir, Mateo Banks cambió de identidad y se trasladó a Buenos Aires. Quería perderse en el anonimato de la gran ciudad. Con documentos falsos a nombre de Eduardo Morgan, alquiló una pieza sin baño en la pensión de la calle Ramón Falcón 2178, en el barrio de Flores. El mismo día de la mudanza, con una toalla y un jabón, se dirigió Mateo Banks hasta el final del pasillo, entró en el baño y cerró con llave. Se desnudó y al meterse en la bañera resbaló. El golpe en la cabeza le provocó la muerte. Tenía 77 años.
Alvaro Abos
* El autor es escritor. Publicó más de veinte libros en diversos géneros: novela, cuento, biografía, ensayo y crónica. Entre ellos, Xul Solar, pintor del misterio y Macedonio Fernández - La biografía imposible. Colabora con La Nacion y con El País, de Madrid
(El autor agradece la colaboración de Aurora Alonso de Rocha, directora del Archivo Histórico de Olavarría.)
Perfil del homicida:
Lugar de nacimiento: Provincia de Buenos Aires, 1878
Rasgos físicos: Robusto, pelirrojo, de amplios bigotes
Sus víctimas: Múltiples (entre ellas, seis miembros de su familia)
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“Mi Lucha”, versión andina
Ollanta Humala aparece en las encuestas para la elección peruana de abril. Coronel, frustrado golpista y también frustrado foquista, Ollanta se presenta como un Evo Morales peruano o como un Hugo Chávez andino. Pero sus antecedentes ideológicos, su militancia, su organizado movimiento de militantes de camisa negra dice abiertamente que el palo del coronel es otro. Junto a su hermano, el mayor de Ejército Antauro, es un discípulo fiel de su padre, que llegó a conclusiones sobre raza y cultura muy alejadas del indigenismo de Morales. Donde el presidente boliviano habla de un pueblo originario robado y ultrajado que pelea por recuperar sus derechos y su tierra, los Humala hablan más a la alemana y le dicen al mundo que la identidad es la sangre, que el verdadero peruano es “el indio y el cholo”, que el blanco es un fracasado, un peruano a medias, un indeseable que debería irse para que las cosas finalmente mejoren. Esta receta de obermenschen y untermenschen, tomada del tal Adolf, incluyó hasta un putsch en un pueblito andino que no tiene cervecería, que terminó con siete muertos, los hermanos arrestados y con el requerido status de mártires.
Ollanta y Antauro Humala son los líderes del Movimiento Nacionalista Peruano, cuyo fan number one en la Argentina es el pequeño führer Alejandro Biondini y cuya insignia es un cóndor de alas desplegadas sobre una “cruz incaica”, todo calcado de la insignia militar de la Wehrmacht 1933-1945. Nadie niega que los hermanos Humala son capacísimos e inteligentes. Alberto Fujimori y su siniestro superministro Vladimir Montesinos aprendieron a temerles por su capacidad de movilizar a militares de bajo rango y mucha queja. El post-fujimorismo intentó comprarlos o al menos sacarlos de escena con empleos bien pagos, como el de agregado militar en Corea. El parecido con el carapintadismo argentino no es casual: el Movimiento Nacionalista Peruano cita el fracaso de Raúl Alfonsín como “prueba” de con democracia “ni se come, ni se educa, ni se cura”. Pero los Humala encontraron una carta de triunfo que les permitió llegar mucho más allá que nuestros Rico o Seineldín: el racismo invertido. Su doctrina antisistema, anticapitalista y antiburguesa –que ya hizo que más de un periodista chambón los salude como “telúricos” y progres– descansa sobre un concepto de sangre, suelo y lengua, corporativo y mesiánico, que cualquier alemán memorioso reconocería al instante. Con esto construyeron un movimiento y consiguieron figurar en las encuestas electorales.
La doctrina nacionalista de los Humala plantea la superioridad del peruano indígena, “el cholo y el indio”. Los peruanos, los bolivianos y los indígenas, “andinos, selváticos o costeños” –toque muy peruano éste de dirigirse a todos los grupos provincianos, que se cargan y desconfían entre sí– eran realmente felices, prósperos y bien gobernados cuando vivían bajo la mano blanda e iluminada del Inca. Luego llegaron los blancos españoles, que fracasaron como colonialistas, los blancos criollos, que fracasaron como república independiente, y los blancos “de primera generación”, descendientes de los inmigrantes modernos, que fracasaron como capitalistas. El blanco es un fracasado, dicen los Humala, su cultura no sirve, sus ideas son perversas y opresivas.
La raza superior
Los seguidores del MNP se definen como etnocaceristas. Lo de etno viene de esta idea racialista, en la que el color de la piel es lo que realmente explica a la gente y a las naciones. El cacerismo viene de un general Cáceres que le hizo la guerrilla a los ocupantes chilenos en tiempos de la guerra del Pacífico y luego fue presidente. El etnocacerismo plantea una peculiar historia del país, en la que el Perú aparece como una tierra particularmente difícil de domesticar. Según los textos ideológicos del Movimiento Nacionalista Peruano, hubo siete grandes civilizaciones antiguas, todas formadas “en los lugares más propicios del Planeta” (los etnocaceristas comparten el vicio neonazi de la mayúscula indiscriminada). Todas tenían amables deltas fluviales o lagos apacibles, excepto la civilización Inca, nacida “en un páramo” a miles de metro de altura, con agricultura difícil y en terrazas.
Esta dureza hizo del peruano temprano un ser superior, que aprendió a “domesticar el hielo, a transformar la papa en chuño y la carne en charqui, capital alimenticio acumulable para la manutención de masas de miles y decenas de miles en las construcciones colosales y la expansión civilizadora.” Esta “raza de Manco Cápac y Mama Ocllo” domesticó “todas las plantas y todos los animales” y “ejecutó todas las construcciones necesarias”, incluyendo lo que grandiosamente se define como “la obra de ingeniería más colosal del humano de la Edad del Bronce”, que consiste en las miles de paredes que sostienen las terrazas cultivables en todo el país. Un toque moderno es aclarar que esta gesta fue ecológica: los Incas no alteraban el medio ambiente, por lo que obviamente “actuaban dentro de los límites de la ciencia empírica”.
Por supuesto, explican estos nacionalistas peruanos, los Incas eran superiores porque rechazaban el individualismo, tan burgués y libertario él. Ellos se organizaban “en base a la familia y no al individuo. Familia:Fraternidad:Colectividad. Individuo:Egoísmo:Autismo social.” También eran profundamente éticos, de hecho, fueron “los inventores de la Eticocracia”. En esta fantasía, se toma uno de los títulos del Inca, el de Jollana, y se lo toma como el rábano del refrán: jollana quiere decir “el mejor” y en lugar de entendérselo como un típico halago al monarca –“graciosa majestad” para una reina gorda, “alteza serenísima” para un histérico pelón– se deduce que el Inca era “elegido” por ser el mejor para el cargo. “El incario fue régimen de los jollanas, es decir la Eticocracia. Eticocracia alcanzable únicamente en la sociedad cimentada en la familia, cuantitativamente superior a la Democracia. En la Eticocracia elige la Naturaleza, su elegido es el mejor por naturaleza y educación. En la Democracia elige el individuo corrientemente ingenuo o negligente.”
Palabra más, palabra menos, es la teoría hitleriana del führer, el líder cuyo mandato es inmanente, “natural”, proveniente del subsuelo de la identidad de un pueblo y que no necesita votaciones. Lo que hubo que cambiar son los viejos bosques de la Germania bárbara por las duras montañas del Inkari.
Esta Epopeya peruana, tan ética y superior a la democracia blanca, acabó con la llegada de los europeos. Los cuarenta años que tomó someter al Perú son, bajo esta luz, “principalmente matanza de Amautas (científicos, filósofos) y de Auquis (ingenieros, tecnólogos) sacrificados en la hoguera como hechiceros y herejes. Esto quiere decir que la cabeza del Incario fue operada. La memoria de la raza cobriza fue objeto de cirugía en México y Perú.” Pese a las prohibiciones y la aculturación, los peruanos de este mito resistieron y no quedaron “descerebrados” como los mexicanos, que ya “no añoran sus emperadores”. En cambio, entre peruanos “Inca es sinónimo de arquetipo de estadista y de hombre de virtud.”
¿Qué hicieron los blancos con el Perú? Trasplantar cosas inútiles y desagradables, como animales y plantas, la Edad del Hierro, la esclavitud, el feudalismo, el capitalismo y el globalismo neoliberal, la monarquía, la república, la dictadura, el protectorado y la democracia, el alfabeto y la tecnología, los organismos de crédito internacional y la ONU, todo “para extranjerizar el Perú”. El resultado de estos cinco siglos “está a la vista, ¡un desastre total!”
Blancos fracasados
Es decir, los extranjeros han fracasado. Primero los españoles, que tuvieron 292 años de dominio y dejaron un desastre. Luego “sus hijos, españoles del Perú, apodados criollos”, que mal gobernaron 170 años, pero perdieron en 1990 (cuando asume Alberto Fujimori) ante un grupo taimado y pérfido, “los neocriollos y los extranjeros con DNI”. Este es el verdadero enemigo del nacionalista “indio y cholo” del Perú: “Los neocriollos son hijos y nietos de inmigrantes de potencias industriales, llegados con y tras Lord Cochrane y San Martín desde 1820, que moran organizados en colonias manteniendo su nacionalidad e idioma a cuyo fin cuentan con sus propios colegios, templos, clubes, prensa, cámaras de comercio, bancos, actuando bajo la supervisión de sus embajadas.” Estos pérfidos semiextranjeros ni siquieran se quieren hacer ciudadanos y tienen el famoso DNI sólo porque “es el Perú que ingenuamente los regala”. De hecho, los neocriollos están en el Perú “por negocio” y en 1990 tomaron el poder por “la fatiga política de la casta criolla” y la presión neocolonialista internacional. Desde hace 15 años, este grupo siniestro “vive vendiendo el Perú, que para ellos no es Patria sino patrimonio”.
Por suerte están los indígenas para reconquistar el paraíso. Explican los nacionalistas étnicos peruanos que “la especie humana es por Naturaleza de cuatro variedades, razas o etnias troncales: Negra, Blanca, Amarilla y Cobriza”. Esta última fue victimizada en el siglo XVI, “descerebrada” en los países andinos y en México, “exterminada en el resto de América” (lo que seguramente será una sorpresa para, por ejemplo, buena parte de los paraguayos y los brasileños). Este truchísimo planteo –que deliberadamente confunde términos como raza y etnia– implica que a los indígenas americanos les va hasta peor que a los francamente apaleados africanos subsaharianos: al menos los presidentes africanos son negros, como sus pueblos.
Como la raza cobriza mexicana ya se olvidó de sus emperadores, la esperanza está en la peruana, cuyo retorno al poder “es un hecho de doble trascendencia, tanto para lo cobrizo como para la Especie humana misma.” Para los indígenas, la inminente revolución étnica peruana hará que los “cobrizos” reinvindiquen su lugar ante las otras razas. “El Gran Perú se perfila inexorable a ser a la Nación y la Patria de todos los cobrizos, incaicos y no incaicos, de aquende y de allende nuestras fronteras geográficas. Una gran Nación Mundial”. Negros, blancos y amarillos tienen el deber de admitir esta revolución, ya que ahora hay “de hecho, tres razas” y no cuatro, lo que altera el equilibrio natural de la humanidad. El etnonacionalismo se define, pomposamente, como “Ecología de categoría suprema”, ya que busca salvar ya no una planta o un animal, sino toda una variante “fundamental de la misma especie humana.”
Las células
Toda revolución, se sabe, necesita un partido y la cobriza no es la excepción. “Manco Cápac y Mama Ocllo han desplazado del corazón de los pueblos de Bolivia, Ecuador y Perú a sus hasta hace poco inspiradores Marx, Lenin y Mao. No es sino Manco Cápac el artífice de la política y la historia en el mundo andino de nuestro tiempo.” El instrumento de Manco está formado por dos tipos de células, los núcleos y los batallones. Un núcleo arranca con tres personas cuyo deber es cotizar al partido, realizar tareas de agitación y propaganda, y trabajo social en “el barrio, aldea, centro de trabajo, de estudio o instituciones”. El batallón es francamente militar o paramilitar. Su origen son “los partícipes de la Rebelión Militar de octubre de 2000 del Teniente Coronel Ollanta Humala”, que anclan “su raíz en el Ejército Incario creador de Gran Cultura y estructurador de Gran Imperio”. Como ya se sabe, estos carapintadas no reinvindican la tradición de San Martín, introductor de “neocriollos”, sino de generales como Calcuchimac, que resistió a Pizarro. Pese a su nombre, un batallón puede arrancar “con sólo seis patriotas” pero debe actuar “siempre como cuerpo”. Entre sus tareas está la de vender la revista Ollanta –pero sin “descender a mero canillita”– y “dominar nuestro mapa demográfico-vial” para cualquier movilización.
La tarea de estos núcleos y batallones no es buscar “un cambio de gobierno, de persona ni de cara, sino de Estado”. Para eso hay que estar dispuesto “a morir de pie” y no mostrarle “ni piedad a los traidores.” El típico militante –los “Humala boys”, como los bautizaron en Perú– usa un kepí y pantalones de fajina militares, borceguíes y una remera negra con el logo del partido. En ocasiones especiales, como cuando los visita Ollanta, los militantes usan un sombrero tipo ranger, con una coqueta banda tejida indígena. Para los 4.400 militantes full time y rentados que afirma tener el partido, el enemigo es un “culito blanco” que adora al subcomandante Marcos porque “es un payaso que manipula a los indígenas” y, por supuesto, tiene también el traste pálido. Entre los blancos se destacan particularmente los de la “izquierda rosada”, que son “los nietos degenerados de la vieja oligarquía que terminaron de marxistas”.
El Santo Grial de los etnocaceristas es reunificar a “las tres repúblicas incaicas, Bolivia, Ecuador y Perú” en una especie de República Arabe Unida al uso nostro. Hasta convencer a los vecinos, la táctica será fundar una Segunda República peruana nomás, que elimine horrores como las elecciones. Este objetivo puede cumplirse carapintádicamente con un “golpe de masas” o por el voto. Luego, “en base al genético talento del hombre andino en el manejo de los recursos naturales y la creación cultural, elevar al Perú de su retraso y menoscabo actuales a la categoría de país desarrollado”.
Como ser loco es mucho trabajo, la mayoría de los peruanos sigue mostrando una perfecta indiferencia a estas plataformas. Pero uno de los dogmas básicos de la derecha revolucionaria es que hay que aprovechar las crisis del sistema para crecer y hacerse del poder. Los hermanos Humala hicieron su putsch en la comisaría andina –se atrincheraron en un pueblito, tuvieron un buen tiroteo con muertos, se rindieron– y no les fue mal: para una mayoría de peruanos no cometieron un delito sino una acción política por la que no deberían ser castigados. El desprestigio de la política en Perú es tan abismal, que nadie está dispuesto a defender su anómica democracia y su muy impopular gobierno.
En los años veinte, Alemania estaba igual. Acosada, arrasada, desprestigiada, sin salida política, con memorias muy recientes de gloria y el ardor de la humillación en manos extranjeras. En el caldo gordo de la política marginal hubo un tal Hitler que conformó un discurso exitoso: revolución nacionalista y antisistema, refundación de la nación, destrucción del régimen y su democracia. La nueva bandera era Sangre, Suelo y Lengua, el volkismo que definía al alemán por una esencia inmanente, inmutable y eterna que siempre está en peligro de diluirse, mancharse, corromperse.
La receta fue ensayada una y otra vez en muchos países, casi siempre sin éxito. El volkismo parece haber encontrado un hogar inesperado en el Perú, como etnocacerismo, un nacionalismo racialista que tiene buenas encuestas de intención de voto.
Sergio Kiernan
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Ollanta y Antauro Humala son los líderes del Movimiento Nacionalista Peruano, cuyo fan number one en la Argentina es el pequeño führer Alejandro Biondini y cuya insignia es un cóndor de alas desplegadas sobre una “cruz incaica”, todo calcado de la insignia militar de la Wehrmacht 1933-1945. Nadie niega que los hermanos Humala son capacísimos e inteligentes. Alberto Fujimori y su siniestro superministro Vladimir Montesinos aprendieron a temerles por su capacidad de movilizar a militares de bajo rango y mucha queja. El post-fujimorismo intentó comprarlos o al menos sacarlos de escena con empleos bien pagos, como el de agregado militar en Corea. El parecido con el carapintadismo argentino no es casual: el Movimiento Nacionalista Peruano cita el fracaso de Raúl Alfonsín como “prueba” de con democracia “ni se come, ni se educa, ni se cura”. Pero los Humala encontraron una carta de triunfo que les permitió llegar mucho más allá que nuestros Rico o Seineldín: el racismo invertido. Su doctrina antisistema, anticapitalista y antiburguesa –que ya hizo que más de un periodista chambón los salude como “telúricos” y progres– descansa sobre un concepto de sangre, suelo y lengua, corporativo y mesiánico, que cualquier alemán memorioso reconocería al instante. Con esto construyeron un movimiento y consiguieron figurar en las encuestas electorales.
La doctrina nacionalista de los Humala plantea la superioridad del peruano indígena, “el cholo y el indio”. Los peruanos, los bolivianos y los indígenas, “andinos, selváticos o costeños” –toque muy peruano éste de dirigirse a todos los grupos provincianos, que se cargan y desconfían entre sí– eran realmente felices, prósperos y bien gobernados cuando vivían bajo la mano blanda e iluminada del Inca. Luego llegaron los blancos españoles, que fracasaron como colonialistas, los blancos criollos, que fracasaron como república independiente, y los blancos “de primera generación”, descendientes de los inmigrantes modernos, que fracasaron como capitalistas. El blanco es un fracasado, dicen los Humala, su cultura no sirve, sus ideas son perversas y opresivas.
La raza superior
Los seguidores del MNP se definen como etnocaceristas. Lo de etno viene de esta idea racialista, en la que el color de la piel es lo que realmente explica a la gente y a las naciones. El cacerismo viene de un general Cáceres que le hizo la guerrilla a los ocupantes chilenos en tiempos de la guerra del Pacífico y luego fue presidente. El etnocacerismo plantea una peculiar historia del país, en la que el Perú aparece como una tierra particularmente difícil de domesticar. Según los textos ideológicos del Movimiento Nacionalista Peruano, hubo siete grandes civilizaciones antiguas, todas formadas “en los lugares más propicios del Planeta” (los etnocaceristas comparten el vicio neonazi de la mayúscula indiscriminada). Todas tenían amables deltas fluviales o lagos apacibles, excepto la civilización Inca, nacida “en un páramo” a miles de metro de altura, con agricultura difícil y en terrazas.
Esta dureza hizo del peruano temprano un ser superior, que aprendió a “domesticar el hielo, a transformar la papa en chuño y la carne en charqui, capital alimenticio acumulable para la manutención de masas de miles y decenas de miles en las construcciones colosales y la expansión civilizadora.” Esta “raza de Manco Cápac y Mama Ocllo” domesticó “todas las plantas y todos los animales” y “ejecutó todas las construcciones necesarias”, incluyendo lo que grandiosamente se define como “la obra de ingeniería más colosal del humano de la Edad del Bronce”, que consiste en las miles de paredes que sostienen las terrazas cultivables en todo el país. Un toque moderno es aclarar que esta gesta fue ecológica: los Incas no alteraban el medio ambiente, por lo que obviamente “actuaban dentro de los límites de la ciencia empírica”.
Por supuesto, explican estos nacionalistas peruanos, los Incas eran superiores porque rechazaban el individualismo, tan burgués y libertario él. Ellos se organizaban “en base a la familia y no al individuo. Familia:Fraternidad:Colectividad. Individuo:Egoísmo:Autismo social.” También eran profundamente éticos, de hecho, fueron “los inventores de la Eticocracia”. En esta fantasía, se toma uno de los títulos del Inca, el de Jollana, y se lo toma como el rábano del refrán: jollana quiere decir “el mejor” y en lugar de entendérselo como un típico halago al monarca –“graciosa majestad” para una reina gorda, “alteza serenísima” para un histérico pelón– se deduce que el Inca era “elegido” por ser el mejor para el cargo. “El incario fue régimen de los jollanas, es decir la Eticocracia. Eticocracia alcanzable únicamente en la sociedad cimentada en la familia, cuantitativamente superior a la Democracia. En la Eticocracia elige la Naturaleza, su elegido es el mejor por naturaleza y educación. En la Democracia elige el individuo corrientemente ingenuo o negligente.”
Palabra más, palabra menos, es la teoría hitleriana del führer, el líder cuyo mandato es inmanente, “natural”, proveniente del subsuelo de la identidad de un pueblo y que no necesita votaciones. Lo que hubo que cambiar son los viejos bosques de la Germania bárbara por las duras montañas del Inkari.
Esta Epopeya peruana, tan ética y superior a la democracia blanca, acabó con la llegada de los europeos. Los cuarenta años que tomó someter al Perú son, bajo esta luz, “principalmente matanza de Amautas (científicos, filósofos) y de Auquis (ingenieros, tecnólogos) sacrificados en la hoguera como hechiceros y herejes. Esto quiere decir que la cabeza del Incario fue operada. La memoria de la raza cobriza fue objeto de cirugía en México y Perú.” Pese a las prohibiciones y la aculturación, los peruanos de este mito resistieron y no quedaron “descerebrados” como los mexicanos, que ya “no añoran sus emperadores”. En cambio, entre peruanos “Inca es sinónimo de arquetipo de estadista y de hombre de virtud.”
¿Qué hicieron los blancos con el Perú? Trasplantar cosas inútiles y desagradables, como animales y plantas, la Edad del Hierro, la esclavitud, el feudalismo, el capitalismo y el globalismo neoliberal, la monarquía, la república, la dictadura, el protectorado y la democracia, el alfabeto y la tecnología, los organismos de crédito internacional y la ONU, todo “para extranjerizar el Perú”. El resultado de estos cinco siglos “está a la vista, ¡un desastre total!”
Blancos fracasados
Es decir, los extranjeros han fracasado. Primero los españoles, que tuvieron 292 años de dominio y dejaron un desastre. Luego “sus hijos, españoles del Perú, apodados criollos”, que mal gobernaron 170 años, pero perdieron en 1990 (cuando asume Alberto Fujimori) ante un grupo taimado y pérfido, “los neocriollos y los extranjeros con DNI”. Este es el verdadero enemigo del nacionalista “indio y cholo” del Perú: “Los neocriollos son hijos y nietos de inmigrantes de potencias industriales, llegados con y tras Lord Cochrane y San Martín desde 1820, que moran organizados en colonias manteniendo su nacionalidad e idioma a cuyo fin cuentan con sus propios colegios, templos, clubes, prensa, cámaras de comercio, bancos, actuando bajo la supervisión de sus embajadas.” Estos pérfidos semiextranjeros ni siquieran se quieren hacer ciudadanos y tienen el famoso DNI sólo porque “es el Perú que ingenuamente los regala”. De hecho, los neocriollos están en el Perú “por negocio” y en 1990 tomaron el poder por “la fatiga política de la casta criolla” y la presión neocolonialista internacional. Desde hace 15 años, este grupo siniestro “vive vendiendo el Perú, que para ellos no es Patria sino patrimonio”.
Por suerte están los indígenas para reconquistar el paraíso. Explican los nacionalistas étnicos peruanos que “la especie humana es por Naturaleza de cuatro variedades, razas o etnias troncales: Negra, Blanca, Amarilla y Cobriza”. Esta última fue victimizada en el siglo XVI, “descerebrada” en los países andinos y en México, “exterminada en el resto de América” (lo que seguramente será una sorpresa para, por ejemplo, buena parte de los paraguayos y los brasileños). Este truchísimo planteo –que deliberadamente confunde términos como raza y etnia– implica que a los indígenas americanos les va hasta peor que a los francamente apaleados africanos subsaharianos: al menos los presidentes africanos son negros, como sus pueblos.
Como la raza cobriza mexicana ya se olvidó de sus emperadores, la esperanza está en la peruana, cuyo retorno al poder “es un hecho de doble trascendencia, tanto para lo cobrizo como para la Especie humana misma.” Para los indígenas, la inminente revolución étnica peruana hará que los “cobrizos” reinvindiquen su lugar ante las otras razas. “El Gran Perú se perfila inexorable a ser a la Nación y la Patria de todos los cobrizos, incaicos y no incaicos, de aquende y de allende nuestras fronteras geográficas. Una gran Nación Mundial”. Negros, blancos y amarillos tienen el deber de admitir esta revolución, ya que ahora hay “de hecho, tres razas” y no cuatro, lo que altera el equilibrio natural de la humanidad. El etnonacionalismo se define, pomposamente, como “Ecología de categoría suprema”, ya que busca salvar ya no una planta o un animal, sino toda una variante “fundamental de la misma especie humana.”
Las células
Toda revolución, se sabe, necesita un partido y la cobriza no es la excepción. “Manco Cápac y Mama Ocllo han desplazado del corazón de los pueblos de Bolivia, Ecuador y Perú a sus hasta hace poco inspiradores Marx, Lenin y Mao. No es sino Manco Cápac el artífice de la política y la historia en el mundo andino de nuestro tiempo.” El instrumento de Manco está formado por dos tipos de células, los núcleos y los batallones. Un núcleo arranca con tres personas cuyo deber es cotizar al partido, realizar tareas de agitación y propaganda, y trabajo social en “el barrio, aldea, centro de trabajo, de estudio o instituciones”. El batallón es francamente militar o paramilitar. Su origen son “los partícipes de la Rebelión Militar de octubre de 2000 del Teniente Coronel Ollanta Humala”, que anclan “su raíz en el Ejército Incario creador de Gran Cultura y estructurador de Gran Imperio”. Como ya se sabe, estos carapintadas no reinvindican la tradición de San Martín, introductor de “neocriollos”, sino de generales como Calcuchimac, que resistió a Pizarro. Pese a su nombre, un batallón puede arrancar “con sólo seis patriotas” pero debe actuar “siempre como cuerpo”. Entre sus tareas está la de vender la revista Ollanta –pero sin “descender a mero canillita”– y “dominar nuestro mapa demográfico-vial” para cualquier movilización.
La tarea de estos núcleos y batallones no es buscar “un cambio de gobierno, de persona ni de cara, sino de Estado”. Para eso hay que estar dispuesto “a morir de pie” y no mostrarle “ni piedad a los traidores.” El típico militante –los “Humala boys”, como los bautizaron en Perú– usa un kepí y pantalones de fajina militares, borceguíes y una remera negra con el logo del partido. En ocasiones especiales, como cuando los visita Ollanta, los militantes usan un sombrero tipo ranger, con una coqueta banda tejida indígena. Para los 4.400 militantes full time y rentados que afirma tener el partido, el enemigo es un “culito blanco” que adora al subcomandante Marcos porque “es un payaso que manipula a los indígenas” y, por supuesto, tiene también el traste pálido. Entre los blancos se destacan particularmente los de la “izquierda rosada”, que son “los nietos degenerados de la vieja oligarquía que terminaron de marxistas”.
El Santo Grial de los etnocaceristas es reunificar a “las tres repúblicas incaicas, Bolivia, Ecuador y Perú” en una especie de República Arabe Unida al uso nostro. Hasta convencer a los vecinos, la táctica será fundar una Segunda República peruana nomás, que elimine horrores como las elecciones. Este objetivo puede cumplirse carapintádicamente con un “golpe de masas” o por el voto. Luego, “en base al genético talento del hombre andino en el manejo de los recursos naturales y la creación cultural, elevar al Perú de su retraso y menoscabo actuales a la categoría de país desarrollado”.
Como ser loco es mucho trabajo, la mayoría de los peruanos sigue mostrando una perfecta indiferencia a estas plataformas. Pero uno de los dogmas básicos de la derecha revolucionaria es que hay que aprovechar las crisis del sistema para crecer y hacerse del poder. Los hermanos Humala hicieron su putsch en la comisaría andina –se atrincheraron en un pueblito, tuvieron un buen tiroteo con muertos, se rindieron– y no les fue mal: para una mayoría de peruanos no cometieron un delito sino una acción política por la que no deberían ser castigados. El desprestigio de la política en Perú es tan abismal, que nadie está dispuesto a defender su anómica democracia y su muy impopular gobierno.
En los años veinte, Alemania estaba igual. Acosada, arrasada, desprestigiada, sin salida política, con memorias muy recientes de gloria y el ardor de la humillación en manos extranjeras. En el caldo gordo de la política marginal hubo un tal Hitler que conformó un discurso exitoso: revolución nacionalista y antisistema, refundación de la nación, destrucción del régimen y su democracia. La nueva bandera era Sangre, Suelo y Lengua, el volkismo que definía al alemán por una esencia inmanente, inmutable y eterna que siempre está en peligro de diluirse, mancharse, corromperse.
La receta fue ensayada una y otra vez en muchos países, casi siempre sin éxito. El volkismo parece haber encontrado un hogar inesperado en el Perú, como etnocacerismo, un nacionalismo racialista que tiene buenas encuestas de intención de voto.
Sergio Kiernan
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Jerusalén: el dilema de la ciudad santa
La piedra amarilla de los muros arroja destellos dorados y toda la ciudad parece envuelta por una luz irreal, casi beatífica. Jerusalén es la ciudad eterna, tres veces santa y dos veces prometida, porque el Dios único de los monoteístas se la prometió a judíos y a musulmanes. Pero es también el lugar más sagrado para los cristianos. Aquí están el Templo, Getsemaní, el Calvario, el Santo Sepulcro. Aquí Jesús entró y fue aclamado rey.
Se "sube" a Jerusalén no sólo por su ubicación geográfica, asentada sobre colinas. También porque es la ciudad con más alto contenido religioso del mundo. Aparece 565 veces en la Biblia. Ha sido destruida 18 veces y 19 reconstruida.
Los argumentos históricos con que la reivindican los judíos se remontan a David, que proclamó a Jerusalén la capital de su reino, mil años antes de Cristo. Hablan del templo que construyó Salomón, destruyó Nabucodonosor, reconstruyó Herodes y volvió a destruir el emperador Tito, aunque quedó en pie ese muro que reclama al pueblo elegido no olvidar ni traicionar nunca a Jerusalén. Los musulmanes la llaman Al Quds, "la santa". Para ellos, Jerusalén es la ciudad donde Mahoma se convirtió en profeta al recibir el mensaje de Alá, que luego volcó en los versículos coránicos. El famoso y dorado Domo de la Roca es el lugar de la ciudad más sagrado para el islam.
Se está aquí en el ombligo del mundo y en un punto de cruce entre etnias, culturas y credos, donde la línea que separa la racionalidad del fanatismo demasiadas veces se vuelve imperceptible. De hecho, parecería que toda esperanza de acuerdo en las complicadas negociaciones de paz entre israelíes y palestinos para delimitar el territorio que le corresponde a cada uno pueden avanzar en mayor o menor medida, pero al llegar a Jerusalén se desvanecen.
Se vio en el fracaso de la cumbre de Camp David, realizada en julio de 2000 entre el entonces primer ministro de Israel, Ehud Barak, y el líder palestino Yasser Arafat, con la mediación del presidente norteamericano Bill Clinton. Entonces, un Arafat que había boicoteado sistemáticamente las salidas negociadas rechazó el audaz ofrecimiento israelí de crear un Estado palestino con el ciento por ciento de Gaza, el 97 por ciento de Cisjordania (territorios de la margen occidental del río Jordán, antiguamente llamados Judea y Samaria) y la soberanía compartida de Jerusalén oriental. La fallida negociación determinó el derrumbe del gobierno laborista israelí y la llegada al poder del Likud, con Ariel Sharon a la cabeza.
El septiembre de ese año Sharon irrumpió en el corazón islámico de Jerusalén -la Explanada de las Mezquitas- y su provocativa presencia fue el detonante de la segunda Intifada, es decir, de los violentos ataques con piedras de los palestinos a blancos israelíes, a la vez que se multiplicaron los atentados suicidas. "En lugar de avanzar hacia la paz, desde entonces se volvió la historia hacia atrás, tal vez por el término de una generación completa", nos dice Daniel Kutner al grupo de argentinos que llegamos hasta Israel y Palestina en un viaje de estudios organizado por la Fundación Universitaria del Río de la Plata (FURP) para tratar de comprender en su contexto esta difícil realidad, de importancia estratégica en el panorama internacional. Kutner, de origen argentino, 50 años, director de Asuntos Económicos y Estratégicos del Centro de Estudios Políticos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel, cree que los palestinos están hoy más lejos de conseguir avances en sus reivindicaciones territoriales y que Israel está menos dispuesto que en el año 2000 a hacer concesiones. Uno de los puntos de mayor intransigencia es la soberanía sobre Jerusalén este. "Entonces se aceptaba discutir el tema; ahora es más difícil", asegura.
Como se recordará, las Naciones Unidas establecieron una línea de partición para dividir el territorio de ambos pueblos en 1947. Un año después se proclamó el Estado de Israel y los británicos se retiraron de Palestina. En 1967, tras la Guerra de los Seis Días, Israel invadió Cisjordania y la franja de Gaza, las alturas del Golán y la península del Sinaí, que posteriormente le fue devuelta a Egipto. En agosto pasado, por iniciativa de Ariel Sharon, Israel retiró a 8500 colonos judíos de la franja de Gaza y el norte de Cisjordania, como un paso significativo en el intento de trazar de una buena vez una frontera israelí-palestina. Ante los interlocutores argentinos, Sami Mosalim, gobernador de Jericó, la ciudad palestina que irrumpe de pronto como un vergel en medio del árido desierto de Judea, expresa su temor de que el Estado que surja sea un Estado sin poder, sin la parte oriental de Jerusalén y rodeado de una cerca controlada por Israel. Mosalim, palestino cristiano perteneciente a Al-Fatah, el partido gobernante, cree que la delimitación de fronteras entre el futuro Estado palestino y el de Israel hace prever la existencia de corredores palestinos dentro del Estado israelí e incluso una Jersusalén dividida que sirva de capital a ambos Estados, ya que ambos pueblos la reivindican con tanta pasión como intransigencia.
Cuatro veces milenaria
Pero ¿qué tiene esta ciudad sagrada que siempre fue una joya muy codiciada por los conquistadores asirios, babilonios, griegos, romanos, bizantinos, árabes y también por los Cruzados?
La belleza de Jerusalén está en sus murallas, en sus torres y en sus puertas, a través de las cuales se ingresa en la fascinante ciudad antigua, en la que hay cuatro barrios: el judío, el musulmán, el armenio y el latino, todos con sus lugares de culto, pero también con sus coloridos mercados. Actualmente hay siete puertas de entrada en Jerusalén. Fueron construidas por Suleimán el Magnífico en 1538-42 d.C. sobre el antiguo trazado del rey Herodes. La octava puerta -la Dorada- está siempre cerrada, y así lo estará -se cree- hasta la llegada del Mesías.
Desde hace más de cuatro mil años, los habitantes de Jerusalén, o jerosolimitanos, han edificado sus casas dentro de las murallas. Durante el día se oyen a cada rato las campanadas de las iglesias cristianas. Además, cinco veces al día se escucha la llamada al salat, la oración de los musulmanes. Cada viernes, cuando aparecen las tres primeras estrellas en el cielo, los judíos se acercan a rezar a su lugar más sagrado: el Muro de los Lamentos. El shabat durará hasta la misma hora del sábado. El Jerusalén, donde el 30 por ciento de la población judía es ortodoxa, la inactividad es total; ni siquiera circula el transporte público.
Hacia 1860 se construyó un pequeño asentamiento para los primeros habitantes que fueron a vivir fuera de las murallas de la ciudad. Hoy en día, la capital de Israel es un hormiguero de cafés, restaurantes y tiendas tanto fuera como dentro de las murallas de la Ciudad Vieja. Aquí, en los mercados, o shuks, está mal visto no regatear los precios. Las múltiples callejuelas y cortadas también han sido tapizadas por la piedra dorada de Jerusalén, lo que le da al paisaje milenario un carácter homogéneo. Hay peatonales, como la Ben Yehuda, donde pululan los turistas, que el país recuperó después de 5 años de un cruel derramamiento de sangre. "Jerusalén vivió una fuerte etapa de terror, que empezó a controlarse a partir de la construcción de la cerca de seguridad (ver recuadro), y hoy creemos haberla superado", le dice al grupo de visitantes argentinos Yigal Amedi, vicealcalde de Jerusalén.
Una convivencia compleja
A pesar de ser una sociedad multiétnica, multicultural y multilingüe, con una alta segmentación social de sectores que mantienen una fuerte identidad religiosa o ideológica, disparidades económicas y una vida política complicada, lo primero que sorprende en Jerusalén -y en todo Israel- es la coexistencia de distintos grupos de población en un Estado democrático, más aún si se considera que se trata de un país de cultura occidental en un enclave musulmán, con todo lo que ello significa en el actual contexto del terrorismo internacional. Israel es un país moderno, de 8 millones de habitantes y un ingreso per cápita de 16 mil dólares anuales. A pesar de que el 60 por ciento de su territorio es desértico, han logrado desarrollar una economía pujante con extraordinarios logros en agricultura, irrigación y en diversas industrias de tecnología de punta, como nanotecnología, bioinformática o terapias genéticas, donde descuellan numerosos centros académicos. De hecho, es el país que tiene mayor número de patentes per cápita del mundo. Ha firmado acuerdos de libre comercio con la Unión Europea y los Estados Unidos, y exporta por más de 45 mil millones de dólares al año. Todo lo ha logrado en medio de guerras y de una convivencia interreligiosa compleja, ya que todo el país está formado sólo en un 20 por ciento por judíos ortodoxos o ultrarreligiosos, pero el hecho de haber sido concebido como un Estado judío hace que la ley ortodoxa religiosa impere para todos como ley civil. El avance del poder religioso dentro del Estado de Israel es fuertemente criticado por parlamentarios, como Ilan Shalgy, del partido de centro Shinui; él cree, de todos modos, que se trata de una batalla perdida, en la medida en que las tendencias poblacionales benefician a los ultraortodoxos, cuyas mujeres duplican y más las tasas de fertilidad de las judías laicas. Hay, además, un millón y medio de personas -que representan el 20 por ciento de la población- no judías. A pesar de que son definidas colectivamente como ciudadanos árabes de Israel, incluyen una serie de grupos diferentes, en su mayoría de habla árabe, pero con características distintivas. Es el caso de los árabes musulmanes, los árabes beduinos, los árabes cristianos, los drusos y los circasianos. La Oficina Central de Estadísticas israelí pronostica que para el año 2020 un tercio de los habitantes de 14 años o menos en Israel serán árabes. La comunidad árabe de Israel constituye predominantemente un sector obrero en una sociedad de clase media, y un grupo político periférico en un Estado altamente centralizado. Pero el gradual debilitamiento de la autoridad tribal y patriarcal, los efectos de la educación obligatoria y una incipiente participación en los asuntos económicos, municipales y políticos del país afectan rápidamente sus formas de vida y sus concepciones tradicionales. Ante este panorama, el destino de Jerusalén como prenda de triunfo en el conflicto entre israelíes y palestinos tiene, por el momento, un final incierto, en el marco de una guerra que, más lejos o más cerca, nos afecta a todos.
Carmen María Ramos
Fronteras del miedo
Al mirar a vista de pájaro un mapa de la región se ve los territorios palestinos distribuidos como islas dentro del Estado israelí. Entrar y salir a través de los pasos o check-points de ciudades palestinas como Ramallah -la capital-, Hebrón, Nablus, o Belén, por caso, puede ser una odisea. También impacta el contraste entre la modernidad y el atraso, la pujanza y la pobreza que divide a ambas sociedades. El fanatismo religioso parece un obstáculo insalvable, pero se complica mucho más si se le suman las acciones de los grupos palestinos más extremistas, como es el caso de Hamas, la Jihad Islámica y Hezbollah. El gobierno israelí construyó una cerca de seguridad que en algunos tramos es de concreto y en otros se compone de un alambre con visores para detectar a los terroristas. "El muro es el inicio de fronteras entre dos Estados. Es posible que el trazado actual no sea el definitivo, pero la existencia de un muro es irreversible. Hasta ahora se ha construido menos de la mitad de la cerca, pero se ha reducido en un 95% la frecuencia de los atentados", dice Uzi Shaya, director de la Oficina de Contraterrorismo de la Agencia de Seguridad israelí. Claro que también dejaron del otro lado a miles y miles de pacíficos palestinos asqueadosde la corrupción de sus propios dirigentes, y que hasta hace poco pasaban a trabajar diariamente a Israel y volvían a sus hogares. Ya no pueden hacerlo. "La única forma de luchar contra el terrorismo es atender las necesidades básicas de las sociedades donde puede prender más fácilmente el terror, tratar de generar un futuro para que la gente tenga algo que perder y no quiera perderlo", aseguró Uzi Shaya. En una dirección similar se expresó Boaz Ganor, director del Instituto de Contraterrorismo del Centro Interdisciplinario Herzliya, la única universidad de Israel que dicta sus clases en inglés (todas las demás lo hacen en hebreo): "Se necesitaría una suerte de Plan Marshall para Palestina. El desafío es generar mejores condiciones de vida y luchar contra la pobreza. Lo vemos con el apoyo popular a organizaciones terroristas, como Hamas, que prenden entre la gente porque también realizan un gran trabajo social en las calles". Para Ganor, el terrorismo es en la actualidad la mayor amenaza mundial, aun mayor que en la que en su momento significó la Guerra Fría. "La Jihad (guerra santa) Islámica es una red de terrorismo de alcance global", advirtió.
Un mapa intrincado
Aproximarse a este complejo escenario y ayudar a comprender in situ la relación árabe-israelí en general e israelí-palestina en particular, así como los principales acontecimientos históricos de los últimos 60 años y su incidencia en la política actual de Medio Oriente fue el objetivo que llevó hasta Israel y los territorios palestinos a un grupo de veintitrés argentinos -legisladores, economistas, sociólogos, periodistas- para participar de un programa organizado por la Fundación Universitaria del Río de la Plata (FURP).
Esta institución privada de bien público, que preside el abogado Rodolfo Lira, ha organizado decenas de programas de formación y aprendizaje para la democracia en los Estados Unidos, así como en países europeos y sudamericanos, pero es la primera vez que lo hace en Israel. Coordinado por el abogado Carlos Maslatón, el programa incluyó entrevistas con funcionarios, legisladores, académicos y expertos en geopolítica israelí, así como con funcionarios de la Autoridad Nacional Palestina y voceros de esa causa.
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Se "sube" a Jerusalén no sólo por su ubicación geográfica, asentada sobre colinas. También porque es la ciudad con más alto contenido religioso del mundo. Aparece 565 veces en la Biblia. Ha sido destruida 18 veces y 19 reconstruida.
Los argumentos históricos con que la reivindican los judíos se remontan a David, que proclamó a Jerusalén la capital de su reino, mil años antes de Cristo. Hablan del templo que construyó Salomón, destruyó Nabucodonosor, reconstruyó Herodes y volvió a destruir el emperador Tito, aunque quedó en pie ese muro que reclama al pueblo elegido no olvidar ni traicionar nunca a Jerusalén. Los musulmanes la llaman Al Quds, "la santa". Para ellos, Jerusalén es la ciudad donde Mahoma se convirtió en profeta al recibir el mensaje de Alá, que luego volcó en los versículos coránicos. El famoso y dorado Domo de la Roca es el lugar de la ciudad más sagrado para el islam.
Se está aquí en el ombligo del mundo y en un punto de cruce entre etnias, culturas y credos, donde la línea que separa la racionalidad del fanatismo demasiadas veces se vuelve imperceptible. De hecho, parecería que toda esperanza de acuerdo en las complicadas negociaciones de paz entre israelíes y palestinos para delimitar el territorio que le corresponde a cada uno pueden avanzar en mayor o menor medida, pero al llegar a Jerusalén se desvanecen.
Se vio en el fracaso de la cumbre de Camp David, realizada en julio de 2000 entre el entonces primer ministro de Israel, Ehud Barak, y el líder palestino Yasser Arafat, con la mediación del presidente norteamericano Bill Clinton. Entonces, un Arafat que había boicoteado sistemáticamente las salidas negociadas rechazó el audaz ofrecimiento israelí de crear un Estado palestino con el ciento por ciento de Gaza, el 97 por ciento de Cisjordania (territorios de la margen occidental del río Jordán, antiguamente llamados Judea y Samaria) y la soberanía compartida de Jerusalén oriental. La fallida negociación determinó el derrumbe del gobierno laborista israelí y la llegada al poder del Likud, con Ariel Sharon a la cabeza.
El septiembre de ese año Sharon irrumpió en el corazón islámico de Jerusalén -la Explanada de las Mezquitas- y su provocativa presencia fue el detonante de la segunda Intifada, es decir, de los violentos ataques con piedras de los palestinos a blancos israelíes, a la vez que se multiplicaron los atentados suicidas. "En lugar de avanzar hacia la paz, desde entonces se volvió la historia hacia atrás, tal vez por el término de una generación completa", nos dice Daniel Kutner al grupo de argentinos que llegamos hasta Israel y Palestina en un viaje de estudios organizado por la Fundación Universitaria del Río de la Plata (FURP) para tratar de comprender en su contexto esta difícil realidad, de importancia estratégica en el panorama internacional. Kutner, de origen argentino, 50 años, director de Asuntos Económicos y Estratégicos del Centro de Estudios Políticos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel, cree que los palestinos están hoy más lejos de conseguir avances en sus reivindicaciones territoriales y que Israel está menos dispuesto que en el año 2000 a hacer concesiones. Uno de los puntos de mayor intransigencia es la soberanía sobre Jerusalén este. "Entonces se aceptaba discutir el tema; ahora es más difícil", asegura.
Como se recordará, las Naciones Unidas establecieron una línea de partición para dividir el territorio de ambos pueblos en 1947. Un año después se proclamó el Estado de Israel y los británicos se retiraron de Palestina. En 1967, tras la Guerra de los Seis Días, Israel invadió Cisjordania y la franja de Gaza, las alturas del Golán y la península del Sinaí, que posteriormente le fue devuelta a Egipto. En agosto pasado, por iniciativa de Ariel Sharon, Israel retiró a 8500 colonos judíos de la franja de Gaza y el norte de Cisjordania, como un paso significativo en el intento de trazar de una buena vez una frontera israelí-palestina. Ante los interlocutores argentinos, Sami Mosalim, gobernador de Jericó, la ciudad palestina que irrumpe de pronto como un vergel en medio del árido desierto de Judea, expresa su temor de que el Estado que surja sea un Estado sin poder, sin la parte oriental de Jerusalén y rodeado de una cerca controlada por Israel. Mosalim, palestino cristiano perteneciente a Al-Fatah, el partido gobernante, cree que la delimitación de fronteras entre el futuro Estado palestino y el de Israel hace prever la existencia de corredores palestinos dentro del Estado israelí e incluso una Jersusalén dividida que sirva de capital a ambos Estados, ya que ambos pueblos la reivindican con tanta pasión como intransigencia.
Cuatro veces milenaria
Pero ¿qué tiene esta ciudad sagrada que siempre fue una joya muy codiciada por los conquistadores asirios, babilonios, griegos, romanos, bizantinos, árabes y también por los Cruzados?
La belleza de Jerusalén está en sus murallas, en sus torres y en sus puertas, a través de las cuales se ingresa en la fascinante ciudad antigua, en la que hay cuatro barrios: el judío, el musulmán, el armenio y el latino, todos con sus lugares de culto, pero también con sus coloridos mercados. Actualmente hay siete puertas de entrada en Jerusalén. Fueron construidas por Suleimán el Magnífico en 1538-42 d.C. sobre el antiguo trazado del rey Herodes. La octava puerta -la Dorada- está siempre cerrada, y así lo estará -se cree- hasta la llegada del Mesías.
Desde hace más de cuatro mil años, los habitantes de Jerusalén, o jerosolimitanos, han edificado sus casas dentro de las murallas. Durante el día se oyen a cada rato las campanadas de las iglesias cristianas. Además, cinco veces al día se escucha la llamada al salat, la oración de los musulmanes. Cada viernes, cuando aparecen las tres primeras estrellas en el cielo, los judíos se acercan a rezar a su lugar más sagrado: el Muro de los Lamentos. El shabat durará hasta la misma hora del sábado. El Jerusalén, donde el 30 por ciento de la población judía es ortodoxa, la inactividad es total; ni siquiera circula el transporte público.
Hacia 1860 se construyó un pequeño asentamiento para los primeros habitantes que fueron a vivir fuera de las murallas de la ciudad. Hoy en día, la capital de Israel es un hormiguero de cafés, restaurantes y tiendas tanto fuera como dentro de las murallas de la Ciudad Vieja. Aquí, en los mercados, o shuks, está mal visto no regatear los precios. Las múltiples callejuelas y cortadas también han sido tapizadas por la piedra dorada de Jerusalén, lo que le da al paisaje milenario un carácter homogéneo. Hay peatonales, como la Ben Yehuda, donde pululan los turistas, que el país recuperó después de 5 años de un cruel derramamiento de sangre. "Jerusalén vivió una fuerte etapa de terror, que empezó a controlarse a partir de la construcción de la cerca de seguridad (ver recuadro), y hoy creemos haberla superado", le dice al grupo de visitantes argentinos Yigal Amedi, vicealcalde de Jerusalén.
Una convivencia compleja
A pesar de ser una sociedad multiétnica, multicultural y multilingüe, con una alta segmentación social de sectores que mantienen una fuerte identidad religiosa o ideológica, disparidades económicas y una vida política complicada, lo primero que sorprende en Jerusalén -y en todo Israel- es la coexistencia de distintos grupos de población en un Estado democrático, más aún si se considera que se trata de un país de cultura occidental en un enclave musulmán, con todo lo que ello significa en el actual contexto del terrorismo internacional. Israel es un país moderno, de 8 millones de habitantes y un ingreso per cápita de 16 mil dólares anuales. A pesar de que el 60 por ciento de su territorio es desértico, han logrado desarrollar una economía pujante con extraordinarios logros en agricultura, irrigación y en diversas industrias de tecnología de punta, como nanotecnología, bioinformática o terapias genéticas, donde descuellan numerosos centros académicos. De hecho, es el país que tiene mayor número de patentes per cápita del mundo. Ha firmado acuerdos de libre comercio con la Unión Europea y los Estados Unidos, y exporta por más de 45 mil millones de dólares al año. Todo lo ha logrado en medio de guerras y de una convivencia interreligiosa compleja, ya que todo el país está formado sólo en un 20 por ciento por judíos ortodoxos o ultrarreligiosos, pero el hecho de haber sido concebido como un Estado judío hace que la ley ortodoxa religiosa impere para todos como ley civil. El avance del poder religioso dentro del Estado de Israel es fuertemente criticado por parlamentarios, como Ilan Shalgy, del partido de centro Shinui; él cree, de todos modos, que se trata de una batalla perdida, en la medida en que las tendencias poblacionales benefician a los ultraortodoxos, cuyas mujeres duplican y más las tasas de fertilidad de las judías laicas. Hay, además, un millón y medio de personas -que representan el 20 por ciento de la población- no judías. A pesar de que son definidas colectivamente como ciudadanos árabes de Israel, incluyen una serie de grupos diferentes, en su mayoría de habla árabe, pero con características distintivas. Es el caso de los árabes musulmanes, los árabes beduinos, los árabes cristianos, los drusos y los circasianos. La Oficina Central de Estadísticas israelí pronostica que para el año 2020 un tercio de los habitantes de 14 años o menos en Israel serán árabes. La comunidad árabe de Israel constituye predominantemente un sector obrero en una sociedad de clase media, y un grupo político periférico en un Estado altamente centralizado. Pero el gradual debilitamiento de la autoridad tribal y patriarcal, los efectos de la educación obligatoria y una incipiente participación en los asuntos económicos, municipales y políticos del país afectan rápidamente sus formas de vida y sus concepciones tradicionales. Ante este panorama, el destino de Jerusalén como prenda de triunfo en el conflicto entre israelíes y palestinos tiene, por el momento, un final incierto, en el marco de una guerra que, más lejos o más cerca, nos afecta a todos.
Carmen María Ramos
Fronteras del miedo
Al mirar a vista de pájaro un mapa de la región se ve los territorios palestinos distribuidos como islas dentro del Estado israelí. Entrar y salir a través de los pasos o check-points de ciudades palestinas como Ramallah -la capital-, Hebrón, Nablus, o Belén, por caso, puede ser una odisea. También impacta el contraste entre la modernidad y el atraso, la pujanza y la pobreza que divide a ambas sociedades. El fanatismo religioso parece un obstáculo insalvable, pero se complica mucho más si se le suman las acciones de los grupos palestinos más extremistas, como es el caso de Hamas, la Jihad Islámica y Hezbollah. El gobierno israelí construyó una cerca de seguridad que en algunos tramos es de concreto y en otros se compone de un alambre con visores para detectar a los terroristas. "El muro es el inicio de fronteras entre dos Estados. Es posible que el trazado actual no sea el definitivo, pero la existencia de un muro es irreversible. Hasta ahora se ha construido menos de la mitad de la cerca, pero se ha reducido en un 95% la frecuencia de los atentados", dice Uzi Shaya, director de la Oficina de Contraterrorismo de la Agencia de Seguridad israelí. Claro que también dejaron del otro lado a miles y miles de pacíficos palestinos asqueadosde la corrupción de sus propios dirigentes, y que hasta hace poco pasaban a trabajar diariamente a Israel y volvían a sus hogares. Ya no pueden hacerlo. "La única forma de luchar contra el terrorismo es atender las necesidades básicas de las sociedades donde puede prender más fácilmente el terror, tratar de generar un futuro para que la gente tenga algo que perder y no quiera perderlo", aseguró Uzi Shaya. En una dirección similar se expresó Boaz Ganor, director del Instituto de Contraterrorismo del Centro Interdisciplinario Herzliya, la única universidad de Israel que dicta sus clases en inglés (todas las demás lo hacen en hebreo): "Se necesitaría una suerte de Plan Marshall para Palestina. El desafío es generar mejores condiciones de vida y luchar contra la pobreza. Lo vemos con el apoyo popular a organizaciones terroristas, como Hamas, que prenden entre la gente porque también realizan un gran trabajo social en las calles". Para Ganor, el terrorismo es en la actualidad la mayor amenaza mundial, aun mayor que en la que en su momento significó la Guerra Fría. "La Jihad (guerra santa) Islámica es una red de terrorismo de alcance global", advirtió.
Un mapa intrincado
Aproximarse a este complejo escenario y ayudar a comprender in situ la relación árabe-israelí en general e israelí-palestina en particular, así como los principales acontecimientos históricos de los últimos 60 años y su incidencia en la política actual de Medio Oriente fue el objetivo que llevó hasta Israel y los territorios palestinos a un grupo de veintitrés argentinos -legisladores, economistas, sociólogos, periodistas- para participar de un programa organizado por la Fundación Universitaria del Río de la Plata (FURP).
Esta institución privada de bien público, que preside el abogado Rodolfo Lira, ha organizado decenas de programas de formación y aprendizaje para la democracia en los Estados Unidos, así como en países europeos y sudamericanos, pero es la primera vez que lo hace en Israel. Coordinado por el abogado Carlos Maslatón, el programa incluyó entrevistas con funcionarios, legisladores, académicos y expertos en geopolítica israelí, así como con funcionarios de la Autoridad Nacional Palestina y voceros de esa causa.
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El hombre de "La Terminal"
Mehran Karimi Nasseri
1988
En el final de la película de Steven Spielberg "La terminal", el protagonista, Viktor Navorski -nacido en el imaginario país de Krakozia- atraviesa por fin las puertas del aeropuerto de Nueva York para ir a un club de jazz. En la vida real, el personaje que inspiró esa historia sigue atado a su destino: esperar en la estación aérea Charles de Gaulle de París, donde se encuentra desde 1988.
El personaje real se llama Mehran Karimi Nasseri y es un refugiado iraní cuyas peripecias comenzaron en 1974, cuando, siendo estudiante en Londres, participó de protestas contra el sha Reza Pahlevi. Esa actividad provocó que desde Teherán le interrumpieran el envío de fondos para sus cursos. Al regresar a Irán en 1975, fue torturado y expulsado del país. Buscó asilo en Europa y fue aceptado en Bélgica, donde permaneció hasta 1986, cuando decidió ir a Gran Bretaña. De paso por París para tomar el avión a Londres, dijo haber sufrido un robo en el subte. Entre lo sustraído estaban sus documentos. Sin embargo, se embarcó en el vuelo, pero en la capital británica lo enviaron de regreso a París.
Imposibilitado de demostrar su identidad y su estatus de refugiado en la terminal Charles de Gaulle, fue llevado a la "zona de espera", en la que se confina a los pasajeros sin papeles. Allí comenzó una batalla legal con Bélgica, que en 1995 le ofreció un documento de refugiado si accedía a vivir en ese país con la supervisión de un trabajador social. Nasseri se negó y reiteró que su intención era vivir en Londres. En 1999, Francia le otorgó un permiso de residencia temporal. Una vez más, Nasseri se negó, al señalar que no había sido correctamente identificado. Algunos interpretaron su rechazo como un deterioro en su salud mental, ya que incluso desmintió ser iraní y se hace llamar, en cambio, "Sir Alfred".
2006
Nasseri sigue en la Terminal 1 de París. Cualquiera que pase por allí puede verlo. Se levanta a las 5, a la hora en que el Charles de Gaulle comienza a desperezarse y a recibir a los pasajeros de los primeros vuelos. Se higieniza y se afeita en los baños públicos, y los empleados del aeropuerto le regalan vouchers de comida. Por la noche se lava los dientes con cepillos y dentífricos de los kits de cortesía de las líneas aéreas. Una vez por semana limpia y seca su ropa. Si bien alguna gente le ha regalado vestimenta, siempre la devuelve. "No soy un mendigo", dice.
Varias veces por semana lo visitan un sacerdote y el médico de la terminal que controla su salud. Nasseri, de 55 años, pasa la mayor parte del tiempo escuchando radio, leyendo revistas y libros y escribiendo comentarios sobre las noticias. Entre ellas, la de su flamante notoriedad tras el film de Spielberg. "Me da algo más para leer, y es mejor que la guerra en Irak y el terrorismo", dice.
Lo rodean decenas de cajas de Lufthansa, donde guarda sus pertenencias. Quienes lo conocen, afirman que es amable y que ha decidido permanecer en el aeropuerto hasta su muerte, quizá para evitar pagar una pensión si se aleja de la terminal. "No hace daño a nadie, y todos por aquí se preocupan por él", afirma Papa Starr, gerente del restaurante Las Palmas, cercano a donde se halla Nasseri.
Su autobiografía (hecha con el escritor Andrew Donkin) inspiró la película de Spielberg. Se dijo que la compañía del director, Dreamworks, le pagó a Nasseri 250.000 dólares por los derechos de filmación. Sin embargo, como carece de cuenta bancaria, no tiene acceso al dinero, enviado seguramente a su abogado. La historia de Nasseri ya había inspirado una película francesa en 1993, llamada "Perdido en tránsito" y protagonizada por Jean Rochefort.
"Eventualmente dejaré el aeropuerto", dijo una vez Nasseri, fumando su pipa en el banco de siempre. "Pero aún espero un pasaporte o una visa de tránsito." En alguna oportunidad manifestó su deseo de viajar a Estados Unidos o Canadá. Pero hasta ahora sólo ha recorrido la distancia que lo separa de las puertas de salida del aeropuerto. Cuando éstas se abren, toma aire fresco, pero nunca sale. Prefiere volver a su lugar en la terminal. Ese es su hogar.
PATRICIO BERNABE
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1988
En el final de la película de Steven Spielberg "La terminal", el protagonista, Viktor Navorski -nacido en el imaginario país de Krakozia- atraviesa por fin las puertas del aeropuerto de Nueva York para ir a un club de jazz. En la vida real, el personaje que inspiró esa historia sigue atado a su destino: esperar en la estación aérea Charles de Gaulle de París, donde se encuentra desde 1988.
El personaje real se llama Mehran Karimi Nasseri y es un refugiado iraní cuyas peripecias comenzaron en 1974, cuando, siendo estudiante en Londres, participó de protestas contra el sha Reza Pahlevi. Esa actividad provocó que desde Teherán le interrumpieran el envío de fondos para sus cursos. Al regresar a Irán en 1975, fue torturado y expulsado del país. Buscó asilo en Europa y fue aceptado en Bélgica, donde permaneció hasta 1986, cuando decidió ir a Gran Bretaña. De paso por París para tomar el avión a Londres, dijo haber sufrido un robo en el subte. Entre lo sustraído estaban sus documentos. Sin embargo, se embarcó en el vuelo, pero en la capital británica lo enviaron de regreso a París.
Imposibilitado de demostrar su identidad y su estatus de refugiado en la terminal Charles de Gaulle, fue llevado a la "zona de espera", en la que se confina a los pasajeros sin papeles. Allí comenzó una batalla legal con Bélgica, que en 1995 le ofreció un documento de refugiado si accedía a vivir en ese país con la supervisión de un trabajador social. Nasseri se negó y reiteró que su intención era vivir en Londres. En 1999, Francia le otorgó un permiso de residencia temporal. Una vez más, Nasseri se negó, al señalar que no había sido correctamente identificado. Algunos interpretaron su rechazo como un deterioro en su salud mental, ya que incluso desmintió ser iraní y se hace llamar, en cambio, "Sir Alfred".
2006
Nasseri sigue en la Terminal 1 de París. Cualquiera que pase por allí puede verlo. Se levanta a las 5, a la hora en que el Charles de Gaulle comienza a desperezarse y a recibir a los pasajeros de los primeros vuelos. Se higieniza y se afeita en los baños públicos, y los empleados del aeropuerto le regalan vouchers de comida. Por la noche se lava los dientes con cepillos y dentífricos de los kits de cortesía de las líneas aéreas. Una vez por semana limpia y seca su ropa. Si bien alguna gente le ha regalado vestimenta, siempre la devuelve. "No soy un mendigo", dice.
Varias veces por semana lo visitan un sacerdote y el médico de la terminal que controla su salud. Nasseri, de 55 años, pasa la mayor parte del tiempo escuchando radio, leyendo revistas y libros y escribiendo comentarios sobre las noticias. Entre ellas, la de su flamante notoriedad tras el film de Spielberg. "Me da algo más para leer, y es mejor que la guerra en Irak y el terrorismo", dice.
Lo rodean decenas de cajas de Lufthansa, donde guarda sus pertenencias. Quienes lo conocen, afirman que es amable y que ha decidido permanecer en el aeropuerto hasta su muerte, quizá para evitar pagar una pensión si se aleja de la terminal. "No hace daño a nadie, y todos por aquí se preocupan por él", afirma Papa Starr, gerente del restaurante Las Palmas, cercano a donde se halla Nasseri.
Su autobiografía (hecha con el escritor Andrew Donkin) inspiró la película de Spielberg. Se dijo que la compañía del director, Dreamworks, le pagó a Nasseri 250.000 dólares por los derechos de filmación. Sin embargo, como carece de cuenta bancaria, no tiene acceso al dinero, enviado seguramente a su abogado. La historia de Nasseri ya había inspirado una película francesa en 1993, llamada "Perdido en tránsito" y protagonizada por Jean Rochefort.
"Eventualmente dejaré el aeropuerto", dijo una vez Nasseri, fumando su pipa en el banco de siempre. "Pero aún espero un pasaporte o una visa de tránsito." En alguna oportunidad manifestó su deseo de viajar a Estados Unidos o Canadá. Pero hasta ahora sólo ha recorrido la distancia que lo separa de las puertas de salida del aeropuerto. Cuando éstas se abren, toma aire fresco, pero nunca sale. Prefiere volver a su lugar en la terminal. Ese es su hogar.
PATRICIO BERNABE
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Viaje al interior del glaciar Perito Moreno
EL CALAFATE, Santa Cruz.- Al igual que el profesor Otto Lidenbrock, que en la célebre novela de Julio Verne emprende su viaje al centro de la tierra, hoy se puede viajar al centro del glaciar más famoso del mundo. Y LA NACION estuvo allí en la primera experiencia de este tipo que se hace en el Perito Moreno.
Se trata de la oferta más novedosa de El Calafate, en el Parque Nacional Los Glaciares. La ambiciosa excursión, que se sumó este año, bautizada "Big Ice", es una caminata de cuatro horas sobre la superficie congelada hasta llegar al lugar donde la piel de hielo se pliega y forma catedrales con ojos azules: los serac.
"Este paisaje parece arrancado del planeta de Superman", comenta a LA NACION Rafael Levy, un empresario textil mexicano que junto a su mujer, Yeny, se encuentra celebrando aquí sus diez años de casados. "Hoy la Patagonia está muy de moda en México; vinimos por 10 días, allí nos esperan nuestros tres hijos", afirma la mujer, mientras posan para la foto junto a un sumidero de hielo.
"Creemos que el Big Ice va a funcionar muy bien; ésta es su primera temporada y tenemos una muy buena respuesta", comenta optimista antes de la partida a LA NACION Hernán Capone, representante de Hielo y Aventura, la empresa que explota turísticamente la margen sur del glaciar Moreno, como lo nombran los lugareños. Desde 1989, la empresa inauguró e impuso con éxito el "minitrekking" sobre el glaciar.
Si bien se hace en otros lugares del mundo, este glaciar guarda características únicas: se podría decir que está vivo y "respira", ya que es el único glaciar del campo de hielo patagónico que se mantiene estable y en crecimiento. Hoy, en temporada alta, casi 300 personas caminan a diario sobre el glaciar, en grupos sincronizados con precisión suiza, que nunca se encuentran sobre el hielo. Pero sólo uno llega al corazón helado: los del Big Ice. La excursión cuesta 300 pesos, más 40 pesos del transfer de ida y vuelta a El Calafate.
A diferencia de las otras caminatas, está orientada a un público más definido. "Sólo pueden hacerla mayores de 18 y hasta 45 años. Se busca lograr un grupo homogéneo, es exigente, pero también queremos que disfruten de la caminata", describe Paula Pera, guía de montaña que, con casi 30 años, pasó la mitad de su vida sobre el hielo.
La travesía
La avezada excursión parte a las 9 desde el Puerto Bajo de las Sombras, situado a unos 70 kilómetros de El Calafate, a bordo de un gomón que cruzará el Brazo Rico, para desembarcar en la margen oeste. La primera vista del glaciar, a 500 metros, ya impresiona. Más aún cuando se logra ver a simple vista el dique de hielo que en noviembre pasado se formó sobre la península de Magallanes y promete otra estruendosa ruptura, como la de 2004.
Una vez en tierra, comienza una caminata sobre la morena del glaciar (el sitio donde la tierra y el hielo se unen), de unos 40 minutos, hasta llegar al hielo mismo. "El Campo de Hielo Patagónico tiene 13.000 km2, la tercera área [helada de mayor extensión] en el mundo. Este glaciar tiene 30 km de largo por 5 de ancho. Nos dirigimos hacia allí", indica Pera.
"Allí" parece un lugar imposible, exagerado, excesivo, como el glaciar mismo. "Es realmente chévere este lugar", asegura Jordis Guzmán Bulla, una periodista alemana del Welt am Sonntag que nunca estuvo antes sobre un glaciar. Junto a ella, una norteamericana, una pareja de mieleros brasileños, cuatro franceses, dos australianos y dos mexicanos completan el grupo. Los únicos argentinos son los periodistas de LA NACION.
"Aún vienen pocos argentinos, creo que todavía no incorporan al trekking como una actividad de vacaciones, como sí lo hacen los europeos. Claro que también es una excursión cara para el argentino", detalla Paula, mientras coloca crampones y arneses a todos los caminantes.
Lo que sigue es un viaje único al corazón del glaciar. Durante cuatro horas se exploran cavernas, sumideros, lagunas de color indefinible y cuevas de blanco, blanquísimo hielo. "Lo que vemos es un copo de nieve atrapado en el hielo de unos 400 años", describe la guía Paula Alegre, de Bariloche, que está trabajando aquí durante la temporada.
Y señala la pared de la caverna de hielo donde esta cronista intenta descifrar, sin suerte, dónde se encuentra el alma helada de este glaciar amistoso. "Es muy bonito este recorrido, pensé que sería más difícil", opina Regina Kruglyak, una ingeniera ambiental ucrania, nacionalizada estadounidense.
Su opinión no es menor: ha viajado por el mundo caminando y observando glaciares, y describe las diferencias entre unos y otros. Y las historias de los visitantes son casi tan atractivas como el glaciar mismo. "Aprendí español en Guatemala, ahora estoy viajando unos meses y luego me reuniré en Perú con otros colegas de Ingenieros Ambientales Sin Fronteras", explica Regina. Mientras esto ocurre, Charly Cabezas, el tercer guía del grupo, hace una demostración de escalada en hielo con piqueta.
Poco falta para llegar al centro mismo del glaciar. Allí, catedrales de hielo talladas por Gaudí pondrán punto final al recorrido. "Hasta aquí llegamos. Sólo con equipos y más preparación se podría seguir. Tal vez la próxima", bromea.
El grupo, que intenta comunicarse en varios idiomas, compartirá el almuerzo sobre el hielo. Pronto, todos nos daremos cuenta de que las palabras sobran ante tanta inmensidad. Y haremos silencio.
Mariela Arias
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Se trata de la oferta más novedosa de El Calafate, en el Parque Nacional Los Glaciares. La ambiciosa excursión, que se sumó este año, bautizada "Big Ice", es una caminata de cuatro horas sobre la superficie congelada hasta llegar al lugar donde la piel de hielo se pliega y forma catedrales con ojos azules: los serac.
"Este paisaje parece arrancado del planeta de Superman", comenta a LA NACION Rafael Levy, un empresario textil mexicano que junto a su mujer, Yeny, se encuentra celebrando aquí sus diez años de casados. "Hoy la Patagonia está muy de moda en México; vinimos por 10 días, allí nos esperan nuestros tres hijos", afirma la mujer, mientras posan para la foto junto a un sumidero de hielo.
"Creemos que el Big Ice va a funcionar muy bien; ésta es su primera temporada y tenemos una muy buena respuesta", comenta optimista antes de la partida a LA NACION Hernán Capone, representante de Hielo y Aventura, la empresa que explota turísticamente la margen sur del glaciar Moreno, como lo nombran los lugareños. Desde 1989, la empresa inauguró e impuso con éxito el "minitrekking" sobre el glaciar.
Si bien se hace en otros lugares del mundo, este glaciar guarda características únicas: se podría decir que está vivo y "respira", ya que es el único glaciar del campo de hielo patagónico que se mantiene estable y en crecimiento. Hoy, en temporada alta, casi 300 personas caminan a diario sobre el glaciar, en grupos sincronizados con precisión suiza, que nunca se encuentran sobre el hielo. Pero sólo uno llega al corazón helado: los del Big Ice. La excursión cuesta 300 pesos, más 40 pesos del transfer de ida y vuelta a El Calafate.
A diferencia de las otras caminatas, está orientada a un público más definido. "Sólo pueden hacerla mayores de 18 y hasta 45 años. Se busca lograr un grupo homogéneo, es exigente, pero también queremos que disfruten de la caminata", describe Paula Pera, guía de montaña que, con casi 30 años, pasó la mitad de su vida sobre el hielo.
La travesía
La avezada excursión parte a las 9 desde el Puerto Bajo de las Sombras, situado a unos 70 kilómetros de El Calafate, a bordo de un gomón que cruzará el Brazo Rico, para desembarcar en la margen oeste. La primera vista del glaciar, a 500 metros, ya impresiona. Más aún cuando se logra ver a simple vista el dique de hielo que en noviembre pasado se formó sobre la península de Magallanes y promete otra estruendosa ruptura, como la de 2004.
Una vez en tierra, comienza una caminata sobre la morena del glaciar (el sitio donde la tierra y el hielo se unen), de unos 40 minutos, hasta llegar al hielo mismo. "El Campo de Hielo Patagónico tiene 13.000 km2, la tercera área [helada de mayor extensión] en el mundo. Este glaciar tiene 30 km de largo por 5 de ancho. Nos dirigimos hacia allí", indica Pera.
"Allí" parece un lugar imposible, exagerado, excesivo, como el glaciar mismo. "Es realmente chévere este lugar", asegura Jordis Guzmán Bulla, una periodista alemana del Welt am Sonntag que nunca estuvo antes sobre un glaciar. Junto a ella, una norteamericana, una pareja de mieleros brasileños, cuatro franceses, dos australianos y dos mexicanos completan el grupo. Los únicos argentinos son los periodistas de LA NACION.
"Aún vienen pocos argentinos, creo que todavía no incorporan al trekking como una actividad de vacaciones, como sí lo hacen los europeos. Claro que también es una excursión cara para el argentino", detalla Paula, mientras coloca crampones y arneses a todos los caminantes.
Lo que sigue es un viaje único al corazón del glaciar. Durante cuatro horas se exploran cavernas, sumideros, lagunas de color indefinible y cuevas de blanco, blanquísimo hielo. "Lo que vemos es un copo de nieve atrapado en el hielo de unos 400 años", describe la guía Paula Alegre, de Bariloche, que está trabajando aquí durante la temporada.
Y señala la pared de la caverna de hielo donde esta cronista intenta descifrar, sin suerte, dónde se encuentra el alma helada de este glaciar amistoso. "Es muy bonito este recorrido, pensé que sería más difícil", opina Regina Kruglyak, una ingeniera ambiental ucrania, nacionalizada estadounidense.
Su opinión no es menor: ha viajado por el mundo caminando y observando glaciares, y describe las diferencias entre unos y otros. Y las historias de los visitantes son casi tan atractivas como el glaciar mismo. "Aprendí español en Guatemala, ahora estoy viajando unos meses y luego me reuniré en Perú con otros colegas de Ingenieros Ambientales Sin Fronteras", explica Regina. Mientras esto ocurre, Charly Cabezas, el tercer guía del grupo, hace una demostración de escalada en hielo con piqueta.
Poco falta para llegar al centro mismo del glaciar. Allí, catedrales de hielo talladas por Gaudí pondrán punto final al recorrido. "Hasta aquí llegamos. Sólo con equipos y más preparación se podría seguir. Tal vez la próxima", bromea.
El grupo, que intenta comunicarse en varios idiomas, compartirá el almuerzo sobre el hielo. Pronto, todos nos daremos cuenta de que las palabras sobran ante tanta inmensidad. Y haremos silencio.
Mariela Arias
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El crímen de la calle Gallo
Los gritos de una mujer rompieron el silencio de aquella madrugada de lunes en la calle Gallo, en el Barrio Norte de Buenos Aires. Era la hora 0 del 20 de julio de 1914 y hacía 14 grados. Gallo 1680, entre Güemes y Santa Fe: un edificio de seis pisos, con balcones franceses adornados con verjas de hierro negro. Los gritos venían del departamento de la planta baja, que tenía puerta a la calle. Se oían lejanos. "Estoy encerrada", o algo así, clamaba la mujer desde algún lugar de la casa. Acudió el portero. Quien gritaba era una de las moradoras, doña Carmen Guillot de Livingston. El portero forzó la ventana que daba a Gallo, entró en la casa y destrabó una puerta interior. Luego franqueó la cancel por la que entró el agente Tapia, de la comisaría 17ª, que estaba de facción en la esquina de Gallo y Güemes.
En el hall, un hombre yacía muerto sobre un charco de sangre. Literalmente, lo habían cosido a puñaladas. La sangre salpicaba las paredes; en el suelo se encontraron el sombrero y el bastón de Malaca del muerto. También, dos cuchillos que no estaban manchados. Carmen Guillot, vestida con camisón y bata, se desvaneció al ver el cadáver. Cuando se repuso contó, con palabras entrecortadas, que había escuchado ruidos de lucha y lamentos de su marido, pero la puerta interior que comunicaba el hall con los dormitorios estaba cerrada.
La víctima se llamaba Frank Carlos Livingston, argentino, de 46 años. Era contador del Banco Hipotecario. Los Livingston, sus cinco hijos (el más pequeño de sólo nueve meses) y la criada Catalina González vivían desde hacía un mes en el departamento. Todo indicaba que los asesinos habían entrado a robar, porque a Livingston le faltaba la billetera. El médico forense doctor Juan Espina, tras examinar» el cadáver, adelantó algunas conclusiones:
-Tiene casi cuarenta heridas punzantes, producidas por dos cuchillos. Unas quince pudieron ser mortales, pero la decisiva fue un golpe seco y horizontal que le rebanó la carótida.
El comisario Samuel Ruffet quedó al mando de la pesquisa mientras los diarios de la tarde, aquel mismo lunes, anunciaban: "Crimen en la calle Gallo" y "Un hombre fue salvajemente asesinado en Barrio Norte".
El domingo 19 de julio Frank Carlos Livingston había salido con familiares, mientras su esposa se quedaba en casa con los niños. Regresó a la medianoche. No había que ser muy ducho para concluir: la víctima había sido seguida por los agresores, quienes se filtraron tras él cuando abrió la puerta, lo atacaron, lo despojaron del dinero y huyeron. Todo parecía claro.
Pero no estaba tan claro para el comisario Ruffet. Las siguientes seis semanas, Buenos Aires vivió pendiente del caso Livingston. ¿Por qué? Quizá por ser distinto. Ni el escenario ni los protagonistas eran los habituales en la crónica roja. Esta vez, ni la víctima ni su entorno pertenecían al mundo de los inmigrantes, criollos pobres o gente del suburbio: eran personas de postín, con buena posición económica.
Otro factor contribuyó a que el caso Livingston estallara como una bomba: el periodismo porteño estaba cambiando. Buenos Aires se transformaba de gran aldea en urbe y nacía un interés vehemente por los crímenes que toda gran ciudad esconde. Los diarios más importantes eran La Prensa y La Nación, pero se había iniciado una guerra entre los vespertinos Ultima Hora, La Razón y Crítica, que daban cada vez más espacio a las noticias policiales, a las que el director de este último, Natalio Botana, mandaba cubrir con fotos, dibujos y cronistas que, a la manera de detectives privados, investigaban por su cuenta. En Crítica, esas noticias las redactaba José Antonio Saldías, el Toba, periodista bohemio que a veces redactaba sus crónicas en verso. La trama de pasión, venganza e intereses tras el caso Livingston fue un bocatto di cardinale para esos diarios que querían llegar al gran público.
Las dudas del comisario
¿Qué era lo que no le cuadraba al comisario Ruffet? La ferocidad con la que había sido asesinado Livingston no podía ser obra de un ratero ocasional; es cierto que había desaparecido la billetera de Livingston y también su pañuelo de hilo, pero ¿por qué habían dejado el reloj de oro con tapa que guardaba la víctima en el bolsillo? ¿Y el lápiz, también de oro? Unos vecinos habían visto salir del departamento, a las 0.15, a dos o tres hombres que cerraban la puerta y se alejaban con parsimonia hacia la avenida Santa Fe. En el caso de ser ladrones, ¿no habrían huido a la carrera?
Además, se habían encontrado huellas rojas de pisadas en el interior del departamento, como si el asesino, tras apuñalar al dueño de casa, hubiera intentado asaltar a los demás moradores y se hubiese arrepentido. Ruffet inició una investigación a fondo sobre los personajes de la tragedia ¿Quiénes eran Frank Carlos Livingston y Carmen Guillot?
El primero de los Livingston -familia originaria de Albany, Nueva York- había llegado a estas tierras a mediados del siglo XIX. Frank Carlos, a quien todos llamaban Carlos, tenía un buen pasar. Era propietario de por lo menos tres departamentos en el barrio de Belgrano. Pero algo no funcionaba bien en su vida. Había sido atacado varias veces por desconocidos. La última vez, el 15 de mayo, pocos meses antes del crimen, en la esquina de Amenábar y Manuela Pedraza. Livingston era un hombre grueso, calvo, que lucía unos bigotazos a la moda. Nunca se separaba de su bastón de Malaca, con el que había puesto a los agresores en fuga. Livingston había denunciado la agresión en la comisaría 39ª, ocasión en que conoció al comisario Ruffet. En realidad, Livingston era una persona conflictiva y de mal carácter. Como no quedó conforme con las diligencias que había ordenado el comisario, anunció que, mediante sus relaciones en esferas públicas, haría "saltar a Ruffet".
Socio y asiduo concurrente del Jockey Club, el turf era su pasión. El domingo en que lo asesinaron había estado en el Hipódromo de Palermo, ya que corría su potrillo Yrigoyen, favorito en el clásico de la jornada, el Premio Estados Unidos del Brasil. Antes de salir, le había dicho a Carmen que tenía un "dato" imperdible: Yrigoyen no podía perder en la séptima carrera.
Ruffet conocía bien a ese hombre vociferante e intempestivo: también había actuado en varias quejas presentadas por Carmen Guillot debido a agresiones del marido. Porque Carmen era una mujer golpeada.
Pronto quedó en claro que Livingston, con fama de mujeriego, tenía una amante: una joven italiana, que vivía en uno de los departamentos del hombre convertido en garçonnière. Como a esta muchacha nunca se la había implicado en el crimen, la prensa no la identificó; sólo se sabían sus iniciales: M.G.
Los asesinos habían dejado las armas del homicidio en el lugar. Este descuido, ¿a qué obedecía? ¿Impericia, irresponsabilidad, o intento de incriminar a alguien? Esos cuchillos llevaron a Ruffet a resolver el caso.
Pescado fresco
Un sábado de agosto, el comisario Samuel Ruffet decidió darle a su señora una sorpresa. Salió del Departamento de Policía y caminó por Alsina y luego por Carlos Pellegrini hasta el Mercado del Plata. Observó la pericia con la que los carniceros trozaban el hígado, cortaban los costillares, picaban la tripa. En los puestos de pescado, sus dueños, italianos o españoles, despanzurraban el pez al medio, lo descamaban, hacían filetes finos como un papel de seda: cuchillas, navajas, trinchetes bruñidos. El comisario Ruffet imaginaba esos filos ensañándose en el cuerpo de Livingston. ¿Qué pescadero surtía a los Livingston?, se preguntó, y volvió al Departamento para averiguarlo.
El comisario Villanueva, su ayudante, le tenía preparado un informe sobre Livingston: según los allegados de la familia, las desavenencias eran tan grandes que el matrimonio hacía tiempo que ni se hablaba. ¿Estaba en contacto el asesinado con alguna mafia del juego? No, nada de eso. En realidad, Livingston se distinguía por su avaricia. Jugaba a lo sumo 10 o 15 boletos. ¿Y su fortuna? Nada que objetar. Livingston provenía de una familia de linaje.
Antes de abandonar los cuchillos en el lugar del crimen, los habían limpiado. Olor a colonia -la misma marca que usaba la víctima- se desprendía de ambas armas, por lo que podía inferirse que los asesinos las habían frotado con el pañuelo de la víctima. Sin embargo, otro olor persistía. Olor a pescado.
La pesquisa se concentró en la criada: no fue difícil determinar que tenía amores con el pescadero de los Livingston. Era un mocetón robusto llamado Salvatore Vitarelli, con puesto en el mercado de Vicente López y Rodríguez Peña. Vitarelli fue detenido, liberado, y luego detenido otra vez.
Ruffet interrogó a la criada y a la patrona. La primera que se derrumbó fue Catalina. Su relato reveló el pacto homicida. Carmen Guillot fue detenida. Se le permitió tener con ella a su niño pequeño. Vitarelli fue el siguiente en confesar. Carmen primero negó, pero acabó admitiendo todo.
La trama asesina
Livingston no sólo tenía mal carácter. En la casa, era un tirano. Castigaba a su esposa física y moralmente. La Guillot, que por parte de madre se apellidaba Borges, tenía prohibido ver a sus propios padres. Además, Livingston sólo le daba tres pesos al día, suma con la que ella debía mantener la casa. "Si no tienen qué comer, pasen hambre." La sufrida esposa, envejecida a pesar de sus pocos años, hizo de Catalina su confidente. Muchas veces, en medio de llantos, contó a la criada que no podía más. En aquellos tiempos, que una mujer abandonara el hogar hubiera sido impensable. Entonces, surgió la idea del crimen. Catalina sugirió a su patrona que hablara con Salvatore, el pescadero. Otro que odiaba a Livingston porque se atrasaba en pagar la cuenta de las compras. Un día, en el mercado, Carmen le habría dicho a Salvatore:
-¿Cuánto le debe mi marido? ¿Doscientos pesos? Usted podría cobrar eso y mucho más. si me ayudara a eliminarlo. Le pagaría dos mil pesos.
En el Mercado merodeaban inmigrantes sin trabajo ni documentos que hacían cualquier cosa con tal de ganar algo de dinero. Vitarelli se encargó de contratar a dos de ellos: Giovanni Battista Lauro y Francesco Salvatto, dos calabreses analfabetos, desocupados, desesperados por la miseria.
Tras dos intentos frustrados, la ocasión decisiva se presentó el domingo 19 de julio. Livingston le anticipó a su mujer que a la salida del hipódromo iría a festejar el triunfo de Yrigoyen, que descontaba. A las nueve y media de la noche, Carmen y Catalina abrieron a Lauro y Salvatto las puertas de Gallo 1680. Esperaron en la oscuridad del vestíbulo.
Las dos mujeres cerraron con llave el paso a los dormitorios, donde se recluyeron. A las doce, se escuchó el ruido de la llave. Los asesinos se abalanzaron sobre el dueño de casa en la oscuridad. Livingston defendió su vida como un león. Finalmente, cayó con el cuerpo y la cara sajados, mientras sus asesinos recuperaban el resuello. En ese momento apareció Carmen. Les gritó:
-Sáquenle la billetera y váyanse.
Antes de hacerlo, los malhechores limpiaron los cuchillos con el pañuelo del muerto, que guardaron, pero. ¡dejaron los cuchillos! Y Carmen Guillot pisó sangre con sus chinelas, que dejaron sus huellas en el departamento, aunque luego advirtió el error.
Lauro fue detenido en un pueblo de Santa Fe. De nada sirvió que algunos calabreses lo ocultaran. En cuanto a Salvatto, consiguió subir como polizón en un paquebote que partió a Italia, pero fue descubierto al hacer escala en Santos (Brasil): lo bajaron y devolvieron a Buenos Aires.
Durante el proceso, el interés de la opinión pública se centraba en lo que pasaría con Carmen Guillot, procesada por homicidio en grado de tentativa y asociación ilícita. Antonio De Tomaso, su abogado -futuro diputado socialista de una oratoria que derretía las piedras-, la presentó como la víctima de un monstruo. Así declaró la imputada ante el juez de instrucción:
-Pertenecí a una honrada familia, señor juez. Mis padres sufrieron mucho conmigo a causa de mi salud. Yo estaba predestinada a la muerte. Mucho antes de casarme, cuando aún vivía con mis padres en una finca de Belgrano, empecé a sufrir el mal de Basedow. Es un bocio que apenas desfigura la garganta pero perturba la psiquis.
-¿Cómo conoció a su marido?
-El vivía cerca de mi casa, en un chalet, con una mujer francesa. Me miraba, sonreía, un día me arrojó una carta de amor. Decía que estaba enamorado de mi "extraña belleza". Yo desconfiaba. Mucho se murmuraba de él, de su vida, de sus costumbres. Cuando todos se oponían a nuestro amor, combatí contra todos, como una leona. Un día me esperó en su coche. Escapamos. Me llevó a un hotel. Mi desengaño fue cruel. Mis ilusiones duraron apenas horas. En la intimidad, se me presentó como una bestia.
-¿Por qué se casó con él?
-Era joven, estaba enferma, atolondrada por un amor sincero y por un mal que me enloquecía, era un guiñapo. Después de muchas incidencias, decidimos casarnos. Yo ni siquiera había cumplido los quince años. Y empezó mi martirio. El era cruel. Me odiaba, y no perdía oportunidad de despreciarme. Con ese mismo bastón de Malaca con el que se defendió, me propinaba feroces palizas. Derrochaba dinero con mujeres y en el juego. Cada nacimiento de mis hijos fue para él un disgusto. (...) Harta de ser castigada, cuando la mucama me propuso una solución, la acepté. Ella también había tenido un marido así y se había librado de él. La noche en que los pescadores entraron a casa para matarlo, quedé muda de espanto.
Carmen Guillot fue condenada a reclusión perpetua. La misma pena recayó en Salvatore Vitarelli. Catalina González recibió quince años. Muchos años después, el periodista Luis Diéguez, de Crítica, entrevistó a Carmen Guillot en la Cárcel de Mujeres, el caserón de Humberto I y Defensa. Así la describió: "De la antigua belleza, ella conserva la fascinación de los ojos grandes y negros. La hermosura de ayer se muestra marchita, acentuada por la encanecida cabellera". Ante el periodista, la condenada elevó una súplica:
-¡No me arrepentiré jamás! El tuvo la culpa. Ahora ya no soy una mujer peligrosa. Bien merezco ver a mis hijos.
Pero sus hijos la abandonaron.
Lauro y Salvatto fueron fusilados en el patio de la Penitenciaría Nacional la madrugada del 22 de julio de 1916. Nadie reclamó sus cuerpos. Lauro dejó una estampita de San Genaro pegada en la pared de su celda. Salvatto pidió fumar un toscano corto, un charuto, antes de caer ante el pelotón. Todavía estaba encendido cuando se lo dio al cura.
Fue la última vez que se aplicó la pena capital por causas no políticas en Buenos Aires.
Alvaro Abos
Copyright S. A. LA NACION 2006. Todos los derechos reservados
En el hall, un hombre yacía muerto sobre un charco de sangre. Literalmente, lo habían cosido a puñaladas. La sangre salpicaba las paredes; en el suelo se encontraron el sombrero y el bastón de Malaca del muerto. También, dos cuchillos que no estaban manchados. Carmen Guillot, vestida con camisón y bata, se desvaneció al ver el cadáver. Cuando se repuso contó, con palabras entrecortadas, que había escuchado ruidos de lucha y lamentos de su marido, pero la puerta interior que comunicaba el hall con los dormitorios estaba cerrada.
La víctima se llamaba Frank Carlos Livingston, argentino, de 46 años. Era contador del Banco Hipotecario. Los Livingston, sus cinco hijos (el más pequeño de sólo nueve meses) y la criada Catalina González vivían desde hacía un mes en el departamento. Todo indicaba que los asesinos habían entrado a robar, porque a Livingston le faltaba la billetera. El médico forense doctor Juan Espina, tras examinar» el cadáver, adelantó algunas conclusiones:
-Tiene casi cuarenta heridas punzantes, producidas por dos cuchillos. Unas quince pudieron ser mortales, pero la decisiva fue un golpe seco y horizontal que le rebanó la carótida.
El comisario Samuel Ruffet quedó al mando de la pesquisa mientras los diarios de la tarde, aquel mismo lunes, anunciaban: "Crimen en la calle Gallo" y "Un hombre fue salvajemente asesinado en Barrio Norte".
El domingo 19 de julio Frank Carlos Livingston había salido con familiares, mientras su esposa se quedaba en casa con los niños. Regresó a la medianoche. No había que ser muy ducho para concluir: la víctima había sido seguida por los agresores, quienes se filtraron tras él cuando abrió la puerta, lo atacaron, lo despojaron del dinero y huyeron. Todo parecía claro.
Pero no estaba tan claro para el comisario Ruffet. Las siguientes seis semanas, Buenos Aires vivió pendiente del caso Livingston. ¿Por qué? Quizá por ser distinto. Ni el escenario ni los protagonistas eran los habituales en la crónica roja. Esta vez, ni la víctima ni su entorno pertenecían al mundo de los inmigrantes, criollos pobres o gente del suburbio: eran personas de postín, con buena posición económica.
Otro factor contribuyó a que el caso Livingston estallara como una bomba: el periodismo porteño estaba cambiando. Buenos Aires se transformaba de gran aldea en urbe y nacía un interés vehemente por los crímenes que toda gran ciudad esconde. Los diarios más importantes eran La Prensa y La Nación, pero se había iniciado una guerra entre los vespertinos Ultima Hora, La Razón y Crítica, que daban cada vez más espacio a las noticias policiales, a las que el director de este último, Natalio Botana, mandaba cubrir con fotos, dibujos y cronistas que, a la manera de detectives privados, investigaban por su cuenta. En Crítica, esas noticias las redactaba José Antonio Saldías, el Toba, periodista bohemio que a veces redactaba sus crónicas en verso. La trama de pasión, venganza e intereses tras el caso Livingston fue un bocatto di cardinale para esos diarios que querían llegar al gran público.
Las dudas del comisario
¿Qué era lo que no le cuadraba al comisario Ruffet? La ferocidad con la que había sido asesinado Livingston no podía ser obra de un ratero ocasional; es cierto que había desaparecido la billetera de Livingston y también su pañuelo de hilo, pero ¿por qué habían dejado el reloj de oro con tapa que guardaba la víctima en el bolsillo? ¿Y el lápiz, también de oro? Unos vecinos habían visto salir del departamento, a las 0.15, a dos o tres hombres que cerraban la puerta y se alejaban con parsimonia hacia la avenida Santa Fe. En el caso de ser ladrones, ¿no habrían huido a la carrera?
Además, se habían encontrado huellas rojas de pisadas en el interior del departamento, como si el asesino, tras apuñalar al dueño de casa, hubiera intentado asaltar a los demás moradores y se hubiese arrepentido. Ruffet inició una investigación a fondo sobre los personajes de la tragedia ¿Quiénes eran Frank Carlos Livingston y Carmen Guillot?
El primero de los Livingston -familia originaria de Albany, Nueva York- había llegado a estas tierras a mediados del siglo XIX. Frank Carlos, a quien todos llamaban Carlos, tenía un buen pasar. Era propietario de por lo menos tres departamentos en el barrio de Belgrano. Pero algo no funcionaba bien en su vida. Había sido atacado varias veces por desconocidos. La última vez, el 15 de mayo, pocos meses antes del crimen, en la esquina de Amenábar y Manuela Pedraza. Livingston era un hombre grueso, calvo, que lucía unos bigotazos a la moda. Nunca se separaba de su bastón de Malaca, con el que había puesto a los agresores en fuga. Livingston había denunciado la agresión en la comisaría 39ª, ocasión en que conoció al comisario Ruffet. En realidad, Livingston era una persona conflictiva y de mal carácter. Como no quedó conforme con las diligencias que había ordenado el comisario, anunció que, mediante sus relaciones en esferas públicas, haría "saltar a Ruffet".
Socio y asiduo concurrente del Jockey Club, el turf era su pasión. El domingo en que lo asesinaron había estado en el Hipódromo de Palermo, ya que corría su potrillo Yrigoyen, favorito en el clásico de la jornada, el Premio Estados Unidos del Brasil. Antes de salir, le había dicho a Carmen que tenía un "dato" imperdible: Yrigoyen no podía perder en la séptima carrera.
Ruffet conocía bien a ese hombre vociferante e intempestivo: también había actuado en varias quejas presentadas por Carmen Guillot debido a agresiones del marido. Porque Carmen era una mujer golpeada.
Pronto quedó en claro que Livingston, con fama de mujeriego, tenía una amante: una joven italiana, que vivía en uno de los departamentos del hombre convertido en garçonnière. Como a esta muchacha nunca se la había implicado en el crimen, la prensa no la identificó; sólo se sabían sus iniciales: M.G.
Los asesinos habían dejado las armas del homicidio en el lugar. Este descuido, ¿a qué obedecía? ¿Impericia, irresponsabilidad, o intento de incriminar a alguien? Esos cuchillos llevaron a Ruffet a resolver el caso.
Pescado fresco
Un sábado de agosto, el comisario Samuel Ruffet decidió darle a su señora una sorpresa. Salió del Departamento de Policía y caminó por Alsina y luego por Carlos Pellegrini hasta el Mercado del Plata. Observó la pericia con la que los carniceros trozaban el hígado, cortaban los costillares, picaban la tripa. En los puestos de pescado, sus dueños, italianos o españoles, despanzurraban el pez al medio, lo descamaban, hacían filetes finos como un papel de seda: cuchillas, navajas, trinchetes bruñidos. El comisario Ruffet imaginaba esos filos ensañándose en el cuerpo de Livingston. ¿Qué pescadero surtía a los Livingston?, se preguntó, y volvió al Departamento para averiguarlo.
El comisario Villanueva, su ayudante, le tenía preparado un informe sobre Livingston: según los allegados de la familia, las desavenencias eran tan grandes que el matrimonio hacía tiempo que ni se hablaba. ¿Estaba en contacto el asesinado con alguna mafia del juego? No, nada de eso. En realidad, Livingston se distinguía por su avaricia. Jugaba a lo sumo 10 o 15 boletos. ¿Y su fortuna? Nada que objetar. Livingston provenía de una familia de linaje.
Antes de abandonar los cuchillos en el lugar del crimen, los habían limpiado. Olor a colonia -la misma marca que usaba la víctima- se desprendía de ambas armas, por lo que podía inferirse que los asesinos las habían frotado con el pañuelo de la víctima. Sin embargo, otro olor persistía. Olor a pescado.
La pesquisa se concentró en la criada: no fue difícil determinar que tenía amores con el pescadero de los Livingston. Era un mocetón robusto llamado Salvatore Vitarelli, con puesto en el mercado de Vicente López y Rodríguez Peña. Vitarelli fue detenido, liberado, y luego detenido otra vez.
Ruffet interrogó a la criada y a la patrona. La primera que se derrumbó fue Catalina. Su relato reveló el pacto homicida. Carmen Guillot fue detenida. Se le permitió tener con ella a su niño pequeño. Vitarelli fue el siguiente en confesar. Carmen primero negó, pero acabó admitiendo todo.
La trama asesina
Livingston no sólo tenía mal carácter. En la casa, era un tirano. Castigaba a su esposa física y moralmente. La Guillot, que por parte de madre se apellidaba Borges, tenía prohibido ver a sus propios padres. Además, Livingston sólo le daba tres pesos al día, suma con la que ella debía mantener la casa. "Si no tienen qué comer, pasen hambre." La sufrida esposa, envejecida a pesar de sus pocos años, hizo de Catalina su confidente. Muchas veces, en medio de llantos, contó a la criada que no podía más. En aquellos tiempos, que una mujer abandonara el hogar hubiera sido impensable. Entonces, surgió la idea del crimen. Catalina sugirió a su patrona que hablara con Salvatore, el pescadero. Otro que odiaba a Livingston porque se atrasaba en pagar la cuenta de las compras. Un día, en el mercado, Carmen le habría dicho a Salvatore:
-¿Cuánto le debe mi marido? ¿Doscientos pesos? Usted podría cobrar eso y mucho más. si me ayudara a eliminarlo. Le pagaría dos mil pesos.
En el Mercado merodeaban inmigrantes sin trabajo ni documentos que hacían cualquier cosa con tal de ganar algo de dinero. Vitarelli se encargó de contratar a dos de ellos: Giovanni Battista Lauro y Francesco Salvatto, dos calabreses analfabetos, desocupados, desesperados por la miseria.
Tras dos intentos frustrados, la ocasión decisiva se presentó el domingo 19 de julio. Livingston le anticipó a su mujer que a la salida del hipódromo iría a festejar el triunfo de Yrigoyen, que descontaba. A las nueve y media de la noche, Carmen y Catalina abrieron a Lauro y Salvatto las puertas de Gallo 1680. Esperaron en la oscuridad del vestíbulo.
Las dos mujeres cerraron con llave el paso a los dormitorios, donde se recluyeron. A las doce, se escuchó el ruido de la llave. Los asesinos se abalanzaron sobre el dueño de casa en la oscuridad. Livingston defendió su vida como un león. Finalmente, cayó con el cuerpo y la cara sajados, mientras sus asesinos recuperaban el resuello. En ese momento apareció Carmen. Les gritó:
-Sáquenle la billetera y váyanse.
Antes de hacerlo, los malhechores limpiaron los cuchillos con el pañuelo del muerto, que guardaron, pero. ¡dejaron los cuchillos! Y Carmen Guillot pisó sangre con sus chinelas, que dejaron sus huellas en el departamento, aunque luego advirtió el error.
Lauro fue detenido en un pueblo de Santa Fe. De nada sirvió que algunos calabreses lo ocultaran. En cuanto a Salvatto, consiguió subir como polizón en un paquebote que partió a Italia, pero fue descubierto al hacer escala en Santos (Brasil): lo bajaron y devolvieron a Buenos Aires.
Durante el proceso, el interés de la opinión pública se centraba en lo que pasaría con Carmen Guillot, procesada por homicidio en grado de tentativa y asociación ilícita. Antonio De Tomaso, su abogado -futuro diputado socialista de una oratoria que derretía las piedras-, la presentó como la víctima de un monstruo. Así declaró la imputada ante el juez de instrucción:
-Pertenecí a una honrada familia, señor juez. Mis padres sufrieron mucho conmigo a causa de mi salud. Yo estaba predestinada a la muerte. Mucho antes de casarme, cuando aún vivía con mis padres en una finca de Belgrano, empecé a sufrir el mal de Basedow. Es un bocio que apenas desfigura la garganta pero perturba la psiquis.
-¿Cómo conoció a su marido?
-El vivía cerca de mi casa, en un chalet, con una mujer francesa. Me miraba, sonreía, un día me arrojó una carta de amor. Decía que estaba enamorado de mi "extraña belleza". Yo desconfiaba. Mucho se murmuraba de él, de su vida, de sus costumbres. Cuando todos se oponían a nuestro amor, combatí contra todos, como una leona. Un día me esperó en su coche. Escapamos. Me llevó a un hotel. Mi desengaño fue cruel. Mis ilusiones duraron apenas horas. En la intimidad, se me presentó como una bestia.
-¿Por qué se casó con él?
-Era joven, estaba enferma, atolondrada por un amor sincero y por un mal que me enloquecía, era un guiñapo. Después de muchas incidencias, decidimos casarnos. Yo ni siquiera había cumplido los quince años. Y empezó mi martirio. El era cruel. Me odiaba, y no perdía oportunidad de despreciarme. Con ese mismo bastón de Malaca con el que se defendió, me propinaba feroces palizas. Derrochaba dinero con mujeres y en el juego. Cada nacimiento de mis hijos fue para él un disgusto. (...) Harta de ser castigada, cuando la mucama me propuso una solución, la acepté. Ella también había tenido un marido así y se había librado de él. La noche en que los pescadores entraron a casa para matarlo, quedé muda de espanto.
Carmen Guillot fue condenada a reclusión perpetua. La misma pena recayó en Salvatore Vitarelli. Catalina González recibió quince años. Muchos años después, el periodista Luis Diéguez, de Crítica, entrevistó a Carmen Guillot en la Cárcel de Mujeres, el caserón de Humberto I y Defensa. Así la describió: "De la antigua belleza, ella conserva la fascinación de los ojos grandes y negros. La hermosura de ayer se muestra marchita, acentuada por la encanecida cabellera". Ante el periodista, la condenada elevó una súplica:
-¡No me arrepentiré jamás! El tuvo la culpa. Ahora ya no soy una mujer peligrosa. Bien merezco ver a mis hijos.
Pero sus hijos la abandonaron.
Lauro y Salvatto fueron fusilados en el patio de la Penitenciaría Nacional la madrugada del 22 de julio de 1916. Nadie reclamó sus cuerpos. Lauro dejó una estampita de San Genaro pegada en la pared de su celda. Salvatto pidió fumar un toscano corto, un charuto, antes de caer ante el pelotón. Todavía estaba encendido cuando se lo dio al cura.
Fue la última vez que se aplicó la pena capital por causas no políticas en Buenos Aires.
Alvaro Abos
Copyright S. A. LA NACION 2006. Todos los derechos reservados
ÚLTIMO TEST DE PERSONALIDAD CORTITO: ¿CÓMO TE GUSTARÍA MORIRTE?
El último Test de Personalidad Cortito, donde las opciones son pocas y los resultados son muy muy específicos , en forma de novela posmo de Sydney Sheldon y donde se rinde un “cálido homenaje” a “El día de los Trífidos".
HOY: ¿ESTÁS SATISFECHA Y CONECTADA CON TU VERDADERO YO?
1) ¿Cómo te gustaría morirte?
A) En mi lecho de muerte, rodeado de todos mis amigos llorando, mientras les digo sabias palabras de consuelo.
B) Jugando a los videojuegos durante 48 horas como al coreano ese
C) En un accidente en aladelta. Pero morir, no quedar paralítico ni nada parecido
D) Llevándome al infierno a todos los que un día me hicieron sufrir
E) Imperceptiblemente, a lo largo de cuarenta minutos, como si me estuviera durmiendo una siestita
Mayoría de respuestas A: Eres una mujer que sabe lo que quiere, aunque con algunos problemas mentales, que no son obstáculo – en realidad todo lo contrario – a la hora de ser poseída por tus dos hijos imaginarios Checho y Lalo y dirigirte a la noche triunfal de tu hijo adoptivo, un paseador de perros obeso de dieciséis años que conociste hace unas tres semanas y que gracias a tus influencias está dando el discurso de lanzamiento de su creación, un reality show sobre ciegos, discurso por otra parte que se ve obligado a interrumpir porque te estás lanzando sobe él – en realidad no tú sino Checho y Lalo, en un ataque de celos – armada de quince cucharitas de cafñé que sabes utilizar como armas mortales. Un consejo: en esta temporada el verde esta PRO – HI – BI – DO.
Mayoría de respuestas B: A pesar de algunos problemas con tu autoestima estás saliendo adelante, primero acompañando a esa chica tan linda del videoclub al lanzamiento del Reality de Ciegos donde participará su hermanito – claro que sin que ella te lo haya pedido, pero eso habla de que estás fortaleciendo tu personalidad – y ahora salvando al protagonista de la noche, luchando con la vieja loca que se lanzó sobre él armada de mortales cucharas, pero haber visto “Principe y Mendigo” unas 48 veces, principalmente por la brillante actuación de Raquel Welch, te ha permitido desarmarla armado de un mantel y un par de esos pinchitos para agarrar salchichitas. Tu animal tótem es el guepardo y tu árbol el fresno.
Mayoría de respuestas C: Eres una persona que sabe aprovechar los golpes de suerte cuando se le presentan y así fue como llegaste a vicepresidente de un importante canal de televisión hasta que el hijo adoptivo de tu ex mujer te desplazó por completo, obligándote a pasar de tus tres botellas de Chivas semanales a una botella de Ginebra al mes, pero ahora que la misma loca de tu ex mujer tuvo uno de sus brotes psicóticos y está a punto de asesinar al gordito imbécil, no vas a permitir que nadie arruine tu única oportunidad de regreso triunfal, así que identificas rápidamente los movimientos que el infeliz (el que lucha con tu ex mujer) está haciendo como parte de la escena en la que Miles Lendon enfrenta a unos rufianes en “Principe y Mendigo” y recurres al movimiento que venció al inolvidable personaje de Mark Twain, es decir, un jarrazo de acero inoxidable en la cabeza por la espalda, lo que deja a la loca libre para continuar su tarea purificadora. Cuidado con el colesterol.
Mayoría de Respuestas D: Eres una persona creativa y talentosa que gracias a su talento y creatividad y una serie de coincidencias irrelevantes ha logrado pasar de ser un inhábil paseador de perros al vicepresidente de un canal de televisión más joven de la historia, además de crear un Reality Show de ciegos que dará que hablar, por lo menos hasta que aproveches la transmisión del programa para emitir a través del satélite tu Rayo de la Felicidad, que pondrá al resto de la humanidad a tus pies, claro que todo eso si logras zafar de tu madre adoptiva que, tal como lo sospechabas, está completamente loca y trata de asesinarte, así que mejor no esperes más y aprieta el botón de tu máquina diabólica para así convertirte en Emperador del Planeta Tierra. Consejo: Intenta vencer la timidez.
Mayoría de Respuestas H: Eres un chacal semisalvaje entrenado por una viejecita muerta para acabar con el gordito creador del reality show de ciegos, y ahora has logrado introducirte en su noche triunfal, donde saltas directamente a su cuello, lo que produce que el chico toque el botón equivocado y una radiación entre fucsia, verde e ídigo se dispare desde el satélite a todo el mundo. Para tus vacaciones, elige la costa.
Mayoría de Respuestas E: Eres una persona solidaria y bondadosa incapaz de decir que no, ni siquiera cuando a tu hermanito no vidente se le ocurrió la estupida idea de presentarse en este Reality Show de ciegos a cuya fiesta de lanzamiento acudiste acompañada - totalmente a la fuerza – por ese pervertido que se la pasaba alquilando películas de Raquel Welch en el videoclub donde trabajabas, y ahora estás aquí en meido de este quilombo y para peor una radiación espectral está invadiéndolo todo y tú y el resto de las personas allí presentes quedan completamente ciegas, excepto tu hermanito que ya estaba ciego de antes y que tiene la oportunidad así de convertirse en el nuevo líder de la Raza Humana, ya que el resto de los participantes del reality eran unos farsantes. Lo bueno es que tu hermanito, siendo Líder de la Raza Humana, te pasa una buena pensión, teniendo en cuenta de que el laburo del videoclub ahora ya no da para más.
Mayoría de Respuestas Z: Eres Marcelo Longobardi.
Espero que este test haya contribuido con su automejoramiento personal, o con el automejoramiento de sus compañeros de oficina que nunca hacen nada bien.
Podeti / Yo contra el mundo / Diario Clarin 2006
HOY: ¿ESTÁS SATISFECHA Y CONECTADA CON TU VERDADERO YO?
1) ¿Cómo te gustaría morirte?
A) En mi lecho de muerte, rodeado de todos mis amigos llorando, mientras les digo sabias palabras de consuelo.
B) Jugando a los videojuegos durante 48 horas como al coreano ese
C) En un accidente en aladelta. Pero morir, no quedar paralítico ni nada parecido
D) Llevándome al infierno a todos los que un día me hicieron sufrir
E) Imperceptiblemente, a lo largo de cuarenta minutos, como si me estuviera durmiendo una siestita
Mayoría de respuestas A: Eres una mujer que sabe lo que quiere, aunque con algunos problemas mentales, que no son obstáculo – en realidad todo lo contrario – a la hora de ser poseída por tus dos hijos imaginarios Checho y Lalo y dirigirte a la noche triunfal de tu hijo adoptivo, un paseador de perros obeso de dieciséis años que conociste hace unas tres semanas y que gracias a tus influencias está dando el discurso de lanzamiento de su creación, un reality show sobre ciegos, discurso por otra parte que se ve obligado a interrumpir porque te estás lanzando sobe él – en realidad no tú sino Checho y Lalo, en un ataque de celos – armada de quince cucharitas de cafñé que sabes utilizar como armas mortales. Un consejo: en esta temporada el verde esta PRO – HI – BI – DO.
Mayoría de respuestas B: A pesar de algunos problemas con tu autoestima estás saliendo adelante, primero acompañando a esa chica tan linda del videoclub al lanzamiento del Reality de Ciegos donde participará su hermanito – claro que sin que ella te lo haya pedido, pero eso habla de que estás fortaleciendo tu personalidad – y ahora salvando al protagonista de la noche, luchando con la vieja loca que se lanzó sobre él armada de mortales cucharas, pero haber visto “Principe y Mendigo” unas 48 veces, principalmente por la brillante actuación de Raquel Welch, te ha permitido desarmarla armado de un mantel y un par de esos pinchitos para agarrar salchichitas. Tu animal tótem es el guepardo y tu árbol el fresno.
Mayoría de respuestas C: Eres una persona que sabe aprovechar los golpes de suerte cuando se le presentan y así fue como llegaste a vicepresidente de un importante canal de televisión hasta que el hijo adoptivo de tu ex mujer te desplazó por completo, obligándote a pasar de tus tres botellas de Chivas semanales a una botella de Ginebra al mes, pero ahora que la misma loca de tu ex mujer tuvo uno de sus brotes psicóticos y está a punto de asesinar al gordito imbécil, no vas a permitir que nadie arruine tu única oportunidad de regreso triunfal, así que identificas rápidamente los movimientos que el infeliz (el que lucha con tu ex mujer) está haciendo como parte de la escena en la que Miles Lendon enfrenta a unos rufianes en “Principe y Mendigo” y recurres al movimiento que venció al inolvidable personaje de Mark Twain, es decir, un jarrazo de acero inoxidable en la cabeza por la espalda, lo que deja a la loca libre para continuar su tarea purificadora. Cuidado con el colesterol.
Mayoría de Respuestas D: Eres una persona creativa y talentosa que gracias a su talento y creatividad y una serie de coincidencias irrelevantes ha logrado pasar de ser un inhábil paseador de perros al vicepresidente de un canal de televisión más joven de la historia, además de crear un Reality Show de ciegos que dará que hablar, por lo menos hasta que aproveches la transmisión del programa para emitir a través del satélite tu Rayo de la Felicidad, que pondrá al resto de la humanidad a tus pies, claro que todo eso si logras zafar de tu madre adoptiva que, tal como lo sospechabas, está completamente loca y trata de asesinarte, así que mejor no esperes más y aprieta el botón de tu máquina diabólica para así convertirte en Emperador del Planeta Tierra. Consejo: Intenta vencer la timidez.
Mayoría de Respuestas H: Eres un chacal semisalvaje entrenado por una viejecita muerta para acabar con el gordito creador del reality show de ciegos, y ahora has logrado introducirte en su noche triunfal, donde saltas directamente a su cuello, lo que produce que el chico toque el botón equivocado y una radiación entre fucsia, verde e ídigo se dispare desde el satélite a todo el mundo. Para tus vacaciones, elige la costa.
Mayoría de Respuestas E: Eres una persona solidaria y bondadosa incapaz de decir que no, ni siquiera cuando a tu hermanito no vidente se le ocurrió la estupida idea de presentarse en este Reality Show de ciegos a cuya fiesta de lanzamiento acudiste acompañada - totalmente a la fuerza – por ese pervertido que se la pasaba alquilando películas de Raquel Welch en el videoclub donde trabajabas, y ahora estás aquí en meido de este quilombo y para peor una radiación espectral está invadiéndolo todo y tú y el resto de las personas allí presentes quedan completamente ciegas, excepto tu hermanito que ya estaba ciego de antes y que tiene la oportunidad así de convertirse en el nuevo líder de la Raza Humana, ya que el resto de los participantes del reality eran unos farsantes. Lo bueno es que tu hermanito, siendo Líder de la Raza Humana, te pasa una buena pensión, teniendo en cuenta de que el laburo del videoclub ahora ya no da para más.
Mayoría de Respuestas Z: Eres Marcelo Longobardi.
Espero que este test haya contribuido con su automejoramiento personal, o con el automejoramiento de sus compañeros de oficina que nunca hacen nada bien.
Podeti / Yo contra el mundo / Diario Clarin 2006
El hijo de la lágrima
Miguel García (usa sólo “Migue” ahora que se lanzó como solista) siempre tuvo una suerte de vida secreta, modo de ser sorprendente porque se trata del hijo de Charly García, probablemente la persona más famosa de la Argentina –sólo superado en devoción popular y fama por Diego Maradona–. Circulaban, eso sí, leyendas: la del chico de pálida languidez, casi un clon pelirrojo de su padre, excelente tecladista, tímido, ayudante-cuasi secretario de su padre; o la del chico problemático que vagaba intoxicado en un relativo anonimato por los boliches de Buenos Aires.
El velo sobre su propia historia se empezó a develar con el trío Kabusacki-Samalea-García, pero Migue se convirtió en un personaje más público recién con A-Tirador Láser, la banda de Lucas Martí donde tocó los teclados y cantó durante unos años. “Para mí estar en A-Tirador Laser fue como haber estado en Led Zeppelin”, dice Migue. “Me hice profesional. Teníamos una misión artística, musical, espiritual, lo que sea; que no estábamos para joder, que está bien tomarse los smoke breaks, pero que hay que trabajar en la sala. En fin, con A-Tirador Laser aprendí a ser un músico, y a construir un personaje en escena.”
Quieto o disparo, el primer disco de Migue García, tiene cierta continuidad con A-Tirador Láser, sobre todo porque lo produce Lucas Martí. Pero es claramente un trabajo personal. Canciones pop-folk sobrias, con letras extrañas de tan privadas, y una voz que recuerda a Charly joven. Pero la sensibilidad de Migue está encerrada en su mundo privado y es contemporánea a pesar de las citas a James Taylor –de quien es fan–. Tiene que cargar con odiosas comparaciones; pero a él no parecen pesarle tanto. Da la impresión de que Migue es el primero en darse cuenta de que no es tan genial como Charly García; y tiene clarísimo que, bueno, poca gente podría serlo.
Te hubieran dado un contrato para grabar mucho antes, sólo porque sos el hijo de Charly García. Pero decidiste editar un primer disco a los 28 años. ¿Por qué te tomaste tanto tiempo? –Porque estaba tocando en A-Tirador Láser. ¿Cómo me iba a hacer solista? Era muy grosso, cantaba, tocaba, incluso vivía momentos de miedo sobre el escenario porque estaba aprendiendo a manejarme ahí arriba. Estaba chocho en la banda. Cuando ese viaje terminó quedaron piezas y de ahí nacieron cosas nuevas. Entonces fue el momento.
¿Y ahora tenés miedo sobre el escenario? –No, ya tomé fuerza hacia una dirección. Ya no puedo mirar para los costados o darme vuelta. Ya estoy en ésta. En vivo, hay un tema donde no toco teclados y trato de bajarme del escenario, sobre todo en los boliches de la costa, y cantarle a la gente en la cara, medio Courtney Love. En A-Tirador ya lo hacía. Uno de los temas que cantaba era un cover de Ministry. Ahí se iba todo a la mierda. Me gusta mucho el heavy metal.
Apenas se nota en el disco... –Bueno, el disco me representa en este momento, y a lo mejor no refleja toda mi paleta de gustos, que es muy amplia. Me gustan Megadeth, Black Sabbath, Led Zeppelin, Deep Purple, el metal industrial, Ministry; y las cosas más Playstation como Atari Teenage Riot. Me gusta el grunge, Smashing Pumpkins, Sonic Youth, Iggy Pop, The Clash... soy muy ecléctico. Por eso quiero hacer una trilogía: tres discos diferentes y parecidos, y el plan es lanzar uno por año. En este disco lo que quería hacer, lo hice. Me gustaría que el próximo disco fuera más movido. Pero me están saliendo temas muy lentos. Traté de hacer un rock el otro día, pero fue lento.
Uno de los temas, “Recordatorio”, parece dedicado a tu papá. Le decís: “Y con tu genial humor, me exigís que toque rock and roll”. ¿Es cierto? –Ese tema es un homenaje a él. Y por supuesto me dice que toque rock, que toque en bares. La última vez que hablamos me dijo que me preocupe menos por la afinación. Y son consejos válidos. Es cierto que me preocupo por la afinación, más que antes, y a él le gustaba más cuando bluseaba. De hecho es el tema más blusero. Todo tiene su razón de ser.
¿Y tu mamá (María Rosa Yorio) qué te dijo? –Mi mamá me ayuda a cantar. Cada vez que hablo con ella me dice algo de la voz. Yo reniego un poco, pero después lo recuerdo. Lo último que me dijo fue: “Si me querés, colocá bien la voz”. Mucha gente que escucha el disco piensa que mi voz es muy parecida a la de mi viejo; yo coincido, pero también la escucho muy parecida a la de mi vieja. Quiero que se sepa de dónde viene eso.
El nino viejo:
Migue estudió piano desde los ocho años, al principio con una profesora rígida; dice que le resultaban muy difíciles las piezas clásicas, aunque disfrutaba las que aprendió a tocar. Recién se empezó a entusiasmar con el instrumento a los doce años, y se reconcilió del todo cuando empezó a tocar canciones. El piano es su pasión, pero también las computadoras. “Me acuerdo de que, de chico, le pedía a mi tía ‘algo con botones’. Soy un nerd. La primera Commodore 64 me la compró mi viejo. El tenía una copa de cognac, en un bar. Pegaba el sol y me decía: “Cuando el reflejo llegue acá, a la mitad de la copa, voy y te compro la computadora”. Pero le volvían a llenar el vaso, y el sol cambiaba de lugar, y yo me moría. Pero bueno, finalmente me la compró.” Migue tiene una enorme colección de discos, pero jamás usa los originales. Se ponía de pésimo humor cuando se le rayaban –rara vez devolvía los cd a sus cajas–, entonces decidió cargar toda su discografía en la computadora y archivar los originales, que no vuelve a tocar jamás.
¿Alguna vez pensaste en dedicarte sólo a las computadoras? –Sí, pero puedo compatibilizar las dos cosas. Además, no me gusta grabarme en casa; creo que es importante el estudio, y que te escuche otro. Para grabar también soy muy nerd, y de hecho lo fui en este disco, pero la idea es que no parezca. Me gusta mucho trabajar con la compu. Hago autoría de DVD, es como armar un sitio web pero de dvd; es un trabajo muy exacto, medio matemático, me gusta quedarme toda una noche probando diferentes programas a ver cuál me saca la mejor calidad de video en la menor cantidad de tiempo, por ejemplo. Es un cuelgue, pero al mismo tiempo es laburo y es guita. Para mí la computadora es una conexión con la vida.
¿No salís de noche? –Ahora nada. Tuve una época de boliches, hasta los dieciocho más o menos. Vivía de noche. Pero ya fue. De los 13 a los 18 viví muchas cosas que la gente vive de más grande. Andaba con amigos más grandes, tomaba sustancias, una onda psicodélica mezclada con Deep Purple que me agarró de pendejo. Tenía el pelo larguísimo, botas de cowboy y unas camisas que le robaba a mi viejo y me sentía en Easy Rider. Tenía una bandera de The Doors gigante colgada arriba de mi cama. Flasheaba con eso hasta que me cambió un poco el plan. Tengo 28, y a veces me siento más grande de lo que soy, me cuesta mucho relacionarme. Mucha gente de mi edad está haciendo ahora cosas que yo ya curtí.
¿Y cuál es tu plan hoy? –Ahora me interesa la familia, las relaciones, disfrutar buenos momentos con alguien, poder salir al sol en la semana y coparse, y fumar, y olvidarse y no fumar. Hace ocho años que estoy tratando de armar a esta persona que quiero ser. El plan es de hogar, amor y familia, expresión, música y un lado luminoso. Rock también, que parezca que se va a romper todo, pero mantener todas las relaciones y no destruir. Nunca destruir.
Crecer con papa:
Migue vivió con su madre hasta los 12 años. Entonces, cuenta, se fue a Pinamar y “medio que me echó de mi casa”. No tenía adónde ir, así que le rompió a patadas la puerta a su padre, y ahí se quedó, en el edificio de Coronel Díaz. Todavía vive ahí, pero desde hace mucho en un departamento dos pisos abajo del de su padre.
¿Está bueno vivir ahí? –Tiene lo suyo. El otro día leí en algún lado que cuando me voy de vacaciones, mi viejo se siente solo. Puede ser. Yo lo que quiero es construir un lugar para que él pueda venir y sentirse bien. No viene a mi casa, yo tengo que visitarlo si quiero tener contacto con él. La última vez que vino se tiró al piso y levantó a mi gata, Blanquita; él le tiene celos. Ella maulló, como diciéndole “no me agarres”, y él sonrió con una sonrisa que hace mucho que no le veía. Y eso es un poco lo que yo busco. Darle eso. Además, en cualquier momento se viene un pibe...
¿Vas a hacer abuelo a Charly? –Apenas se resuelva todo, no sabés cómo. Estoy hace seis años con mi chica, y es la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida, porque sigo enamorado de ella. Me gustaría tener una nena. El otro día vi una foto de una nena pecosa y morocha, y pensé que mi hija podía ser así, mi novia es morocha y yo soy colorado. Tengo los colores de mi vieja.
¿Fue difícil para vos crecer con músicos? –Depende qué músico. Yo tuve suerte. Mis padres tenían conceptos muy sanos. Mi padre es una persona muy caballerosa, con conceptos muy formales de mi abuelo. Los dos son muy del amor. Pero está el problema de que los músicos son volados, o están pariendo una obra y no pueden estar con vos en los momentos en que uno los necesita. A un chico hay que laburarlo, hay que hackearlo hasta los 17 o 18, después lo soltás. Quizá yo estaba más suelto, más sin límite. Eso me llevó a experimentar cosas buenas, cosas fuertes, pero también me hizo quemar etapas y vivir la vida al revés. Después, cuando tuve que laburar con mi viejo y encargarme de todo, a nivel administrativo digamos, me cambió mucho el bocho. Fue un momento de mucha responsabilidad y de mucho estrés para mí.
¿Y cómo eras en la escuela? –A la primaria fui a escuelas normales, hasta que me empezaron a mandar a escuelas fru fru, pedagógicas medias new age, todo ese mambo, y ahí empecé a bardear mal. Me quedé libre en séptimo grado pero di el examen. Y después, en primer año, me mandaron a la escuela Siglo XXI que era una hippada total y me quedé libre. Nunca terminé la secundaria. Qué sé yo, el preceptor era divino, pero era medio cholulo y me daba más margen de error que a los otros chicos, también porque sabía que yo venía de un hogar complicado, digamos. Y los otros chicos se enojaban conmigo, me decían: “Vos faltaste más de 22 veces”. Yo estaba adolescente, con el corazón en la garganta, hacía lo que podía.
¿Viajaste mucho con tu viejo? –Sí, pero él estaba trabajando y yo estaba dando vueltas por la ciudad solo. Me elegía a los peores personajes para vaguear. Me acuerdo de cuando él estaba grabando un disco en Madrid –no sé cuál–, y yo me hice amigo de unos motociclistas que me llevaban a 200 km por hora en la autopista. O en Nueva York, me hice amigo de un mexicano y estábamos todo el día en Central Park fumando. Pero también viajé muchas veces con mi papá a Río cuando él iba a ver a su mujer, Zoca. Eran viajes desintoxicantes para él, se quedaba sentado en una hamaca paraguaya escuchando discos y leyendo revistas y yo me quedaba con él.
¿Es necesario montar un personaje para manejar el cholulismo de la gente? –Totalmente. Tenés que tener uno preparado para varias situaciones. Para un escándalo, para cuando te sacan fotos, para cuando gritan y preguntan qué le pasó a tu papá. En tu globito estás pensando: “Váyanse de acá”, pero tenés que decir: “Está todo bien”. También tenés que tener un personaje para el escenario. Acabo de hacer una sesión de fotos con dos looks, que son dos extremos buenos, uno muy glam y el otro folk. También puedo jugar. Pero en casa, cuando hay bardo o un quilombito, las guardias son muy molestas. Ya no me acuerdo, pero en el último bardo yo entraba comiendo un helado con mi novia. Un quemo. Pero son muchos años y aprendés a manejarlo.
¿Fue mucho escándalo cuando Charly se tiró del noveno piso? –Uy, eso. Le salió bien. Tiene un ángel. Por suerte me avisaron que estaba todo bien antes de que yo viera la imagen. Yo no estaba en el hotel.
¿Te asustan esas locuras de tu padre? –Muchísimo. Por supuesto. Si no me asustara, sería un loco anestesiado. Si no me asustara, me tendría que tirar yo.
Mariana Enriquez
Diario Pagina12 / Radar / Argentina 2006
El velo sobre su propia historia se empezó a develar con el trío Kabusacki-Samalea-García, pero Migue se convirtió en un personaje más público recién con A-Tirador Láser, la banda de Lucas Martí donde tocó los teclados y cantó durante unos años. “Para mí estar en A-Tirador Laser fue como haber estado en Led Zeppelin”, dice Migue. “Me hice profesional. Teníamos una misión artística, musical, espiritual, lo que sea; que no estábamos para joder, que está bien tomarse los smoke breaks, pero que hay que trabajar en la sala. En fin, con A-Tirador Laser aprendí a ser un músico, y a construir un personaje en escena.”
Quieto o disparo, el primer disco de Migue García, tiene cierta continuidad con A-Tirador Láser, sobre todo porque lo produce Lucas Martí. Pero es claramente un trabajo personal. Canciones pop-folk sobrias, con letras extrañas de tan privadas, y una voz que recuerda a Charly joven. Pero la sensibilidad de Migue está encerrada en su mundo privado y es contemporánea a pesar de las citas a James Taylor –de quien es fan–. Tiene que cargar con odiosas comparaciones; pero a él no parecen pesarle tanto. Da la impresión de que Migue es el primero en darse cuenta de que no es tan genial como Charly García; y tiene clarísimo que, bueno, poca gente podría serlo.
Te hubieran dado un contrato para grabar mucho antes, sólo porque sos el hijo de Charly García. Pero decidiste editar un primer disco a los 28 años. ¿Por qué te tomaste tanto tiempo? –Porque estaba tocando en A-Tirador Láser. ¿Cómo me iba a hacer solista? Era muy grosso, cantaba, tocaba, incluso vivía momentos de miedo sobre el escenario porque estaba aprendiendo a manejarme ahí arriba. Estaba chocho en la banda. Cuando ese viaje terminó quedaron piezas y de ahí nacieron cosas nuevas. Entonces fue el momento.
¿Y ahora tenés miedo sobre el escenario? –No, ya tomé fuerza hacia una dirección. Ya no puedo mirar para los costados o darme vuelta. Ya estoy en ésta. En vivo, hay un tema donde no toco teclados y trato de bajarme del escenario, sobre todo en los boliches de la costa, y cantarle a la gente en la cara, medio Courtney Love. En A-Tirador ya lo hacía. Uno de los temas que cantaba era un cover de Ministry. Ahí se iba todo a la mierda. Me gusta mucho el heavy metal.
Apenas se nota en el disco... –Bueno, el disco me representa en este momento, y a lo mejor no refleja toda mi paleta de gustos, que es muy amplia. Me gustan Megadeth, Black Sabbath, Led Zeppelin, Deep Purple, el metal industrial, Ministry; y las cosas más Playstation como Atari Teenage Riot. Me gusta el grunge, Smashing Pumpkins, Sonic Youth, Iggy Pop, The Clash... soy muy ecléctico. Por eso quiero hacer una trilogía: tres discos diferentes y parecidos, y el plan es lanzar uno por año. En este disco lo que quería hacer, lo hice. Me gustaría que el próximo disco fuera más movido. Pero me están saliendo temas muy lentos. Traté de hacer un rock el otro día, pero fue lento.
Uno de los temas, “Recordatorio”, parece dedicado a tu papá. Le decís: “Y con tu genial humor, me exigís que toque rock and roll”. ¿Es cierto? –Ese tema es un homenaje a él. Y por supuesto me dice que toque rock, que toque en bares. La última vez que hablamos me dijo que me preocupe menos por la afinación. Y son consejos válidos. Es cierto que me preocupo por la afinación, más que antes, y a él le gustaba más cuando bluseaba. De hecho es el tema más blusero. Todo tiene su razón de ser.
¿Y tu mamá (María Rosa Yorio) qué te dijo? –Mi mamá me ayuda a cantar. Cada vez que hablo con ella me dice algo de la voz. Yo reniego un poco, pero después lo recuerdo. Lo último que me dijo fue: “Si me querés, colocá bien la voz”. Mucha gente que escucha el disco piensa que mi voz es muy parecida a la de mi viejo; yo coincido, pero también la escucho muy parecida a la de mi vieja. Quiero que se sepa de dónde viene eso.
El nino viejo:
Migue estudió piano desde los ocho años, al principio con una profesora rígida; dice que le resultaban muy difíciles las piezas clásicas, aunque disfrutaba las que aprendió a tocar. Recién se empezó a entusiasmar con el instrumento a los doce años, y se reconcilió del todo cuando empezó a tocar canciones. El piano es su pasión, pero también las computadoras. “Me acuerdo de que, de chico, le pedía a mi tía ‘algo con botones’. Soy un nerd. La primera Commodore 64 me la compró mi viejo. El tenía una copa de cognac, en un bar. Pegaba el sol y me decía: “Cuando el reflejo llegue acá, a la mitad de la copa, voy y te compro la computadora”. Pero le volvían a llenar el vaso, y el sol cambiaba de lugar, y yo me moría. Pero bueno, finalmente me la compró.” Migue tiene una enorme colección de discos, pero jamás usa los originales. Se ponía de pésimo humor cuando se le rayaban –rara vez devolvía los cd a sus cajas–, entonces decidió cargar toda su discografía en la computadora y archivar los originales, que no vuelve a tocar jamás.
¿Alguna vez pensaste en dedicarte sólo a las computadoras? –Sí, pero puedo compatibilizar las dos cosas. Además, no me gusta grabarme en casa; creo que es importante el estudio, y que te escuche otro. Para grabar también soy muy nerd, y de hecho lo fui en este disco, pero la idea es que no parezca. Me gusta mucho trabajar con la compu. Hago autoría de DVD, es como armar un sitio web pero de dvd; es un trabajo muy exacto, medio matemático, me gusta quedarme toda una noche probando diferentes programas a ver cuál me saca la mejor calidad de video en la menor cantidad de tiempo, por ejemplo. Es un cuelgue, pero al mismo tiempo es laburo y es guita. Para mí la computadora es una conexión con la vida.
¿No salís de noche? –Ahora nada. Tuve una época de boliches, hasta los dieciocho más o menos. Vivía de noche. Pero ya fue. De los 13 a los 18 viví muchas cosas que la gente vive de más grande. Andaba con amigos más grandes, tomaba sustancias, una onda psicodélica mezclada con Deep Purple que me agarró de pendejo. Tenía el pelo larguísimo, botas de cowboy y unas camisas que le robaba a mi viejo y me sentía en Easy Rider. Tenía una bandera de The Doors gigante colgada arriba de mi cama. Flasheaba con eso hasta que me cambió un poco el plan. Tengo 28, y a veces me siento más grande de lo que soy, me cuesta mucho relacionarme. Mucha gente de mi edad está haciendo ahora cosas que yo ya curtí.
¿Y cuál es tu plan hoy? –Ahora me interesa la familia, las relaciones, disfrutar buenos momentos con alguien, poder salir al sol en la semana y coparse, y fumar, y olvidarse y no fumar. Hace ocho años que estoy tratando de armar a esta persona que quiero ser. El plan es de hogar, amor y familia, expresión, música y un lado luminoso. Rock también, que parezca que se va a romper todo, pero mantener todas las relaciones y no destruir. Nunca destruir.
Crecer con papa:
Migue vivió con su madre hasta los 12 años. Entonces, cuenta, se fue a Pinamar y “medio que me echó de mi casa”. No tenía adónde ir, así que le rompió a patadas la puerta a su padre, y ahí se quedó, en el edificio de Coronel Díaz. Todavía vive ahí, pero desde hace mucho en un departamento dos pisos abajo del de su padre.
¿Está bueno vivir ahí? –Tiene lo suyo. El otro día leí en algún lado que cuando me voy de vacaciones, mi viejo se siente solo. Puede ser. Yo lo que quiero es construir un lugar para que él pueda venir y sentirse bien. No viene a mi casa, yo tengo que visitarlo si quiero tener contacto con él. La última vez que vino se tiró al piso y levantó a mi gata, Blanquita; él le tiene celos. Ella maulló, como diciéndole “no me agarres”, y él sonrió con una sonrisa que hace mucho que no le veía. Y eso es un poco lo que yo busco. Darle eso. Además, en cualquier momento se viene un pibe...
¿Vas a hacer abuelo a Charly? –Apenas se resuelva todo, no sabés cómo. Estoy hace seis años con mi chica, y es la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida, porque sigo enamorado de ella. Me gustaría tener una nena. El otro día vi una foto de una nena pecosa y morocha, y pensé que mi hija podía ser así, mi novia es morocha y yo soy colorado. Tengo los colores de mi vieja.
¿Fue difícil para vos crecer con músicos? –Depende qué músico. Yo tuve suerte. Mis padres tenían conceptos muy sanos. Mi padre es una persona muy caballerosa, con conceptos muy formales de mi abuelo. Los dos son muy del amor. Pero está el problema de que los músicos son volados, o están pariendo una obra y no pueden estar con vos en los momentos en que uno los necesita. A un chico hay que laburarlo, hay que hackearlo hasta los 17 o 18, después lo soltás. Quizá yo estaba más suelto, más sin límite. Eso me llevó a experimentar cosas buenas, cosas fuertes, pero también me hizo quemar etapas y vivir la vida al revés. Después, cuando tuve que laburar con mi viejo y encargarme de todo, a nivel administrativo digamos, me cambió mucho el bocho. Fue un momento de mucha responsabilidad y de mucho estrés para mí.
¿Y cómo eras en la escuela? –A la primaria fui a escuelas normales, hasta que me empezaron a mandar a escuelas fru fru, pedagógicas medias new age, todo ese mambo, y ahí empecé a bardear mal. Me quedé libre en séptimo grado pero di el examen. Y después, en primer año, me mandaron a la escuela Siglo XXI que era una hippada total y me quedé libre. Nunca terminé la secundaria. Qué sé yo, el preceptor era divino, pero era medio cholulo y me daba más margen de error que a los otros chicos, también porque sabía que yo venía de un hogar complicado, digamos. Y los otros chicos se enojaban conmigo, me decían: “Vos faltaste más de 22 veces”. Yo estaba adolescente, con el corazón en la garganta, hacía lo que podía.
¿Viajaste mucho con tu viejo? –Sí, pero él estaba trabajando y yo estaba dando vueltas por la ciudad solo. Me elegía a los peores personajes para vaguear. Me acuerdo de cuando él estaba grabando un disco en Madrid –no sé cuál–, y yo me hice amigo de unos motociclistas que me llevaban a 200 km por hora en la autopista. O en Nueva York, me hice amigo de un mexicano y estábamos todo el día en Central Park fumando. Pero también viajé muchas veces con mi papá a Río cuando él iba a ver a su mujer, Zoca. Eran viajes desintoxicantes para él, se quedaba sentado en una hamaca paraguaya escuchando discos y leyendo revistas y yo me quedaba con él.
¿Es necesario montar un personaje para manejar el cholulismo de la gente? –Totalmente. Tenés que tener uno preparado para varias situaciones. Para un escándalo, para cuando te sacan fotos, para cuando gritan y preguntan qué le pasó a tu papá. En tu globito estás pensando: “Váyanse de acá”, pero tenés que decir: “Está todo bien”. También tenés que tener un personaje para el escenario. Acabo de hacer una sesión de fotos con dos looks, que son dos extremos buenos, uno muy glam y el otro folk. También puedo jugar. Pero en casa, cuando hay bardo o un quilombito, las guardias son muy molestas. Ya no me acuerdo, pero en el último bardo yo entraba comiendo un helado con mi novia. Un quemo. Pero son muchos años y aprendés a manejarlo.
¿Fue mucho escándalo cuando Charly se tiró del noveno piso? –Uy, eso. Le salió bien. Tiene un ángel. Por suerte me avisaron que estaba todo bien antes de que yo viera la imagen. Yo no estaba en el hotel.
¿Te asustan esas locuras de tu padre? –Muchísimo. Por supuesto. Si no me asustara, sería un loco anestesiado. Si no me asustara, me tendría que tirar yo.
Mariana Enriquez
Diario Pagina12 / Radar / Argentina 2006
El movimiento continuo
El gusto por ver copular a los otros o por verlos agonizar ya alentaba a las multitudes desveladas en las noches de Oriente y a las otras, que ocupaban sus sitios en el Coliseo romano. No hay registro, en ningún lugar del mundo, de que esta inclinación se haya aplacado con los años. Y a pesar del escozor que pueda sentir como antiguo reflejo la tercera persona (es decir aquel que sorprende al que está mirando), la práctica de consumir estas imágenes tanto a través de la pornografía como desde los servicios de noticias que ofrecen la muerte en directo goza de un prestigio creciente o, incluso, de una distraída naturalidad. En todo caso, la sofisticación de los medios audiovisuales ha contribuido a que el placer pueda ser encendido hasta el cansancio y en preciosa soledad. Atento a esta larga data –la representación del falo en erección y de las prácticas sexuales existían ya en la Roma pagana–, el español crítico de cine Roman Gubern ha construido un libro donde se ocupa con la seriedad y la proliferación de datos que merecen los géneros estética y moralmente aceptados, de estos otros, los relegados que mueven montañas, y sobre todo grandes fortunas.
La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas fue editado por primera vez en España en 1989 y se agotó enseguida. Hablaba especialmente de sexo y de morir. Y lo hacía no desde una perspectiva ética, ni siquiera decididamente sociológica, sino con los recursos del historiador y crítico de cine que recuerda títulos, censuras, cambios de rumbo, repeticiones y parentescos. El libro reconstruye la genealogía y a su vez la evolución de las imágenes periféricas al buen gusto burgués y que difícilmente tengan su capítulo en ninguna historia del arte. Representaciones que, a su vez, imponen su lenguaje a la vida cotidiana e intercambian sus recursos y prácticas con el cine comercial y la televisión, zonas oscuras que dan cuenta con gran efectividad de los hábitos y costumbres de la gente. Gubern plantea un recorrido que va desde el desenmascaramiento del inicio del porno hard con Garganta Profunda, Tras la puerta verde y The Devil in Miss Jones hasta aquellas películas donde el espectador se enfrenta al horror supremo de ver a alguien muriendo con violencia, clandestinamente y, sobre todo, para él. El último capítulo, dedicado al snuff movie, género bastante desconocido en aquel entonces, despertó la curiosidad de muchos lectores, entre ellos la del joven director de cine Alejandro Amenábar, quien inspirado en esta información filmó en 1996 su ópera prima, Tesis, donde una estudiante curiosa –Ana Torrent– va en busca de escenas de violencia y se encuentra con las llaves del género.
En cinco artículos, Gubern repasa los títulos de las películas y otros documentos que fueron marcando la evolución de la pornografía, las imágenes cristianas, la rudeza proletaria, la estética nazi y los registros de la crueldad. Desde el mirón de las tímidas imágenes de la década del ‘50, en las que Un verano con Mónica de Bergman resultó redistribuida en Estados Unidos en el circuito del cine erótico, hasta la noticia en la década del ’80 de que “la última moda norteamericana en video es el alquiler o compra de películas que registran muertes reales, muestran por ejemplo, ejecuciones tribales en países del tercer mundo, el suicidio de un hombre que se lanza sobre un edificio, etcétera.” Este trabajo, pionero en muchos aspectos y, sobre todo, iniciático catálogo de títulos y bibliografía sobre el tema, acaba de ser reeditado en España por Anagrama en una versión actualizada que en pocos días llegará a las librerías de la Argentina.
Para los seguidores de este autor, se trata de un texto que puede ser leído como la antesala de El eros electrónico (publicado en el 2000) y de Patologías de la imagen (2004). En el fragmento que sigue, un adelanto exclusivo para Las/12, Gubern analiza ciertos recursos que hacen del estándar pornográfico un lenguaje codificado para el gusto masculino, donde tanto el falo siempre erecto como la joven que goza siempre se repiten, motores de la industria de siempre acabar.
Que la industria de la pornografía se encuentra cada día más próspera no es novedad, pero sí paradoja, si se tiene presente el tenaz retroceso del pudor. La pornografía, que tiene como principal y casi único mandato conseguir la excitación de sus espectadores, tiene como otra parte de su definición la habilidad de imponerse por sobre toda vergüenza, meterse donde no tendría que haber nada y mostrarlo desde un ángulo que nadie ha podido jamás ver. Un género que muestra lo que no ha sucedido, una reproducción depurada de las fantasías, pero que a su vez se ajusta al manual fisiológico de poses, eyaculaciones y placeres. A medida que tabúes e impudicias dejan de serlo y toman las calles con ombligos al ire, se apropian de la moda con sus ropas ceñidas y los cuerpos ad hoc, lo que antes era pornográfico se convierte en materia de cualquier programa de televisión. Ha quedado absolutamene anacrónica aquella excusa victoriana que esgrimían las actrices a la hora del desnudo o la escena de sexo, "lo hago porque la obra lo justifica". Las películas de la década del 70 y también las del 80 que cita Gubern han quedado como piezas de museo, pioneras pero inocentes, en el transcurso de un género que no muere, que siempre se mantiene reconocible pero obligado a desplazarse para no quedar afuera de sí mismo. Este libro da pistas para reconocer, en los movimientos de su cintura, los secretos de su persistencia.
Liliana Viola
Todo para ellos (Roman Gubern)
Los actores fornican ante la cámara para placer del público, como hemos dicho, pero sobre todo para disfrute del público masculino, que es el que frecuenta de modo abrumadoramente mayoritario las salas X. Ya dijimos que el cine pornográfico tuvo su cuna en los prostíbulos para excitar la libido masculina, y esta función apenas ha cambiado a finales de nuestro siglo. A pesar de que también existen algunas películas pornográficas pensadas y realizadas por mujeres –véase la elocuentemente titulada I Know What Girls Like, de Veronica Rocket–, lo cierto es que el cine porno está gobernado por un punto de vista predominantemente masculino, que exhibe con profusión fantasmas viriles característicos, incluso cuando pone en escena actuaciones lesbianas. Esta orientación, que las estadísticas de composición del público corroboran ampliamente, se manifiesta en todos los órdenes. Robert H. Rimmer, responsable del más completo catálogo publicado sobre este género, ha observado que los actores masculinos tienen una vida profesional más larga que las actrices, víctimas de la obsolescencia consumista, de modo que la edad laborable de las actrices va desde los veinte hasta los treinta años, y el caso de Georgina Spelvin, que debutó a los 37 años en El diablo en la señorita Jones, constituye una rareza verdaderamente excepcional.
También en el cine porno no sadomasoquista las violaciones son raras, ya que el género se basa en la permanente y entusiasta disponibilidad sexual de la mujer, lo que gratifica altamente la fantasía masculina. Las violaciones están reemplazadas en estos films por los ritos de iniciación o por tomas de conciencia sexual, que menudearon ya en los títulos clásicos y legendarios del género en su primera hora. Garganta profunda fue la historia de la iniciación de una mujer sexualmente frustrada al rito de la felación profunda, del mismo modo que Georgina Spelvin en El diablo en la señorita Jones escenificó la iniciación carnal de una solterona virgen en el infierno, mientras Tras la puerta verde elaboró una sofisticada liturgia iniciática para Marilyn Chambers, víctima de un rapto y, en The Resurrection of Eve, la misma actriz fue trabajosamente introducida por su pareja en los placeres de la sexualidad en grupo, mientras la inhibida Tracy Adams de Rears acepta, tras su negativa inicial, participar en un concurso de bragas mojadas y así llega a desinhibirse, primero en el rito homosexual y luego en el heterosexual. La iniciación, el itinerario o la revelación carnal reemplazan así con ventaja a la violación, que implica una no colaboración sexual de la mujer, actitud contraria a las reglas del género en su vertiente no sadomasoquista.
También ofrece matices machistas la relación característica de un hombre negro y una blanca, relación que incluso en el plano meramente argumental estuvo prohibida por el Código Hays, hasta que la permisividad espoleada por el embate comercial de la televisión hizo cancelar esta norma en 1956. Pero tal vez la figura que delata con más nitidez la perspectiva masculinista del género es la práctica no infrecuente de eyacular sobre el rostro de las actrices, en un acto que tiene como resultado iconográfico una suerte de singular condensación freudiana (cara/semen). El semen sobre el rostro femenino, que la mayor parte de las actrices confiesa detestar, además de verificar para el mirón la autenticidad de la eyaculación masculina, implica un mancillamiento simbólico del sujeto poseído por medio de una marca visible de posesión y de dominio. Viene a constituir una marca del macho sobre la parte más expresiva y emocional del cuerpo de la hembra dominada y poseída por él. No es raro que las actrices detesten esta figura y no sólo por el pringue sobre su epidermis facial. (...)
Catalogar al cine porno duro como documental fisiológico no constituye una exageración. El cine porno duro es, antes que nada, un documental fisiológico sobre la felación, el cunnilingus, la erección, el coito y la eyaculación. La eyaculación no es un acto de interpretación dramática sino un acto reflejo. Si la actuación de todo/a actor/actriz bascula entre la interpretación y la vivencia, entre la simulación y la autenticidad, en el actor masculino del género, y en las escenas sexuales, el segundo polo debe ser netamente predominante, pues una erección y una eyaculación son antes una vivencia que un acto de interpretación, al contrario de lo que puede ocurrir en la actividad sexual de las mujeres. Son, en realidad, una apariencia/vivencia indisoluble, en cuyo dipolo el primer término tiene la función de gratificar al espectador y el segundo, al actor.
El cine porno duro constituye, por tanto, una categoría peculiar de cinéma-vérité focalizado sobre las intimidades de la anatomía y la fisiología sexual, excluidas del cine tradicional.
Felación
La funcionalidad de la felación en el género deriva de otras razones más raramente observadas. Durante el coito, y por razones de encuadre y de angulación de la cámara, se produce cierta dificultad en exhibir simultáneamente el rostro (sede de la expresión de las emociones) y la actividad genital que produce aquellas emociones. La separación física entre ambos centros de interés obliga a posiciones forzadas para exhibirlos con plena nitidez y de esta dificultad deriva, precisamente, el habitual empleo de dos cámaras en los rodajes de estas escenas. En el curso de la felación, en cambio, el espectador puede ver a la vez en primer plano los genitales masculinos (sede de la sexualidad) en erección y el rostro de la mujer en primer plano (sede de la expresividad y de las emociones); puede ver simultáneamente y en primer plano el desafiante miembro erecto y un rostro bello que interactúa con aquel miembro. Se trata, también, de una nueva visión simbólica del viejo tema de La Bella y la Bestia, evocado más arriba, ya que la Bestia es un símbolo de la hipervirilidad. Desde el punto de vista iconográfico, nos hallamos ante la fórmula icónica más rentable en términos de economía erótica. Además de esta ventaja técnica, la felación activa los fantasmas de la devoración, del canibalismo erótico y de la falofagia. Y la ingestión (siquiera parcial) del semen halaga al varón, porque supone su aceptación íntegra eincondicional, homologable, desde el punto de vista femenino, al coito durante el período de la menstruación.
Si la felación constituye una figura erótica e iconográfica muy eficaz, el orgasmo constituye el espectáculo supremo, la culminación del rito. El orgasmo masculino debe tener su verificación empírica en la eyaculación vista, mientras que el orgasmo femenino se manifiesta con la expresión facial dislocada, entre el placer y el dolor, y con eventuales exclamaciones características que impiden, por supuesto, verificar la autenticidad del orgasmo femenino, sujeto a una relativamente fácil simulación, como es notorio. La eyaculación masculina filmada se denomina en la jerga americana come shot (y también, expresivamente, money shot), y según el manual profesional de Ziplow el guión de un largometraje no debe contener menos de diez eyaculaciones, aunque el autor admite que en el curso del rodaje pueden perderse algunas. La importancia de la eyaculación en la economía del género está perfectamente ilustrada por dos datos. El primero es la frecuente utilización del ralentí, y hasta de puntos de vista distintos, para prolongar deleitosamente y enfáticamente el instante supremo y fugitivo. Esta técnica tuvo su culminación estetizante al final de la escena del trapecio con cuatro hombres en Tras la puerta verde, con los planos solarizados y al ralentí que mostraban en tonalidades psicodélicas las eyaculaciones ante el rostro de perfil de Marilyn Chambers. El segundo dato lo ofrecen los videos comercializados en los sex-shops con antologías compactas de come shots, uno tras otro, extraídos de películas diversas. En este caso, el proceso de descontextualización del género llega a su grado paroxístico. Su equivalente en el cine policíaco sería un video antológico que mostrase un asesinato tras otro, sin enlaces ni justificación de cada crimen.
El rodaje de un come shot (en inglés to come significa eyacular y cum, que suena igual, significa popularmente esperma) es un momento crucial y muy delicado en el proceso de producción de un film. No podemos resistir la tentación de transcribir la gráfica descripción hecha por Ziplow, en su manual para los profesionales del género: “Cuando se ha impreso todo el material sexual requerido y todo está listo –escribe Ziplow–, pregunte a su actor cuánto tiempo necesita. En algunos casos puede apagar las luces y crear una situación más cómoda para la pareja. Puede ser un momento intenso en el plató. Todos están completamente callados y en un estado de alerta. Ambas cámaras aguardan la orden; el iluminador está a punto. Todo el mundo en la habitación interrumpe lo que estaba haciendo. Nadie habla; nadie se mueve; todos escuchan intensamente los apagados gemidos y suspiros de los actores y aguardan. Esperan dispararse a una señal del actor; el productor se pregunta si el chico conseguirá correrse. Y entonces se oye: ‘Estoy a punto’. Inmediatamente las luces se encienden y el zumbido de las cámaras corta el silencio. El director no necesita dar órdenes en esta situación; cada uno sabe lo que se espera de él. ‘Ahora’, dice el actor mientras se retira hacia una posición en la que su eyaculación pueda ser vista. Si estabas rodando un coito, esto significa eyacular sobre la espalda o el estómago de la chica. Mientras el actor eyacula, el director generalmente se lanza a dar instrucciones sobre qué hacer con la corrida. Lo que usualmente se oye es: ‘Ahora frótalo sobre ella’, o ‘Vuélvete y lámele’. A mi montador no le gusta que hable así (por el registro sonoro en directo), pero, ¿qué otra cosa puede decir una persona en esta situación? Ya es bastante malo tener que sacar el pene de la vagina para conseguir un plano de la eyaculación. Tienes que crear algún tipo de motivación para la corrida exterior. En la vida real se supone que no es así. De modo que el director tiene que lanzar sugerencias espontáneas para añadir un poco de realidad a una situación que de otro modo resultaría extraña”. A veces, no obstante, el actor no consigue eyacular. En estos casos, el productor tiene que recurrir a los consabidos insertos en primer plano extraídos del archivo, cuidando las afinidades físicas (color del vello, etcétera). O bien reemplazar el esperma que no llega por su simulacro con leche condensada o con dos claras de huevo, con un poco de leche y azúcar, aunque entonces tiene que eliminar el acto clave del derrame. En este caso, el documental fisiológico es traicionado por la intrusión del universo de los trucajes.
A desempolvar (Moira Soto)
Después de hacerle un poco de autobombo al éxito y los efectos de su propio trabajo, en la introducción de la actual reedición de La imagen pornográfica y otras perversiones, Román Gubern anuncia que “al recuperar este libro publicado hace más de quince años, he querido ampliarlo con nuevas reflexiones y puesta al día de diversos temas”, para lo cual “al final de cada capítulo he añadido unos imprescindibles apéndices de puesta al día (!). Creo que esta nueva versión pone satisfactoriamente al día el estado de la cuestión de algunos fantasmas que rondan con pegajosa insistencia por nuestro imaginario contemporáneo”.
Obviamente, para el señor Gubern, 15, 16 años no es nada: la bibliografía sigue siendo la misma (los más citados: Alan Soble, Rober H. Rimmer, Ado Kyrou...), las películas porno de las que habla se quedan en los clásicos de los ‘70 y en cuanto al “cine socialmente respetable” con imágenes de sexo explícito incorporadas, repite títulos (largamente superados en años recientes, hasta llegar a 9 Songs de Michael Winterbottom, 2004), como Sweet Movie (1974), El imperio de los sentidos (1976) o El Diablo en el cuerpo (1989)...
Como podrán advertir, RG –que alargó un poco el texto original y corrigió algún parrafito– no desempolvó para nada sus referencias. Y menos que menos sus contenidos, que suenan a rancio machismo, por lo que tan prometida “puesta al día” queda en mero enunciado.
Cuando Román Gubern vino a Buenos Aires en 1990, ya se había publicado el ensayo de marras y le hice una entrevista para la revista Humor. Durante la conversación, el autor de la Historia del Cine (Ed. Baber), El simio informatizado y Homenaje a King Kong –entre otros numerosos trabajos– se mostró por completo desinteresado de ciertos aspectos nefastos de la industria pornográfica, como la esclavización de algunas de sus intérpretes (la más famosa, Linda Lovelace, la protagonista de Garganta profunda, de 1972, denunció en reiteradas oportunidades que su ex marido, Chuck Traynor, la había forzado a punta de pistola a filmar las fellatios de esa película, a la que definió como “una sucesión de violaciones”). Aunque no se mencionó el tema en ese reportaje, seguramente el señor Gubern desaprobaría el abuso de niños, tan extendido en la pornografía actual, sobre todo vía Internet...
En su “puesta al día”, este catedrático apenas cita que la pornografía llegó al cable, no dice una palabra de Internet, solo habla de una emisión –en Francia, ¡1989!– de un porno duro. Tampoco se da por enterado de que hace varios años hay mujeres produciendo, guionando y dirigiendo cine hard porno en varias latitudes (en 2005, Las/12 publicó una nota a la joven barcelonesa Sandra Uve, abanderada del placer femenino en el cine porno) y únicamente habla de la ya histórica Veronica Rocket (I Know what Girls Like, 1986). Pero, en cambio, citando –otra vez– a Alan Soble, anota: “La pornografía de las mujeres –en ello coinciden varios estudiosos– se halla en el sentimentalismo de las novelas rosas y los melodramas radiofónicos y televisivos, debido a la psicosexualidad holística de las mujeres” (sic, sic, ja, ja) una afirmación totalmente desconectada de la realidad: basta acercarse a la librería surtida más cercana –incluso en Cataluña, donde, por caso, Almudena Grandes es muy leída por el público femenino– para enterarse de que las mujeres en pos de erotismo literario hace rato que leen, por poner ejemplos al azar, a Anaïs Nin, DH Laurence, Pauline Réagis, Colette, hoy disponen de un amplio abanico de posibilidades al que acuden en mayor número que los hombres (porque engeneral, estadísticamente, ellas leen más libros que ellos, incluyendo ¿por qué no? a Corín Tellado).
No sabemos qué volumen de pornografía filmada y de qué origen habrá estudiado Gubern hasta el final de los ‘80, donde quedó anclado (o esposado), pero tanto en aquella entrevista como en su ensayo (el original y el refritado) sigue declarando que “el imaginario del cine pornográfico no sadomasoquista ha liberado a la imagen cinematográfica de la violación de la mujer, ya que en este género la mujer suele hallarse en perenne y entusiasta estado de disponibilidad sexual, lo que evacua automáticamente el fantasma de la violación”. ¿Ingenuidad o mala fe? Lo suyo es como referirse al cine bélico o de acción y decir que hay películas que no exaltan la violencia, como si estas producciones neutralizaran las que glorifican y hasta erotizan las acciones de supermachos guerreros. Pero fíjense de qué modo completa más adelante ese concepto: “La iniciación, el itinerario o la revolución carnal reemplazan con ventaja (¿?) a la violación, que implica una no colaboración sexual de la mujer, actitud contraria a las reglas del género en su vertiente no sadomasoquista”. Acaso Gubern no esté informado de que la violación es un crimen contra la libertad sexual y la integridad física, un grave atentado contra los derechos humanos en cualquier caso, que deja secuelas a veces irremontables. Pero el catalán trivializa semejante agresión hablando simplemente de “no colaboración sexual de la mujer”.
Desde luego, cuando celebra a la constante disponibilidad de la mujer “que gratifica altamente la fantasía masculina”, no señala el absoluto el desprecio que representa este esterotipo hacia los deseos y el funcionamiento de la sexualidad femenina. Pero ¿qué otra cosa puede esperarse de un polifacético ensayista que todavía –a fines de los ‘80, y en 2005, al revisar el material– apunta, respecto de los presuntos gustos eróticos de la mujer, “según una diferencia basada en los roles biológicos”? De todas maneras, tranquilas, que ella puede aprovechar esta pornografía dirigida a varones héteros como una “eventual escuela”.
En estos “documentales fisiológicos” sobre “felación, cuninlingus, erección, coito y eyaculación”, discurre Roman Gubern que “la ingestión (siquiera parcial) de semen halaga al varón por suponer su aceptación íntegra e incondicional, homologable, desde el punto de vista femenino, al coito durante la menstruación”. No querríamos hacer chistes truculentos sobre algunas variantes del vampirismo (y el tampón usado que se roba Drácula en un conocido chiste, para hacerse un tecito), pero digamos que en los films porno ninguna mujer –actualmente todas bien jóvenes y siliconadísimas– menstrúa jamás. En tanto que con suma frecuencia, reconoce este catalán con anteojeras, “la figura que delata con más nitidez la perspectiva masculinista (¿?) del género es la práctica no infrecuente de eyacular sobre el rostro de las actrices”, pese a que “la mayor parte de ella confiesa que lo detestan”. Pero claro, hay que comprender que ese gesto “implica el mancillamiento simbólico del sujeto poseído por medios de una marca sensible de posesión y dominio”. En consecuencia, concede Gubern, “no es raro que las actrices detesten esta figura, y no sólo por el pringue sobre su epidermis facial”.
Por suerte para estas chicas así maltratadas (y seguramente sufriendo arcadas), cuando el actor no eyacula a tiempo o produce escasa cantidad de semen, éste es reemplazado –según la receta que nos ofrece La imagen...– por dos (no una) claras de huevo ligeramente batidas con un poco de leche (de vaca) y azúcar (de vainilla, nada), o simplemente por leche condensada (pero no de la argentina, que es demasiado espesa).
Las 12 / Diario Pagina12 / Argentina 2006
La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas fue editado por primera vez en España en 1989 y se agotó enseguida. Hablaba especialmente de sexo y de morir. Y lo hacía no desde una perspectiva ética, ni siquiera decididamente sociológica, sino con los recursos del historiador y crítico de cine que recuerda títulos, censuras, cambios de rumbo, repeticiones y parentescos. El libro reconstruye la genealogía y a su vez la evolución de las imágenes periféricas al buen gusto burgués y que difícilmente tengan su capítulo en ninguna historia del arte. Representaciones que, a su vez, imponen su lenguaje a la vida cotidiana e intercambian sus recursos y prácticas con el cine comercial y la televisión, zonas oscuras que dan cuenta con gran efectividad de los hábitos y costumbres de la gente. Gubern plantea un recorrido que va desde el desenmascaramiento del inicio del porno hard con Garganta Profunda, Tras la puerta verde y The Devil in Miss Jones hasta aquellas películas donde el espectador se enfrenta al horror supremo de ver a alguien muriendo con violencia, clandestinamente y, sobre todo, para él. El último capítulo, dedicado al snuff movie, género bastante desconocido en aquel entonces, despertó la curiosidad de muchos lectores, entre ellos la del joven director de cine Alejandro Amenábar, quien inspirado en esta información filmó en 1996 su ópera prima, Tesis, donde una estudiante curiosa –Ana Torrent– va en busca de escenas de violencia y se encuentra con las llaves del género.
En cinco artículos, Gubern repasa los títulos de las películas y otros documentos que fueron marcando la evolución de la pornografía, las imágenes cristianas, la rudeza proletaria, la estética nazi y los registros de la crueldad. Desde el mirón de las tímidas imágenes de la década del ‘50, en las que Un verano con Mónica de Bergman resultó redistribuida en Estados Unidos en el circuito del cine erótico, hasta la noticia en la década del ’80 de que “la última moda norteamericana en video es el alquiler o compra de películas que registran muertes reales, muestran por ejemplo, ejecuciones tribales en países del tercer mundo, el suicidio de un hombre que se lanza sobre un edificio, etcétera.” Este trabajo, pionero en muchos aspectos y, sobre todo, iniciático catálogo de títulos y bibliografía sobre el tema, acaba de ser reeditado en España por Anagrama en una versión actualizada que en pocos días llegará a las librerías de la Argentina.
Para los seguidores de este autor, se trata de un texto que puede ser leído como la antesala de El eros electrónico (publicado en el 2000) y de Patologías de la imagen (2004). En el fragmento que sigue, un adelanto exclusivo para Las/12, Gubern analiza ciertos recursos que hacen del estándar pornográfico un lenguaje codificado para el gusto masculino, donde tanto el falo siempre erecto como la joven que goza siempre se repiten, motores de la industria de siempre acabar.
Que la industria de la pornografía se encuentra cada día más próspera no es novedad, pero sí paradoja, si se tiene presente el tenaz retroceso del pudor. La pornografía, que tiene como principal y casi único mandato conseguir la excitación de sus espectadores, tiene como otra parte de su definición la habilidad de imponerse por sobre toda vergüenza, meterse donde no tendría que haber nada y mostrarlo desde un ángulo que nadie ha podido jamás ver. Un género que muestra lo que no ha sucedido, una reproducción depurada de las fantasías, pero que a su vez se ajusta al manual fisiológico de poses, eyaculaciones y placeres. A medida que tabúes e impudicias dejan de serlo y toman las calles con ombligos al ire, se apropian de la moda con sus ropas ceñidas y los cuerpos ad hoc, lo que antes era pornográfico se convierte en materia de cualquier programa de televisión. Ha quedado absolutamene anacrónica aquella excusa victoriana que esgrimían las actrices a la hora del desnudo o la escena de sexo, "lo hago porque la obra lo justifica". Las películas de la década del 70 y también las del 80 que cita Gubern han quedado como piezas de museo, pioneras pero inocentes, en el transcurso de un género que no muere, que siempre se mantiene reconocible pero obligado a desplazarse para no quedar afuera de sí mismo. Este libro da pistas para reconocer, en los movimientos de su cintura, los secretos de su persistencia.
Liliana Viola
Todo para ellos (Roman Gubern)
Los actores fornican ante la cámara para placer del público, como hemos dicho, pero sobre todo para disfrute del público masculino, que es el que frecuenta de modo abrumadoramente mayoritario las salas X. Ya dijimos que el cine pornográfico tuvo su cuna en los prostíbulos para excitar la libido masculina, y esta función apenas ha cambiado a finales de nuestro siglo. A pesar de que también existen algunas películas pornográficas pensadas y realizadas por mujeres –véase la elocuentemente titulada I Know What Girls Like, de Veronica Rocket–, lo cierto es que el cine porno está gobernado por un punto de vista predominantemente masculino, que exhibe con profusión fantasmas viriles característicos, incluso cuando pone en escena actuaciones lesbianas. Esta orientación, que las estadísticas de composición del público corroboran ampliamente, se manifiesta en todos los órdenes. Robert H. Rimmer, responsable del más completo catálogo publicado sobre este género, ha observado que los actores masculinos tienen una vida profesional más larga que las actrices, víctimas de la obsolescencia consumista, de modo que la edad laborable de las actrices va desde los veinte hasta los treinta años, y el caso de Georgina Spelvin, que debutó a los 37 años en El diablo en la señorita Jones, constituye una rareza verdaderamente excepcional.
También en el cine porno no sadomasoquista las violaciones son raras, ya que el género se basa en la permanente y entusiasta disponibilidad sexual de la mujer, lo que gratifica altamente la fantasía masculina. Las violaciones están reemplazadas en estos films por los ritos de iniciación o por tomas de conciencia sexual, que menudearon ya en los títulos clásicos y legendarios del género en su primera hora. Garganta profunda fue la historia de la iniciación de una mujer sexualmente frustrada al rito de la felación profunda, del mismo modo que Georgina Spelvin en El diablo en la señorita Jones escenificó la iniciación carnal de una solterona virgen en el infierno, mientras Tras la puerta verde elaboró una sofisticada liturgia iniciática para Marilyn Chambers, víctima de un rapto y, en The Resurrection of Eve, la misma actriz fue trabajosamente introducida por su pareja en los placeres de la sexualidad en grupo, mientras la inhibida Tracy Adams de Rears acepta, tras su negativa inicial, participar en un concurso de bragas mojadas y así llega a desinhibirse, primero en el rito homosexual y luego en el heterosexual. La iniciación, el itinerario o la revelación carnal reemplazan así con ventaja a la violación, que implica una no colaboración sexual de la mujer, actitud contraria a las reglas del género en su vertiente no sadomasoquista.
También ofrece matices machistas la relación característica de un hombre negro y una blanca, relación que incluso en el plano meramente argumental estuvo prohibida por el Código Hays, hasta que la permisividad espoleada por el embate comercial de la televisión hizo cancelar esta norma en 1956. Pero tal vez la figura que delata con más nitidez la perspectiva masculinista del género es la práctica no infrecuente de eyacular sobre el rostro de las actrices, en un acto que tiene como resultado iconográfico una suerte de singular condensación freudiana (cara/semen). El semen sobre el rostro femenino, que la mayor parte de las actrices confiesa detestar, además de verificar para el mirón la autenticidad de la eyaculación masculina, implica un mancillamiento simbólico del sujeto poseído por medio de una marca visible de posesión y de dominio. Viene a constituir una marca del macho sobre la parte más expresiva y emocional del cuerpo de la hembra dominada y poseída por él. No es raro que las actrices detesten esta figura y no sólo por el pringue sobre su epidermis facial. (...)
Catalogar al cine porno duro como documental fisiológico no constituye una exageración. El cine porno duro es, antes que nada, un documental fisiológico sobre la felación, el cunnilingus, la erección, el coito y la eyaculación. La eyaculación no es un acto de interpretación dramática sino un acto reflejo. Si la actuación de todo/a actor/actriz bascula entre la interpretación y la vivencia, entre la simulación y la autenticidad, en el actor masculino del género, y en las escenas sexuales, el segundo polo debe ser netamente predominante, pues una erección y una eyaculación son antes una vivencia que un acto de interpretación, al contrario de lo que puede ocurrir en la actividad sexual de las mujeres. Son, en realidad, una apariencia/vivencia indisoluble, en cuyo dipolo el primer término tiene la función de gratificar al espectador y el segundo, al actor.
El cine porno duro constituye, por tanto, una categoría peculiar de cinéma-vérité focalizado sobre las intimidades de la anatomía y la fisiología sexual, excluidas del cine tradicional.
Felación
La funcionalidad de la felación en el género deriva de otras razones más raramente observadas. Durante el coito, y por razones de encuadre y de angulación de la cámara, se produce cierta dificultad en exhibir simultáneamente el rostro (sede de la expresión de las emociones) y la actividad genital que produce aquellas emociones. La separación física entre ambos centros de interés obliga a posiciones forzadas para exhibirlos con plena nitidez y de esta dificultad deriva, precisamente, el habitual empleo de dos cámaras en los rodajes de estas escenas. En el curso de la felación, en cambio, el espectador puede ver a la vez en primer plano los genitales masculinos (sede de la sexualidad) en erección y el rostro de la mujer en primer plano (sede de la expresividad y de las emociones); puede ver simultáneamente y en primer plano el desafiante miembro erecto y un rostro bello que interactúa con aquel miembro. Se trata, también, de una nueva visión simbólica del viejo tema de La Bella y la Bestia, evocado más arriba, ya que la Bestia es un símbolo de la hipervirilidad. Desde el punto de vista iconográfico, nos hallamos ante la fórmula icónica más rentable en términos de economía erótica. Además de esta ventaja técnica, la felación activa los fantasmas de la devoración, del canibalismo erótico y de la falofagia. Y la ingestión (siquiera parcial) del semen halaga al varón, porque supone su aceptación íntegra eincondicional, homologable, desde el punto de vista femenino, al coito durante el período de la menstruación.
Si la felación constituye una figura erótica e iconográfica muy eficaz, el orgasmo constituye el espectáculo supremo, la culminación del rito. El orgasmo masculino debe tener su verificación empírica en la eyaculación vista, mientras que el orgasmo femenino se manifiesta con la expresión facial dislocada, entre el placer y el dolor, y con eventuales exclamaciones características que impiden, por supuesto, verificar la autenticidad del orgasmo femenino, sujeto a una relativamente fácil simulación, como es notorio. La eyaculación masculina filmada se denomina en la jerga americana come shot (y también, expresivamente, money shot), y según el manual profesional de Ziplow el guión de un largometraje no debe contener menos de diez eyaculaciones, aunque el autor admite que en el curso del rodaje pueden perderse algunas. La importancia de la eyaculación en la economía del género está perfectamente ilustrada por dos datos. El primero es la frecuente utilización del ralentí, y hasta de puntos de vista distintos, para prolongar deleitosamente y enfáticamente el instante supremo y fugitivo. Esta técnica tuvo su culminación estetizante al final de la escena del trapecio con cuatro hombres en Tras la puerta verde, con los planos solarizados y al ralentí que mostraban en tonalidades psicodélicas las eyaculaciones ante el rostro de perfil de Marilyn Chambers. El segundo dato lo ofrecen los videos comercializados en los sex-shops con antologías compactas de come shots, uno tras otro, extraídos de películas diversas. En este caso, el proceso de descontextualización del género llega a su grado paroxístico. Su equivalente en el cine policíaco sería un video antológico que mostrase un asesinato tras otro, sin enlaces ni justificación de cada crimen.
El rodaje de un come shot (en inglés to come significa eyacular y cum, que suena igual, significa popularmente esperma) es un momento crucial y muy delicado en el proceso de producción de un film. No podemos resistir la tentación de transcribir la gráfica descripción hecha por Ziplow, en su manual para los profesionales del género: “Cuando se ha impreso todo el material sexual requerido y todo está listo –escribe Ziplow–, pregunte a su actor cuánto tiempo necesita. En algunos casos puede apagar las luces y crear una situación más cómoda para la pareja. Puede ser un momento intenso en el plató. Todos están completamente callados y en un estado de alerta. Ambas cámaras aguardan la orden; el iluminador está a punto. Todo el mundo en la habitación interrumpe lo que estaba haciendo. Nadie habla; nadie se mueve; todos escuchan intensamente los apagados gemidos y suspiros de los actores y aguardan. Esperan dispararse a una señal del actor; el productor se pregunta si el chico conseguirá correrse. Y entonces se oye: ‘Estoy a punto’. Inmediatamente las luces se encienden y el zumbido de las cámaras corta el silencio. El director no necesita dar órdenes en esta situación; cada uno sabe lo que se espera de él. ‘Ahora’, dice el actor mientras se retira hacia una posición en la que su eyaculación pueda ser vista. Si estabas rodando un coito, esto significa eyacular sobre la espalda o el estómago de la chica. Mientras el actor eyacula, el director generalmente se lanza a dar instrucciones sobre qué hacer con la corrida. Lo que usualmente se oye es: ‘Ahora frótalo sobre ella’, o ‘Vuélvete y lámele’. A mi montador no le gusta que hable así (por el registro sonoro en directo), pero, ¿qué otra cosa puede decir una persona en esta situación? Ya es bastante malo tener que sacar el pene de la vagina para conseguir un plano de la eyaculación. Tienes que crear algún tipo de motivación para la corrida exterior. En la vida real se supone que no es así. De modo que el director tiene que lanzar sugerencias espontáneas para añadir un poco de realidad a una situación que de otro modo resultaría extraña”. A veces, no obstante, el actor no consigue eyacular. En estos casos, el productor tiene que recurrir a los consabidos insertos en primer plano extraídos del archivo, cuidando las afinidades físicas (color del vello, etcétera). O bien reemplazar el esperma que no llega por su simulacro con leche condensada o con dos claras de huevo, con un poco de leche y azúcar, aunque entonces tiene que eliminar el acto clave del derrame. En este caso, el documental fisiológico es traicionado por la intrusión del universo de los trucajes.
A desempolvar (Moira Soto)
Después de hacerle un poco de autobombo al éxito y los efectos de su propio trabajo, en la introducción de la actual reedición de La imagen pornográfica y otras perversiones, Román Gubern anuncia que “al recuperar este libro publicado hace más de quince años, he querido ampliarlo con nuevas reflexiones y puesta al día de diversos temas”, para lo cual “al final de cada capítulo he añadido unos imprescindibles apéndices de puesta al día (!). Creo que esta nueva versión pone satisfactoriamente al día el estado de la cuestión de algunos fantasmas que rondan con pegajosa insistencia por nuestro imaginario contemporáneo”.
Obviamente, para el señor Gubern, 15, 16 años no es nada: la bibliografía sigue siendo la misma (los más citados: Alan Soble, Rober H. Rimmer, Ado Kyrou...), las películas porno de las que habla se quedan en los clásicos de los ‘70 y en cuanto al “cine socialmente respetable” con imágenes de sexo explícito incorporadas, repite títulos (largamente superados en años recientes, hasta llegar a 9 Songs de Michael Winterbottom, 2004), como Sweet Movie (1974), El imperio de los sentidos (1976) o El Diablo en el cuerpo (1989)...
Como podrán advertir, RG –que alargó un poco el texto original y corrigió algún parrafito– no desempolvó para nada sus referencias. Y menos que menos sus contenidos, que suenan a rancio machismo, por lo que tan prometida “puesta al día” queda en mero enunciado.
Cuando Román Gubern vino a Buenos Aires en 1990, ya se había publicado el ensayo de marras y le hice una entrevista para la revista Humor. Durante la conversación, el autor de la Historia del Cine (Ed. Baber), El simio informatizado y Homenaje a King Kong –entre otros numerosos trabajos– se mostró por completo desinteresado de ciertos aspectos nefastos de la industria pornográfica, como la esclavización de algunas de sus intérpretes (la más famosa, Linda Lovelace, la protagonista de Garganta profunda, de 1972, denunció en reiteradas oportunidades que su ex marido, Chuck Traynor, la había forzado a punta de pistola a filmar las fellatios de esa película, a la que definió como “una sucesión de violaciones”). Aunque no se mencionó el tema en ese reportaje, seguramente el señor Gubern desaprobaría el abuso de niños, tan extendido en la pornografía actual, sobre todo vía Internet...
En su “puesta al día”, este catedrático apenas cita que la pornografía llegó al cable, no dice una palabra de Internet, solo habla de una emisión –en Francia, ¡1989!– de un porno duro. Tampoco se da por enterado de que hace varios años hay mujeres produciendo, guionando y dirigiendo cine hard porno en varias latitudes (en 2005, Las/12 publicó una nota a la joven barcelonesa Sandra Uve, abanderada del placer femenino en el cine porno) y únicamente habla de la ya histórica Veronica Rocket (I Know what Girls Like, 1986). Pero, en cambio, citando –otra vez– a Alan Soble, anota: “La pornografía de las mujeres –en ello coinciden varios estudiosos– se halla en el sentimentalismo de las novelas rosas y los melodramas radiofónicos y televisivos, debido a la psicosexualidad holística de las mujeres” (sic, sic, ja, ja) una afirmación totalmente desconectada de la realidad: basta acercarse a la librería surtida más cercana –incluso en Cataluña, donde, por caso, Almudena Grandes es muy leída por el público femenino– para enterarse de que las mujeres en pos de erotismo literario hace rato que leen, por poner ejemplos al azar, a Anaïs Nin, DH Laurence, Pauline Réagis, Colette, hoy disponen de un amplio abanico de posibilidades al que acuden en mayor número que los hombres (porque engeneral, estadísticamente, ellas leen más libros que ellos, incluyendo ¿por qué no? a Corín Tellado).
No sabemos qué volumen de pornografía filmada y de qué origen habrá estudiado Gubern hasta el final de los ‘80, donde quedó anclado (o esposado), pero tanto en aquella entrevista como en su ensayo (el original y el refritado) sigue declarando que “el imaginario del cine pornográfico no sadomasoquista ha liberado a la imagen cinematográfica de la violación de la mujer, ya que en este género la mujer suele hallarse en perenne y entusiasta estado de disponibilidad sexual, lo que evacua automáticamente el fantasma de la violación”. ¿Ingenuidad o mala fe? Lo suyo es como referirse al cine bélico o de acción y decir que hay películas que no exaltan la violencia, como si estas producciones neutralizaran las que glorifican y hasta erotizan las acciones de supermachos guerreros. Pero fíjense de qué modo completa más adelante ese concepto: “La iniciación, el itinerario o la revolución carnal reemplazan con ventaja (¿?) a la violación, que implica una no colaboración sexual de la mujer, actitud contraria a las reglas del género en su vertiente no sadomasoquista”. Acaso Gubern no esté informado de que la violación es un crimen contra la libertad sexual y la integridad física, un grave atentado contra los derechos humanos en cualquier caso, que deja secuelas a veces irremontables. Pero el catalán trivializa semejante agresión hablando simplemente de “no colaboración sexual de la mujer”.
Desde luego, cuando celebra a la constante disponibilidad de la mujer “que gratifica altamente la fantasía masculina”, no señala el absoluto el desprecio que representa este esterotipo hacia los deseos y el funcionamiento de la sexualidad femenina. Pero ¿qué otra cosa puede esperarse de un polifacético ensayista que todavía –a fines de los ‘80, y en 2005, al revisar el material– apunta, respecto de los presuntos gustos eróticos de la mujer, “según una diferencia basada en los roles biológicos”? De todas maneras, tranquilas, que ella puede aprovechar esta pornografía dirigida a varones héteros como una “eventual escuela”.
En estos “documentales fisiológicos” sobre “felación, cuninlingus, erección, coito y eyaculación”, discurre Roman Gubern que “la ingestión (siquiera parcial) de semen halaga al varón por suponer su aceptación íntegra e incondicional, homologable, desde el punto de vista femenino, al coito durante la menstruación”. No querríamos hacer chistes truculentos sobre algunas variantes del vampirismo (y el tampón usado que se roba Drácula en un conocido chiste, para hacerse un tecito), pero digamos que en los films porno ninguna mujer –actualmente todas bien jóvenes y siliconadísimas– menstrúa jamás. En tanto que con suma frecuencia, reconoce este catalán con anteojeras, “la figura que delata con más nitidez la perspectiva masculinista (¿?) del género es la práctica no infrecuente de eyacular sobre el rostro de las actrices”, pese a que “la mayor parte de ella confiesa que lo detestan”. Pero claro, hay que comprender que ese gesto “implica el mancillamiento simbólico del sujeto poseído por medios de una marca sensible de posesión y dominio”. En consecuencia, concede Gubern, “no es raro que las actrices detesten esta figura, y no sólo por el pringue sobre su epidermis facial”.
Por suerte para estas chicas así maltratadas (y seguramente sufriendo arcadas), cuando el actor no eyacula a tiempo o produce escasa cantidad de semen, éste es reemplazado –según la receta que nos ofrece La imagen...– por dos (no una) claras de huevo ligeramente batidas con un poco de leche (de vaca) y azúcar (de vainilla, nada), o simplemente por leche condensada (pero no de la argentina, que es demasiado espesa).
Las 12 / Diario Pagina12 / Argentina 2006
El gran simulador: SIMULCOP
Aún hoy, el cuaderno escolar de los alumnos de escuela primaria sigue siendo un campo de batalla: la caligrafía, temblorosa y dubitativa, la ortografía con sus traicioneras normas y la indispensable aritmética siguen siendo los ejercicios básicos para comenzar toda educación escolar. Claro que tres décadas atrás la situación era muy diferente: el liquid paper, las gomas de borrar de mayor calidad y las biromes fueron reemplazando a las impredecibles gomas dos banderas y las trágicas manchas de tinta y sin olvidarnos de las peligrosas gilletes, sólo aptas para cirujanos de la prolijidad.
Hoy la cuestión sigue siendo la misma: evitar que el cuaderno del niño sea un mamarracho, un mamarracho que sirva de excusa para que cualquier maestra menopáusica, histérica o simplemente proclive al castigo como método educativo haga catarsis represivas que, para un niño o una niña, suelen tener algo de traumático. Más allá de su utilidad escolar, el cuaderno ha sido siempre un instrumento de tortura. Para los niños poco dotados para el arte del dibujo, los mapas y los dibujos pedidos por las maestras podían llegar a tener un carácter pesadillesco. Claro que la necesidad agudiza el ingenio: usando un papel de calcar (o papel manteca), y con un poco de paciencia, se podía delinear con un lápiz sobre un dibujo complicado, o un mapa imposible. Después sólo era cuestión de volver a rayar el reverso y de repasar nuevamente la línea y transferirlo a la hoja del cuaderno. Una vez coloreado, con este simple método el dibujo calcado siempre tenía más posibilidades de obtener un “Muy Bien 10”, un “Felicitado” o un “Excelente” que cualquier dibujo fantasioso o cualquier copia voluntariosa hecha sobre una hoja borroneada y semidestruida. En este contexto, la aparición del Simulcop (un cuadernillo de hojas papel manteca con versiones para los distintos grados que traía los dibujos que se necesitaban para todo el año) tenía algo de mágico y también de tramposo. El Simulcop se presentaba (y no sin razón) como “el dibujo que dibuja”. Oficializar el calcado (hubo maestros que se opusieron) era algo así como la institucionalización del ingenio técnico. Patentado en 1959 por Jacobo Varsky como “plantillas de dibujo”, en los 60 fue editado por Luis Lasserre, autor de la siguiente dedicatoria: “Amiguito: Simulcop espera ser para ti un colaborador con el que podrás vencer las dificultades que tienes para realizar bien tus dibujos. En sus hojas hallarás todo el material gráfico necesario para que cada tema que desarrolles en tu cuaderno pueda ser ilustrado con su dibujo en forma fiel y perfecta, y así alcanzar la vivencia que facilite a tu mente el retenerlos”. La “vivencia” que prometía el Simulcop era algo especial y exclusivo y Lasserre sabía cómo alentar a los alumnos: “Obsérvalos bien, analízalos... cultivarás así tu intuición...”.
La “intuición formativa” del Simulcop se usaba y se volvía a usar y, como toda tecnología, tenía sus accidentes específicos. Uno de ellos era que, al ser bastante caro, se heredaba de hermano a hermano. El resultado eran dibujos cada vez más tenues y desprolijos, aunque siempre “escolarmente correctos”. El otro defecto, más profundo, era que con un buen Simulcop los chicos ya no tenían ninguna necesidad de aprender a dibujar. Ni hablar de dibujar “de memoria”, o de “imaginación”. La intuición del simulcopado calcador no necesitaba perder tiempo en esas cosas. Más allá del rescate estético o sentimental del Simulcop, su uso es un ejemplo de la estandarización de la educación, síntoma previo a su casi desaparación.
Si la tarea encargada por la maestra consistía en dibujar un pulpo, el Simulcop ofrecía “el pulpo”. No había otro. A cambio, evitaba que en un exceso de entusiasmo se le dibujaran nueve brazos en vez de ocho, a la vez que permitía también calcar un esquema de su organización interna y clasificar al pulpo como parte de los moluscos dentro de la familia de los cefalópodos.Imposible precisar hoy en día cuál era la intuición que desarrollaba el Simulcop, aunque es cierto que facilitaba a los chicos el sacarse de encima las penosas y a menudo arbitrarias tareas escolares. Si el Simulcop logró “facilitar vivencia para que la mente de los estudiantes retuvieran los temas estudiados” es hoy un misterio insondable, pero lo cierto es que en los años 60, los 70 e incluso hasta principios de los 80, el Simulcop dividía aguas entre los estudiantes: estaban lo que simplificaban su vida usando el Simulcop (que en general eran todos aquellos que lo podían comprar) y los que debían bancarse la envidia, e ingeniárselas con sus ojos y su mano para aprender a dibujar y así ilustrar, con mejor o peor suerte, sus deberes. Y esperar el menor descuido de compañeros para simulcopear algún dibujo y poder, rápida y certeramente, hacer bien los malditos dibujos de las invasiones inglesas (con las mujeres porteñas tirando agua hirviendo a los ingleses), el escudo de la Asamblea del Año XIII o el funcionamiento de una mitocondria.
Claro que la venganza de los no simulcopeanos llegaba cuando la maestra anunciaba, para toda la clase, una consigna desconcertante, para la que ya no había copia que valiera: “Y ahora, para terminar la clase... ¡un dibujo libre!”
Santiago Rial Ungaro
Opiniones:
Por Miguel Rep
Que se vendan dibujos de Simulcop para mí no significa una sorpresa. Yo en los años 60 compré muchísimo Simulcop y es lo que uso a diario para mis dibujos. Mis dibujos de todos los días están sacados de Simulcop. Ya los tengo todos gastados, me envicié tanto que no puedo usar otra cosa. Carezco de inventiva, lo único que se me ocurren son guiones bastante precarios y para poder ilustrarlos lo que necesito son dibujos precarios como los de Simulcop. Ya los gasté a todos.
Ya sería hora, y este es un pedido especial que hago a la empresa que los comercializa: que saquen Simulcop con dibujos de Rafael, Berni y Klimt. Pero por favor: no caigan en la vulgaridad de hacerlos con dibujos de Matt Groening, ya bastante le afanan todos acá.
Por Martin Kovensky
Tengo un recuerdo algo borroneado del Simulcop: básicamente es el de unos cuadernos con dibujos ya hechos, más bien de orden realista, que utilizábamos en la escuela primaria allá por la década –dorada– del ‘60. No estoy seguro si eran para calcar o si al presionarlos con una birome se transferían al papel que recibía el dibujo. Como sea, así como el Letraset, son tecnologías que con el advenimiento digital fueron.
Ahora se vende bajo un halo nostálgico, y me piden que escriba sobre esto. ¿Es que no hay notas en simulcop para poder copiarlas en mi correo electrónico?
Silencio.
No hay y pienso y escribo.
Quizá lo bueno sea que son dibujos, no importa de qué manera, porque lo cierto era que esos dibujos eran la representación de la realidad que después sólo la fotografía pasó a representar mecánicamente de manera omnipresente. Y a mí todo lo que sea recuperación del dibujo me parece una excelente noticia. Porque junto al dibujo se recupera la manualidad, y con la manualidad se pone cierto –relativo– freno a la alienación cultural en curso.
Además suena simpático que el tiempo no se devore todo, o al menos como parece ser este caso, nos devuelva en un eructo sincrónico los huesitos de nuestra memoria. Es un consuelo de postre, en el banquete de la eternidad.
Por Daniel Paz
Cuando estaba en la escuela primaria había un Simulcop en mi casa. Era un Simulcop usado. No sé si lo heredé de mi hermana o de mis primos, pero estaba muy estropeado, los dibujos estaban todos rayados, y se hacía muy difícil usarlo. Por otro lado, también estaba la sugerencia de mi papá de que no lo usara. El quería que yo hiciera mis propios dibujos sin recurrir al Simulcop. Esto, sumado a mi vocación por el dibujo hizo que el Simulcop quedara ahí, sólo para mirarlo.
Desde chico, el dibujo fue mi forma de expresión más eficaz. No era muy buen estudiante, ni muy bueno en deportes, ni tenía muchos amigos. Mi fuerte era el dibujo y me la pasaba dibujando. Los próceres eran los únicos que no se podían dibujar; ahí había que usar figuritas. Me parecía algo casi deshonroso tener que usar el Simulcop.
En aquella época se usaba bastante, pero eran sus últimos tiempos. Hablo de mediados de los ‘60, una época en la que todo estaba cambiando. Y la iconografía del Simulcop tenía más que ver con los años ‘40 y ‘50, con el primer peronismo, formaba parte de una estética que empezaba a quedar obsoleta.
De todos modos, me gustaba mucho sentarme a mirar las imágenes del Simulcop, casi tanto como me gustaba mirar la enciclopedia que había en la biblioteca de casa. Esos dibujos de línea limpia me parecían bellos.
Por Jorh
El Simulcop ocupa una parte de mi corazón, como los muñequitos Jack y Titanes en el ring. Eran cosas que estaban a mi alcance. Mi mamá me compró un Simulcop cuando era chico y también una cosa de plástico para hacer círculos que todavía venden en Florida. Siempre quise el Segelín, una alambre para cortar telgopor y formar figuras, pero era caro como el Cinegraf, una para pasar cine con dibujitos, que tampoco pude tener. Pero el Simulcop era barato, estaba a nuestro alcance. Adoro el Simulcop. Lo usé un montón para dibujar próceres, animales, plantas, tantas cosas. Lo usaba en la escuela primaria pero también en los ratos libres.
La mayoría de los dibujantes empezamos copiando y el Simulcop fue lo primero que llegó a mis manos. Fue la antesala de los kalkitos, que ya eran dibujos a color, más tipo figurita. Pero el Simulcop fue lo primero.
Espero que si hacen algo nuevo no sólo estén la escarapela, la bandera y San Martín. En la sección con las profesiones estaban el bombero y el zapatero. Ahora podrían poner el piquetero y el chico del delivery.
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Hoy la cuestión sigue siendo la misma: evitar que el cuaderno del niño sea un mamarracho, un mamarracho que sirva de excusa para que cualquier maestra menopáusica, histérica o simplemente proclive al castigo como método educativo haga catarsis represivas que, para un niño o una niña, suelen tener algo de traumático. Más allá de su utilidad escolar, el cuaderno ha sido siempre un instrumento de tortura. Para los niños poco dotados para el arte del dibujo, los mapas y los dibujos pedidos por las maestras podían llegar a tener un carácter pesadillesco. Claro que la necesidad agudiza el ingenio: usando un papel de calcar (o papel manteca), y con un poco de paciencia, se podía delinear con un lápiz sobre un dibujo complicado, o un mapa imposible. Después sólo era cuestión de volver a rayar el reverso y de repasar nuevamente la línea y transferirlo a la hoja del cuaderno. Una vez coloreado, con este simple método el dibujo calcado siempre tenía más posibilidades de obtener un “Muy Bien 10”, un “Felicitado” o un “Excelente” que cualquier dibujo fantasioso o cualquier copia voluntariosa hecha sobre una hoja borroneada y semidestruida. En este contexto, la aparición del Simulcop (un cuadernillo de hojas papel manteca con versiones para los distintos grados que traía los dibujos que se necesitaban para todo el año) tenía algo de mágico y también de tramposo. El Simulcop se presentaba (y no sin razón) como “el dibujo que dibuja”. Oficializar el calcado (hubo maestros que se opusieron) era algo así como la institucionalización del ingenio técnico. Patentado en 1959 por Jacobo Varsky como “plantillas de dibujo”, en los 60 fue editado por Luis Lasserre, autor de la siguiente dedicatoria: “Amiguito: Simulcop espera ser para ti un colaborador con el que podrás vencer las dificultades que tienes para realizar bien tus dibujos. En sus hojas hallarás todo el material gráfico necesario para que cada tema que desarrolles en tu cuaderno pueda ser ilustrado con su dibujo en forma fiel y perfecta, y así alcanzar la vivencia que facilite a tu mente el retenerlos”. La “vivencia” que prometía el Simulcop era algo especial y exclusivo y Lasserre sabía cómo alentar a los alumnos: “Obsérvalos bien, analízalos... cultivarás así tu intuición...”.
La “intuición formativa” del Simulcop se usaba y se volvía a usar y, como toda tecnología, tenía sus accidentes específicos. Uno de ellos era que, al ser bastante caro, se heredaba de hermano a hermano. El resultado eran dibujos cada vez más tenues y desprolijos, aunque siempre “escolarmente correctos”. El otro defecto, más profundo, era que con un buen Simulcop los chicos ya no tenían ninguna necesidad de aprender a dibujar. Ni hablar de dibujar “de memoria”, o de “imaginación”. La intuición del simulcopado calcador no necesitaba perder tiempo en esas cosas. Más allá del rescate estético o sentimental del Simulcop, su uso es un ejemplo de la estandarización de la educación, síntoma previo a su casi desaparación.
Si la tarea encargada por la maestra consistía en dibujar un pulpo, el Simulcop ofrecía “el pulpo”. No había otro. A cambio, evitaba que en un exceso de entusiasmo se le dibujaran nueve brazos en vez de ocho, a la vez que permitía también calcar un esquema de su organización interna y clasificar al pulpo como parte de los moluscos dentro de la familia de los cefalópodos.Imposible precisar hoy en día cuál era la intuición que desarrollaba el Simulcop, aunque es cierto que facilitaba a los chicos el sacarse de encima las penosas y a menudo arbitrarias tareas escolares. Si el Simulcop logró “facilitar vivencia para que la mente de los estudiantes retuvieran los temas estudiados” es hoy un misterio insondable, pero lo cierto es que en los años 60, los 70 e incluso hasta principios de los 80, el Simulcop dividía aguas entre los estudiantes: estaban lo que simplificaban su vida usando el Simulcop (que en general eran todos aquellos que lo podían comprar) y los que debían bancarse la envidia, e ingeniárselas con sus ojos y su mano para aprender a dibujar y así ilustrar, con mejor o peor suerte, sus deberes. Y esperar el menor descuido de compañeros para simulcopear algún dibujo y poder, rápida y certeramente, hacer bien los malditos dibujos de las invasiones inglesas (con las mujeres porteñas tirando agua hirviendo a los ingleses), el escudo de la Asamblea del Año XIII o el funcionamiento de una mitocondria.
Claro que la venganza de los no simulcopeanos llegaba cuando la maestra anunciaba, para toda la clase, una consigna desconcertante, para la que ya no había copia que valiera: “Y ahora, para terminar la clase... ¡un dibujo libre!”
Santiago Rial Ungaro
Opiniones:
Por Miguel Rep
Que se vendan dibujos de Simulcop para mí no significa una sorpresa. Yo en los años 60 compré muchísimo Simulcop y es lo que uso a diario para mis dibujos. Mis dibujos de todos los días están sacados de Simulcop. Ya los tengo todos gastados, me envicié tanto que no puedo usar otra cosa. Carezco de inventiva, lo único que se me ocurren son guiones bastante precarios y para poder ilustrarlos lo que necesito son dibujos precarios como los de Simulcop. Ya los gasté a todos.
Ya sería hora, y este es un pedido especial que hago a la empresa que los comercializa: que saquen Simulcop con dibujos de Rafael, Berni y Klimt. Pero por favor: no caigan en la vulgaridad de hacerlos con dibujos de Matt Groening, ya bastante le afanan todos acá.
Por Martin Kovensky
Tengo un recuerdo algo borroneado del Simulcop: básicamente es el de unos cuadernos con dibujos ya hechos, más bien de orden realista, que utilizábamos en la escuela primaria allá por la década –dorada– del ‘60. No estoy seguro si eran para calcar o si al presionarlos con una birome se transferían al papel que recibía el dibujo. Como sea, así como el Letraset, son tecnologías que con el advenimiento digital fueron.
Ahora se vende bajo un halo nostálgico, y me piden que escriba sobre esto. ¿Es que no hay notas en simulcop para poder copiarlas en mi correo electrónico?
Silencio.
No hay y pienso y escribo.
Quizá lo bueno sea que son dibujos, no importa de qué manera, porque lo cierto era que esos dibujos eran la representación de la realidad que después sólo la fotografía pasó a representar mecánicamente de manera omnipresente. Y a mí todo lo que sea recuperación del dibujo me parece una excelente noticia. Porque junto al dibujo se recupera la manualidad, y con la manualidad se pone cierto –relativo– freno a la alienación cultural en curso.
Además suena simpático que el tiempo no se devore todo, o al menos como parece ser este caso, nos devuelva en un eructo sincrónico los huesitos de nuestra memoria. Es un consuelo de postre, en el banquete de la eternidad.
Por Daniel Paz
Cuando estaba en la escuela primaria había un Simulcop en mi casa. Era un Simulcop usado. No sé si lo heredé de mi hermana o de mis primos, pero estaba muy estropeado, los dibujos estaban todos rayados, y se hacía muy difícil usarlo. Por otro lado, también estaba la sugerencia de mi papá de que no lo usara. El quería que yo hiciera mis propios dibujos sin recurrir al Simulcop. Esto, sumado a mi vocación por el dibujo hizo que el Simulcop quedara ahí, sólo para mirarlo.
Desde chico, el dibujo fue mi forma de expresión más eficaz. No era muy buen estudiante, ni muy bueno en deportes, ni tenía muchos amigos. Mi fuerte era el dibujo y me la pasaba dibujando. Los próceres eran los únicos que no se podían dibujar; ahí había que usar figuritas. Me parecía algo casi deshonroso tener que usar el Simulcop.
En aquella época se usaba bastante, pero eran sus últimos tiempos. Hablo de mediados de los ‘60, una época en la que todo estaba cambiando. Y la iconografía del Simulcop tenía más que ver con los años ‘40 y ‘50, con el primer peronismo, formaba parte de una estética que empezaba a quedar obsoleta.
De todos modos, me gustaba mucho sentarme a mirar las imágenes del Simulcop, casi tanto como me gustaba mirar la enciclopedia que había en la biblioteca de casa. Esos dibujos de línea limpia me parecían bellos.
Por Jorh
El Simulcop ocupa una parte de mi corazón, como los muñequitos Jack y Titanes en el ring. Eran cosas que estaban a mi alcance. Mi mamá me compró un Simulcop cuando era chico y también una cosa de plástico para hacer círculos que todavía venden en Florida. Siempre quise el Segelín, una alambre para cortar telgopor y formar figuras, pero era caro como el Cinegraf, una para pasar cine con dibujitos, que tampoco pude tener. Pero el Simulcop era barato, estaba a nuestro alcance. Adoro el Simulcop. Lo usé un montón para dibujar próceres, animales, plantas, tantas cosas. Lo usaba en la escuela primaria pero también en los ratos libres.
La mayoría de los dibujantes empezamos copiando y el Simulcop fue lo primero que llegó a mis manos. Fue la antesala de los kalkitos, que ya eran dibujos a color, más tipo figurita. Pero el Simulcop fue lo primero.
Espero que si hacen algo nuevo no sólo estén la escarapela, la bandera y San Martín. En la sección con las profesiones estaban el bombero y el zapatero. Ahora podrían poner el piquetero y el chico del delivery.
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El invierno de nuestro desconcierto
Lo de Bambi siempre fue la extorsión emocional, con su dramón hiperlacrimógeno insertado en el medio del “ciclo de la vida” que se reproduce al infinito. Le dio tan